Edición en Colombia: peso, para no desvanecerse en el futuro

11:08

Peso, para no desvanecerse en el futuro. Collage por S. Bhor
Esta exploración seriada pretende revisar algunos aspectos sobre cómo funciona el mundo de la producción de libros de literatura y de qué manera se ha instaurado en Colombia.
Para leerla en el orden de aparición siga los enlaces numerados:
[1 / Editar en Colombia]
[2 / Índices de lectura en Colombia]
[3 / Los libreros y la sohotización de la literatura]
[4 / Edición digital: la invasión de los caracoles africanos]
[5 / Editoriales independientes en Colombia]
[6 / Cien años de soledad: ¿cómo ocurrió el boom?
Y aquí la última entrega:

Edición en Colombia: peso, para no desvanecerse en el futuro



Colombia es un país sin industria. Ni petrolera (los extranjeros se llevan el crudo y el gobierno importa luego la gasolina), ni cafetera (dos dólares la libra en Nueva York y cinco la de pasilla en un supermercado nacional), ni editorial. No puede serlo en términos editoriales por volúmenes de edición (España en crisis produce 76.000 títulos al año en tirajes de 2000 ejemplares, multipliquen ustedes para obtener el número de ejemplares disponibles), ni por compras, ni por índices de lectura, ni por perspectivas de crecimiento: se requeriría un aumento en la escolaridad y una cobertura universitaria universal para que la formación impacte la lectura como motor del conocimiento y de la industria editora, y un incremento del salario en los sectores más poblados de la sociedad (que son los más pobres) para que, entre celulares y televisores y otros oropeles asciendan de clase comprando algunos libros.

Lo que tenemos es un país con una vocación de apertura comercial en el que se han ido instalando editoriales extranjeras con sus maquilas. El hecho de que ese país tenga salida por dos mares y una línea recta que conduce a China juega hoy un papel determinante en la atracción de capital extranjero, porque la producción China abarató los costos de manufactura de libros y las mayores casas de edición mandan a imprimir allá lo que compramos en el supermercado aquí: Alfaguara, Planeta, Random House, Panamericana, la desaparecida casa editorial Norma (de capital canadiense, para los que se tragaron el cuento de que con su cierre se acababa una gran editora nacional). En este mundo controlado por finanzas, la industria editorial se mueve en la esfera de la especulación bursátil y de las asociaciones estratégicas (esta semana Random House y Penguin, las dos editoriales de capital más grande del mundo unieron capital financiero para constituir una nueva empresa y enfrentar el empuje de Google, Amazon, Apple y los grandes pulpos tecnológicos). Mientras tanto, cada una sigue adquiriendo sellos pequeños (Random House compró hace dos meses a editorial Tusquets de España) para unificar el monopolio en todos los países donde tienen intereses.

La industria editorial se mueve por caminos divergentes del interés cultural. Si un editor de una gran casa comercial advierte que un libro no agotó el tiraje en un año, ordenará pasarlo a la lista de los que serán convertidos en pulpa para papel ordinario por más méritos literarios que pueda tener. Un libro que corra tal suerte seguirá prácticamente siendo apócrifo. Esto es un efecto natural de la producción en masa del capitalismo contemporáneo: la obsolescencia caduca. Se produce en masa para inundar, y se deshecha para inundar de nuevo los mercados con otra cosa que capte el interés de la clase ociosa. Un libro, como un yogurt, como una cuchilla de afeitar, contrae fecha de vencimiento una vez llega al canal del mercado y esto ocurre para que la industria no desacelere ni descompense el surtido de novedades. Si un editor define a su oficio como el de alguien que dice NO, es porque no es editor sino el representante comercial de una firma que produce libros. Si los editores de hoy aspiran a convertir en industria su sello, simplemente están perdidos como editores. El sueño de todo editor (legítimo) solía ser: encontrar una obra que haya alcanzado las alturas del idioma y que se dejara leer por grandes y por chicos, por ignaros y por lectores calificados, que no produjera vergüenza el haber editado y que se vendiera tanto como Cien años de soledad. Un noble sueño, pero no un noble objetivo. Al menos hoy ya no lo es. La labor del editor se aleja cada vez más de la búsqueda estética de la biblioteca utópica que debe tener un lector en su cabeza. Su oficio, tal y como ha sido replanteado por el capitalismo, no consiste en descubrir, seleccionar, acompañar y proponer una obra del pensamiento al mundo, sino en imaginar el deseo del mundo (o crearlo) para vender un "contenido". Los libros ocupan una gaveta más en la oferta de embelecos que se venden para la distracción de la humanidad. Una editorial que aspire a producciones industriales, es una utopía que viste de rosado una armazón de hierro que no descansa, porque si descansa, pierde dinero y si pierde dinero no debe existir.

Aun muchos siguen creyendo que la edición sólo es posible con grandes inversiones, con grandes influencias y con grandes despliegues mediáticos. Para un novel editor que se precie de serlo, tal vez la pregunta esencial para poder vivir tranquilo sea esta: ¿Es necesario llegar a una audiencia de millones? Y es una pregunta dirigida tanto a editores nuevos como a escritores nuevos, porque vamos a un mundo de escritores-editores. Con internet, que ha transformado las textualidades y los modos de acceso, las audiencias están fragmentadas. En ese sentido, no es necesario ni urgente llegar a la mayoría, sino a una comunidad lectora ideal. Y el plan del editor debe contemplar una estrategia de aproximación a las redes donde están sus pares espirituales. Aquí hay que desenmascarar otro mito tecnológico: los escritores que vienen tendrán internet para publicar sus textos y encontrarán sus lectores. Tal vez, pero no así de fácil: antes van a tener que resolver, como todo el mundo, el problema de la subsistencia con oficios distintos y trabajos a los que se les mitigue el tiempo que requiere la escritura para espesar. El usufructo de la literatura cambiará y depurará el oficio. En la era de internet, ganarse la vida con la literatura va a ser igual de difícil a los tiempos de Balzac. El asunto, que late de fondo, desde los tiempos de Balzac, sigue vigente aunque traten de maquillarlo: hacer gran literatura hoy es tan difícil como en el siglo XVIII. La forma de difundirla y la realidad textual de la palabra es lo que ha cambiado internet, y eso también habrá que aprenderlo. Por suerte, la literatura no se mide por la cantidad de lectores que tenga, o por los potenciales que pueda tener. De ser así, la señora que escribió Harry Potter sería más influyente en la literatura universal que Joyce y no lo es. Con cinco lectores cultos, clarividentes e influyentes, repartidos en línea por cada siglo, se puede llegar a quinientos años de distancia. O se podía. Ejemplo: Bolaño que leyó a Borges que leyó a Schwob, que leyó a Chesterton, que leyó a Blake, que leyó a Milton, que leyó a Swedemborg, que leyó a Dante, provocó el interés de muchos sobre alguna obra de sus precursores. Esa es la posteridad.

El tiempo de los derechos de autor sigue aumentando con los tratados de libre comercio con Estados Unidos (por exigencia de la industria del entretenimiento). En Estados Unidos no se puede cantar el Happy Birthday en un restaurante porque hay que pagar derechos a la empresa que patentó esa canción estúpida. En Estados Unidos la industria del entretenimiento amplía en diez años la liberación de derechos de autor cuando están por vencerse los derechos de Walt Disney (el dato de Robert Darnton). La exigencia de los editores y los autores y la lucha de los activistas del copyleft y las licencias de libre acceso que miran al futuro debe ir encaminada a la discusión y concertación de esos límites: ¿cuántos años deben pasar después de la muerte de un autor para que cualquiera pueda editarlo? ¿Setenta? ¿Cien como quiere Walt Disney INC? Eso llevará también a revisar los términos de los contratos editoriales con autores vivos y el papel de los agentes que representan autores: ¿Por qué un escritor debe firmar derechos a más de dos años a un editor que tiene el derecho a convertir en pulpa lo que no vende? Ante los cambios insospechados que acarrea internet, un autor no debe ceder los derechos de su obra por tiempos indefinidos ni por intervalos premediáticos. En diez años todo ha cambiado en la forma de transmitir información y conocimiento: Twitter, Facebook, Blogger, Tumblr no existían hace diez años. La realidad textual hoy es internet. Internet es el medio de medios: es la forma de comunicarse, de informarse, de divertirse; es la herramienta para estudiar. Editar en internet será tan válido y simple para las generaciones venideras como el cine visto en línea o el dibujo sobre pantallas. Un libro o un blog, o un texto con hipermedia en internet estará disponible universalmente. La barrera que impida acceder a él será la barrera del idioma, o de las censuras gubernamentales que bloqueen las páginas, o la exclusión de los motores de búsqueda por no tener indexación (esto van a tener que solucionarlo los motores, no los editores-autores), o las barreras para el pago. Por ahora, mientras la industria del papel siga activa, convivirán las dos formas: la digital y el libro físico. Y en ese espacio ambiguo es donde las ediciones limitadas no tienen riesgos económicos graves para un editor nuevo: contamos con impresoras rápidas, con variedades de papel económico, con herramientas para diseño al alcance de cualquiera. Las audiencias hiperfragmentadas pueden responder a ambas formas de edición articulando la edición de calidad en físico y digital a bajo costo con una estrategia de contactos en red: el poder de convocatoria de internet es extenso y el objeto libro aun requiere peso para no desvanecerse en el futuro. La última apretura para la edición digital será la entrada del dinero virtual al sistema de compras. En perspectiva, los aspectos que seguirán determinando a la labor editorial y que decidirán su devenir pueden reducirse a estos: 1. El tiempo de los derechos  y las barreras de difusión y libre acceso (idiomáticas, políticas, tecnológicas y de censura) ante internet. 2. La buena curaduría de los editores marcará la validez y calidad de su oficio. 3. Los cambios de textualidad.

Fin de la serie 13.

*****

[Ver toda]

El autor agradece a
hermanocerdo.com
El Magazín de El Espectador
razonpublica.com
www.revistacoronica.com

Bibliografía esencial:

Los demasiados libros, Gabriel Zaid, Anagrama
El coloquio de los lectores, Robert Darnton, FCE
Las razones del libro, Robert Darnton, Trama [Acerca de Darnton][Fragmento]
Las dos culturas, Charles Percy Snow, BLAA [Polémica] [Texto]
Teoría de la clase ociosa, Thorstein Veblen
Diario, Angel Rama, Trilce
El boom en perspectiva, Angel Rama
La ciudad letrada, Angel Rama
Fragmentos de Memoria, Giulio Einaudi, Edicions Alfons El Magnanim, Valencia, IVEI
El control de la palabra, Schiffrin, Anagrama
Confesiones de una vieja dama indigna, Esther Tusquets, Bruguera
Cien cartas a un desconocido, Calasso, Anagrama
Por orden alfabético, Jorge Herralde, Anagrama
Fueras de serie, Malcom Gladwell, Punto de lectura [Aquí una reseña]
Tras las claves de Melquíades, Eligio García Márquez, Norma
Efímeros instantes, blog Paradigma Libro Manuel Gil, Trama
La pregunta por el texto en el siglo XX, Alberto Bejarano, conferencias Instituto Caro y Cuervo
La noche de los proletarios, Ranciere

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