Angel Rama y Marta Traba: hechos simples que desencadenan una muerte

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Marta Traba, estudiante en París

El 6 de marzo de 1980 las autoridades académicas de la universidad de Maryland le ofrecieron al crítico Ángel Rama una plaza como Senior Professor en el departamento de español de la facultad de humanidades. Parecía cerrarse así un nuevo ciclo de peregrinaciones, emprendidas desde que, durante otro ciclo de conferencias, en Caracas, 1974, la dictadura militar tomara el control de Uruguay y le impidiera regresar a su casa de Montevideo, a su cátedra y a su biblioteca personal. En Caracas entonces había iniciado la trashumancia de Rama: cinco países (Venezuela, Colombia, Estados Unidos, México, España, Francia) que se convertirían en viviendas itinerantes para él y su mujer Marta Traba hasta el día que fallecieron en el accidente aéreo del Avianca 011 en Mejorada del campo, en 1983.

Se habían conocido, Rama y Traba, en un congreso de escritores organizado por ella en la Universidad Nacional de Bogotá en 1966. Marta tenía dos hijos bogotanos de un primer matrimonio con el poeta y diplomático colombiano  Jorge Alberto Zalamea y Rama dos hijos de un primer matrimonio en Uruguay. Con el corazón y el intelecto repartidos  entre los hijos y los proyectos culturales no habían logrado unificar las dos familias (y habían caído en la trampa de aquellos que llevan vidas paralelas muy intensas e irrenunciables que les impiden compartir no solo el amor sino también la creación). Sin embargo, en un arrebato de clarividencia para vivir y morirse juntos, ya en 1973 habían decidido instalarse en Uruguay, tomando por pretexto el enfrentamiento desgastante que por entonces daba Traba en su pugna contra las élites más conservadoras de Bogotá. Ella trataba de convencerlos de que el arte moderno era abstracto y conceptual porque la asimetría era la mayor conquista artística del siglo XX. Su propósito era defender, con argumentos, la creación de un Museo de Arte Moderno para Colombia. Ese museo era indispensable no solo para modernizar la cultura (a lo que hasta el renacentista tardío Germán Arciniegas se oponía), sino necesario para dar cabida a las nuevas generaciones de artistas perdidas en el limbo del arte real y figurativo. Traba estuvo comprometida desde sus primeros años en Bogotá con la divulgación del talento de los demás y con la formación pedagógica de las audiencias culturales sin que ningún arte podría ser aceptado. El hecho que la situó en el panorama estéril de las artes como polemista natural fue en un contexto de crítica política y no de crítica artística, paradójicamente: el proceso de deportación (era argentina de nacimiento) al que fue sometida por reprobar en prensa al gobierno de Guillermo León Valencia que había optado por asaltar con una brigada de soldados las instalaciones de la Universidad Nacional de Colombia para rescatar al prematuro candidato presidencial Carlos Lleras, sitiado por estudiantes armados de piedras y tomates podridos en la facultad de Derecho (magnífico performance). La orden presidencial de expulsión se canceló luego de que una comisión de intelectuales reaccionara con una campaña en defensa de Marta Traba. Desde entonces, fue colombianizada de adopción (aunque la nacionalidad sólo la obtendría hasta 1982) e incorporada a la primera línea de fuego cultural.

Por su parte, Ángel Rama, también tenía sobre su prestigio una sombra que lo perseguiría en todos sus emprendimientos: un pasado que lo ligaba al órgano cultural de la cuba revolucionaria: La Revista Casa de las Américas. Distanciado del proceso cubano, tras la desbandada de intelectuales que provocó el caso Padilla (rebatían, Vargas Llosa y compañía, la estalinización de la cultura, la sumisión intelectual, la censura y el encarcelamiento de los autores), el peso de esa antigua simpatía y su pasado de simpatizante socialista le suscitó la hostilidad de varios gobiernos: determinó su exilio de Uruguay porque la dictadura militar lo acusaba de comunista, y más tarde decidiría también la penalización del gobierno norteamericano que le negó (mediante la aplicación de un código de tiempos del Macartismo) la visa para poder ser profesor en Maryland, lo que le obligaría a irse con su mujer a dictar clases y vivir en Francia, último hogar.

De modo que cuando se encontraron los dos en un congreso de artistas de Caracas con los planes rotos de unir las dos bibliotecas e irse a Montevideo porque la dictadura acababa de trastocar el futuro, empezó  el peregrinaje de los dos, ahora juntos por Washington, Barcelona, Bogotá, Ciudad de México y París, hasta el día en que el Boeing 747 de Avianca se vino a tierra.

(No está de más agregar que fue una suerte inversa el que la dictadura militar de su país haya cogido a Rama en Caracas, porque allí pudo adelantar su máximo aporte cultural: la Biblioteca Ayacucho. En la mezquina y provinciana Bogotá, simplemente, jamás habría contado con ninguna ayuda del Estado para fundar un proyecto editorial paradigmático y totalizador del pensamiento y la literatura continental.)

Los hechos que desencadenan una muerte condicionan el camino para llegar a ella, pero no lo determinan. Es decir: lo propician, pero no lo deciden. Ya vimos que un cambio sutil en el orden del día puede provocar que lleguemos demasiado tarde o demasiado pronto a la esquina donde un taxista nos arrollará o arrollará a quien nos precede en el semáforo. ¿Qué hechos simples propiciaron para ellos el abordaje de aquel Jumbo de Avianca que partiría del aeropuerto Charles de Gaulle de París en 1983 para estrellarse en la aproximación al aeropuerto de Barajas? Innumerables y desconocidos, en tantos casos como pasajeros iban. He leído, sin embargo, en una entrevista, a la pintora francesa  inglesa Joy Laville, esposa de Jorge Ibargüengoitia, que el motivo que lo llevó a vivir en París, después de una polémica con el régimen político mexicano de Ordaz por sus novelas satíricas, fue la contemplación tremenda de un coyote sarnoso enjaulado en una calle de la colonia  Coyoacán del D.F. Ibargüengoitia tomó la contemplación de ese animal salvaje y auto-mutilado como una señal de mal agüero y decidió imponerse el exilio voluntario en París. Manuel Scorza, según su primera esposa Lyli Hoyle, en otra entrevista, partió a París tras un divorcio traumático en Lima. En 1980, Marta Traba, abrumada por la aparición de un tumor canceroso en su seno y la consecuente ablación del mismo se enfrentó a la idea inminente de una muerte a corto plazo. Sin embargo, el cáncer fue controlado (Angel Rama había decidió aceptar el ofrecimiento de la Universidad de Maryland para costear los gastos médicos de Traba y allí se mantuvo hasta que la visa le fue negada) y ella pasó los últimos tres años que le quedaban acelerando proyectos, saltando de avión en avión con su marido por todos los congresos de arte del continente (tenía un temor irracional por los aviones, pero en un año montaba en 40 de ellos) y escribiendo de arrebato (dejó 20 libros de crítica de arte y 4 novelas terminadas). La novela que dejó inédita, titulada En cualquier lugar, trata sobre un grupo de latinoamericanos exiliados por una dictadura militar que se encuentran de ocupas de una estación de trenes en Noruega. Allí viven y tratan de olvidar las torturas y las pérdidas vitales y materiales al mismo tiempo que reproducen a escala las idiosincrasias de su país y conviven con sus perpetradores (que se han logrado colar con ellos en los programas de protección que cobijan las amnistías y los tratados internacionales). La última escena ocurre en un aeropuerto cuando el protagonista, Alberto, decide regresar a su país. Entonces le vemos ir a la ventanilla del pasabordos, cruzar la aduana, ingresar a la cabina, tomar asiento en la silla del avión y empezar a llorar. ¿Una anticipación del hado?

Hay otro orden de hechos que condicionan nuestro destino, pero sólo compromete nuestro itinerario en un punto axial: cuando los dos órdenes se encuentran. La contingencia ajena es la mitad de nuestro destino. Quiero decir, como ejemplo, que la suma de mi propio trasegar no basta para decidir mi muerte en un accidente. Se requiere la suma del trasegar (las contingencias) del objeto, o sujeto, o ente, o catástrofe (sismo, tsunami) que nos ha de matar. La suma de los dos órdenes, cifra el destino simultáneo.

(Continúa)

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