El tambor de hojalata, Günter Grass

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18. El que más veces ha leído (reto 30 libros)


En 1999 subieron a treinta colegiales a un bus de Cootrasmagdalena y nos llevaron a la capital del departamento a conocer Internet. La universidad que auspició el viaje perdió la señal durante la sesión y ese año tampoco supimos lo que era la nueva tecnología de la comunicación. En el camino de vuelta al pueblo nos persiguió un vendaval con tormenta eléctrica, y en cada abismo y revuelta del camino accidentado el bus se ladeaba mientras la hija del sepulturero hacía las cuentas de cuánto iba a ganar su padre por enterrar a treinta y ocho escolares, incluyendo a su primogénita. Pasaron otras cosas extrañas ese año. Asesinaron a Jaime Garzón, un humorista colombiano, que decía: “yo le muestro su propia desgracia al país y el país se ríe de sí mismo.” Debe ser que tampoco a los muertos les gusta que les digan la verdad con risas. Busco efemérides que me ayuden a recordar qué más pasó en el mundo ese año, y Wikipedia asegura que fue un año “normal”, comenzado en viernes en calendario Gregoriano. ¿Normal? Debe ser que el mundo da más vueltas mientras se está dormido que cuando se está despierto. A Bill Clinton lo enjuiciaron por suministrar aminoácidos a su secretaria en horas de trabajo, mientras dos frustrados radicales protagonizaron la película de francotiradores Bowling for Columbine de Michael Moore. Hugo Chávez tomó posesión en Venezuela y nadie imaginó entonces que once años después, un golpe de estado después, un cáncer después, seguiría en la contienda electoral por las del 2012. Ese año 35.000 refugiados kosovares desaparecieron de la noche a la mañana en la frontera con Macedonia (cual Olmecas centroamericanos siglos ha). Ese año los Red Hot Chili Peppers presentaron su álbum Californication en Buenos Aires Argentina. Y ese año, para regresar a los ámbitos domésticos, Colombia, país de estremecimientos pasajeros, conoció un terremoto, un secuestro aéreo, 289 masacres (una al día), capturó al peor violador de niños de la historia y le entregó 32.000 kilómetros de territorio a la guerrilla para adelantar diálogos de paz, que no condujeron a nada.
Yo, por mi parte, publiqué un cuento infantil en un periódico de provincia y alcancé la mayoría de edad embriagándome hasta los tuétanos con el mejor amigo de entonces, a quien llamaré, a expensas de este homenaje, con la catalanización de su nombre: Jordi. Al día siguiente, aun borrachos, subimos a un campero y fuimos a expedir mi cédula de ciudadanía a la capital del departamento. Fue un día de julio. Recuerdo que hubo que detenerse en varias ocasiones a vomitar. El campero finalmente nos dejó debajo de un anillo de carreteras elevadas y Jordi dijo que se sentía como García Lorca en Nueva York, y empezó a mirar los rascacielos para ver defenestrarse a los suicidas. Ese día, después de expedir mi cédula, fui mayor de edad. Para celebrarlo, entramos a un cine XXX. Era la primera vez que veía una pantalla gigante y la calidad visual de los 35 mm y las nalgas de la reina Savannaha disfrazada de campesina medieval. Desde entonces sólo voy a cine para ver películas de época. Luego fuimos a visitar a la antigua bibliotecaria del pueblo que nos había abandona por la civilización, y luego salimos por comida china a un restaurante lleno de peceras. Antes de caer la noche nos dirigimos al objetivo final: las librerías de viejo. Jordi iba detrás de un libro del que sólo había visto una estupenda adaptación cinematográfica: El tambor de hojalata.
La película trataba sobre un niño que se negaba a crecer y que tenía el extraño don de romper vidrios con su voz eléctrica. Su padre era un mandilón nacionalsocialista, y su madre una ramera de vestido rosa que se acostaba con Jan Bronski, el atildado funcionario del correo polaco, a quien el niño consideraba su padre putativo. A través de la película se narraba los preliminares, el durante y el a posteriori de la invasión nazi a Polonia y luego el esplendor y decadencia del nazismo. La película además empezaba con una magnífica secuencia del hombre que huye de sus carceleros y encuentra refugio bajo las faldas de una abuela Cachuba que asa castañas entre el viento del báltico. A Jordi le parecía que esa historia era una metáfora de su propia vida (lo cual invita a imaginar que la vida de Jordi no era escasa en desdichas.) Mientras tanto, en el anaquel de al lado, yo buscaba por entonces libros de Andrés Caicedo, un autor que a su manera también se negó a crecer.
Encontramos El tambor de hojalata después de diez intentos en librerías de viejo, y en tres en de primera mano. Costaba diez mil pesos, de la época (una Coca-cola costaba 800 pesos), de primera, nuevecito. Era un mamotreto de setecientas páginas, rojo, compacto, con la caricatura de un niño que en lugar de vientre tenía un tambor, y en las manos dos baquetas. El autor: Günter Grass. Lo compramos a medias. Jordi pagó la mitad exactamente y yo la otra mitad con la condición de rotarlo entre los amigos (tres amigos bibliófagos). Tres meses después a Günter Grass le otorgaron el Premio Nobel de literatura y el libro triplicó su precio y mi amigo ya no lo quiso rotar y se lo quedó para sí.
Lo he leído cuatro veces, lo he regalado más de seis. Siempre tengo dos ejemplares a la mano para regalar uno a quien no lo haya leído. Siempre que creo que la literatura no va a ningún lado (o que se publicita a tipos como David Edggers o a Franzen como el relevo de los Faulkner y Hemingway), pienso: no puede ser, esto está terminando. Entonces me repongo: no, no puede estar terminando, y para darme ánimos abro El tambor de hojalata y releo el capítulo llamado Polvo Efervescente en que el niño hace el amor sin quererlo a María Truzchinski, o el capítulo dedicado a la espalda de Heriberto, celador de museo enamorado de la ninfa Niobe que contaba la historia de su vida tomando como índice cada cicatriz delineada en su espalda, o El correo polaco donde se narra cómo cayó el último bastión de la dignidad nacional en la ciudad de Danzing ante los obuses nazis, mientras los defensores juegan una mística partida de cartas cuando todo está perdido, o El bodegón de las cebollas donde se reunían después de la guerra los colaboracionistas de ojos secos a picar cebolla para poder llorar, o Fe Esperanza Amor donde en ese leimotiv, uno de los más intensos de la literatura, Grass urde al mismo tiempo la conversión en nazi de el trompetista que se llamaba Meyn, que tocaba maravillosamente la trompeta y quien tenía cuatro gatos, uno de los cuales se llamaba Bismark, y la historia del Leo Schugger, que tenía la virtud de anunciar las calamidades (y calamidades por venir se anunciaba en las solapas de los camisas pardas), y la historia del relojero llamado Laubschad que demandó al músico Meyn por crueldad al matar los gatos con un atizador pero no dijo nada cuando apedrearon la tienda del juguetero llamado Márkus la noche de los cristales rotos. Es el libro que más he leído. Y tiene la virtud mágica de mejorar cada vez que se lee. El que lo escribió, y el que me lo descubrió, han sido mis dos grandes maestros.

El tambor de hojalata, Günter Grass, Alfaguara.

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