Cómo se comporta el destino

9:48

Continuación de Indagaciones sobre el destino (Serie 12)

 Michael Parkes - Dream for Rosa

Para entender el destino los griegos diseñaron un poderoso sistema estético que se llama mito y se recrea con la tragedia. La tragedia es la revisión de un tema desde los puntos decisivos que desencadenaron el destino. Aristóteles enunció las partes básicas para que un hombre sea consciente de su destino en la Poética, que es una reseña de Edipo Rey a quien un oráculo anticipó que mataría a su padre y engendraría sus hijos en su propia madre. Los tres componentes necesarios son la Agnórisis, la Peripeteia y la Hamartía. El destino requiere de un héroe y de una crisis (una acción que mueva al héroe en pos de la anunciación, en donde interviene la agnórisis: el reconocimiento de la Hamartía que no es otra cosa que un craso error del pasado que determina el futuro). Esta crisis (movimiento) nace por un conflicto (aquí interviene la Peripeteia –peripecia- que es el cambio de estado repentino de la felicidad a la infelicidad, de la tranquilidad a desesperación). Hay, además, tres tipos de conflicto: cuando algo interno del héroe se opone a su deseo, cuando se opone al deseo algo externo y cuando el héroe se enfrenta a la oposición. El resultado de esa interrelación de tensiones será lo que desencadene el final (el destino) que determinará en últimas si algo es una tragedia, una comedia, una epopeya. Es decir que el sentido del destino está cifrado en su final.

En la etimología Destino viene de meta: un lugar a llegar. Esto sentido no siempre fue así. En la Iliada (que es anterior a la Poética y nos da noticias bastante viejas sobre cómo evolucionaron estos temas tan minusvalorados hoy) el destino es tenido por los guerreros como un deseo de Zeus (el Dios plenipotenciario) que actúa sobre los humanos. Es decir que el destino de los hombres es una voluntad del Dios. Aquí empezaron las confusiones. Porque Zeus no le cumple a los hombres todos sus deseos, ya que el destino es una voluntad superior a él. Veamos: la confusión empieza porque otras deidades menores interceden a favor o en contra en los deseos de los hombres, mediante ruegos y dádivas y ofrendas. En la Ilíada, los hombres advierten la favorabilidad de los dioses en el combate: cuando interviene un Dios menor en el combate siempre una niebla oscura se interpone a los ojos del héroe; el ambiente a su alrededor se nubla y la muerte o el peligro se alejan de él. Zeus, que es el árbitro de todas las guerras humanas, aumenta o disminuye el valor de los guerreros según le place. Sin embargo, Zeus aparece también en la Ilíada como inferior a algo que el cantor que nos legó esa historia maravillosa llama Hado: el destino (de los mortales, que es morir). Y todo lo que hace Zeus, en favor o en contra de los hombres, lo hace para que se cumpla el hado. ¿Qué es el Hado, esa fuerza misteriosa a la que respeta Zeus, que a nadie, ni a los cisnes ni a los toros ni a las ninfas impúberes, ni a su padre, respeta? Para tratar de imaginarlo hay que precisar lo que no es: no es su voluntad, ni su palabra empeñada, ni su pensamiento. En la página 298, versículo 205 de la Ilíada que poseo, Zeus tiene una balanza de oro con la que pesa la sortes de la muerte. En este capítulo se decidirá la muerte de Héctor, el guerrero que defiende Troya, ante el más fuerte guerrero invasor, Aquiles. Zeus sopesa la vida de Héctor que enfrentará la furia de Aquiles por la muerte de su mejor amigo Patroclo y decide que darán varias vueltas a la ciudad amurallada antes de que Héctor caiga herido de muerte. Zeus observa la balanza que se inclina ante la muerte de Héctor. Es ese el Hado. Si la balanza desciende, Zeus cumplirá el hado fatal. Es decir que el Hado determina la voluntad de Zeus, y esto se convierte en un acto que los hombres (desinformados, aterrorizados, perplejos) llamarán Destino. Cuando el héroe se opone al Hado, causa infortunio en su destino. No lo cambia, sino que llegará mal a la destinación. Es algo que no logro explicarme (y estas son explicaciones válidas para mí). ¿Por qué va más rápido, a encontrarlo, el que se niega a aceptar su destino? ¿Porque desencadena la soberbia de los Dioses? Ya sabemos que los Dioses no resuelven el destino, sino que respetan un estadio superior que designa el destino de los hombres mortales. Al parecer, esta inclinación de la balanza de Zeus llamada Hado la gobiernan las tres hermanas feas del plenipotenciario Zeus. Robert Graves en Mitos griegos las presenta, aproximadamente, a las encargadas del destino de los mortales, así: Júpiter estaba sujeto al poder del fatum, de la fatalidad. El destino estaba en manos de las 3 hermanas de la divinidad. Estas decidían el fatum, es decir el destino de los seres cuyo destino es morir. Las tres parcas que manipulaban el hilo del destino eran Cloto, que hilaba desde la rueca al huso, Laquesis que medía el hilo con una vara, y Átropos (en latin Morta) que cortaba el hilo (en algún momento la vistieron de negro y le pusieron la hoz). Es lo que desconocían los héroes. Cuando la inclinación de la balanza (el Hado) es funesta, e indica la muerte, se llamó Numen. El numen era sinónimo de hecho funesto, es decir de fatalidad. En la Odisea que poseo (pg 395. Verso 299, mismo volumen con la Ilíada) un personaje anuncia antes de morir, en conocimiento de causa: “dispone el hado que yo sucumba de deplorable muerte.” En la página 425 (versículo 536, última parte) Nausitoo le dice a Ulises (quien llora al historia de la guerra de Troya... sí, él que la ha visto, en la que ha participado y cuya ruina se debe a su ingenio al construir el caballo): “Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Diéronselo las deidades, que decretaron la muerte de aquellos hombre para que sirvieran a los venideros de asuntos para sus cantos.” La muerte ajena (el destino fatal) tiene por sentido convertirse en tema literario. Por supuesto, es una broma del ciego. En el capítulo Katabasis (8), el viaje al infierno de Ulises se induce para que el héroe cumpla su destino, pero aquí hay una relación vida-muerte como contigüidad, de manera que un héroe aun no muerto constata que quienes ya han muerto ocupan otro plano: un mundo gobernado por un nuevo Dios, llamado hades. Hades es quien reclama el Hado. El Hado, entonces, es la muerte. El territorio de otro dios.


¿Destino ca-sual o destino cau-sal?

Creer en el destino en el año 2012 ya no es forzosamente aceptar que haya una fuerza misteriosa que actúa sobre los humanos y causa acciones inevitables. La ciencia también ha especulado de una manera tan fantástica sobre las causas que provocan un destino trágico al punto que nada pueden envidiar los científicos a la fantasiosa religiosidad de los griegos (las interpretaciones de cajas negras por ingenieros y técnicos y balísticos ¿no resultan un género de literatura sicológica?).

Leo, en una biografía divulgativa (este tema daría para el doctorado y postdoctorado, a los que me niego entre otras cosas porque la vida es muy corta como para pasársela jugando ajedrez) que Alan Turing (el que hizo posible la máquina con que comunico estas ideas) decía que si un electrón se desvía una milésima (en la magnitud a escala) de su órbita, y si eso se pudiese calcular, se podría predecir la muerte de un hombre en medio de un desastre natural un año antes, como si cada acto fuese provocado por implicaciones anteriores, lejanas, que determinarán una consecuencia. Esto lo llamó correspondencias. La misma intuición la encontré en un capítulo del Enterrador, el excepcional libro de memorias del embalsamador y poeta Thomas Lynch cuando narra en contrapunto la muerte de una niña en un automóvil y el desplazamiento que hizo la piedra desde que un par de niños la extrajo del cementerio, la llevó al borde de una cuesta y entre ambos la echaron a rodar para que trescientos metros abajo rompiera el parabrisas justo en el momento en que el carro donde iba la niña pasara frente al cementerio (a una velocidad determinada y un ángulo preciso para que la roca rompiera el cristal, se colara por entre la abertura de los hombros de la pareja de padres y encontrara a su víctima que iba dormida en el asiento trasero y se cumpliera este extraño destino). Ernesto Volkening recordaba, en un ensayo sobre Otto Flake, uno de los estudios más sorprendentes y olvidados de la edad provecta del psicoanalista Jung: “la sincronicidad como principio de los hechos acausales”. Dice Volkening, lamentando que sea un estudio descontinuado por los discípulos, que en su vejez Jung delimitó la sincronicidad a esta definición: “la coincidencia de dos hechos, uno de origen intrasíquico, el otro ubicado en el mundo exterior, entrelazado a lo que ocurre, en una correlación que da sentido sin que medie entre ambos un nexo causal”. Sí, parece complicado, pero se aclara con este ejemplo que tal vez todos hemos experimentado: pensamos intensamente en alguien, sin una razón aparente, y, de repente, al voltear de la esquina, vemos aparecer a la persona en la que hemos estado pensando. Otro: tarareamos toda la mañana una canción de hace una década, y, de repente, la canción suena en la radio del taxi. Para Volkening eso explica que el libro predestinado para hacer época en nuestra vida (el cuaderno de notas de Otto Flake) aparezca en el preciso instante que lo necesitamos. René Thom, el matemático francés, que disertó sobre la teoría de las catástrofes, sostenía que todo, hasta el accidente más casual (inclusive el destino de morir en una tragedia aérea), podría explicarse, con números. Uno de los factores que hacían inviable a la casualidad era el efecto mariposa. Como muchos han leído, según este concepto, usado para entender el caos y los patrones del azar, en un mundo de progresiones donde todo está conectado con todo, hasta el aleteo de una mariposa (en Japón) puede provocar un huracán (en el Caribe). Como no sé de matemáticas, y el efecto ha sido manipulado en numerosas obras literarias y cinematográficas, trataré de dejarlo expuesto con la más clara intuición de esta teoría aplicada a una escena del cine.

(No. No es el efecto mariposa.)

En la película El curioso caso de Benjamin Button, de David Fincher, adaptación de un cuento de Scott Fitzgerald (que poco tiene que ver con el relato, como deben ser las adaptaciones cinematográficas de la literatura) el guionista, Eric Roth, hizo poner en boca del narrador, el análisis del accidente que le marcó la vida de Deisy y su carrera como bailarina.
El diálogo que explica claramente el efecto mariposa está en el minuto 01:48:14.
Dejaré los tiempos, pero ojalá se mantenga la idea al leer como un poema vertical:

“A veces nos disponemos a estrellarnos y no lo sabemos.
01:48:19
Ya sea casual o deliberadamente,
01:48:22
nada podemos hacer al respecto.
01:48:26
Una chica en París se disponía a ir de compras...
01:48:30
pero se le olvidó el abrigo y volvió a por él.
01:48:34
Cuando cogió el abrigo, sonó el teléfono.
01:48:36
Se detuvo a cogerlo
y habló un par de minutos.
01:48:40
Mientras estaba al teléfono, Daisy ensayaba
01:48:43
para una actuación en la Ópera de París.
01:48:47
Y mientras ensayaba, la chica, tras colgar,
01:48:50
salió a coger un taxi.
01:48:56
Un taxista se había bajado
01:48:58
a tomarse un café.
01:49:02
Y mientras tanto Daisy seguía ensayando.
01:49:08
Y el taxista que se había bajado
01:49:11
a tomarse un café, cogió a la chica que iba de compras
01:49:14
y que había perdido el taxi anterior.
01:49:17
El taxi se detuvo para no atropellar a un hombre
01:49:20
que había salido hacia el trabajo cinco minutos más tarde,
01:49:23
por haber olvidado poner la alarma.
01:49:26
Mientras ese hombre, que llegaba tarde, cruzaba la calle,
01:49:29
Daisy había terminado de ensayar y se daba una ducha.
01:49:33
Y mientras Daisy se duchaba,
01:49:35
el taxi esperaba a que la chica recogiera un paquete,
01:49:38
que no le habían envuelto porque la dependienta
01:49:41
había roto con su novio la noche anterior y se había olvidado.
01:49:44
Una vez envuelto el paquete, la chica, ya en el taxi,
01:49:48
vio como un camión se cruzaba en su camino.
01:49:50
Mientras tanto, Daisy se arreglaba.
01:49:54
El camión se apartó y el taxi pudo avanzar.
01:49:57
Mientras, Daisy, la última en vestirse,
01:50:00
esperó a una amiga, a la que se le había roto un cordón.
01:50:03
Mientras el taxi esperaba a que cambiara un semáforo,
01:50:05
Daisy y su amiga salieron por la puerta de atrás del teatro.
01:50:10
Y si tan solo una cosa hubiera ocurrido de otra forma.
01:50:13
Si ese cordón no se hubiera roto,
01:50:15
o ese camión se hubiera apartado segundos antes,
01:50:18
o ese paquete hubiera estado envuelto
01:50:19
porque la dependienta no hubiera roto con su novio,
01:50:22
o ese hombre hubiera puesto la alarma...
01:50:24
...y se hubiera levantado cinco minutos antes,
01:50:26
o ese taxista no se hubiera parado a tomarse un café,
01:50:29
o esa chicano se hubiera dejado el abrigo
01:50:31
y hubiera cogido el taxi anterior,
01:50:33
Daisy y su amiga habrían cruzado la calle
01:50:36
y el taxi habría pasado de largo.
01:50:49
Pero siendo la vida como es,
01:50:51
una serie de vidas cruzadas e incidentes
01:50:54
que escapan a nuestro control,
01:50:56
ese taxi no pasó de largo.
01:50:59
Y ese taxista se distrajo un segundo.
01:51:03
Y ese taxi atropelló a Daisy.”

La respuesta (que me doy) al hecho de que Ángel Rama, Marta Traba, Manuel Scorza, Jorge Ibargüengoitia y otros 176 pasajeros hayan cumplido su destino en un avión (y que once personas, la mayoría niños que no recuerdan el accidente) hayan sobrevivido al mismo, es que los desastres no son un único destino para todos los que perecen en ellos. Que muchas personas encuentren la muerte el mismo día y en el mismo lugar y a la misma hora no significa que la experimenten de la misma forma y que hayan llegado a ella por los mismos caminos.

(Continúa…)

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