La importancia de morir a tiempo, Mario Mendoza

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Rescate: Li Wan, la novia suicida


¿Cuál es la frontera entre lo normal y lo patológico? Vivimos en una sociedad fisiópata. Todos compartimos algún desequilibrio o perversión y deseos de poseer. Buscarse en un catálogo de desequilibrados es el equivalente a decir: yo estoy aquí, yo soy así. La sorpresa estriba en buscarse pero, a la vez, verse atrapado en clasificaciones divergentes y oponibles. Entonces surge una pregunta: ¿qué soy yo en realidad? ¿Paranoico o sociópata? ¿Bipolar o esquizoide? ¿Depravado, violador, asesino en serie? Hay listas de conductas y caracteres que constatan esta insuficiencia, entonces sus clasificadores deciden usar como índice nombres nuevos (el doble nombre) y ejemplificar el caso con escenas cotidianas (Cincuenta Caracteres, Canetti). Hay listas que pretenden solo la ejemplaridad moral a la física, como modelo (Guía de perplejos, Maimónides). Hay listas que descubren sorpresas: en la memoria de los demás perdura más lo escabroso que la bondad de los protagonistas históricos (Vidas Imaginarias, Marcel Schwob). Hay listas que prefieren el estudio de casos similares para identificar los propios desvíos (Vidas Menores, Vargas Osorio). Todas son parciales y arbitrarias. Todas nos contienen si nos buscamos en ellas como en un espejo enfrentado a otro espejo.

La lista de clasificación de caracteres de Mario Mendoza en La importancia de morir a tiempo es la lista del límite: los que masacran a una multitud por una orden celestial. Los que seleccionan a quién deben hablar. Los que coleccionan la basura producto del hombre y de la mujer. Los que buscan el amor en los gestos de una actriz o en la carne plástica de una muñeca inflable. Los que van en busca de mundos posibles abducidos en naves intergalácticas. Los que se alistan para el cataclismo universal y compran boletos para subterráneos con reservas de agua y comida apocalíptica. Los que buscan público para su suicidio. Los que se suicidan porque Dios calló. Los que viven lo que ven en una pantalla como la imagen del mundo real. Los que alcanzan la cima arrastrándose. Los que descubren al hijo de un Dios transubstanciado en su amigo de infancia o en las paredes, o en heridas, o en papel higiénico usado. Los que atraviesan galaxias narcotizados. Los que permutan la ciencia por la teología. Los que predicen el futuro a través del poder anunciatorio del arte. Los que son esclavos de la escritura y le sirven a sus fantasmas para purificar su ser y mudar a otro ente. Los que (se) mienten para poder seguir viviendo.

Un catálogo de noticias insólitas y de pasajes escabrosos registrados en prensa y olvidados por la tragedia cotidiana donde se cifra el mundo del homoestresado, la pesadilla del capitalismo salvaje, el arca demencial de nuestra vida y del abismo en que ya nos precipitamos hace decenios, contiene esta obra que parece una declaración estética y una memoria disgregada de escritor que aspira a encontrar un orden y patrón estético. La curaduría de lo anormal y de lo sobrenatural en la vida cotidiana que vibra en estas páginas enigmáticas supera a veces cualquier imaginación desbordada. ¿Cuáles son las metáforas que describirán esta época?  Es esa la búsqueda de un gran autor. Pero un autor no es lo que quiere decir, sino lo que hace posible. Fernando González advirtió en un ensayo en defensa de Nietzsche: “Hay escritores que deben morir a tiempo para que no estropeen su obra.” ¿Será urgente morir a tiempo?

…Los que fueron abducidos por los extraterrestres y dejados setenta años después en una calle de Nueva York. Los que leyeron a Bradbury con un telescopio en la mano. Los que han visto morir a sus mejores amigos…

La importancia de morir a tiempo, Mario Mendoza, Planeta, 2012

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