Los libros de 2012

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El 21 de diciembre, poco antes de que acabara el fin del mundo con esa orgía fenomenal que hubo en California, hice un balance rápido de lo mejor que había leído el último año de mi vida en este planeta. Entonces descubrí que cada vez leía menos novelas y me estaba inclinando cada vez más por el cuento, el ensayo breve, el reportaje novelado y otros híbridos de distancias cortas, ideales para tiempos deletéreos. Un repentino viaje a La Habana me aproximó a algunos de los mejores libros de 2012: Las armas y el oficio, reportajes sobre escritores subversivos de Rafael Grillo, Adiós a las almas, un brevísimo libro de cuentos duros del escritor cubano en el exilio Jorge Aguiar, los ensayos de Antón Arrufat y un volumen estupendo de la obra completa de Virgilio Piñera. La literatura cubana es enorme, pero lamentablemente poco conocida fuera de la isla. (Por suerte, en el universo de revistas digitales puede uno desasnarse un poco leyendo el magazín clásico de los escritores cubanos El caimán barbudo e isliada.com).

La literatura colombiana me sigue pareciendo un aporte a la tanatología universal. Sin embargo, el mejor libro del año de autor colombiano tiene poco que ver con la violencia y mucho con la metafísica: es el de una joven promesa de la literatura nacional (murió de 33 años y aun no se le hace justicia, pero la haremos): el volumen Vidas menores que reúne los mejores cuentos de Tomás Vargas Osorio. Osorio fue un periodista adelantado (director de periódico a los 28 años), poeta y cuentista. El paisaje de una Colombia profunda (rural y asediada por la manigua), los viajes sentimentales (en el sentido Sterne, para tranformar el espíritu) y una tipología de personajes fulgurantes perfilados con diálogos inteligentes permanece inalterable en su prosa de frases cortas partidas como versos. También sobrevive un buen recuerdo de los cuentos Neoyorkinos de Tomás Gonzalez (El rey de Honka Monka). Estos son una galería del transtorno y la soledad: un pintor bloqueado, una anacoreta del mar, un rey de la basura; en fin, cuentos narrados desde la mirada de un poeta perdido en Nueva York. Compré hace un mes los cuentos completos de Pedro Gómez Valderrama. Solo he leído unos cuantos y creo que son tan buenos como los de Borges, y ese es mejor elogio que se le puede hacer a un cuentista.

Otros que considero entre los más memorables que leí este año son: El quetzal resplandeciente y otros cuentos de Margaret Atwood. Prosas selectas de Cyril Connolly. El poema prosaico Escrito en Cuba de Enrique Lihn. Principiantes de Raymond Carver. Pelando la cebolla y La caja de los deseos de Gunter Grass.

En la foto, el mejor de 2012 para mí: La vuelta al día en ochenta mundos, el libro de reseñas, aficciones, manifiesto estético y notas biográficas de Julio Cortázar. Desde un punto de vista un poco kitsch, por sus ilustraciones y por el eclecticismo, es el libro más bello y personal de Cortázar. Lo codicié y perseguí después de ver la primera edición en la casa de un bibliómano. Pero, tras buscarlo por todos los anticuarios de libros de Bogotá, y cotizarlo en Mercado Libre y subastas varias de internet (150 dólares), desistí y lo leí en la Biblioteca Luis Angel Arango. Para mi sorpresa, me lo trajo de regalo el 24 de diciembre un Niño Dios barbudo, panzón y payasesco a quien tuve que hacerle el reclamo: ¿Por qué tardaste tanto, Niño Dios?

Aquí una reseña de Adiós a las almas de Jorge Aguiar.

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