Arte que viene de las piedras [Roger Callois en la Bienal de Venecia 2013]

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Hay, en la casa en que vivo, una piedra que guarda en el corazón, un nautilus, un caracol fósil. Podría haber miles de piezas idénticas en cualquier desierto mineralizado (en el Gobi, en los sertones, el Sahara, o haber permanecido por miles de años en algún valle de los que hoy es Barichara y que alguna vez fue un mar cuaternario). El valor que tiene esta piedra lo impuso la mujer que la individualizó durante un paseo, quien la llevó a su casa y la puso en una vidriera junto a sus tesoros para que fuera apreciada y disfrutada por sus amigos y por sus hijos.
Es piedra. No fue hecha por la mano de un ser humano. Sin embargo, es una conciencia humana la que pondera su existencia. Y es una tercera conciencia la que se detiene ahora sobre el gesto de otra persona. Un representación se convierte en arte en virtud de la conexión entre quien expresa una idea a través de una obra y de quien la observa. Cada vez que los tres miembros de la representación se juntan, puede ocurrir la experiencia del arte. El mundo es el escenario del ser humano. Esa piedra ha estado en el mundo desde antes de existir la civilización de los amerindios y antes del genocidio de los españoles en América y desde antes de ser inventado el alfabeto y desde antes de existir el primer prototipo de ser humano. Pero antes de ser piedra fue también caracol. Fue vida. Un caracol gelatinoso que se peleaba con los erizos y las anémonas y alcanzó el tamaño de uno de mis puños y andaba en la arena de las playas que eran las cuestas del macizo de aquel mar. Un día no fue más caracol, sino solo una concha vacía, rastrillada y apisonada entre un arenal de conchitas de nácar pulverizadas. Llovió sobre la concha y pasaron millones de astros y un meteoro extinguió a los grandes reptiles y las capas tectónicas se alejaron y esa señora embarazada que es Suramérica se separó de su consorte, África, y el caracol fue comprimido entre la tierra y el mar se secó y solo quedó su huella y una duna de conchas fosilizadas.
Ese nautilus es la huella de un enigma que nos abarca: el rastro de una vida antes de ser mineral. Una posibilidad que contiene y condiciona acaso nuestra vida y la seguridad que nos da nuestra época y nuestra técnica. Un prueba de que no subsistiremos tampoco. De que somos finitos.
Se ha cristalizado con vetas rosadas de cuarzo por lo que resulta suave al tacto y luminoso a la mirada. ¿Por qué escribir sobre ella? ¿Por qué no escribir sobre ella?

En “il palazzo enciclopedico” de la 55 Bienal de Venecia 2013 (Padiglione Centrale) hay expuesta una colección de 158 piedras seleccionadas por Roger Callois a lo largo de su vida de mundonauta. La muestra proviene del museo de Historia Nacional de Francia. Son rebanadas de roca que revelan formas, aristas, composiciones, fisuras, texturas, armonías, sorpresas. No deja de ser paradójico que una exposición de arte incluya una muestra proveniente de la naturaleza y no de la mano y la imaginación de un ser humano. Roger Callois, surrealista y antropólogo, desarrolló una pasión por el coleccionismo de rocas que lo llevó a formar una hipótesis personal de la historia del mundo a partir de las mismas: La escritura de las piedras (1970).
Ese caracol fósil, o el que está en cualquier museo de geología en que un grupo de niños es guiado por su profesor de geografía para completar la clase sobre el origen del mundo, o las piedras de Callois en la Bienal de Venecia ¿pueden ser arte?
Si el arte es representación y estas piedras han dejado de estar en el mundo para ser algo para alguien, es decir para representar un significado en el mundo humano, ¿son arte?
¿Arte en tanto mímesis de la naturaleza?
¿O es arte en cuanto soy yo quien me detengo por un instante en un detalle y lo valoro como una metáfora del pasado?

Vuelvo a ver el Nautilus. No fue producto del ingenio de un ser humano. Pero una curiosidad humana lo individualizó para otras curiosidades que visiten el museo de reliquias afectivas de esta familia en que un caracol fósil reposa junto a un reloj sin brazos, un equeco con cara de asesino, un camafeo del siglo XVIII, un pesebre hecho por Miró, una virgen tallada en tagua y una imitación de las ánforas con teselas de Gaudí. ¿La representación de la representación es también arte?

¿Una pirámide de autoría múltiple o una catedral gótica, cómo llegan a convertirse en arte? ¿Una representación pictográfica de una máscara polinésica, es arte? ¿Y la máscara original?  ¿Y por qué es artista el que dibujó la máscara polinésica (Picasso) más que el que la talló sobre un coco de mar en una isla de Java?
¿Un orinal colgado en la galería de un museo y no en el bar de la esquina empieza a mudar de valor por estar tergiversado su campo semántico?
¿El río Amazonas podrá ser declarado "arte" alguna vez?
¿La fotografía de una pareja que murió abrazada en un desastre natural que puede ser el Vesubio o puede ser un terremoto en Bangladesh?
¿El tiempo puede convertir hasta a un afiche de publicidad emitido hace 80 años en arte?
¿Alguien se acuerda de que las cosas que produce el ser humano fueron nuevas alguna vez? ¿Recuerdas el televisor, el reloj de pulso? Fueron nuevos alguna vez.
¿Recuerdas la consola y los juegos electrónicos de Atari? Ahora Tetris y Donkey Kong están en el museo de Arte Moderno de Nueva York. ¿Eso es arte?
No son preguntas para que las responda gente que hizo nada con su manos (ni Kant o gente que dilapidó su fantasía). Respóndelas tú. ¿Hay que crear con moldes? ¿Se puede crear algo sin moldes? ¿Quién hizo los moldes?
¿El arte volverá a ser imitación de la vida un día?

Nota: Fotografías de la colección de piedras Roger Callois por cortesía de Goethe David Pontón, artista povera y vagabundi mexicano, embajador del tequila en la 55. Bienal de Venecia 2013.
Relacionado: El hombre que amaba las piedras, Margarite Yourcenar, Gaceta Universidad Veracruzana

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