París era una fiesta, Ernest Hemingway

8:23

11. Uno que lo haya motivado a visitar algún lugar. (Reto 30 libros)

Medianoche en Paris Paris era una fiesta

1. Es una calle desierta de París. Sobre las escalinatas que dan a una iglesia el escritor perdido en una noche de 2010 ve aparecer una carroza de los años 20s. Ha sido un día fatigante de desencantos con la mujer que ha ido a casarse en París, con la familia de ella que quiere planificarle la vida antes del matrimonio, con el amigo intelectual que finge de guía sabelotodo y encandila a todos en su verborrea. Nadie ha ido a París para aceptar París, sino para solazarse en el turismo de alto consumo. Él ha venido a París como el peregrino que acude a la Meca para encontrar al profeta en su interior. El profeta es Hemingway, cuya obra admira. Ha caminado por los espacios del pasado, pero el tiempo es irrecuperable. Ahora es media noche y está perdido en una calle de París ¿La cuesta de Saint Germain des prés? La carroza se detiene y unas mujeres borrachas lo invitan a subir. Responde que lo confunden con otra persona. Insisten, que suba. Se pone de pie, y acepta. Qué importa. Está en París. Toma el champán. Y se va con ellas. Esa misma noche, en un salón de baile de época, al estilo de los cabarets de los años 20s, una de las borrachas, que responde al nombre de Zelda pregunta cómo se llama, a qué se dedica. Dice simplemente que es escritor. Zelda dice que ella también lo es. Llama a un tal Scott, que también lo es, y le dice que el nuevo amigo también es escritor. Parece broma, un mundo donde todos son escritores. Él parece más sorprendido por una pareja que se llame Scott y Zelda como Zelda y Scott Fitzgerald. Pero ellos hacen un gesto indiferente por no entender qué sorpresa significa. Le presentan a un hombre de barba a ras que responde al nombre de Hemingway, y que habla con la síntesis y los apotegmas del verdadero Hemingway. El otro supone que está soñando en el 2010 un sueño de 1920, y se deja llevar por la intriga, la música, el color. Hablan entonces de escritura con Hemingway, de la relación de Scott con Zelda, de lo mal que puede ir todo al final. Hemingway pregunta qué escribe. Le dice que una novela. Pregunta de qué trata. Contesta que de una tienda que vende antigüedades, es decir trozos de pasado, y luego interroga a Hemingway sobre ese tema ¿Le parece interesante? Hemingway dice que todos los temas son interesantes siempre que la historia este bien contada. Hablan sobre escritura, sobre la muerte, sobre Gertrude Stein. Hemingway le dice que no lee manuscritos de principiantes para no contagiarse. “Si eres bueno te envidiaré, si eres malo te romperé el corazón”. Propone llevar el manuscrito a Stein para que emita un juicio. ¿A Stein? ¿Gertrude Stein? No lo puede creer. Todo es fantástico en esa noche. Es un escritor del siglo XXI que en un umbral del tiempo estableció un puente con el pasado que admira. ¿Sueño o realidad? A veces es mejor el sueño que la realidad, por lo que se deja llevar. Al día siguiente convence a su futura esposa de que le acompañe esa noche al mismo lugar. En vano esperan. La carroza del tiempo no pasa. Su probable futura esposa lo cree chiflado. Toma un taxi, se va al hotel. Entonces el campanario da las doce y la carroza vuelve a parecer en la cuesta de Saint Germain, le hace una señal, el carro se detiene, y esa noche conocerá la casa de Gertrude Stein, adornada por cuadros de Picasso y de Matisse, en alguna noche de 1924. Es un escritor del siglo XXI, perdido en un sueño lúcido, como Chuang Tzu, que soñó ser una mariposa, pero al despertar ignoraba si era una mariposa soñando ser Chuan Tzu. ¿Es Medianoche en París de Woody Allen, la más soterrada adaptación de París era una fiesta?

2. El amor es irreflexivo; Zelda y Fitzgerald (correspondencia), Simone y Sartre (correspondencia, La plenitud de la vida), Hemigway y su primera esposa (París era una fiesta), tratan de racionalizar el coctel de dopaminas que se cuece en su cuerpos, pero apenas consiguen parecer ecuánimes. A Zelda y Scott los ata la adrenalina (descarga instantánea con sólo verse, y que es adictiva-destructiva). Zelda y Scott eran amantes y competidores y oponentes, no podían vivir juntos, ni separados, ni fieles, ni solidarios con el trabajo del otro, y aun así lo postergaron hasta la aniquilación sicológica y sentimental. Sartre y Simone se burlaban de sus amantes y en las cartas develaban todo lo que hacían con ellos en privado. Sartre, mientras banalizaba los celos, buscaba poseer y enamorarse de las amantes de Simone. Simone, en el Café de Flore, trató de apuñalar a Sartre. Y eso que era Simone quien tomaba la iniciativa y le confesaba en una carta cómo coqueteaba con Bost, cómo se acostaban a ver las estrellas y a darse besos y a figurarse que tenían sexo hasta que acababan teniéndolo. Hemingway, por otro lado, quiso convertir su desastre marital en un laboratorio de escritura: en el último capítulo de París era una fiesta después de haber contado sus jornadas de escritura y sus hallazgos, sus desesperaciones de padre irresponsable, sus lecturas en la librería Shakespeare & co, sus andanzas con Scott y la bohemia en la casa de Stein, describe descarnadamente la descomposición de su primer matrimonio. Arruinado por la vida familiar, por una cotidianidad que estorba, traiciona a su mujer y se acuesta con otra, sólo para escribir que luego se arrepiente, que preferiría estar muerto a haberla traicionado, un falso arrepentimiento. Y ahí acaba la memoria de su juventud, con la decadencia de un matrimonio. Los tres casos (los cuatro casos, sin incluimos la filmografía de Allen) son intentos de hacer reflexiva la experiencia amorosa que por hormonal, es irreflexiva. Sólo se puede describir el amor cuando se extingue. Como Hemingway, que lo escribió en Cuba, muchos años después.

3. Voy con Úrsula Staël a ver Midnight in París, de Woody Allen. Es la mejor adaptación que he visto de París era una fiesta. Con Los modernos, de Alain Rudolph, y con Modigliani, de Mick Davis, y acaso el Moulin Rouge de Hudson, queda cerrado (¿abierto?) el fresco cinematográfico sobre el París de los locos años 20s, la generación perdida, la surrealista (y el fin de siecle, la edad de oro del Mouling Rouge.) Es París la ciudad literaria a la que tanta literatura y cine llama. Nadja. Rayuela. París no se acaba nuca. París era una fiesta. Mis amigos. Trópico de cáncer. El hombre fulminado. La fuerza de las cosas. Djuna y Daniel. El buen salvaje… Pero está tan lejos Francia... La única forma de ir a París es ganándose un concurso de cuento de una emisora radial. He participado durante diez años, pero nada. Algún día será.

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