Un general confederado de Big Sur, Richard Brautigan

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La pesca de la trucha en América, Un general confederado de Big Sur

—Se mató de un tiro.
—Bueno, estoy seguro de que no lo volverá a hacer.
—En serio, ¿nunca has leído a Brautigan?
—No.
—¡No puede ser!
—Tampoco he leído Gargantúa, ni el Amadis, ni la Canción de Rolando. Y acabo de comprar Gringo viejo, con Jane Fonda, porque tampoco me pusieron en la factura a Carlos Fuentes.
—Pero estoy seguro de que este hippie te cambiará la vida: un gringo que se pegó un tiro y sus amigos lo encontraron tres meses después, descompuesto en su casa. Nunca un autor se pareció tanto a su obra.
—Sublime.
Esta es su foto.
—Sí, es raro. Parece un sheriff en busca de bandidos por el lejano oeste.
—Con la diferencia de que es más delincuente el sheriff que los propios bandidos, y que tal vez los busca para robarlos. A Brautigan se le ocurrían cosas tan raras como poner garrapatas en los cojones a los personajes.
—¿Usted nunca ha tenido garrapatas en “los cocos” y en “la pichulina”?
—No, en Santiago de Chile no hay garrapatas.
—Vale. Me lo llevo.

(Pasaron pocos días, digamos unos mil ciento veinticuatro, hasta que volvió a recordarme que tenía que leer a Brautigan)

—¿Ya leíste a Brautigan?
—Me suena.
—Un gringo, hippie y suicida: se metió un tiro en Big Sur y encontraron su cadáver descompuesto como a los seis meses con el arma aun en la mano.
—¿No eran tres meses?
—¡Lo has leído!
—No. Usted me habló de él hace tres años. Pero resultó que esa vez nos emborrachamos tanto que al final no me llevé el libro.
—¿Tres años? Juraría que fue la semana pasada. Bueno, no importa, estoy seguro de que le va a encantar.
—¿No se supone que me cambiaría la vida?

(Y como tengo la superstición de que un libro que se me aparezca tres veces en la vida recomendado por Borges, o por algún curtido lector, lo voy a tener que leer o algo grave pasará, ese mismo día me puse en plan de encontrar a Brautigan. Así conseguí La pesca de la trucha en América, Un general confederado en Big Sur y Willard y sus trofeos de bolos. De modo que esa noche empecé a leer a Brautigan al comienzo con escepticismo, luego con una resistencia irónica, pero ya al final con una especie de doblegamiento sadomasoquista).
Un poco más allá de la choza había un retrete exterior con la puerta abierta de par en par. El interior del retrete aparecía expuesto como un rostro humano, y parecía decir: "El viejo que me construyó cagó aquí 9.475 veces y ahora está muerto, y no quiero que me toque nadie más. Era un buen tipo. Me construyó con cariño. Dejadme en paz. Ahora soy un monumento a un buen culo ya fallecido. No hay ningún misterio.
La pesca de la trucha en América
Dos meses después:

—¿Y qué? ¿Sí leíste a Brautigan?
—Sí.
—¿Qué te pareció?
—Pues mi vida no cambió. Sigo igual. Pero me gusta la forma en que usa los campos semánticos de las definiciones en lugar de sustantivos, las descripciones y esa ambivalencia de cosas opuestas, dichas y negadas, que lleva al disparate.
—¿Y qué guevás significa eso?
Rompió el precinto de la botella, desenroscó el tapón y se echó un buen trago de whisky a la boca. Lo tragó, y al hacerlo se le pusieron los pelos de punta. Cosa rara, pues como ya he dicho, era calvo.
Yo contemplé los caimanes del estanque. El setenta y cinco por ciento de sus ojos me miraban.
Un general confederado de Big Sur
—Te explico: cuando se usa la definición de los sustantivos y verbos en el lugar donde debían ir justamente sustantivos y verbos: decir que “tuvieron ayuntamiento carnal por fuera del matrimonio” en lugar de “fornicaron”. En lugar de “allá viene una mujer” “allá viene un animal racional bípedo implume de sexo femenino”. Cosas parecidas. Brautigan dice que un tipo se toma un trago de Whisky y al hacerlo se le pusieron los pelos de punta. Pero enseguida agrega que era calvo. De modo que el texto incluye de forma ambivalente la afirmación y la negación, la corrección y el borrador, y también incluye cinco finales tentativos que pueden variar a los 3.500, lo que lleva a un género que me encanta: el disparate proliferante. Cuando dice que se quedó observando a los caimanes del estanque y que “el setenta y cinco por ciento de sus ojos me miraban”, lo que intentó fue una bella metáfora estadística. Pero es tan inusual que parece mamarle gallo al lector quien no sabe si se enfrenta a un guiño inteligente o al texto de un borracho.
Se topó con un capitán de la Unión que yacía decapitado entre las flores. Como no tenía ojos ni boca, sólo flores donde acababa el cuello, el capitán parecía un jarrón. Pero eso no distrajo a Augustus Mellon hasta el punto de no fijarse en las botas de capitán. Aunque la cabeza del capitán estaba ausente de este mundo, sus botas no lo estaban, y entretuvieron las fantasías descalzas de los pies de Augustus Mellon, y a continuación reemplazaron esas fantasías con cuero. El soldado Augustus Mellon dejó a aquel capitán en una escasez aún mayor, más incapaz aún de enfrentarse a la realidad.
Un general confederado de Big Sur

—Ya veo. Definitivamente leen muy mal los escritores.
—¿Mal?
—Si tienes que andar desguazando los libros para saber cómo están hechos, no los vas a disfrutar.
—No crea, mi estimado: uno también disfruta un libro, tanto o más, echándose encima con el hacha.
—¿Y averiguó algo nuevo sobre la vida de Brautigan?
—No más de lo que usted sabe. Esa novela corta titulada Un general confederado de Big Sur se puede tomar como autobiográfica: el tipo se fue a vivir al paraíso hippie en California, Big Sur, muy cerca a la cabaña donde vivió Henry Miller y allí escribía y bebía con brutalidad, mientras su obra se iba a pique y la crítica menospreciaba sus últimos libros y los hippies se volvían yuppies y regresaban como hijos pródigos a las oficinas de sus padres ejecutivos, hasta que un día estaban tan ocupados con las calculadoras de sus oficinas que todos se olvidaron de él, hasta sus cofrades y por eso tardaron tanto en descubrir su cadáver. ¿No cree que una muerte así es maravillosa?
—Defíneme “maravilloso”.
—Bueno. Con ejemplos: ¿no es maravillosa la espalda de Nicole Kidman en Ojos bien cerrados? ¿O la poesía de Miyó Vestrini? ¿O la Sister Rosetta Tharpe en la estación del tren?
—Ya. Sí, es probable. Lo que me parece curioso es que una sociedad como la gringa tenga una comunidad tan grande de desadaptados del sistema que desprecian la vida burguesa, vivan temporadas de resistencia y luego regresen a predicar la misma moral de sus padres. Claro que para Brautigan no hubo camino de regreso.
—Al ser una sociedad estereotipada todos los que piensan quieren emular en algún momento a Thoreau y renunciar a las mieles del capital, pero luego los valores del capitalismo triunfan y las responsabilidades o las necesidades invierten la idea altruista y el temor más grande de los gringos que es convertirse en un perdedor los devuelve al redil más o menos cuando alcanzan los ciento veinte kilos, tienen hijos y se les empieza a caer el pelo. Creo que me gustó más El general confederado de Big Sur que La pesca de la trucha en América.
Mooresville (Indiana) es la capital de John Dillinger. Hace poco, un hombre se trasladó allí junto con su mujer y descubrió centenares de ratas en el sótano. Eran enormes, de movimientos lentos y ojos de niño. Una vez que su mujer tuvo que ir a pasar unos días con unos parientes, el hombre compró un revólver del 38 y un montón de munición. Luego bajó al sótano en el que estaban las ratas y empezó a disparar contra ellas. A las ratas les dio igual. Se comportaron como si estuviesen en el cine, y se comieron a sus compañeras muertas como si fueran palomitas. El hombre se acercó a una rata concentrada en comerse a una amiga y le plantó la pistola contra la cabeza. La rata no se movió y siguió comiendo. Cuando amartilló el percutor, la rata dejó de masticar y miró por el rabillo del ojo, primero la pistola y luego a él. Fue una mirada amistosa, como si hubiera querido decir: "cuando mi madre era joven cantaba como Deanna Durbin". El hombre apretó el gatillo. No tenía sentido del humor.
La pesca de la trucha en América
—No he leído la pesca de la trucha. ¿De qué trata?
—Pesca de la trucha es un viaje y un hotel y un personaje, alter ego de Brautigan. Pero es también un mito del regocijo silvestre del estadounidense: parece que a todo norteamericano le llega el día en que el padre dice al hijo, al llegar a la edad de hacerse productor de dinero: “Vamos, junior, te enseñaré la pesca de la trucha en América”. Es una metáfora bíblica de esa promesa divina del lugar donde habrá ríos de leche y miel. Es la metáfora de la explotación: establecerse donde haya buena caza y buena pesca; una idea de pioneros, de colonizadores. En la novela se describe un peregrinaje de Brautigan en compañía de su esposa y su hija por la ruta de las truchas. Pero lo único que encuentra Brautigan en su peregrinación son dealers, perdedores, gente miserable o mezquina. Sin embargo, con ejemplos de lo que puede tomarse como pesca de la trucha, con comentarios, recuerdos, recetas de cocina, anotaciones, bibliografías, logra desmigajar los mitos americanos: Franklin es una estatua donde se dan cita mendigos para pedir ayuda social. Mitos como “sacar petróleo te hace grande”. Mitos como “recorrer el país vendiendo electrodomésticos es la base del progreso”. Mitos como el “plato nacional es la tarta de manzanas”. Mitos como “Whitman es el gran poeta de la exuberancia”. Brautigan recorre las llanuras y las montañas en busca de truchas y logra capturar la incoherencia de esos mitos fundacionales y los principios y valores de capitalismo financiero.
—¿Y ahora qué estás leyendo?
—David Foster Wallace. Mismo país. Estilos múltiples. También suicida.
—Tú lees mucho suicida. ¿Crees que aun estarás aquí para mi cumpleaños número cincuenta y nueve?
—Sin duda, chileno. El suicidio sólo es válido si lo tomamos como punto de partida. Y ahora me voy a leer, porque Foster Wallace era tan exagerado que se ahorcó en las escaleras de su casa y tenía debilidad por libros de mil hojas.
—Éxitos.
—Cianuro para todos.

Un general confederado de Big Sur
La pesca de la trucha en América
de Richard Brautigan
Editorial Blackie Books

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