Los complejos y el inconsciente, C.G. Jung

marzo 01, 2013



1. Sandra era un colombiano varado en 1995. Entró al ejército porque no tuvo otra opción de trabajo. Estuvo en el cuerpo de contraguerrilla por cinco años. En agosto de 1998 la guerrilla de las Farc atacó la base militar de Miraflores y se llevó 129 soldados y policías prisioneros. Uno de ellos era Sandra. En 2001, mientras la guerrilla cambiaba la orientación y se disponía a secuestrar dirigentes políticos, 224 soldados fueron liberados. Entre los liberados estaba Sandra. Sandra no fue reincorporado al ejército porque su vida útil como soldado había pasado el tope de edad y la prueba moral del secuestro había dejado en él una neurosis que consistía en sueños raros, como aquel de no querer ser más hombre. La indemnización del estado le alcanzó para saldar algunas deudas familiares durante su ausencia prolongada y la medalla al mérito que confundía a los mártires con los héroes fue empeñada en una prendería. Con el dinero sobrante se compró una mini falda y empezó a cobrar por servicios sexuales en una calle de Yopal. En una entrevista que concedió a una revista de farándula especializada en freaks de todas las clases sociales dijo que en los años de secuestro había sido violado  por sus compañeros de barraca. Otro caso es el de Tito Velázquez, liberado en 2001 quien pasó de la ordalía a la indigencia: un año después de su liberación, estaba en las calles, convertido en indigente, rebuscando material reciclable entre las bolsas de basura. No consiguió empleo, ninguna editorial quiso comprar su testimonio, porque el tema aun no era un subgénero (aunque el los años siguientes se publicaron al menos 8 libros exitosos del tema Secuestro). También William Domínguez, ex soldado, adicto, apuñalado en una calle de Bogotá mientras deambulaba como habitante de la calle.

Hay otros casos más inquietantes: Ivan Moreno Bravo, aunque no estuvo secuestrado, en noviembre de 2012 asesinó a su padrastro y a su madre y luego se suicidó. Eduardo Gómez Coronado fue herido por un compañero del batallón de infantería 26 Cacique Pigoanza y murió camino al hospital, en febrero de 2013. En noviembre de 2012 un soldado del batallón de alta montaña de Cali  remitido por delirios de persecución al batallón de Sanidad de Bogotá, deambula por la ciudad, toma rehenes en buses de transmilenio y en taxis con bisturís y salta tejados para huir de sus perseguidores imaginarios. En septiembre de 2005 un soldado mató a otro en el Club de Suboficiales del norte de Bogotá. En noviembre de 2010 José Mauricio Mahecha disparó contra dos compañeros de la Primera Brigada del ejército y luego se suicidó.

Ahí hay algo. Se esconde en los sueños de los hombres averiados por la guerra y en el Hospital de sanidad que queda en Puente Aranda donde están confinados los combatientes neuróticos y sicóticos que los políticos llaman héroes. Aun no lo vemos. Jung, a quien leo por estos días, escribió que a los soldados del frente había que traerlos a casa cuando empezaran a soñar con el horror. Mientras tanto, aquí siguen los demagogos confundiendo a los mártires con héroes. Los héroes nunca saben por qué pierden la vida.

2. Los complejos y el inconsciente es una buena excursión al pensamiento de C.G. Jung. Gran parte del ensayo está dedicado a los sueños. Dos terapias usaba Jung para rastrear complejos que se convierten en taras en la vida consciente: una terapia de asociaciones (fundada por Freud, pero modificada por él) que consistía en presentar a sus pacientes una lista de sustantivos y recibir de ellos asociaciones libres instantáneas que se presentaran en la mente al oír la lista; y luego, de las asociaciones nacidas de allí, Jung derivaba su análisis de miedos, taras, secretos íntimos que provocaban histerias, neurosis o psicosis. Pero con los sueños desarrolló otra terapia más personal y, me parece, más lúdica: interpretar los sueños no con el objetivo freudiano de remontarse a las fijaciones sexuales dadas desde la infancia, sino para dibujar un mapa del presente y el contexto en que vivían sus pacientes y así naturalizar el peso de sus ideas ocultas. El libro empieza con una crítica a la razón y a sus defensores positivistas. La razón, su producto (las normas sociales, la técnica, la política, los tratados, el derecho, la ciencia) alcanzó en el siglo XX un punto de inflexión: la primera y segunda guerra en Europa fueron resultado de la razón, de los tratados, de la técnica, del pensamiento consciente enfocado en el progreso. El inconsciente seguía sin estudiarse, pese a que un ser humano pasa más de la mitad de su vida inmerso en la vida onírica. La suma del consciente y el inconsciente marcaban el equilibrio de la psiquis humana. Si no hubiera sido desvalorizada por tantos mercachifles de la fe, a la psiquis habría que seguirla llamando alma. El inconsciente tiene zonas de acceso, zonas de grises, zonas neutras y trasfondos oscuros. Los sueños son ingobernables, pero acaso a través de ellos podría hacerse un mapa interior de los seres humanos. Es lo que se propuso Jung y mientras presenta sus diagramas y conceptos fundamentales (consciente, inconsciente, histeria, neurosis, psicosis, sueño, símbolo, arquetipo) va mostrando algunos casos que trató a través del sueño de sus pacientes. En uno de ellos una mujer instalada en un manicomio tras la muerte de su hija, le cuenta a Jung un sueño reciente en que aparecía un lago azul y un periódico donde veía la foto de un millonario que conoció años atrás. Mientras conversan sobre lo que ella supone que significa cada elemento de su sueño (el lago eran los ojos azules de su niña muerta, el periódico estaba relacionado con noticias recientes que tuvo de ese antiguo amigo) Jung le pregunta cómo murió la niña y qué relación tuvo con ese antiguo amigo. La niña murió de tifoidea al tomar un poco de agua impotable que la madre usaba para bañarla (y la madre la dejó beber sin tratar de impedirlo) y el amigo era un millonario de quien había tenido noticias antes de morir su niña y a quien ella sublimó en su juventud en un amor platónico que no llegó a consumarse (antes de morir la niña un amigo en común había visto al millonario en una ciudad y habían hablado de ella, y el millonario confesó haber estado enamorado alguna vez en secreto). Para Jung era suficiente. Era él el tercer terapeuta que tenía la mujer (a quien los demás siquiatras daban como caso perdido y parecía condenada a ser miembro más del manicomio). Jung sopesó su interpretación y el peso que la misma tendría al ser presentada a la mujer, y sopesó la segunda alternativa que consistía en dejar a la mujer enclaustrada y sometida a las terapias y farmacología de la época. Entonces habló: le dijo simplemente que ella era una asesina por haber dejado beber agua infecta a sus dos hijos (ambos bebieron, pero el niño no murió) y todo por su deseo de acostarse con el hombre de quien había tenido noticias y a quien relacionaba tras la confesión de amor mutuo y secreto con una oportunidad de haber sido una mujer millonaria y no la mediocre esposa sexualmente infeliz que era. La mujer solo pudo echarse a llorar, pero una semana después salió del manicomio y empezó a vivir con el peso de sus pensamientos. Hay otros casos fascinantes, como el del profesor escéptico que anticipará su muerte con un sueño de escalada. O la muchacha que anticipa la enfermedad incurable que la matará en un sueño con dos arquetipos cruzados: la madre y el caballo.

Para analizar un sueño a la manera de Jung había que comprender el contexto en que vivía el soñador y el peso que solo el soñador podría dar a los elementos que aparecían en sus sueños. Sin esto, estaríamos tan desorientados como los lectores que pretenden hallar el sentido de los sueños bíblicos. Luego Jung aplicaba la terapia de asociaciones (que está bien descrita en el libro). Pero lo inquietante son las decisiones que tomará el intérprete con los sueños ajenos. No todas las interpretaciones hacen bien: a veces la razón podía chocar con la vida onírica y la proyección al consciente del inconsciente arrojaría un daño mayor, de manera que había asuntos que era mejor dejar ocultos. A veces la gente tenía que enfrentarse  a ideas que insistía en negar, pero que regresaban a través de sueños. A veces los sueños estaban relacionados con los símbolos colectivos (los que una sociedad interioriza y convierte en fantasmas de todos, los arquetipos). A veces la razón seguiría negando en forma de soberbia, o en forma de escepticismo lo que el sueño mismo seguirá regresando en forma de pesadilla (aquí el propio sueño se impondría y dejaría en entredicho a la razón). A veces la vida onírica era el único refugio para una razón atormentada.

 

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