No importa, Agota Kristof

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Murió el año pasado, en un accidente de carretera. Su familia no difundió el suceso. En español apenas lo registraron dos periódicos. En italiano y francés hubo obituarios escuetos, cápsulas de prensa, que no ofrecían mayor información. Un grupo de teatro que había llevado Klaus y Lucas, su trilogía, a las tablas, lamentó públicamente el deceso. Me enteré de la muerte de Agota Kristof por una reseña que leí en El lamento de Portnoy. Al día siguiente fui a la biblioteca y tomé en préstamo el último libro que me faltaba por leer de sus cuatro obras. Eso fue lo mejor que pude hacer para despedirla: leerla.
No importa, se llama el libro. Son cuentos. Unos arcanos. Otros elípticos, siempre leves y afilados. ¿Qué le vamos a hacer? Hay escritores que tienen el don de hacer largas obras e inmensidades de cosas pequeñas, y otros, como Agota Kristof (Schwob, Rulfo, Chejov) que pueden hacer obras mínimas que contengan todo el dolor humano. Hay bocetos de este libro que reelaboró en su biografía, La analfabeta, y en el último volumen de la trilogía. Pero es difícil precisar si el libro es anterior, o posterior a la trilogía. En todos ellos subyace un único rasgo: son parábolas que esconden el drama interno o lo exponen tan directamente que conducen al absurdo que irremediablemente conlleva toda rutina: un hombre ha esperado toda su vida la carta del padre que lo abandonó y que le explicará las causas de su abandono. El personaje reflexiona sobre los padres que abandonan: no necesitamos grandes shows para decirle a un hijo que lo desamparamos; la explicación puede ser una elipsis, o un pequeño sumario. Ejemplifica:

“Cuando tu madre me dijo que te llevaba dentro, me fui en un barco, viví en los puertos y bares, era infeliz porque pensaba que tenía una mujer y un hijo en alguna parte, pero no podía estar con ustedes porque ganaba muy poco dinero y me lo gastaba en beber para ahogar el dolor que llevaba dentro al pensar en vosotros. Ahora estoy debilitado por el alcohol y nadie quiere contratarme en los barcos.” 

Cosas así, directas, triviales; una explicación basta, una que serviría para confirmar o dispersar las conjeturas solemnes que hicimos por años, y que al menos nos ayudará a no convertir el odio en cáncer ni en cárcel ni en alcohol, pero que no nos hará perdonar, porque los hijos nunca perdonan. Una carta que nunca llega. Sólo que este día, el personaje por fin, la ha recibido entre las facturas de pago.
En La invitación un marido cariñoso llega de la oficina inflado de cerveza y buen humor y propone a su dama prepararle la cena de cumpleaños. El ama de casa preferiría un restaurante. Él insiste, y promete cocinar un plato exquisito. Llega el día de la fiesta. Ella se arregla. Los amigos están por llegar. Él pide ayuda de su dama a último minuto: que desuele las papas, dice, mientras va por el vino. Regresa pronto con el vino y ahora pide ayuda con la salsa, con el adobo, con la mesa. Al final la agasajada vestida de gala termina por preparar su propio festejo y atender los invitados, y ya en la madruga, cuando los borrachos duermen, empezará a limpiar el desorden que le dejó su último cumpleaños.
Hay un cuento (El Campo) que expresa la asfixia de la urbe que vendrá: un hombre se queja del ruido que llega a su apartamento ubicado en el centro de la ciudad (carros, polvo, smog canceroso). Decide comprar una granja en las afueras donde haya paz, aire puro y el ruido sea una vibración en la distancia. Lo hace, pero después de comprar el remanso empezarán a construir frente a su isla una portentosa avenida de cuatro carriles, y junto a su casa levantarán fabricas con altas torres de humo, y el hombre empezará a fantasear con la vieja vida del centro que alguna vez fue mejor, y querrá volver, pero el centro, para entonces, habrá sido despejado de ruido, de carros, de humo, y habrá sido acaparado por los que pueden pagar por un mundo con aire y sin ruido. Es la ciudad: no hay escapatoria.
El cuento más sorprendente que he leído en los últimos años es un simple diálogo entre una pareja que se encuentra en la última estación del tranvía. Trascribo el diálogo y me ahorro la descripción (dos desconocidos que hablan cuando ya nadie los ve):

“-¿Cuáles son las novedades? ¿Cómo están los niños?
-Se lo agradezco. Por ahora sólo dos están enfermos. Los mayores van a las tiendas para calentarse. ¿Y en su casa?
-Nada en especial. Nuestro perro se ha vuelto limpio. Hemos comprado muebles a crédito. De vez en cuando nieva.” 

Nada más. “Su casa”. “Nosotros”. “Ustedes”. “Novedades”. “Los niños”. La distancia entre clases sociales, el secreto de los hombres honorables, de las amantes resignadas a ver al padre de sus hijos en la estación de nadie.
Y destaco el siguiente boceto (Dónde estás Matías): un diálogo interno que el personaje elabora consigo mismo, transpuesto luego al juego de identidades del segundo volumen de El gran cuaderno:

“Más tarde Sandor dijo:
-Yo también tenía un hijo.
-¿Murió?
-No, creció.
-Claro –dijo Matías- tiene que recorrer la vida.
-¿La vida? ¿Por qué? Yo la he recorrido y no he encontrado nada.
-Es que no hay nada que encontrar- contestó Matías-, nada. 

Agota Kristof
Agota Kristof, una manufacturera húngara en una fábrica de relojes suizos que tuvo que abandonar a sus hijos y a su patria y cambiar de lengua para tener una vida. Recogió y pulió sus destrozos y escribió con ellos una trilogía de novelas implacables, sin queja, que son la historia de su infancia y de una guerra y del abandono, y cuya eficacia narrativa y la contundencia del argumento han borrado cualquier posibilidad de olvido entre quienes tuvimos la suerte de leerla. Veintiséis piezas maestras, que nos llevan al borde de una verdad humana, temible, intempestiva, como una aguja escondida en la sopa de un niño.

No importa, Agota Kristof, Ediciones El Aleph, 104 pg.

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