Cómo leer en bicicleta, Gabriel Zaid

12:00

3. Uno que sea un placer culposo (reto 30 libros)


La advertencia más saludable que puedan hacerte antes de exponer una idea, o escribirla, es “se breve”. Y el elogio más satisfactorio que puedan darte después de exponerla y escribirla es “fuiste claro”. Entre la brevedad y la concisión está la exactitud que más se valora en un ensayista. Más en estos tiempos de concentración difusa provocada, cómo no, por internet. Y es en el libro de un ensayista lo que se me viene a la mente cuando pienso en un placer culposo de lectura. Placer, porque disfruto de la argumentación y el orden mental de Gabriel Zaid; culposo, porque él descree de muchas pasiones que me aficionan: acaudalar libros (porque es inviable en términos de almacenaje), creer que hay historias más importantes que otras y la esperanza de que surja de las entrañas de la ciencia un autómata capaz de producir sonetos.

Gabriel Zaid es un ingeniero mecánico devenido en poeta, pero es ante todo un ensayista cristalino y breve. Cómo leer en bicicleta es un libro de ensayos mínimos sobre el ejercicio de la literatura, sobre la arbitrariedad en la jerarquización de los cánones literarios, sobre el arte de convertir reseñas en falsos ensayos, o lo que Zaid llama solapas en minifaldas, sobre el abuso de los top ten de los mejores productos (para el caso los libros más vendidos en México en el año 1968), sobre economía discreta para países tercermundistas, sobre el heroísmo de escribir para el presente más inmediato en lugar de escribir para la posteridad, sobre la probabilidad (improbabilidad más bien) de ganarse un premio literario (hoy, cuando han crecido exponencialmente los premios mientras crece el número de escritores y se desvaloriza el prestigio de los galardones, su ensayo sigue luciendo el color y la vigencia que muchos textos despigmentados envidiarían); sobre la consolidación del amiguismo solidario (léase canalla literaria) para promover el éxito de un libro citando transversalmente la correspondencia de Marx durante el proceso de difusión de El Capital; sobre la tendencia a creer que todo lo que se hizo en el pasado literario importa tres cojones frente a la fecundidad del presente (que Franzen es mejor que Faulkner porque vino después) o lo que es peor: que el arte anterior se hizo para dar paso a nuestras lumbreras contemporáneas como si la vanguardia fuera progreso por ir adelante en el tiempo; sobre mitos y juegos intelectuales como las estadísticas y la falacia del teorema Max Aub (según el cual si todos tenemos dos padres y cada uno de ellos a su vez dos padres y cada uno de ellos a su vez dos padres y así sucesivamente, entonces el número de ancestros es inmenso al punto de que antes la población era más numerosa que hoy); sobre la matanza de Tatlelolco (con cuya conmemoración los mexicanos han logrado tener su propia versión del holocausto, Guernika, Masacre de las Bananeras, 11 de septiembre, San Bartolomé, Día de los inocentes); sobre el método estadístico conocido como antolometría para implementar una estadística aplicada a la posteridad literaria; sobre un plagio ¿involuntario? de Monsivais; sobre las peripecias y pugnas intestinas que debe atravesar un clásico tipo Alfonso Reyes para competir con un moderno alias Pepito Pérez, en el codicilio fugaz de una enciclopedia. Libro irónico, sardónico, ácido.

Zaid, como todos saben, nació en Monterrey, en 1934. Es uno de los dos párrafos que sobre él tiene Wikipedia (misma que sobre la actriz Gloria Trevi ostenta un melodrama en cuatro actos.) Así se configura una paradoja más de la posteridad enciclopédica en la era digital. Ha escrito sobre la wikipedia, sobre los oráculos, sobre la economía popular latinoamericana, sobre lexicones, sobre Shakespeare. Tiene una tribuna virtual en la revista Letras Libres. Ahora puede hallarse su foto en Google Images. Hace años no se dejaba fotografiar y alguna vez demandó a un periódico mexicano por publicar una imagen suya sin autorización. Lo busqué para ilustrar esta nota, preguntándome: ¿a qué se parece Gabriel Zaid? Ahora lo sé: a un entinema (ese silogismo apriorístico al que se le ha quitado la premisa del centro).
Muy sabio, luego calvo.

Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta, Cuadernos de Joaquin Mortiz

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