Saul Bellow y la dispersión

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1. Despierto. 6:00 a.m. Enciendo el Ipad. Abro la página web de un periódico colombiano y me recibe la imagen del último producto exitoso de Shakira: un hijo. Cierro la página, con horror. ¿Qué pongo? ¿Radio? Radio Francia Internacional saluda a la audiencia de Latinoamérica. En la cibernovela de hoy, Israel ataca un convoy Sirio que transportaba armas en la frontera. “Los Estados Unidos” guardan silencio al respecto. En otras noticias del espectáculo, los soldados franceses llegan triunfantes a la capital de Mali. La población celebra, dice Pierre Canuto y hay ruido de fondo, pero en la histeria colectiva es difícil distinguir los aullidos del placer de los aullidos del dolor. Veo una foto: la de un viejo que desde hace 20 años no podía salir de su casa a causa de los fundamentalistas. Me pregunto a quién le conviene la guerra en Mali. A quién la guerra en Siria. A quién el Tratado de Libre Comercio que acaba de firmar Colombia con la Unión Europea. Si pudiera averiguarlo sabría algo sobre esta era ciberatómica, pero tengo mucha hambre como para ponerme a averiguarlo. 6:30 a.m. ¿Desayuno solo? Ya se fue tu dama. Abro la nevera: yogurt de mora, dos panes negros y preparo café. Hay también un banano deshidratado traído desde Apartadó, la ciudad de las discotecas y las masacres en los 90s. Miro el cielo mientras bebo café en el patio. Un sol grande y dorado y tibio como un buñuelo recién frito. Riego la menta y el romero. En la radio, un analista habla de las recientes importaciones de arroz a Colombia. Se ha desatado una guerra de oligopolios por el arroz proveniente de Estados Unidos. Una de las firmas nacionales que importa el arroz transgénico es la misma a la que le compro el grano creyendo que es colombiano. Ya no le compraré más a esos hijueputas de Roa, pienso. Vuelvo al computador. Antes de trabajar en la novela, averiguo un poco más sobre la guerra de los molinos de arroz: en un portal dicen que son dos importadoras las que están provocando la especulación; que retienen cargamentos en bodega para boicotear los precios, para quebrar a la competencia, para pagar a huevo la molienda y hacerse con el mercado que se abre tras la importación masiva de arroz cancerígeno por el TLC. No puedo distraerme, pienso. Debo trabajar en mi nueva obra maestra. Trato dedicar religiosamente cinco horas diarias al manuscrito. Cinco tristes horas. Hace diez años le dedicaba doce horas. Pero hace diez años no había internet en mi casa, ni yo tenía computador, ni dos blogs, ni tres correos electrónicos, ni regentaba una revista literaria digital. Cada vez me cuesta más trabajo ponerme en orden. Cada vez estoy más distraído. Trabajo en el manuscrito. Fraseos. Excesos. Melodía. Destrucción masiva de adjetivos. Interrumpo. Abro el correo electrónico y constato no haber recibido spam en las últimas dos horas. 11:00 a.m. Más café. Abro un blog de libros que consulto a diario a ver si por fin se murió García Márquez y puedo difundir su obituario. Nada. No hay vacante. Abro Letras Libres a ver si colgaron algo nuevo de Gabriel Zaid. Me dan ganas de recordar un verso de Joaquín Sabina sobre un impotente que le exige al urólogo devolverle las erecciones. Pienso, sin motivo aparente, en esa peli excelente que vi anoche: Lo que queda del día, con Anthony Hopkins. Me entusiasmaron los diálogos: la distancia cortante en la extrema cortesía de la servidumbre y de la nobleza. La gente es lo que habla y lo que calla y lo que dejó de hacer. La semana pasada vi también Epidemic, de Lars von Trier, y me aburrió. Trato de recordar qué otras películas vi en los últimos días para averiguar más datos en internet. Pero me cuesta. Cada vez me cuesta más recordar hasta las películas gore. Creo que vi: Nubes pasajeras de Aki Kaurismaki. Con la muerte en los talones de Hitchcock. La guía de cine para pervertidos presentada por Zizek. 11:30. Vuelvo a la novela. Corrijo. Borro. Cambio. Redacto. Pulo. Corto. Mutilo. Lo dejo a las 2:00 p.m. Hora de almuerzo, per antes leo un poema de Emily Dickinson traducido por José Manuel Arango: ella  dice que cada instante de éxtasis se paga con angustia. Me quedo pensando en los momentos de éxtasis que ha tenido mi vida. ¿Cuáles? Muy pocos. La primera masturbación. La contemplación del mar. El viaje por el Amazonas. La arquitectura de mi segunda novela. Me distraigo con la cara de Foster Wallace en una carátula de revista. Tomo el Dossier del número 302 de Quimera sobre el suicidio de Foster Wallace. Examino por encima el artículo de Ricardo Menéndez Salmón pero salto al de Manuel Vilas. Lo dejo. Almuerzo. Almuerzo. Almuerzo. Habla mi estómago, no yo. Calentao del día anterior y aceitunas baratas. Mientras como, hablan por la radio sobre el intercambio de balazos entre el ex presidente y el presidente, por los policías secuestrado recientemente por la guerrilla. Apago. Me fastidia la voz del ex presidente, tanto como la repetición de las anécdotas en el alcoholismo. Mi tarde será una magnífica tarde de lectura y no dejaré que los demagogos la arruinen con sus declaraciones insulsas. Leo. 50 páginas de Saul Bellow. Media horas después  no resisto la tentación y con el pretexto de buscar una foto de Bellow vuelvo al computador. Buceo un rato por las fotos eróticas de ffffound punto com, sitio diabólico de inmersión. Por casualidad me intriga una nota en Pijamasurf sobre la familia que encontró una tortuga perdida en un trasteo 30 años atrás. Busco cuánto puede vivir un quelonio. Doscientos o trescientos años. Coño: que me gustaría tener una tortuga de compañía, pienso. Sería lo más cercano a tener un sensei japonés en casa. ¿Cuánto aprendería sobre fortalecer mi voluntad, tan dispersa en estos días? Salto de blog en blog. Veo las fotos recientes de un emblemático edificio venezolano que ilustra una crónica de John Lee Anderson. La crónica es puro NewYorker, pero plana hasta la monotonía, y la definición de la ciudad por su violencia, desorden y anarquía es vaga, porque se puede aplicar a cualquier megalópolis latinoamericana. Tiene además un aliento a necrológica adelantada de Hugo Chávez, pero la gran crónica sobre Venezuela chavista se hará cuando el líder muera. Leo tres poemas de La Puerta de Margaret Atwood, edición de Bruguera. Reviso en Twitter las actualizaciones de la Atwood y de Dramaniela. La Atwood está en España dando una charla. Dramaniela sigue con su juego de coquetear a un auditorio invisible porque sabe que es una promesa sexual que no se cumple.  Lo dejo. Leo cien páginas más de Saul Bellow. Es su discurso del Premio Nobel y una crónica de los años en París y una remembranza de su juventud en Chicago. 4:30 p.m. Más café. En la radio Soda Stereo. Abro el correo para ver si me ha llegado spam desde hace seis horas. Nada. Busco una viaje revista Eco y leo un ensayo de Hermann Broch sobre los signos del zodíaco. Vuelvo al libro de Bellow. Al fin voy terminando. La última parte son dos entrevistas largas y aburridas sobre la formación de un niño Judío en Estados Unidos. Las leo a saltos, de mala gana, en busca de respuestas literarias. ¿Vale la pena reseñarlo? Vale. Pero antes, reviso Flipboard en el iPad para ver si hay noticias literarias sobre un error garrafal en la presa española (más risible aun que la foto falsa de Chávez en el quirófano): la foto del tenista Nadal que ilustra el premio de literatura Nadal. Sí, aquí está. Idiotas. Busco ahora una palabra, en el miniatura Larousse, que consulto a diario, pero en lugar de precisar lo que busco me distraigo y encuentro algo sobre el origen del Yatagán y me entero que era la bayoneta del ejército francés: un puñal curvo. ¿Reseñamos? Sí, pero antes debo dar un paseo de una hora, mientras cae ese sol que convierte el cielo de Chía en una gran caja de maquillaje. Voy con mi perro, que bate la cola de puro contento. 6:00 p.m. Regreso con un sentimiento de desasosiego. ¿A qué hora volverá mi dama? Me aburro. El clima no está para escribir reseñas. Leo tres poemas de Franz Werfel, expresionista alemán, y no los entiendo. Reviso una vez más mis cuatro correos electrónicos. Noticias sobre Argentina: “otra denuncia estremecedora” como dice Daniel Link sobre la represión al movimiento obrero en Rosario Argentina. Han encerrado a dos trabajadores durante un disturbio. Salgo. En otras noticias del entretenimiento, leo que Estados Unidos además de tener 2000 ojivas nucleares tiene 4.000 agentes especiales capaces de lanzar sobre un país un ciber-ataque preventivo y apagar todos los computadores enemigos y dejarlos sin Facebook. Qué horror. Veo nueva información de última hora sobre el Medio Oriente: “Irán” dice que “Israel” lamentará el ataque a Siria… Un momento… ¿“Irán” dice? ¿Por qué usarán los periodistas esa metonimia dañina que incluye a todo un pueblo bajo el nombre del país, o de la capital, como si uno hubiera elegido dónde nació o estuviese de acuerdo con las decisiones políticas del gobierno por el solo hecho de haber nacido en un mundo separado con fronteras, idiomas y tratados?  Busco información sobre el ataque con misiles de Israel al convoy de armas de Siria. Veo un montón de chatarra quemada sobre un montón de arena blanca. La nota promete acabar en punta, como funciona todo folletín que se respete: ¿Atacará Irán a Israel? ¿Atacará Estados Unidos a Siria, si Israel es atacado? ¿Atacará Rusia  y China al que ataque a Siria y a Irán, proveedores de petróleo? ¿A quién le interesa esa guerra?, me pregunto. Si lograra comprenderlo sabría un poco más de esta era atómica, pero cae la noche y estoy muy aburrido como para hacer el intento. 7:00 p.m. Epifanía (que se paga con sangre): de pronto descubro que no estoy aburrido; estoy agotado. ¿Qué hacer? Jugar The End, el juego del corredor en un mundo posapocalíptico, para desestresarme. ¿Pero no habías descubierto ayer que los juegos de video te estresan aun más, querido?
Así que aquí estoy, querida: te saludo desde la era de la dispersión ciberatómica. Hoy sobreviví a la radiación solar, pero ya no sé ni dónde leí sobre el accidente eléctrico de Julio Florez con un cinematógrafo. La reseña:

2. Saúl Bellow fue un adelantado predicador de la brevedad en la literatura: la anunciaba y la aplicaba a su propia escritura. Estos ensayos son como él quería: breves y sustanciosos como un caldo Húngaro. El más largo quizá resulte el discurso del Premio Nobel. Para la recepción de ese premio (según García Márketing el Nobel de Bellow le correspondía a Borges quien acababa en 1976 de declararse admirador de Spencer y de Pinochet) el autor propuso una reflexionó sobre la postura de los artistas ante la sofisticación y la separación de saberes en el mundo moderno. El argumento explosivo de su exposición es que la educación excesiva hace daño. Por los desastres de la educación, la compartimentación de saberes, las superespecializaciones académicas,  es que los escritores se orientaban por los conceptos críticos. ¿Ya no necesitamos personajes?, preguntaba: ¿Un escritor, un artista, deben ser especialistas sociales o activistas políticos o tener un doctorado en historia para llegar a inspeccionar la vida con exactitud? La prédica del fin del personaje y del argumento dramático era consecuencia de las posturas teóricas de la academia, más que consecuencia de un estado filosófico del arte. Eran los historiadores y académicos quienes diagnosticaban y prescribían a dónde se movía la obra y cuáles eran los horizontes que debía orientar a los artistas. Los artistas, ciegos, sumisos, con complejo de inferioridad asumían como verdades estas imposturas. Para Bellow, en la literatura la educación excesiva era un fardo. La literatura, específicamente entre las artes, era una herramienta para enriquecer la vida, no para simplificarla. Pensar, sentir, distinguir era el oficio al que se estaba renunciando en su época para delegarlo en autoridades con credenciales que ponderaban sus prédicas, pero que en el fondo pensaban de forma errónea; autoridades que eran ineptas para sentir y no distinguían más allá de sus campos de estudio. El arte debía buscar lo esencial y perdurable, ante un mundo donde todo era efímero y aparentemente sofisticado.

En otra serie de ensayos (La distracción del público) abordó Bellow el aspecto amenazador que se anunciaba en la sociedad hiperinformada: la dispersión. Ese sería el mal del futuro en una era que pretendió ser atómica y se convirtió en ciberatómica. Ya en sus años de consagración, Bellow notaba que la audiencia y los creadores y el ser humano vivían bombardeados de información inútil. Una realidad enriquecida, pero que paradójicamente anestesiaba en esa superabundancia que impedía distinguir qué era lo importante de lo superfluo. El periodismo, la literatura, la historia y el exceso de documentación del presente operaban como distractores y provocaban esa dispersión. Y cuando la gente se distraía con lo que le afectaba la vida cotidiana, era fácil explotarla, disuadirla y frenar su oposición. ¿Que debía hacer un escritor ante la inmaculada dispersión? No participar de ella. Enfocar los temas. Dilucidar lo que era importante y hacerle seguimiento y volver consciente a un número de pares intelectuales. El escritor, el ciudadano, debía olvidarse del paso vertiginoso de los sucesos. El escritor debía hallar las metáforas de la época.

El gran público es otra idea a la que se opuso el viejo Bellow. El objetivo del artista no era llegar al gran público, porque si esa era su búsqueda, el artista iba a atener que sacrificar el arte, la exploración formal, la poesía y reducir los valores de la literatura a los términos mercadotécnicos para cautivar a la audiencia. El gran público (aplicando categorías de hoy se llama cultura mainstream), es un embeleco que defrauda al arte.

Dos sesiones más están dedicadas a sus viajes por ciudades que vio, vivió y amó: París, New York y Chicago. En París hace un paralelo entre la ciudad mítica vista por Dostoievski en un diario y su propia visión contemporánea. Las dos resultan desesperanzadas, pero no por el espacio arquitectónico y el acervo cultural acumulado, sino por quienes pueblan la ciudad: los parisinos distantes y altivos. Más que la ciudad, revisa el carácter del francés como paradigma de la individualidad ofensiva. El individualismo es el comienzo de la xenofobia. New York se le presenta como un caos y una ciudad de turismo costoso. Chicago es el pretexto para alguna evocación de su formación como escritor y como judío americano (que es toda una escuela de aprendizaje de ser hombre). Lo que hace míticas a las ciudades que se vuelven Mecas del arte son los momentos de migraciones culturales. El Chicago desde el cual está narrando es una ciudad en que la industria ha suplantado a la cultura y los migrantes ya no son bienvenidos. La ciudad es su cultura y su presente, no su pasado.

Otra sesión la conforman los obituarios a los escritores y maestros que conoció y admiró. El más conmovedor lo dedica a su amigo John Cheever. Lo recordaba como un escritor que era un espejo de su obra: sucinto, concreto, profundo y envuelto en una aparente y enigmática sencillez de cuentos breves. Tal como escribía, hablaba. Así investigaba. Aprendió la técnica del relato magro y se dedicó hacer variaciones sobre los temas de la vida norteamericana hasta desvestirla de todo adorno y llegar a lo esencial.

La búsqueda de lo esencial para vivir, para crear, era el valor que más respetaba en este mundo Saúl Bellow. Tal vez por eso sitúa su paraíso personal en el macizo de montañas de Vermont, Estados Unidos. En conjunto, es la visión de un testigo cómodo en un siglo de conflagraciones, aceleración tecnológica, decaimiento espiritual y de una rapidez técnica que trivializa la brevedad de la vida y el significado de lo estético.

Todo cuenta, Saúl Bellow, compilación de artículos, discursos y ensayos, Debolsillo.


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