Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos

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12. Una biografía (reto 30 libros)


Los libros más deprimentes que he leído: El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, que narra la decadencia y desolación y rapacidad del crack del 29 encarnado en los estragos que provoca al interior de una familia rural durante las sequías sureñas de La gran depresión. La insania y mezquindad del hambre encarnada en cada uno de sus miembros es casi la puesta en escena de la zootecnia maltusiana donde los miembros de una comunidad sobrepoblada se pelean por un único recurso, la comida. El manifiesto desprecio a los miembros más viejos de la familia es darwinista: que se mueran los viejos y los débiles, porque no son indispensables para reproducir la especie. La siguiente del rasero quizá sea Bajo el volcán de Malcom Lowry, que describe el mundo interior de un alcohólico cónsul inglés en Cuernavaca el día que lo van a matar (cronológicamente hay prolepsis: la trama inicia con la evocación de un médico mucho tiempo después del día en que murió el cónsul), su vida marital con una mujer a la que no puede erotizar porque el alcohol lo ha dejado impotente, y que morirá aplastada por las coces de un caballo el mismo día que muere el cónsul; su inventario de fracasos, de caminos no tomados, de proyectos postergados, de falsos heroísmos; la sordidez del ambiente en un día de muertos en México. Pero el premio mayor se lo lleva Dostoievski: En Nietoschka Nezvanova, y en Memoria de la casa de los muertos, pero sobretodo en Crimen y castigo hay varias escenas de sordidez y mezquindad indesbancable. La muerte de Marmeladov, el alcohólico que prostituye a su hija y muere guisado bajo las patas de un caballo (antes de la era del automóvil morir bajo las patas de un caballo es el equivalente de arrojarse a un camión en la carretera o volverse carne molida entre los rieles del metro, muerte sin pulcritud, digna de desesperados y antiestetas). Incluiría a Reinaldo Arenas en Antes que anochezca (la cárcel del morro, el calabozo para gays, el intento de escapar de cuba en un neumático, las noches en el parque Lenin, la toma de la embajada), de no ser porque es un libro de memorias y no de ficción, y sobretodo porque Arenas tiene a favor el hecho de que nunca perdió el humor, y esa es la mejor conjura contra la sordidez y el infortunio.

En la misma línea se encuentra Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la biografía escrita por Emmanuel Carrere, que narra la descomposición mental, con recursos alucinantes, del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick. Tiene varias virtudes opuestas al mismo tiempo: es humorística y sórdida a la vez. Cáustica, al describir un capítulo de la historia de las guerra maritales en clave norteamericana con la clásica escena del sofá, de la cerveza en la nevera, de la barriga que crece, de la televisión que da consejos todo el día en la sala, del cigarrillo que quema las sábanas, de los somníferos en el café, de los divorcios incesantes. Es numinosa (se guía, como se guiaba Dick, por los lineamientos del I Ching) y es un documentado e intenso relato lineal y sincrónico del proceso de elaboración de los libros más visibles del norteamericano. Así mismo, es un retrato descriptivo sobre los tópicos y las derrotas y las triviales satisfacciones de una vocación de escritor llevada al extremo, y una aproximación a las imágenes generadoras y los pasajes biográficos que alimentaron los personajes y las escenas y las tramas de Dick. La vida de Dick es casi una novela de ciencia ficción: la historia del mellizo que sobrevive, la eterna búsqueda de la madre en media docena de alianzas y divorcios, el descubrimiento de las drogas mucho después de que los hippies lo tengan como un gurú espiritual que escribía bajo el influjo del ácido lisérgico, la paranoia de un McCarthysmo alucinado que lo perseguía y le interceptaba las llamadas telefónicas como si se tratara de un agente encubierto del comunismo, las tensiones con sus mujeres modernas por la incapacidad de compartir la creación, la obligación de escribir para poder comer y mantener a su(s) familia(s) que se convierte en obsesión y luego en adicción. Su paso por manicomios por tener ocurrencias menos estrambóticas que las que ovacionamos hoy al físico Stephen Hawking. La distorsión de la realidad al final de su vida en la que ya no distingue si la celebridad es una forma de la ficción.

Si el arte no mediara en todo lo que hizo, la vida de Dick sería patética, pero Carrere no interviene ni juzga a su biografiado. El arte no es sólo lo sublime, es también lo anormal, lo descompuesto. En algunos de los libros mencionados la poesía y la piedad puede estar escondida en las cloacas, en los actos obscenos, en la exposición de la miseria humana, y el desequilibrio mental. Tal vez la sordidez sea la forma más menospreciada de la epifanía.

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Emmanuel Carrere, editorial Minotauro

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