Una hoguera para que arda Goya (6 años)

16:18

This isn't happiness

Pienso que los pescados nunca se mueren. Aunque los enlatemos. Aunque ahoguemos a los peces con nuestro aire al sacarlos del agua. Aunque los pongamos en el horno con briznas de romero y mantequilla y vino blanco y papas tajadas. Pienso que no se mueren, porque de niño conocí a una mujer que se los comía vivos. Eran sardinas. Recién sacadas del río Chucurí en una botella de champaña. Las balanceaba en sus dedos con la colita aprisionada y las iba dejando caer en su garganta una por una. Entonces yo me las imaginaba vivas nadando en su estómago. Por eso los peces muertos o en los platos me parece que siguen vivos. Siempre con sus ojos abiertos, sin párpados. ¿Y el olor? ¿No delata la muerte? Bueno, la vagina recuerda ligeramente el olor del mar de Cuba (el único que he conocido). Las pescaderías no huelen a pez muerto, sino a pez junto. Creo. No he visitado muchas pescaderías en mi vida. En cambio me gusta ver acuarios. Aunque dentro de una casa, puestos en el elemento que no les corresponde (ver elementos en Feng Shui) atraerán mala suerte sobre los residentes. En los restaurantes donde hay acuarios me siento como un cangrejo. Me gusta la luz acuarimántima. El primer recuerdo que tengo en la vida es el de un pez de colores nadando en un tanque de ladrillo. En ese recuerdo lo estoy viendo desde arriba. Es el lavadero de la casa de Los Comején (familia Rodríguez Bautista). Le pregunto a mi mamá por el barrio donde vivíamos cuando era niño  y ella me confirma que había una alberca con peces de colores dorados y rojos en la casa de doña Tránsito, pero que debí conocerla a los 3 años de edad, porque a los 4 ya nos habíamos ido de aquella casa y de aquella calle. De modo que es un recuerdo guardado desde los 3 años. No recuerdo más que el pez quieto en el centro de la alberca y los rayos de sol proyectados en el agua diamantina y las aletas del pez moviéndose como abanicos. Está ahí, flotando y vivo, eterno, el pez en la cisterna. Otra experiencia con peces fue en la finca que compró mi madre 22 años después. Había dos pozos para el cultivo de pescado (carpa, mojarra, cachama, bocachico) y en esos meses que pasé huyendo de mi vida profesional yo los alimentaba a las cinco de la tarde con puñadas de concentrado. Entonces los peces se alborotaban y el agua sonreía. Pero una tarde empezaron a morir en masa y a la mañana siguiente salían millares a flote. Mi madre estaba decepcionada porque para ella significaba una derrota más en esa suma de equivocaciones que fue tratar de progresar en el campo. Yo estaba impresionado porque para mí seguían vivos. Probamos a cambiarlos de un pozo a otro, pescándolos con una atarraya, pero al poco tiempo también echaron a boquear en la superficie del otro pozo y luego salían a flote. No quedó ninguno. Cinco mil peces envenenados. Los enterré en una fosa pequeña, a pocos metros de la orilla. Y aún así, aunque los enterré por millares, contra toda lógica, creo que no se mueren. Es porque la imagen tremenda de la mujer que se los engullía crudos y vivos es más intensa, poderos y verosímil en mi memoria que cualquier constatación.

Este blog debutó como diario (de lecturas) la primera semana de mayo del año 2007. Sexto año.

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