París

17:07

5. Los lugares, las migraciones culturales [¿Hay lugares más fecundos para ser artista? ¿Hay lugares estériles? ¿Cómo ser poeta si naces en el culo del mundo?]


Saúl Bellow resumió en su ensayo sobre París [Todo cuenta, S.B. ed. Debolsillo] los aspectos que convierten a una ciudad en Meca de artistas. En primer lugar están las migraciones culturales que atraen a grandes creadores allí. Según la época hay instituciones que sirven de refugio y consuelo a los artistas: la corte, los mecenas, los conventos del siglo de oro, las universidades modernas. También advirtió que hay un momento en la vida en que los sueños de un artista necesitan patrocinio, y si no llega, la vocación se desperdicia en trabajos alimentarios y quedas frito. Esas ideas de Bellow surgen en Chicago, Estados Unidos, en la posguerra. Ya las universidades se han consolidado en cima del sistema educacional. Para hacer algo, para tejer redes, para obtener un empleo, hay que pasar por allí. Pero no siempre el mundo fue así. Santa Teresa de Jesús escribió una poesía extraordinaria en un convento, y lo hizo desde allí porque la única oportunidad que tenían las mujeres para educarse era el claustro espiritual. Su padre le enseñó a leer. Pero ella se consideraba inculta, porque ser culto era hablar latín, pero el latín estaba prohibido de ser impartido a las mujeres, de manera que escribió sus cánticos espirituales en el español que le enseñó su padre. Si algo hizo que tan pocas mujeres figuren en la cultura antes del siglo XX es esta exclusión de la lengua y de los estudios, no las capacidades, como creyeron tantos en otras épocas y como aún hay padres de familia que lo creen hoy en países como Colombia. Hubo, hace 2500 años en Mitilene, una niña que aprendió a cantar con una cítara prestada al poeta Alceo  poemas de amor a la diosa Afrodita y a las mujeres bellas, en medio de una sociedad hedonista. En ese tiempo la poesía era un don para comunicarse con los dioses. Una iluminación que había que merecer. Su familia la refugió como sacerdotisa en un templo de Lesbos para evitar ser vendida como esclava durante una guerra. De sus poemas sólo quedan las citas que otros hicieron en sus propias obras. Pensar siquiera en las obras donde fue citada, da la dimensión de su estrofa y alcance estético: Ovidio, Aristóteles, Catulo, Horacio, Plutarco. Desde entonces, a nuestra era, variando la clasificación que hizo Henry Miller [El tiempo de los asesinos] al héroe lo suplantó el juglar, al juglar lo suplantó el poeta, al poeta lo suplantó el goliardo, al goliardo lo suplantó el novelista y al novelista lo suplantó el académico. Hoy existen unas profesiones prestigiosas y otras desprestigiadas. En una cárcel rusa, hace setenta años un juez le preguntó al joven Joseph Brodsky en base a qué criterio se definía poeta y Brodsky le devolvió la papa caliente diciendo que en base al mismo criterio con que el señor juez se definía humano. Lo condenaron, por parasitismo social, a pegar ladrillos de arquitectura soviética junto al mar Báltico.

Quizá, si aceptamos lo que nos dice el cine y la literatura, no hubo un lugar mejor para ser escritor que en París durante ese periodo entre guerras que llamaron Locos años 20. En ese momento Europa venía de una masacre colectiva que dejó enredados en los alambres de espino de la Gran Guerra a cincuenta millones de jóvenes (porque la guerra la hacen los jóvenes) entre los que se encontraban los talentos biches del expresionismo alemán (Tralk, Heym, Werlfel), los pintores y poetas jóvenes como Jacques Vichy, los norteamericanos de la generación perdida (Stein, Fitzgerald, Hemingway), los veteranos (Joyce, Apollinaire) los sobrevivientes de todos los rincones de Europa, entre los que se encontraba Cendrars sin brazo, los surrealistas con Bretón a la cabeza, Picasso, Joyce. Los libros que se pasaban de mano en mano eran las obras de Freud y En busca del tiempo perdido. El itinerario que marca Hemingway era el de los escritores que iban a redactar a los cafés, los cuadros originales de Modigliani, Braque, Matisse, Cezanne, Marx Ernts que podía comprar Gertrude Stein como gesto de mecenazgo. Lo que hacía fecunda la experiencia de París eran los encuentros y las vocaciones que allí encontraron un lugar para publicar: en París estaban los marchantes y los editores, allí estaban los museos con las cumbres del arte como el de Orsai, allí te sentabas en una mesa al aire libre y veías pasar a los maestros y si te acercabas un poco hasta podrías comer en su misma mesa. Por supuesto, el aire que flotaba sobre Paris estaba enrarecido: acabar una guerra con tratados amañados, con desmembraciones de territorios y multas archimillonarias para humillar al perdedor dejaría las brasas lo suficientemente calientes para que una chispa hiciera brotar de nuevo la llamarada. A eso se refería Wyndham Lewis en Estallidos y bombardeos: un momento de esplendor entre dos horrores. A comienzos de los años 30s, cuando Henry Miller llega, tarde, a París, lo único que encuentra son las putas desempleadas. El efecto hipnotizador de París en los años 20, según el testimonio de otro peregrino que llegó demasiado tarde, en los años 50s, Saúl Bellow, fueron las migraciones culturales que permitieron darse cita allí a Hemingway, Picasso, Mondrian, Dhiaguilev. Es eso lo que hizo a la ciudad fecunda en esa época: ser un lugar donde podría compartirse la vocación, donde era posible estar en un ambiente de ideas estéticas. Acaso como ocurrió con Berlín antes de la primera guerra cuando la frecuentaba Benn, Kakfa enamorado y Alfred Doblin peregrinaba en las tabernas.  Como Zurich en el Dadaísmo. Como Ciudad de México en los años 30s convertida en el vientre de los muralistas Rivera, Siqueiros. Con Barcelona en los años 70s con Vargas Llosa y García Márquez. Como la Atenas de Pericles con Diógenes y Platón y Aristóteles y Sófocles conviviendo en el mismo espacio (450 a.c.).

Los momentos de esplendor de un lugar, son los momentos en que las culturas logran convivir y prestarse sus signos. Esos deberían ser los límites de la civilización. Son momentos de internacionalización de la cultura. Son momentos de encuentro, de combate intelectual, que atraen a otros miembros de la cadena mercantilista del arte. Pero hasta esos mismos lugares en otras épocas pudieron ser estériles para la creación. El mismo París del siglo XVIII, en los años anteriores a la Comuna que precedió a la Revolución Francesa, pudo haber sido el lugar más peligroso del mundo para ser escritor. Según Robert Darnton [El coloquio de los lectores] por ese entonces París tenía al menos 3000 escritores viviendo en el mismo espacio (pornógrafos, periodistas de intimidades, memorialistas, pafletarios, filósofos ilustrados) pero de la mayoría de ellos sabemos muy poco hoy. ¿Quiénes eran estos escritores que aparecen en el censo de la comunidad de editores de Suiza? ¿Por qué durante el Terror fue París un lugar menos propicio para la escritura que en la segunda década del siglo XX? Porque las ideas se defendían a mosquetazos. La escritura, la libertad de expresión, primero tendría que convertirse en una conquista social. ¿Por qué se disolvió el sueño de París después de 1930? La bohemia se trasladó a otros centros de gravitación e influencia. A lo que  ayudó una nueva guerra con 50 millones de muertos. El mundo cambió. Los ejes de poder y los referentes, la reagrupación por lenguas, la balcanización, la descolonización, el surgimiento de nuevas naciones, el desarrollo y el crecimiento de la oferta cultural y universitaria en las capitales que descentralizó de las ciudades-metrópoli el hipnotismo y migró los referentes a otros lados (algunos más cercanos, otros aun inaccesibles  como Nueva York). Ya no había que ir a París a perderse. En Buenos Aires o el D.F. estaban los editores, los museos, las exposiciones, los teatros. Para encontrar un público ávido bastaba con ir a La Habana o a Caracas o a Barcelona. Y de ahí hasta hoy.

Tal vez la aviación haya acortado un poco más los caminos a las mecas culturales más cercanas de tu domicilio. O es probable que hayas nacido en una ciudad con más de dos millones de habitantes donde es posible encontrar una audiencia posible para tu obra. Ahora es probable encontrar en una feria del libro doméstica a un Premio Nobel y hacerle preguntas profundas como cuál es el color de la tinta con que escribe, o la marca de su computador. Internet acortó aún más las distancias y trajo parte del engaño a tu propia casa. ¿Es posible construir en la actualidad (2013) un gesto generacional, una vanguardia artística, valiéndose de un instrumento de comunicación como internet? Es posible.

Pero aquí hay que detener el entusiasmo y examinar el reverso. ¿Qué ocurre con los aislados? No solo de los epicentros culturales, sino de las partidas del poder y del capital. Los damnificados de los abismos de clases. Los que no tienen currículo ni aval, ni mánager, ni agente literario. Los que nunca verán su obra colgada en un museo, porque nunca pasarán los filtros de la curaduría mercantilizada. Los que nacieron en la época equivocada. ¿Cómo nace el arte allí donde todas las coordenadas están en contra? ¿Quién  valida sus obras? ¿Qué puede hacer un artista que nace en la periferia de la periferia? Esto no es nuevo. Ni surge en las desigualdades de clase del capitalismo salvaje. La exclusión ocurrió hasta en la Unión Soviética, en el seno de una sociedad socialista. Más que cómo nace, habría que indagar cómo logra inocularse allí donde no hay nada más que arena. Y cómo logra difundirse el arte pese a la censura. Cómo nace pese a la esterilidad del entorno, o cómo se convierte en activismo, acción o reacción a las dificultades en que surge un artista. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que la obra de Ajmátova se conozca si sus poemas proscritos de la literatura estalinista solo podían ser conservados en su cabeza? ¿O la obra de Reinaldo Arenas? ¿O la obra de Roberto Bolaño (para no usar solo modelos trágicos)? El caso de Arenas puede ser consultado en Antes que anochezca. El caso de Bolaño se lo sabe hasta mi madre. El caso de Mandelstam puede leerse en las memorias de su esposa [Contra toda esperanza, Nadiezhda Mandelstam, Editorial Acantilado] y el caso de otros menos conocidos puede leerse Antología de la literatura clandestina soviética (editorial Bedout, Colombia).
[Continúa]

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