El subdesarrollo era una mujer [Memorias del subdesarrollo, Tomás Gutiérrez Alea]

11:35


Una aventura en el trópico

En el minuto 55:17 de la película cubana Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) se establece una comparación entre la vida en el trópico del protagonista de la película, Sergio, y la vida en el trópico que llevó Hemingway (Premio Nobel de Literatura 1956). El protagonista, un comerciante de muebles y escritor tardío que acaba de perder la compañía de su familia y de su esposa (clase media burguesa) al decidir quedarse en Cuba en el advenimiento de la revolución cubana (1961-1962), deambula por la vida habanera en busca de rastros que revelen los cambios sociales mientras inspecciona lo que ha sido su propia vida a través de un diario íntimo que a efectos cinematográficos pasa a ser voz en off narrativa.

Durante los merodeos conocerá a Helena, una muchacha cubana con quien establece una relación sentimental mientras trata de sustraerla del mundo cotidiano en que ella vive a su esfera de vida intelectualizada.

La analogía entre la vida del narrador y la vida de Hemingway ocurre durante una visita guiada a la casa museo Hemingway de Finca Vigía, en San Francisco de Paula, donde el escritor norteamericano tuvo su domicilio por cerca de diez años.

El decorado de la escena no tiene propiamente una dramaturgia (intencionalidad, artificio, ambiente) en el sentido teatral, ya que la escena transcurre directamente en la sala y espacios domésticos conservados como museo de autor. Los objetos registrados por la cámara son los suvenires, libros, escopetas, cabezas de caza, botellas de licor, muebles, cuadros, máquinas de escribir que en verdad hicieron parte del mobiliario y se quedaron en el lugar donde habitó el Premio Nobel. La guía turística la hace uno de los empleados que tomó el escritor, y quien le acompañó durante la larga estancia en Cuba. Es este espacio vital, un registro documental, convertido en pretexto para examinar la vida de Hemingway en comparación con la vida de Sergio y formular una crítica a la mitología que dicha figura suscita, y de paso formular una recriminación a su propio despilfarro vital.

Documental en medio de la ficción

La escena comienza con ese intertítulo “una aventura en el trópico” superpuesto a la imagen de la cabeza de un antílope expuesta como trofeo de caza en una de las paredes de Finca Vigía. Luego oímos la voz del guía y la traducción simultánea al ruso que se hace para los turistas visitantes.
“Esta cabeza fue mandada por Hemingway en su último viaje a África, en el año 1953. Ese viaje lo hizo a África, acompañado por Mery, su cuarta esposa.”

Entre el grupo de turistas, vemos a Sergio que mira en detalle la cabeza, pero luego se desvía para ver a Helena caminar lejos del grupo, desinteresada, por en medio de la sala de Finca Vigía. La voz narrativa interviene: “Decía que mataba para no matarse, pero al final le ganó la tentación”.
Ahora el guía enseña fotografías de Hemingway  que datan de la experiencia del escritor como corresponsal de prensa en la guerra civil española. Enseguida, una sucesión de imágenes de archivo muestran a civiles españoles en la vida cotidiana, Hemingway en primer plano con uniforme, gente que huye desplazada por los combates, combatientes heridos, escenas captadas en pleno combate. Estas, la mayoría, fotografías de Robert Capa, de quien los estudiosos de la composición han determinado que algunas son montajes y no obturaciones en el instante, se cortan con un corte a la biblioteca y la voz de Helena: “¿Y aquí vivía el mister ‘bueyes’?”
Sergio revisa el contenido de algún título.

Helena: “Yo no le veo nada del otro mundo, la verdad: libros y animales muertos; igualita a la casa de los Americanos en Central Presto. Los mismos muebles, y el mismo olor americano.”
Sergio: “¿Y cuál es el olor americano?”
Helena: “Ah, yo no sé, eso se siente.”
Sergio: “¿Y cuál te gusta más, el olor de los rusos o el de los americanos?”.
Helena: “Mijito, suéltame, yo no sé nada de política”.
Corte. Fotogramas de Helena posando en los ambientes de la casa:
Sergio: para eso están los países atrasados, para matar animales, pescar, tirarse a coger el sol, y ahí tienen a la Beatiful cubana señorita.”

Enseguida Sergio aparece en la estancia de Hemingway, bajo la cabeza disecada de un búfalo leyendo La vida corta y feliz de Francis Marcomber, uno de los cuentos emblemáticos de la obra de Hemingway.

“No creo que nunca más vuelva a tener miedo –dijo Marcomber a Wilson-: Algo me ocurrió cuando vi a l búfalo por primera vez y corrí tras él. Algo parecido al desbordamiento de un dique. Era una excitación pura, grandiosa.” Si fuera suficiente correr detrás de un búfalo para vencer el miedo… de todas maneras en Cuba no hay búfalos. Soy un idiota. Él venció el miedo a la muerte, pero no pudo soportar el miedo a la vida. Al tiempo. A un mundo que le empezaba a quedar demasiado grande. 

Helena: Estas aquí, ¿por qué te fuiste?
Sergio: ¿Tú no estabas tan entretenida (con el fotógrafo extranjero?
Helena: (Canción) Celos, malditos celos.
Sergio: Ah, por favor.
Helena: ¿Qué te fastidia, chico?
Sergio: No estoy fastidiado.
Helena: No te importa nada.
Sergio: ¿De qué?
Helena: De mí.
Sergio: A ti es la que no te importa nada.
Helena: ¿De qué?
Sergio: No te importa nada de nada.
Guía: Esta es la habitación privada de Hemingway. Aquí siempre se le vio trabajar, en esta vieja máquina. Siempre de pie y descalzo. Nunca se sentaba para escribir ni usaba zapatos. Se levantaba muy temprano en la mañana y trabajaba hasta las once, once y media. Eran contadas las personas que podían entrar en esta habitación y entre ellas me podía contar yo que me movía silenciosamente en la habitación de un lugar a otro. Hemingway…
Voz en off: Se llama René Villareal y Hemingway lo encontró de niño jugando en las calles de San Francisco de Paula (foto de familia con el niño, plano de la iglesia de San Francisco de paula). Esto lo leí en alguna parte. Lo amoldó a sus necesidades (fotos de Hemingway y Villareal en una pelea de gallos, en la sala de la casa). El criado fiel y el gran señor. El colonizador y cungating. Hemingway debió ser un tipo insoportable. (Plano abierto del campo aledaño con palmeras). Aquí tuvo su refugio y su torre. Tu isla en el trópico. Botas para cazar en áfrica. Muebles norteamericanos. Fotos españolas. Revistas y libros en Inglés. Cartel de toros. Cuba no le interesó nunca realmente. (Barrido por estanterías). Aquí se refugiaba, recibía a sus amigos, escribía en inglés y pescaba en la corriente del Golfo.
(Sergio otea desde las ventanas de la Torre de Finca Vigía al guía que camina junto a Helena por un camino del solar).
Voz de guía: “Esta torre fue mandada construir por la cuarta esposa de Hemingway en el año de 1947. En ese tiempo venían muchos periodistas, personas que querían ver a Hemingway y no lo dejaban escribir con tranquilidad. Ella pensó que haciendo ese despacho (señala la torre), los aislaba de la casa. Trató de hacerlo lo más ventilado posible. Mandó a hacer diez ventanas dobles, muebles sencillos, cómodos…”
(Helena busca a Sergio y éste se esconde)
Helena: ¡Sergio! ¡Sergio!
Los turistas ya suben a los vehículos. Helena confundida, alterada, pregunta a los otros turistas por él. No dan razón. Los carros se van. Helena espera. Duda. Llama al chofer “oiga, un momento” y decide partir sin Sergio.
Sergio se ha quedado en la torre y observa tras el cristal de una ventana.
Corte. (1:01:31)

La escena enfatiza el desencanto en que se ha convertido la nueva relación sentimental del protagonista, Sergio, con su amante Helena (conflicto central de la narración). Justo antes del inicio de la secuencia en casa de Hemingway los hemos visto visitar un museo y oímos la voz del narrador que dice: “De pronto comprendí que Helena no compartía nada de lo que me pasara por la cabeza. Yo esperaba más de ella; pensé que era más compleja e interesante. Siempre he intentado vivir como un europeo, y Helena me hace pensar en el subdesarrollo a cada paso.”, y lo dice mientras los vemos caminar por un museo, él tratando de ilustrarla con un comentario frente un cuadro, pero ella siempre distraída, retrasada, desinteresada. “También a Helena quise cambiarla, como a Laura, pero no entiende nada. Tiene otro mundo muy distinto del mío en la cabeza. No me ve.”
Una secuencia documental tomada de “la realidad”, transpuesta a un nuevo campo semántico, o contexto, adquiere el cariz de la representación. Es decir, se convierte en ficción, en parte del relato.


El subdesarrollo no es una mujer

La comparación entre el personaje de ficción, Sergio, con el escritor Ernets Hemingway, no es un paralelo gratuito, sino deliberado, porque Sergio se ha convertido en un epígono de Hemingway y aun así lo condena. ¿Quién es Sergio? Siguiendo los datos desperdigados por toda la película, es un hombre de 38 años quien,  ante la estampida de propietarios que se marchan de Cuba en el ascenso de la revolución, decide quedarse para liberarse de un matrimonio pueril. Dice a los amigos que sostienen que lo que viene es un desastre, que por el contrario para él es un misterio atractivo lo que va a ocurrir en Cuba con el advenimiento de la revolución, y que por eso aguardará, pero su conducta es apenas una protesta simbólica contra la noción de poder y consumo y clase. Para ir acorde con los cambios, decide retomar un sueño postergado: escribir. Había querido escribir un libro de cuentos o un diario, dice. Opta por el diario. La película es ese diario en el que inserta los altibajos de su vida emocional con reflexiones políticas que develan contradicciones morales al querer continuar su modelo de vida, sus normas sociales, su simulacro de clase. Aspira a convertirse en escritor y a tener una compañera con la cual compartir una nueva dimensión de la vida, el plano intelectual. Todo lo que le rodea, se opone a esa idea. Por eso, justamente, todo lo que recrimina a  Hemingway es lo que ese cubano desea para su propia vida. La película recurre a un modelo real para recrear un aspecto emocional del personaje. Los protagonistas acuden a la casa del autor célebre y se mueven por su territorio museificado. El peso de ese decorado real conduce a un contraste moral. Sergio, el protagonista,  es un aprendiz escritor a los 38 años, a la misma edad en que ya Hemingway era un consagrado, amigo de una élite extranjera, que había visto dos guerras mundiales y acababa de irse de corresponsal a una guerra civil. A los cincuenta Hemingway sería un mito viviente que se refugiaría de la contaminación de los cocteles y el cosmopolitismo en una casa campestre de una isla del trópico donde tendía yate y criados que se encargaban de solucionar los asuntos pueriles de que está hecha toda existencia humana, en el tercer mundo y en cualquier parte. Hemingway tenía una esposa que decidió construirle una torre “de marfil” para mantenerlo al margen de las distracciones de la vida social, mientras Sergio saltaba de un lado a otro en busca de una mujer que fuera su par intelectual y solo encontraba damas de compañía infantilizadas. Hemingway escribía en Cuba libros en inglés que interesaban a millones de lectores en todas partes del mundo menos ahí y Sergio heredó el negocio familiar y postergó su vocación. Hemingway vivía en un mundo hedonista donde el placer de la bebida y la gastronomía y la excitación de los deportes de riesgo (la caza, la pesca en profundidad) era un reconocimiento al trabajo intelectual bien realizado, y Sergio por el contrario es un sedentario con más pretensiones que obra. Hemingway lo tenía todo, todo lo que codicia Sergio, y aun así no tenía suficiente, y no era feliz, y se suicidó.

Para Sergio la huella del subdesarrollo es la falta de memoria, la falta de argumentación, la falta de un pensamiento propio, la servidumbre intelectual y material. La película empieza con un hombre que acude a un aeropuerto a despedir a su mujer que abandona cuba en 1961, a dos años de la revolución. Luego de regresar a su apartamento, decide empezar a escribir. Un diario. Para ello observa y pasea por  La Habana y la espía con un catalejo. La voz subjetiva del protagonista-narrador se pregunta dónde están los cambios que promulga la revolución socialista. No puede verlos aun, porque está inmerso aun en una cotidianidad atemporal, en un apartamento lleno de lujos que, aun no lo sabe, están amenazados. Sergio oye una radionovela en que una mujer se queja de todo ante su amante y él se delata como un espía del régimen, mientras repasa las huellas que quedan de su mujer, una media, un colorete, unos calzones. Camina por la ciudad. Los cambios han empezado en la mirada de la gente, en los palacios derruidos, en la comparación entre la antigua Habana y París, y la Nueva Habana y Tegucigalpa. Pasea en carro con un amigo que está moviendo los hilos y poniendo en orden sus asuntos materiales para irse. La voz narrativa va integrando estadísticas de hambre, mientras el relato pasa a documental y se inserta en la narración imágenes documentales del juicio a los contrarevolucionarios y mercenarios que participaron en el desembarco de Playa Girón, fragmentos de audio y fotos y secuencias de archivo de la invasión a cuba y de los juicios posteriores. Sergio contrata a una empleada para el servicio doméstico y tiene fantasías sexuales con ella. Contrasta a la mujer cubana frente a la Venus de milo, compara a la mujer cubana de un plano general con un grupo que se baña en la piscina y Marilyn Monroe que es eterna porque murió joven y célebre. Se encuentra con Helena que quiere ser actriz para tener la oportunidad de ser otra distinta a la que es. Van al instituto de cine a hacer una audiencia y terminan viendo retazos de películas censuradas en el régimen anterior. Piensa que el Subdesarrollo se expresa con las actitudes de su nueva mujer: incapacidad para relacionar ideas, falta de consistencia, sentido de inferioridad, dice. Alega que siempre que trata de vivir como europeo los otros se encargan de hundirlo en el Subdesarrollo. Culpa a su ex mujer, a su nueva amante, a la ciudad, al clima, a Hemingway de este atasco, en una actitud infantilizada. Asiste como espectador a un congreso de literatura y Subdesarrollo, también un registro documental con los escritores Rene Depestre, Gianni Toti, Edmundo Desnoes, David Viñas, y Salvador Bueno. Uno ve a la literatura como un reflejo de las dos polarizaciones ideológicas que competen al mundo de entonces: capitalismo y socialismo. Otro defiende que la literatura no necesariamente debe ser un espejo de la ideología. Un espectador extranjero acota que en la revolución socialista la distancia y jerarquía entre el estrado y el público también debería disolverse. Sergio es un hombre perdido, en un mundo, así, cambiante, en busca de reafirmar su yo, su ego intelectual, pero se comporta instintivamente, tal como se comportan esos hombres y mujeres que considera subdesarrollados. Decide eludir a Helena, su conexión más directa con el subdesarrollo. Pero ella no se dará por vencida. La familia lo acusará de violación y estupro ante una corte. La corte lo absolverá. El subdesarrollo no es una mujer. Liberarse de una mujer no lo sustraerá de su identidad, de su cultura, de su lengua. Viene la crisis de los misiles atómicos. Cuba se prepara ahora para el advenimiento del Apocalipsis. Sergio solo observa. Es un personaje de ficción en un mundo real, o donde todo lo que ha creído real, está amenazado.

 

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