Memorias de un librero escritas por él mismo, Yánover

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7. Uno muy divertido (serie 30 libros)

De los ocios mal remunerados el más divertido sigue siendo el del clan de libreros. Tener una librería para hablar paja, para alardear, para rajar del prójimo y de la noticia del día, de las vedettes literarias y del último Premio Lerdos de novela que ha resultado un verdadero subnormal. El único sueño laboral al que aspiro es a fundar una librería donde venderé lo que a mí se me dé la reverenda. Una librería donde entraría Balzac si estuviera vivo. Y Hemingway, y Joyce, y Ezra Pound. La librería se llamará Borges & co, en guiño a la de Silvia Beach, y tendrá dos acuarios de vidrio junto a la puerta con las novedades (que no serán tales, sino maravillas por las que ya nadie pregunta) y adentro, un juego de sala rodeado por cuatro paredes con pilas de libros, en una de las cuales dormirá un gato romano, plácido cazador de ratones. Abriré después de medio día y tendré dos vendedoras en minifalda con doctorado Ciencia ficción y literatura eslava. En el altillo tendré mi trinchera: las oficinas de una editorial de tirajes limitados y las oficinas de una revista on line dirigida a una comunidad filosófica de enemigos de toda hegemonía. Esta forma de verme en la vejez la decidí esta mañana, cuando descubrí (al leer el especial de Hermano Cerdo sobre una feria de libro atestada de autores   hostigados por el deseo de destacarse) con perplejidad y conmiseración, que la crítica literaria ya no es la autoridad más alta de la literatura. El editor tuvo su reinado ha siglos, cuando la libertad de cultos de Holanda y Países Bajos atrajo a los editores judíos y a todos los que fundarían las primeras casas editoras de Europa y a los sabios que buscaban publicar sus investigaciones a editar allá (hoy esas joyas son incunables para multimillonarios.) El escritor fue la máxima autoridad cuando su venablo o su execración era la única voz que se oía en las cortes europeas. Y el crítico solía ser la autoridad más alta de la literatura hasta hace más o menos 70 años cuando la voz de Edmund Wilson desde el The new Yorker o de Connoly en (Horizon) o Karl Kraus desde La antorcha o de Borges en Revista Multicolor podría hundir y mandar a pulpería el último ejemplar editado por Random House Mondadori (los editores entonces también tenían dignidad). Hoy el último comisario de los libros que nos queda son los libreros (mañana serán los bloggeros). Pero entre la clase de libreros, específicamente esa especie que son los libreros de viejo, alquimistas tísicos que deciden qué es y cuál no es la literatura que merece ser leída, y los guardianes del último reducto del papel que quedará después de la homogenización que propone internet. Creo que el oficio de librero de viejo es el único eslabón que perdurará de la cadena de edición tal y como la conocemos hoy. Aunque mañana se deje de editar en papel, dentro de doscientos años aun habrá libros por el mundo y viejos tísicos vendiendo joyas editadas de hoy, en el mercado negro. Serán pocos, pero serán.

Anne's Rock & Roll Loft House, NY
El día a día de los libreros trae anécdotas curiosas, otras desternillantes y otras francamente absurdas. Y es que el espacio ideal para lo insólito resulta ser esos nichos donde se apila la oferta del saber del mundo. Las librerías son anchones de fuego que atraen a lo mejor y a lo más extraño de la especie a quemarse en sus oriflamas: los lectores de cualquier pelambre, los misántropos, los humanistas, los insólitos, los terroristas en busca de manuales para fabricación de bombas atómicas, los locos, los eruditos, los investigadores, los ocultistas, las infieles arrepentidas, los adolescentes marcados por la postergación del suicidio, los poetas, los incomprendidos, los críticos sin lugar para publicar las críticas, los que acudimos a las librerías como acudimos a los oráculos: con fe, para descubrir una voz que nos indique el camino. Es en medio de ese espacio donde se sitúa el poder conductor del librero. Los hay peleles. Los hay felices ágrafos. Los hay asnos. Los hay mercachifles de poca monta capaces de poner a Paulo Cohelo en la vitrina, y a Valery junto a Gertrude Stein, que se detestaban en vida. El mejor librero argentino del siglo XX, Héctor Yánover, dejó este tratado para guiarse en el oficio, y le resultó una de las obras más graciosas y mejor escritas sobre el amor a los libros. En este inmenso catálogo demencial encontramos desde tipos de librería pasando por tipos de vendedores hasta encontrarnos en alguna de las clasificaciones de tipos de cliente. Hay variadas e ingeniosas modalidades de robo (y formas de contrarrestarlo.) Hay momentos estelares del la edición del siglo XX: la edición de Cien años de soledad. Hay figuras estelares que eran clientes cotidianos de Yánover: Gombrowicz, Borges, Sábato, Quino, Roberto Arlt, Cortázar. Esta memoria puede leerse como la suma de un sabio, o el testimonio directo de un conocedor profundo de su oficio. O bien como un diario de anécdotas, glorias efímeras y de fracasos rotundos en un oficio insólito. Hay sobre todo, respuestas burlonas y exactas a preguntas que todos quisiéramos tener contestadas: ¿cómo convertirse en un autor exitoso? ¿Qué libro puede decirte por qué tu hijo te odia? ¿En qué difiere un libro de otro, o por dónde empieza su valía? ¿Qué consejo se puede dar de librero a escritor sin herir egos? ¿Por qué se vende un libro y por qué otros desaparecen? ¿El libro es macho o es hembra? ¿Cómo ser un librero apreciado por sus clientes? ¿Cuánto deben ser los gastos y los egresos para saber si el negocio flota o te estás hundiendo? ¿De qué hablamos cuando hablamos de Best Sellers? ¿Cuál es el libro que no pasa por una censura, cuál el que libremente elige un lector?

Cuenta Yánover que en época de vacas flacas, cuando se moría de ganas por vender un libro en su librería, le espetaba al primer interesado: “Trata de una ninfómana que conoce a un pederasta y en medio de los horrores de la guerra se salvan el uno al otro gracias al amor.” Contar el argumento con cierto sensacionalismo era el mecanismo más efectivo y rastrero para vender un libro. Pero en época de vacas gordas Yánover jamás contaba un argumento. Cuando entraba a su librería una señora dubitativa preguntado por el Martín Fierro Yánover sacaba todas las ediciones disponibles aduciendo que, si la dama no compraba ninguna, al menos saldría de su negocio diciendo que allí las tenían todas. Confiesa que la campaña más sucia para vender libros durante un día de las madres se la propuso un gañán que tuvo de empleado en forma de pancarta: “Hasta la puta de su madre puede leer un libro”. Lo despidió. Devela que cuando el público lector pide un libro sobre sueños lo que en realidad está pidiendo es un libro sobre el sueño que tuvo anoche, es decir: “no a Freud, sino a San Cono.” Se pregunta por qué no hay librerías nocturnas: “¿no es la librería un servicio de urgencia? ¿Qué pasa si alas tres de la mañana necesito urgentemente un libro? ¿Un soneto boca a boca no puede salvar una vida?”. Dice que cuando publicó sus memorias de librero, Ernesto Sábato entró a la librería para preguntarle en broma, pero con toda la seriedad del mundo, cómo era un libro.
Yánover le contestó con la misma seriedad del mundo:
“-¿Ha visto usted alguna vez un ladrillo? Pues así. Un ladrillo de mil hojas, pero no de pasta o de dulce, sino de papel, y en cada una de ellas hay anotadas palabras que nos quieren decir cosas; si tenemos el oído atento, las escuchamos.
-Qué interesante-exclamó Sábato.” 

Nota: La única garantía para que un librero tenga independencia y autoridad consiste en que sea el propietario del local (que no pague arriendos) y que su familia dependa de otros ingresos. En otras palabras que no pretenda enriquecerse, sino divertirse.

[Personajes] [pg 44-45]
El loco creía que todos se burlaban de él y trataba de ser ingenioso reservándose siempre la última palabra. No sabía francés y pronunciaba los nombres tal como estaban escritos. Un cliente lo interrogó: -¿Tiene el último de Maurois? -¿Usted dice Mauriac?-quiso saber el loco. -No, de Maurois. -Vea- se impacientó el loco- ¿de quién quiere usted: de Mauriac, Maurois o de Malraux? Porque hay tres. 

[Qué hacer con los ladrones de libros] [pg 33]
Primeramente habría que dividirlos en dos grupos: los que hacen del robo su medio de vida y los que roban para leer. Con los primeros ninguna consideración; darles de palos, partirles la cabeza, garrotearlos, quitarles el dinero, el reloj, los zapatos y las medias y que se vayan de a pie, esos turcos. El único problema consiste en sorprenderlos, en darse cuenta de que te roban antes de que se hayan ido porque después que se han ido, ¡ay!, ya es tarde. Te sentís como un tonto, como si te hubieran tocado el culo. Rabioso y blasfemo, pero inútilmente. Hay que vigilar para crearles condiciones riesgosas, para que sepan que se ganarán un martillazo en la frente. Nada más se puede hacer y es bastante porque los novatos sólo con eso ya te van a evitar. El gremio es reducido y todos los ladrones se conocen. Si se sabe que en tal librería se puede robar, ahí van todos zumbando como abejas africanas. Además mandar a una cana a una persona que roba libros es una hijoputez cuando hay tanto chorro condecorado. La segunda categoría de ladrones también admite una subdivisión: los que roban porque necesitan el libro y no tienen dinero y los que lo hacen por comodidad. Hay una tercera, y es la de aquellos que necesitan robar un libro para sentirse aventureros o para probar sus nervios, y no sería raro que hasta fueran buenos compradores. En estos casos el librero no debe advertir el robo. El principio dice que no hay que dejar que nadie robe, pero si ves a un pobre robando las flores del mal o las soledades de Góngora, bueno, ché, qué se le va a hacer. Los deportistas roban libros que les gustan pero que no necesitan][ Está el que compra un libro económico y para mirar otro que quiere hacerte creer que le interesa, a poya el suyo sobre el que verdaderamente ha de llevarse y luego, sin darse cuenta, toma los dos y se retira][El que compra uno y sigue mirando otros hasta que el librero se despreocupa de él, total ya compró][ Hay quienes te roban un libro de alto precio y con el dinero obtenido con su venta te compran otros. Esos sí que son ladrones dostoiewskianos][ 

Memorias de un librero escritas por él mismo, Hector Yánover, Editor: Anaya-Mario Muchnik, 1994

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