Cincuenta caracteres, de Elias Canetti

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¿De dónde nace un personaje? De la suma de caracteres y rostros y gentes que hemos conocido, y que se han grabado tan singularmente en un autor, que afloran al momento de escribir. Un personaje es la transubstanciación de fragmentos de seres que forman un ente. Gente que no fuimos, que quisimos ser, que conocimos, que detestamos. El ser es el contenido. El ente el contenedor. Y en un personaje literario estos fragmentos están tan cohesionados que van formando una nueva personalidad autónoma e inseparable en sus partes. Hemingway le decía a Plimton en The Paris Review que si tuviera que contar cómo construía a sus personajes su respuesta arrojaría un manual para abogados especializados en casos de difamación. Una de las cosas que da a entender esta respuesta es que los personajes no son creaciones autónomas de la imaginación sino una suma de rasgos de la vida propia y ajena que se subliman sobre los demás.
Los cincuenta caracteres de Elias Canetti son caricaturas morales, derivaciones físicas, perfiles sicológicos, cuadros sicóticos, y funcionan así: se toma un rasgo único de la personalidad  y se destaca exagerado con escenas y actitudes de una vida en función de este rasgo. Fijaciones, como la erudición a destiempo, adicciones como la codicia, debilidades como vanagloria, defectos como la belleza, rasgos como la envidia se toman en descripciones mínimas que eluden todo acto cotidiano (o actitud o virtud) y la vida se concentra en virtud de tales rasgos. Los retratos resultantes no son auténticos, sino reconstrucciones imaginarias trazadas por esos fragmentos de realidad que fijan en la mente a un personaje por su proceder o actitud ante la vida. Al destacar a alguien por un rasgo (desprovisto de otros atributos) la vida del personaje empezará a brillar casi como perversidad. La suma de virtudes de un carácter (tomados por sí solos como el rasgo distintivo de un ser) dan como resultado una deformación. Los completamente castos, los completamente jóvenes, los completamente graciosos, los completamente sapientes, los completamente malgeniados, los completamente asexuados, los completamente resignados, los completamente honestos, los completamente morales, los completamente asustados, los completamente envidiosos, los completamente suspicaces, somos monstruos. No se puede ser completamente algo sin caer en lo anómalo. A cada rasgo de carácter, Canetti le ha dado un nombre compuesto que vale como metonimia (o apodo con aguijón),  y al final resulta que los caracteres se pueden agrupar como en las nomenclaturas científicas (El lengüilargo, El cazaperfidias, La autodonante, El megalólogo, El rigepesares, El roandacadáveres.) De modo que los cincuenta caracteres de Canetti son un catálogo de tipos humanos, un arca demencial en la que cabemos todos identificados bajo un rasgo especial de nuestro ser. ¿De dónde los tomó? De oir. El testigo oidor, es otra traducción del título. El arte del caricaturista está en exagerar un rasgo y el del taxonomista en definir para clasificar por especie o por género todas las cosas del mundo. El arte de Canetti suma los dos anteriores y agrega un tercero: el del fisonomista.

"EL BIBLIÓFAGO
El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no lo dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A veces se pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee de un tirón, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los diecisiete años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los cuarenta y siete. Cuanto más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que ignora, no se ha aburrido nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura.
El Bibliófago es como un arcón que nunca se ha abierto para no perder nada. Teme hablar de sus siete doctorados y sólo cita tres; muy fácil le resultaría sacar cada año uno nuevo. Es amable y le gusta hablar; para poder hablar también cede a otros la palabra. Cuando dice: “No lo sé”, cabe esperar una conferencia detallada y erudita. Es rápido, porque siempre busca gente nueva que lo escuche. No olvida a nadie que lo haya escuchado, el mundo se compone, para él, de libros y de oyentes. Sabe apreciar debidamente el silencio ajeno, él mismo sólo calla unos instantes antes de iniciar un discurso. En realidad, nadie quiere aprender nada de él, pues sabe muchas otras cosas. Propaga incredulidad, no porque nunca llegue a repetirse, sino porque jamás se repite ante el mismo oyente. Sería entretenido si no abordara siempre algo distinto. Es justo con sus conocimientos, todo cuenta, ¡qué no daríamos por descubrir algo que le importe más que el resto! Pide excusas por el tiempo que, como la gente normal, dedica al sueño.
Con gran expectación y deseando pillarle al fin una patraña vuelve uno a verlo después de varios años. Inútil esperanza: aunque aborde temas totalmente distintos, sigue siendo el mismo hasta la última sílaba. Entretanto, a veces se ha casado o ha vuelto a divorciarse. Sus mujeres desaparecen, siempre han sido un error. Admira a quienes lo animan a superarlos, y en cuanto los supera, da con ellos al traste. Nunca ha ido a una ciudad sin antes leerlo todo sobre ella. Las ciudades se adaptan a sus conocimientos, corroboran lo que ha leído, no parece haber ciudades ilegibles.
Se ríe de lejos cuando se le acerca algún necio. La mujer que quiera ser su esposa deberá escribirle cartas pidiéndole información. Si le escribe con la suficiente frecuencia, él sucumbirá y querrá tener siempre a mano sus preguntas."


Cincuenta caracteres
(El testigo oidor)
Elías Canetti
Traducción/ Juan José del Solar
Colección Maldoror, Ediciones Liberales, editorial Labor s.a
Barcelona
1977

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