Cementerio de elefantes, Dalton Trevisan

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21. Uno de cuentos. (Reto 30 libros)


Desde que tenía 20 años he sido fiel a un propósito estético: no describir. Ni retratos morales, ni detalles físicos. Acciones. Acciones que sean de por sí retratos. Hombres y mujeres puestos en situaciones extremas, donde deban reaccionar, elegir, o hundirse en la desidia. Su elección hablará por ellos. Antes de los 23 años no sabía nada de esto. Escribí dos novelas y lo peor, publiqué fragmentos de esas novelas en forma de cuentos. Pero para qué engañarse: aquello no eran las novelas que quería escribir; ni los cuentos, cuentos. ¿Cómo solucionar el problema de las descripciones? ¿Cómo hacer avanzar una novela con más de cincuenta personajes? Yuxtaponiendo argumentos, haciendo avanzar el libro por escenas, describiendo a los personajes por acciones. No sé en qué iría mi maraña de argumentos (argumentos que colecciono de lo que veo y de lo que me cuentan y de lo que vivo y de los míos, y que mezclo luego en cuadros extremos, los más descabellados y sin pudor que pueda imaginar), si no hubiera leído a Faulkner. Y no sé cómo hubiera solucionado el problema de las descripciones si no hubiera comprado en una feria de libros usados de Bogotá un libro de cuentos mínimos de Dalton Trevisan, escritor casi secreto, nacido en Curitiba, Brasil en 1925 y donde hoy por hoy vive oculto, dedicado al panteísmo y la misantropía.
Cementerio de elefantes, se llama el libro. Son una veintena de cuentos breves, de diálogos precisos, ambientes capturados con tres pinceladas (perspectiva desde el personaje, desde el paisaje y desde el tiempo; es decir un plano subjetivo, uno temporal y otro espacial) personajes que se separan de los paradigmas y crean nuevos, e intrigas intensas con dosificaciones contenidas de la información; de lo que resultan relatos impredecibles, eficaces, que cortan el aliento. Trevisan inicia las historias por el in media res, donde sabe que a los demás les duele, y donde el lector se engancha, y sus temas son los que a otros causa dolor. Hace retratos de tragedias domésticas, de vidas minúsculas, de pobreza de espíritu. Hace historias con la vida cotidiana de pueblos incultos. No hay intelectuales, ni altas divagaciones metafísicas. Hay en cambio restituciones de mitos muy viejos. Hay celos letales, como los que provoca Yago a Otelo. Incestos de gente casta, como los de la Biblia. Infanticidio, como los de la novela gótica. Castración, como los de los mitos africanos. Dolo, como en el mundo de los politiqueros. Justicia colectiva, como en Fuenteovejuna. Hay gente pobre, como en toda Latinoamérica. Y todo está contado con diversos registros, a veces primeras personas, a veces narradores omnicientes que no intervienen, que sólo narran, y con la concisión y brevedad de los fabulistas, pero sin moraleja (la yuxtaposición de escenas es la que debe provocar en el lector la idea moral, si la tiene).
El relato que da título a esta serie, sin bien me acuerdo, es la historia de los mendigos que viven y comen y mueren entre las raíces de los manglares; raíces y piernas hinchadas y reblandecidas que Trevisan describe con una metáfora silvestre: osamentas de elefantes. El punto axial del argumento es la muerte de un mendigo pescador y la inmediata posesión de su árbol, de su espacio vital, por parte de un nuevo mendigo, lo que invita a imaginar una nueva y novedosa variación del infierno que tal vez se vive hoy en los basureros y sumideros de todas las aglomeraciones humanas: infinitos hombres hambrientos, peleándose por finitos recursos. ¿No es ese el detonador de las guerras futuras?

Nota para Irene Piedrahita, si algún día lee este panegírico: Se te saluda. Se te agradece perentoriamente por haber traído desde Brasil “O vampiro de Curitiba” para este fanático. Se te desea lo mejor en la reserva forestal.
Nota 2: Nada mal aprender Portugués para leer a Trevisan. Editorial Norma que lo editaba en español, acaba de concluir que, según las leyes del mercado, la literatura no es viable en términos empresariales: no es lucrativa, no es competitiva y poco le importa a las amas de casa. (link 1link 2)


Cementerio de elefantes, Dalton Trevisan, Editorial Norma.

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