No nacimos pa semilla, Alonso Salazar

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28. Uno que lo haya asustado  (reto 30 libros)

Comunas, Medellín, Jesus Abad Colorado

¿Qué es el miedo? Una anticipación de la tragedia. Pero ¿qué es fisiológicamente el miedo? Una sensación ambivalente de calor-frío. Un erizarse los poros como piel de gallina hervida. Una oleada que sube desde el píloro, arrasa el cuello y acaba en una dispersión eléctrica en las hebras de la cabeza (lo que llaman “piel arrozuda”, “erizarse” o “piel de gallina”). Hay miedo en la sensación de ser observado, por un asesino, o por un auditorio, o perseguido, o al perder el control y ser sometido por una fuerza superior. Hay miedo en las exhibiciones impúdicas y cohibidas del yo (estrados, plazas, salones de clases; el simple hecho de hablar en público). Hay miedo en lo desconocido. A veces el miedo se confunde con el vértigo, porque el miedo es vértigo también en parte; o con el asco, porque el asco es otra conjetura, una anticipación. Miedo es compasión y empatía y pesadilla, un situarse ante el peligro inminente, como cuando presenciamos una acrobacia de funámbulo circense y nos sudan las manos, o cuando observamos un video que enseña la carnicería vomitiva que es una cirugía estética y nos pasa frío en el estómago, o cuando vemos a un mendigo purulento en la calle que defeca por un tubo mientras permanece en pie con la mano extendida mientras te pide una limosna. Entonces el cuerpo segrega dopaminas, para preparar el cuerpo para una tragedia similar (lo que provoca el frío y el erizo y la náusea, y significa que el cuerpo está preparándose para la sorpresa, para la inevitabilidad, para el golpe, para la compasión). Hay gente que se lanza de un puente atada con un caucho para provocarse los síntomas del miedo y sentir la descarga de dopaminas. El cine de horror ha homogenizado los pasos para provocar el erizo al dosificar la tensión, subjetivizar los planos, someter a lo imprevisto al espectador y armonizar el asecho del asesino con música de suspenso, la presencia del fantasma con imágenes temibles y etéreas que se yuxtaponen, y el desangre con miles d el litros de kétchup. Sólo que sus técnicas se han sobreexplotado que desde hace años el terror se ha pasado directamente del lado del asco, o de la sicosis paranoica.

Trato de pensar en lo que siento cuando tengo miedo. Y no puedo recordar si una sensación así (sudoración, descontrol motriz, hiperactividad, reducción de inhalaciones, alerta máxima) puede habérmela provocado un libro. Hugo Hiriart, el dramaturgo y extraordinario ensayista mexicano, confiesa, ante una crisis personal de pánico, que el miedo para él es la inminencia de acceder al sufrimiento, y que sólo se conjura entregándose a la fuerza superior; avanzando hacia lo desconocido. Javier Marías, en Todas las almas, dice que los horrores que provoca la obra de Machen nacen de una bisociación de ideas: se vive en el miedo al asociar dos ideas de forma que muestren su horror. Supongo que Marías quiere decir que el miedo es un hallazgo: conjeturar lo extraordinario, descubrirnos víctimas, o identificarnos con una víctima (de un carnicero, de Lucifer, de la mano bajo la cama, de ser descubiertos). Trato de recordar qué libro me ha provocado miedo. Creo que solo estamos preparados para sentir miedo con la edad, y mientras más nos alejamos de la infancia, mientras más encontramos explicaciones para todo, mientras más literales y menos metafóricos nos volvemos, perdemos la capacidad de sugestión. Cuando era niño leí un libro donde el protagonista, el cazador de serpientes de la jungla negra, se enfrentaba a una secta de estranguladores ocultos en un babiano sagrado en la India. Ese libro de Salgari me hacía sudar las manos, encender la luz, levantarme en la noche para seguir leyendo con una linterna y estar atento a los susurros que venían de la calle y del techo. Volvió a ocurrirme a los trece, cuando leí Pedro Páramo. Y volví a sentir algo parecido a los quince, cuando leí No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar. Pero es de otro tipo el miedo que provocó en mí un libro como No nacimos pa semilla. El miedo de estar en un mundo donde cohabitan asesinos naturalizados, profesionalizados en acribillar gente por un puñado de dólares, o por una nevera o por un lote con el fin altruista de construirle una casa a la mamá.

No nacimos pa semilla es la historia de los sicarios de Medellín, la crónica de un puñado de vidas en una barriada donde no hay destino. Y no hay destino, porque no hay mañana. La historia de Ramoncito que era la esperanza de tener un niño alejado del crimen, la esperanza de que haya un ser humano, un miembro de la nueva generación que no se envilezca en la atrocidad, y que se desvanece cuando llega su turno. En No nacimos pa semilla comprobamos que no se es asesino por una situación congénita. La exclusión, la agresión cotidiana, la pobreza siguen siendo el caldo de cultivo de la violencia. No eliges el cómo, ni el dónde, ni el cuándo nacer. El miedo que provocan esos relatos no nace de lo sobrenatural, sino de la empatía y de la realidad. Nos asomamos aquí por un instante a la crueldad total contra toda forma de vida (inicia la serie con un rito satánico y el sacrificio de un gato). El miedo a tener una vida como la de Ramoncito. El miedo de encontrarse a Ramoncito en una calle. El miedo de ser tú mismo un Ramoncito y estar a un paso de convertirte también en un matón.

El miedo es no poder explicar lo que está pasando.

No nacimos pa semilla, Alonso Salazar, Cinep

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