Asado chileno, en El jardín de al lado, José Donoso

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No hay lugar ideal para escribir. Si un lugar propicia la buena escritura es por el grado de aislamiento o porque coincide el estar ahí con la conexión de ideas llegadas a la madurez o al punto axial, frontera para empezar a escribir. Nada que ver con la comodidad. Faulkner (todos los que han leído la entrevista con Vanden Heuvel sabrán) escribió La paga de los soldados mientras trabajaba pintando casas, y escribió Banderas en el polvo (donde se cifra toda su obra) mientras cavaba a brazo partido en una mina de carbón. Nada de comodidad. Grass escribió El tambor de hojalata en un sótano de parís, mientras pescaba tuberculosis, y mientras su esposa Anna (a quien está dedicado el libro) se descoyuntaba bailando ballet para conseguir de comer. García Márquez escribió el Coronel no tiene quién le escriba mientras pasaba miserias estomacales también en París. Bolaño, sus novelas mexicanas en un pueblo de la Costa Brava, alejado del paisaje y entorno que hacen clima a sus personajes. Cendrars sus libros de viajes por el mundo, en una casa tétrica de clima absolutamente Van Gogh, aix en Provence.

En El jardín de al lado, José Donoso narra una crisis creativa que le ocurre a un hipocondriaco escritor que tal vez sea un alter-ego. Donoso era bisexual, hipocondriaco, chileno, vivía en Barcelona y no podía hacer cuajar una novela mínimamente respetable para demostrarle a su agente-editora Carmen Balcells que merecía pelearse la quinta silla del avión donde viajaba la patrulla conocida como boom latinoamericano (Cortázar, Fuentes, Llosa, Márquez). El protagonista de esta novela vive el anquilosamiento de un matrimonio disfuncional en Barcelona, se enamora de un adolescente andrógino que lo robará y explotará como a cualquier viejo libertino, vivirá un cuadro de esterilidad creativa mientras ve al mejor escritor latinoamericano (Marcelo Chiriboga) pasearse con su agente (Núria Monclús) y darse la vida opípara de una vedette. Para conjurar esta esterilidad, un amigo pintor muy solvente le ofrece su casa de Madrid y su nevera y su cava y su biblioteca y su estudio para que pase una temporada en la confortable vivienda de un verdadero triunfador y para que los estambres de su novela atascada se fertilicen con los pistilos de la burguesía holgada. Nuestro escritor chileno acepta, se muda con su esposa y empieza a vivir un proceso de decadencia total en que la creatividad pasa de crisis al yermo absoluto, a causa de esa distorsión según la cual el arte es una mercancía, el escritor un menestral y la fama el listón más alto de la escritura.

Jose Donos y Pilar, Google Imagenes
El remate del libro, cuando la historia se revierte y descubrimos que todo, hasta el narrador, es falso, y que también es posible hacer una gran novela sobre el fracaso de la escritura, pero sobretodo, cuando descubrimos que la fecundidad creativa nace también de los peores sentimientos y de las obsesiones y de las distorsiones de la realidad, es cuando hay que aceptar, quién lo creyera, que con este libro Donoso en verdad acertó: era un buen escritor con obsesiones fatales, con oído musical y sintaxis fluida, con erudición contenida, léxico amplio y un manejo de referentes preciosos de la historia del arte, pero se malogró persiguiendo un prestigio idiota que no estaba en sus manos, sino en las manos de su agente. Una de las cenas opíparas, antes que el libro y la relación de los personajes se vayan pudriendo, antes que la casa se desordene y el ladrón comience a hacer todo tipo de francachelas y la basura y las botellas se acumulen en los rincones y el polvo se asiente sobre cada cuadro y cada mueble puesto a su cuidado, consiste en un asado chileno propuesto por el pintor Adriázola para disertar cómo es de duro el exilio para los expatriados de Pinochet y cómo son de superfluos los hijos de los expatriados que sólo piensan en drogas y en sexo.

A continuación, el inventario de nombres extraños que hace el narrador Julio Méndez como ingredientes infaltables de un buen asado. Creo que podría servir de pretexto para reconstruir un convite de expatriados suramericanos. Por algo similar decía el Ché Guevara, en el diario de Bolivia, que la nostalgia empieza por el estómago:

Pg 45: “Dejé mi máquina de escribir en el comedor. Me senté bajo las cuerdas de colgar ropa, en la azotea, sin encender la luz. Desde abajo llegaba hasta nuestro cuarto piso sin ascensor la estridencia de la discoteca de la planta baja, las carcajadas de los que entraban, las groserías de los que salían: jocundos turistas, no trashumantes y desharrapados exiliados políticos latinoamericanos como nosotros, que tan a menudo nos odiábamos pero que no podíamos prescindir de nuestra compañía –asados a la argentina, feijoada, pastel de choclo, empanadas salteñas, anticuchos, los sabores nostálgicos simulados con productos tan distintos a los nuestros-, reunidos otra vez para seguir hurgando en las heridas del rencor… ¿Cómo contar, desde este empobrecido presente, la experiencia de la ya lejana gesta?”

No hay nada que aproxime más a la gente que un asado chileno. Y el exilio.

El jardín de al lado, José Donoso, Seix Barral, 264 pg, 1981.

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