Hemingway, Sangre y vino: Muerte en la tarde, y los espectáculos de la crueldad

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Cuando las plazas de toros se cierren definitivamente, este ensayo de Hemingway, Muerte en la tarde, quedará como una etnografía de la crueldad, como un testimonio de la afición por la sangre, un capítulo más de la tanatología humana, prueba del culto y afición que todos tenemos por proporcionar muerte o recibirla.

Los defensores de la fiesta brava como rito apelan a la riqueza cultural que se pierde con  la prohibición de las corridas de toros: la pérdida es atávica, por el gran impacto que tuvo sobre la mitología y la pintura y la literatura y la poesía y la música de occidente. Gente como Vargas Llosa, ya situados en terrenos del desvarío, sugieren la extinción del toro de lidia tras el final de las corridas. Lo que entraña una contradicción flagrante de la dialéctica, cara a un ensayista de su dignidad, no es la intuición de fin de un tipo de animal, sino el hecho de ya no será necesario criarlos para matarlos, lo cual no le merece un rechazo.  Otros autores más apócrifos, como Alfredo Molano y Antonio Caballero, que han derrochado la vida en denunciar las ambigüedades de la política, y han protestado en sus tribunas de papel contra los crímenes y el genocidio de Colombia, siguen lamentando públicamente esta proscripción y reafirmando su pasión por el espectáculo de los toros. El argumento lo dan a favor del arte, y en contra de cualquier prohibición. Pero en arte la muerte no es muerte, ni la crueldad es crueldad, ni la guerra es guerra. El arte es el teatro de la crueldad, no la crueldad en sí, y no necesitamos hoy más espectáculos que nos particularicen el sacrificio ritual: ya sabemos que los dioses también eran aficionados a los asesinatos. Ya entendimos lo que significa. Y con obras como esta es suficiente para aproximarnos a ese enigma.

La humanidad debe dar saltos de conciencia para que estos suministros de la inclemencia dejen de ser encubrimientos de la crueldad humana. Advertencias como la extinción del toro al cesar  las corridas dejan en el aire otra correspondencia: uno de los motores del deterioro del mundo es la zootecnia, no la cadena alimentaria, ni la guerra entre especies, porque el hombre es el depredador mayor. El hombre es tan adelantado a los demás seres que consiguió masificar la reproducción animal para mantener su sobrepoblación. La técnica está refinada: sacrificar a gran escala tanto a pollos, vacas, cerdos y esclavizar a seres humanos. Los defensores del humanitarismo (la propagación de la moral) no la aplican a otras relaciones: los que celebran la fiesta brava alegan, de quienes se oponen, que censuramos las corridas de toros, pero que nos oponemos a los mataderos que suministran los filetes a los almuerzos. Solo que quien come un filete al almuerzo no es un maestro de ceremonias de la crueldad. De niño solía ir los sábados al matadero municipal a ver la degollina, y si mal no estoy y bien recuerdo, no vi a nadie que gritara ¡olé! al matarife que hacía el trabajo sucio de apuñalar reses. En mi caso salía de allí con una sensación de desasosiego que tal vez haya sido mi primer luto, y un anhelo (incumplido) de ser vegetariano -que tal vez sea una primera protesta contra la muerte-. Algunos de los más célebres defensores del ritual que ensalza la muerte del toro después de aplicar una tortura atroz, solo rechazan la crueldad en las manifestaciones de la sevicia del ser humano frente al ser humano, pero se niegan a controvertir la crueldad contra los seres vivos.

Estoy con la literatura de Hemingway, pero en contra de esa afición que tenía por ir con un rifle al hombro disparándole a todo lo que corra y eche sangre. El último capítulo de la Muerte en la tarde es una obra de altura poética, un manojo de recuerdos de España hervidos en sangre, salpimentados con sol, atados con un cordel y bañados en vino: una reflexión quirúrgica sobre los regocijos que la crueldad proporciona a los aficionados, pero también una inmersión en el hedonismo gastronómico y un fragmento inspirado de la memoria de Hemingway -que abandonó este mundo confiriéndose su propia muerte-. Leerlo nunca me ha impulsado a asistir a una corrida de toros. Cada hombre muere con su época.

Si yo hubiese podido conseguir que este libro fuera realmente un libro, habría procurado que lo contuviese todo; el Prado, parecido a un gran college americano, con las mangas regando el césped a primera hora de la mañana, en el rutilante verano madrileño; las colinas desnudas, blanquinosas, que miran hacia Carabanchel; los días en el tren, en agosto, con las cortinillas echadas del lado del sol y el viento que las hinche, la paja que se abate sobre las eras de tierra endurecida y que el viento obliga a entrar en el coche, el olor del grano y de los molinos de viento de piedra. Estaría también en ese libro el cambio de paisaje, cuando se deja a la espalda Alsasua y la verde campiña a su alrededor, y estaría Burgos, a lo lejos, en la llanura, y el queso que se come más tarde en la habitación; y estaría el muchacho que subió al tren con las garrafas de vino en cestos de mimbre; era el primer viaje que hacía a Madrid y las abrió con entusiasmo, y nos emborrachamos todos, incluidos los dos guardias civiles; y yo perdí los billetes y salimos del andén encuadrados por los dos guardias civiles, que nos hicieron pasar por la taquilla como si fuéramos detenidos, porque no teníamos billetes, y nos saludaron muy cortésmente después de habernos dejado en un taxi. Y estaría Hadley, con la oreja del toro envuelta en su pañuelo, una oreja tiesa y seca que había perdido casi todo el pelo. Y el hombre que cortó la oreja está ahora calvo también, con largos mechones de pelo sobre su calva, aunque entonces era una especie de figurín. Eso es, era un verdadero figurín. Y hubiera sido preciso explicar cómo cambia el país cuando se ha salido de las montañas y se llega a Valencia, a la caída de la tarde, en el tren, llevando en la mano un gallo para ayudar a una mujer que se lo llevaba a su hermana, y hubiera sido menester que vierais la plaza de madera de Alcira, de donde sacaban los caballos muertos para depositarlos en un campo vecino y había que pasar por encima de ellos al salir. Y el ruido de las calles de Madrid después de medianoche, y la juerga que continúa en junio durante toda la noche, y la vuelta a casa, a pie, los domingos, al regresar de la plaza, o bien en coche, con Rafael. «¿Qué tal?» «Malo, hombre, malo.» Con aquella manera de levantar los hombros; o con Roberto, don Roberto, don Ernesto, siempre tan educado, tan gentil, tan buen camarada; y también la casa en donde vi- vía Rafael, antes de que el ser republicano fuese una cosa respetable, con la cabeza disecada del toro que mató «Gitanillo» y el gran cántaro de aceite, y los regalos, y la excelente cocina.
[…] Y haría falta tener también a Astorga, a Lugo, a Orense, a Soria, a Tarragona y a Calatayud; los bosques de castaños en las colinas, el campo verde y los ríos, el polvo rojo, la escasa sombra cerca de los ríos secos; y las colinas blancas, de tierra cocida, y el paseo al fresco, bajo las palmeras de la vieja ciudad, sobre el roquedal que domina el mar y que la brisa refresca al atardecer. Y los mosquitos, por la noche, pero por la mañana el agua clara y la arena blanca; y cuando nos sentábamos en el lento crepúsculo, en casa de Miró, las viñas hasta perderse de vista, cortadas por las hayas y por la carretera, y el ferrocarril, y el mar, y la playa de guijarros, con los altos papiros. Había tinajas de doce pies de altura para los vinos de los distintos años, alineadas a uno y otro lado de un cuarto oscuro, y una torre, sobre la casa, a la que subíamos al atardecer para ver las viñas, las aldeas y las montañas, y para escuchar y para oír la calma. Y delante del establo una mujer tenía sobre su falda un pato que había degollado y al que acariciaba dulcemente, mientras que una niña sostenía una taza para recoger la sangre, con la que iban a hacer la salsa, y el pato parecía muy contento, y cuando lo depositaron en el suelo –toda la sangre había caído ya dentro de la taza– el pato se contoneó dos veces sobre sus patas, y comprendió que estaba muerto. Y nos lo comimos más tarde, relleno y asado, y otros muchos platos también, con el vino de aquel año y del anterior y el gran vino de cuatro años antes, y otros vinos de otros años, cuya memoria he perdido, mientras que los brazos de un espantamoscas artificial, movidos por un mecanismo de relojería, giraban y giraban; y hablábamos francés, aunque todos sabíamos mejor el español.
[…]Yo creía que beber un trago sería siempre lo mismo, pero las cosas cambian y ¡qué se le va a hacer! Todo ha cambiado para mí. Bueno, dejad que cambie. Nos habremos ido todos antes que cambie todo demasiado, y si no sobreviene un diluvio, cuando nos hayamos largado, seguirá lloviendo todavía en la catedral de Santiago, y en La Granja, donde practicamos con la capa en las largas avenidas enarenadas y flanqueadas de árboles, correrán las fuentes o no. Es igual. No volveremos jamás a Toledo por la noche, limpiándonos el polvo del gaznate con «Fundador»; y no volveremos a vivir más aquella semana en que sucedió cierta cosa por la noche, en el mes de julio, en Madrid. Todo eso lo hemos visto alejarse y veremos desaparecer todavía otras cosas más. Pero lo que importa es aguantar y hacer el trabajo que a cada uno le es encomendado, ver, y oír, y aprender, y comprender, y escribir cuando se ha logrado saber algo, y no antes ni demasiado tiempo después. Dejad a esos que quieren salvar al mundo y contentaos vosotros con verlo claramente y en conjunto; y si lo veis así, cualquier detalle que logréis pintar representará el todo, siempre que lo hayáis hecho con sinceridad. Lo que hay que hacer es trabajar y aprender a expresarse. No, todo esto no es suficiente para formar un libro, pero tenía que contar algunas cosas, aunque queden todavía muchas cosas vividas por contar.
Muerte en la tarde, Hemingway, Círculo de lectores, 262 pg.

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