¿Cómo nace un mito?

12:34

Michel Parkes, Mitología dibujada
He vuelto a ver el video con el que la fiscalía de Colombia incrimina a Sigifredo López y lo vincula con participar en el operativo de secuestro, cautiverio y muerte de sus compañeros diputados de la asamblea del Valle. Falta comprobar que sea él quien da los planos y ofrece instrucciones y discrimina las rutas de evacuación, falta verificar que su voz sea la que se oye en off, que el perfil que alcanza a esbozarse sea en realidad su perfil facial, y que haya otras pruebas adicionales. Con el antecedente de manipulación de pruebas que tiene este sistema judicial, y el lugar donde fue hallado el video (el disco duro del computador de un jefe guerrillero muerto) surgen reservas y descreimiento. También al ministro Rodrigo Lara Bonilla la mafia lo implicó en un soborno mientras atendía su ferretería y el video no lo encarceló, pero lo puso en el muro de la infamia pública y lo empujó a proclamar la ley de extradición por la que sería asesinado. Un video se convirtió en la prueba fundamental para verificar que Carlos Horacio Urán, un magistrado del palacio de justicia salió vivo del palacio, cayó en manos de los militares y luego fue registrado como muerto durante el holocausto. La naturaleza de la prueba, en video, requiere peritos especializados en cotejo de voces, en verificación de datos, en corroboración fisionómica.

Desde la captura de este señor no he podido dejar de pensar en su caso como hecho dramático. En Colombia, tenemos la moda del secuestro y el subgénero literario de las memorias de secuestrado como narración. Pero por encima incluso del drama esencial que particulariza el caso de los demás secuestrados (el hijo del pecado de Clara, la academia de Ruso de Jara, el amor ilícito de Betancourt, la evasión de Pinchao) la potencial perfidia de Sigifredo lo convierte en caso tutelar. Mientras todos los casos de secuestro parecen tener el mismo trasfondo de intransigencia y poder: la desidia de un gobierno ante su drama personal y la prolongación insensata de su cautiverio por la guerrilla, el de Sigifredo intriga porque al ser acusada la víctima de ser su propio secuestrado se convierte al héroe en antihéroe, y aparece a nuestra intuición en un paradigma distinto a todo lo que hemos visto antes.

De entrada, me parece inverosímil la acusación, al menos mientras sigan siendo variables a su favor el hecho de haber vivido esos 10 años de secuestro en las mismas condiciones de sus compañeros, en la selva. Parece improbable que un hombre haya sacrificado diez años y haya decidido estar lejos de su familia, que haya renunciado a todo por vivir en una selva privado de todo, y que le haya mentido a su mujer, a su hijo, a los familiares de sus compañeros, al todo el interesado en el caso (por solidaridad o chisme). Es más: resulta un acto de vileza el solo dudar de su desgracia después del trauma de haber sobrevivido al fusilamiento de sus compañeros. Pero, por un momento, devuelvo el video, y vuelvo a oír esa voz que da instrucciones con privilegio de fuente, en el mismo lugar donde ocurrirán los hechos, y por un momento repaso el perfil de su imagen sobrepuesta a la imagen del instructor fantasma y me permito el don de la duda: ¿y si es verdad? ¿Y si llegara a ser él?

¿Qué significaría un caso así en este país que ha llegado a ser capaz de presenciar todas las degradaciones humanas sin inmutarse: la violación de una niña de meses por su padre depravado en Girón, la teocracia de Laureano Gómez, la dos décadas de la violencia que rebasaron toda dignidad y valor por la vida, la ambición absoluta a costa de todo de Pablo Escobar, el terrorismo mafioso, los ataques a las poblaciones de las guerrillas, la degradación humana de los descuartizamiento paramilitares y sus hornos crematorios, el éxodo y destierro de los desplazados, los fusilamientos revolucionarios entre compañeros fundadores del ELN y los más atroces de Jaime Delgado en el frente Ricardo Franco, el patricidio y matricidio de un antropólogo de la universidad nacional, la soberbia de los militares en la retoma del palacio de Justicia, el violador de niños más impune del mundo, la traición y exterminio de los militantes del partido Unión Patriótica, el suicidio solidario de los desposados del Neusa, la supresión del enemigo ideológico por todas las formas de lucha, el exterminio de un partido político hecho por los cuerpos de seguridad del estado? ¿Agrega o quita algo este caso a una guerra llena de vejámenes, de perfidias, de traiciones, de degradaciones?

Sí, agrega algo, de llegar a verificare. A nivel de complicidad delictiva, no. Peores alianzas ha habido, si hacemos un breve recordatorio: los senadores parapolíticos de los 90s, los políticos con la mafia del los 80s, los desfalcos a la nación de todas las épocas. Pero pensemos en el plano moral y las implicaciones dramáticas del caso. Pongamos la pregunta desde la empatía: ¿y si tú mismo hubieras participado en un plan así?
Entonces el hecho adquiere un tinte distinto a todos los casos anteriores. Entonces los diez años de auto-secuestro parecen posibles, soportables, obligatorios, a consecuencia de un solo acto axial: la mentira. Una mentira inflada a una potencia elevada, acaso como nunca antes se había visto. La mentira funciona así: cuando dices una (dependiendo de su tamaño, San Agustín las clasificaba en veniales, alegres, mortales) tendrás que poner a su lado otras cien, para sostenerla. No solo al lado, sino alrededor, arriba y abajo. Participar en el plan de un secuestro en el que tú mismo aparentarás ser un secuestrado más, y después tener que simularlo por 10 años y sostenerlo en pruebas de supervivencia y más adelante simular ser un liberado y luego defender tu inocencia aunque las pruebas que te implican parezcan tácitas, y finalmente ser descubierto por un pequeño error que tú mismo olvidaste, crea una cadena de mentiras en cadena, infladas a un nivel tan dramático como excepcional que acaso provoque lo que es tan azaroso como difícil, pero que marcará a una sociedad ya para siempre: un mito.
Si resulta una acusación falsa (lo que también tiene que ser demostrado) no pasaría de ser una infamia que se añade a otras infamias en este país que acostumbra envilecer la honra de las víctimas y que acabará con una demanda archimillonaria a la nación, o como se dice desde la denuncia millonaria de Ingrid Betancourt, "con agua sale".
Pero si es confirmada la prueba estaríamos ante un argumento dramático nuevo, el único nuevo (según mis modestas lecturas) en 2500 años desde que Aristóteles inventariara su catálogo básico de la vileza humana en la reseña de Edipo rey, que es La poética, el texto que acaso más ha influido en la estética y la creación literaria y dramática de occidente.

Para Aristóteles, el fundamento del mito, el fondo de los argumentos dramáticos complejos, se basa en el sufrimiento humano, y quedaban reducidos a unos pocos casos esenciales que se repetirían y marcaría a todas las generaciones y la creación: el incesto, el patricidio, matricidio, filicidio, los celos, el poder, la insumisión divina, la iconoclastia, la soberbia, la viudez, el sacrificio, la ruptura y suplantación del orden de los dioses, la venganza, el castigo, el adulterio, el sacrificio. Todos los clásicos griegos son variaciones sobre unos cuantos mitos humanos ilustrados en tragedias: Antígona, Edipo, Electra, Medea, Clitemnestra, Orestes, Jasón son personajes que encarnan los extremos de las pasiones humanas. El mito es una representación de casos humanos, embellecidos por la literatura, y frente al los cuales podemos ver reflejados los aspectos esenciales de la conducta y la conciencia. Casi siempre, se fundamentan en casos emblemáticos de la tragedia de vivir en una sociedad, porque aprendemos y dependemos de la desgracia ajena para poder medir nuestras vidas y nuestros propios sufrimientos. Casi siempre lo que desencadena la crisis del héroe y la adopción de su destino es el desconocimiento de un error que arrojará respuestas y dramas futuros. Lo que intensifica la tragedia y la precipitará (de ser verificada) en este caso (el drama de Sigifredo López), es la realización de una acción con pleno conocimiento de causa que provocará el desmoronamiento de la perfidia y la atomización de la tragedia individual en familiar. Esto debe marcar a la sociedad que ha permitido que algo así sea posible.

Lo que diferencia este drama del de todos los secuestrados de Colombia, en términos trágicos, es la transición de todos los pasos de la crisis dramática que son necesarios para que haya conflicto y destino: la hamartía, la anagnórisis, la peripeteia. La hamartía era el error del héroe. La anagnórisis es el reconocimiento del error en la evolución del tiempo y la memoria. La peripeteia (la peripecia) es el cambio de estado de la vida (de la felicidad a la infelicidad, de la tranquilidad a la intranquilidad, de la riqueza a la miseria). En mi intuición, un drama como el que advierte el caso de Sigifredo López no se ha vuelto a ver desde Shakespeare. La mentira como agente dramático. No estamos hablando de un nuevo Pinocho. Ni del pastorcito mentiroso, ni de esa parábolas cristianas del pecado venial. Ni de la mitomanía que es involuntaria y patológica y puede diagnosticarse. Estamos hablando de la catedral de la mentira, la perfidia absoluta, premeditada, la transgresión del Sermón de la montaña dado para ir a contrapelo del instinto irracional. Si es verdad, si alguien pudo ser víctima de un acto de engaño que afectará a todos los miembros de su sociedad (y la corroboración es fundamental para que el arte imite a la vida) el que desentrañe esta historia, el que logre ver los motivos del héroe, el alcance de su error, el que logre hacernos entender esta tragedia, estaría frente a frente con una obra, hipotéticamente, inmortal.

Simplemente, espero que sea falso, como un mal sueño.

Aquí una nota de defensa de alguien que lo conoce de cerca: Julio César Londoño en Semana.

Nota para lectores no colombianos:
Sigifredo López es un ex secuestrado que estuvo 10 años prisionero de las Farc junto a sus colegas, diputados de la asamblea del Valle. Todos fueron secuestrados en un operativo de perfidia en el centro de Cali y sacados de la ciudad sin que las autoridades lo advirtieran. Luego de diez años de desidia gubernamental para negociar su liberación, once de los doce diputados fueron fusilados por las Farc en un hecho que no se ha esclarecido (pero apunta a un rescate militar fallido del gobierno de Álvaro Uribe Vélez). El único sobreviviente, porque entonces estaba custodiado por otro grupo guerrillero, fue Sigifredo López, que fue liberado posteriormente, y su caso se convirtió en un emblema de la entereza y resistencia física y moral de los secuestrados de Colombia y de la negligencia institucional para resolver el conflicto armado. 
La semana pasada a Sigifredo López lo apresaron. La fiscalía lo acusa de participar en el plan del secuestro, lo que invierte su historia personal en los términos señalados. Ver video que la fiscalía usa de prueba

You Might Also Like

0 Deja un comentario

Maneki-Neco

Maneki-Neco

RADIO

FANS