La noche del Uro, de Dalton Trumbo

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Uno políticamente incorrecto (modificado el número 23, reto 30 libros, ver serie)

Alzamiento Guetto de Varsovia

Llegar al nervio del nazismo se ha intentado con todo tipo de finos escalpelos, bisturís y sierras de necropsia. Son explicaciones que se sobreponen a la mera zootecnia y pragmatismo de la llamada “solución final” que parece inexplicable. La explicación del Holocausto ha pasado por el sicoanálisis (Eros y civilización, Marcuse), la filosofía (Eichmann en Jerusalem -La banalidad del mal-, Arendt) la crítica al sistema de la cultura occidental (La educación después de Auschwitz, Dialéctica de la ilustración, Adorno-Horkheimer), la filosofía de la historia (Tesis sobre filosofía de la historia, Discursos, Benjamin), el existencialismo (Carnets de Sartre), la crítica marxista de la sociedad (La plenitud de la vida, Beauvoir, Los aparatos ideológicos del Estado, Althusser), la gran literatura, novelas, memorias y ensayos de los más destacados escritores que vivieron la guerra y la posguerra (Joseph Roth, Grass, Sebald, Canetti, Bernhard, Grossman, Levi, Kertezs), y los millones de análisis que emiten las ciencias sociales de las academias en sus diversas ramas: sociología, antropología, derecho. Algunas de las grandes conclusiones han sido que no es la irracionalidad, la demencia, lo que lleva al holocausto, sino justamente el exceso de racionalidad de quienes lo provocaron; que hay asesinos naturales y asesinos de escritorio; que el poder dividido en estamentos dentro de un aparato ideológico y militar, el poder hiperfragmentado, segmentado, anula la idea de responsabilidad y de voluntad y el libre albedrío en cada individuo que forma la cadena de órdenes; que no toda la sociedad alemana era fascista; que los aparatos ideológicos del Estado Nazi es una síntesis de los aparatos ideológicos (religión, educación, cultura, propaganda) de todos los estados expansionistas; que el genocidio es banal, porque asesinar es una forma de trabajo. En últimas, todos han tratado de responder a esa misma pregunta incesante: ¿por qué ocurrió el holocausto?
Sin embargo, Dalton Trumbo, un novelista y guionista de cine estadounidense, preparó, a lo largo de su vida seudónima, un relato en primera persona de un personaje imaginario: Grieben, oficial nazi en la línea de mando de Auswitchz, que escribe sus memorias después de purgar una condena exigua por actos de guerra. La noche del Uro, esa novela inacabada, habría de ser su obra magna, y una explicación zootécnica del desastre.
Tal vez sea esa ficción documentada el relato que mejor nos acerque, a quienes nos comunicamos a través de la literatura, a una zona vetada del pensamiento y la conducta humana: la dominación perversa, la pulsión del poder, la expresión máxima de la megalomanía y de la obscenidad que reside en decidir, ordenar y observar la muerte de los demás. Grieben, es un personaje imaginario situado sobre un territorio y un escenario real. Nació en Nuremberg, descendiente de un abolengo ario que él pretende defender como prueba de su pureza racial. A los quince años se enamora de la hija de un vecino a la que someterá a vejámenes. A los diecinueve se enrola en el ejército para participar en la primera guerra mundial con los tres amigos a los que un día habrá de traicionar, fusilar y deportar. A los treinta ya se ha casado, es miembro del partido nazi y milita en la S.A. Poco después, se cambia al servicio en la S.S. donde escala a un cargo de comandancia, y en 1942 avanza en el Batallón de la Muerte que deporta pueblos enteros en la invasión a Rusia. Ese mismo año es enviado a Auschwitz donde permanecerá en la línea de mando hasta la solución final (matar en masa en las cámaras de gas) en 1944. Capturado en 1947, es juzgado en un tribunal y condenado, y luego liberado en 1954. Trumbo sitúa así, cronológicamente, al personaje en los escenarios decisivos del surgimiento, esplendor, derrumbe y condena del nazismo.
La documentación (histórica, filosófica, cultural y militar) que hizo Trumbo sobre Alemania, se cristaliza en breves monólogos reflexivos en los que Grieben diagnostica y va haciendo la genealogía de una vieja enfermedad de la humanidad: el ejercicio del poder. Trumbo sigue un camino inductivo para llevar al lector desde la anécdota más particular, una vileza de infancia, a comprender la expresión máxima, inexplicable, de poder: una orden de asesinato masivo. La analogía más notable que consigue Trumbo con esa metonimia, es comparar el poder absoluto, con el amor. El contraste moral que impone Trumbo sobre el lector es dejar flotando la hipótesis de que las esferas del poder no se establecen solo en una guerra: las esferas de poder (los escenarios, para emplear una palabra menos técnica), pueden darse en ámbitos privados, en relaciones íntimas, domésticas, familiares, amistosas, en la interacción del ser humano con la naturaleza, o con su pareja. Para Trumbo, el objetivo secreto, del amor, es el poder: la posesión y dominio del cuerpo y el pensamiento del otro es el escenario del poder por antonomasia. Sin embargo, es una falacia retórica que tiene la precaución de poner en boca de un hombre que no conoce el amor correspondido, por lo que resulta ser una observación hipotética a la que el personaje se apega para explicar su vida y sus actos. Grieben supone que decidir la vida de los demás, que imponer la voluntad sobre el otro, que degradar el cuerpo del otro, es obtener el amor, de la misma forma como el jerarca nazi al que sirve degrada a una comunidad, niega su representación civil, la exonera de derechos y la envía a campos de exterminio bajo la idea de que lo hace por un beneficio colectivo (Grieben cree que el antisemitismo histórico es la prueba de un anhelo profundo de la humanidad: borrar a los judíos de la tierra). Que lo hace, que contribuye a la matanza, dice, porque ama, al Reich, al Fuhrer, al líder, y al destino histórico del pangermanismo. Esta exploración sobre las esferas más íntimas del poder a pequeña escala son un experimento larval del ejercicio del poder político-militar a gran escala. Leer las reflexiones de Grieben en primera persona provoca además la sensación de que cualquiera, en circunstancias especiales de obediencia y lealtad, cualquiera que haya interiorizado una ideología, cualquiera que haya cortado todos los lazos de solidaridad que lo atan a una familia y a una comunidad y a una persona amada para reemplazarlos por los votos y juramento marciales y por las señas de identidad y los aparatos ideológicos del nacionalismo, se convierte en instrumento del poder y acatará cualquier orden sin objeción. Lo que sugiere Trumbo, en esta ironía sutil de acusador de la humanidad, es que la pulsión de la perversidad se aloja en cualquier ser humano y puede desarrollarse en el caldo de cultivo de una época.
En el caso de Grieben, su perversión se manifiesta desde muy temprano, ya en la niñez. Los actos de violencia del Grieben niño contra pájaros, gatos o amigos, repercuten en los actos de violencia de Grieben adulto en un escenario de guerra. Grieben ultraja desde la primera a la última mujer que ama. Grieben sacrifica a sus propios amigos. Grieben persigue el amor a golpes, chantajes, humillaciones y prohibiciones. Lo que recibe a cambio, no es un sentimiento, sino la respuesta sumisa de una mujer o de un animal a su gramática del atropello. El primer golpe lo dará a su conejo en la infancia. El segundo lo cometerá con su vecina en la adolescencia. El tercero a su amigo Gunter, a quien habrá de fusilar en la noche de los cuchillos largos. El cuarto será su obra maestra: la vejación aceptada de Liesel, una bailarina que huyó de su “cortejo viril” y años después es deportada a Auschwitz donde Grieben “la rescata”, la pone a su servicio y la prostituye en su idea sublimada del amor humillado.
La observación de que el nazismo es la base de una ética y moral nuevas que se convierte en política, es también una observación interesante, porque da la sensación de que nadie podía eludir el nazismo: todos vivían y se regían por su gobierno. Simplemente, nadie podía no ser dominado por la ideología nazi, en Alemania, salvo aquel que se exiliara o aquel que fuera decretado judío y por lo tanto perdiera su condición de ciudadano. La aceptación del nazismo no puede controvertirse porque está sustentada en la legalidad y determinismos históricos, y aprobada por la autoridad superior.
El relato quedó incompleto, por los apremios económicos de Trumbo (provocados por el veto anticomunista en Estados Unidos), los padecimientos del cáncer linfático y la muerte de Trumbo a sus 71 años), pero la versión póstuma recopilada por el editor, el agente literario y la esposa, no resulta informe: la vida, la ideología, las opiniones y los actos de servicio de un genocida han tocado el nervio del nazismo. Grieben es un testigo privilegiado y ejecutor de los asesinatos en masa. Es decir, Trumbo ha adoptado otra vez el punto de vista políticamente incorrecto: el punto de vista del nazi. Un punto de vista arriesgado de este acusador de la humanidad. Así como en Johnny cogió su fusil narra la metáfora de la gran matanza de jóvenes que fue la primera guerra mundial a partir de un cuerpo sin atributos (gaseado y mutilado en la cama de un hospital), así como durante la caza de brujas del comité contra actividades comunistas asume la posición del objetor de conciencia y se niega a declarar en los interrogatorios del congreso contra sus propios colegas (lo que le convierte en un enemigo público en su propio país) esta vez también va contra la corriente intelectual de la época y decide aproximarse a la ideología nazi interiorizada y aplicada en la carne y el pensamiento de un genocida que participa en la confección de ese emblema de la tragedia del siglo XX: el holocausto.
El editor redondea los vacíos del relato insertando a las dos partes íntegras, los comentarios, cartas, resúmenes, síntesis, y notas que preparaba Trumbo para finalizar el libro y hacer corresponder el personaje de juventud con el anciano que escribe sus memorias después de purgar la pena exigua del sistema legal alemán. En esas notas finales, Trumbo muestra el mapa completo de lo que iba a ser su relato: el perfil sicológico, el sistema de creencias de Grieben, la cronología, la genealogía, las confesiones, el determinismo histórico, los exabrutos de su sistema de creencias políticas, la visión de la guerra como hecho pasado, es decir como valoración, o juicio histórico. El punto más inquietante quizá era la conclusión teológica que iba a dar el personaje Grieben al peregrinar, en la posguerra, al campo de concentración de Auschwitz convertido en museo del horror: ¿cuál fue el lugar de Dios en esta catástrofe? El Holocausto podría explicarse como rito religioso, como como cruzada y expiación. Los nazis, para Grieben, tenían la obligación moral (espiritual) de cumplir un mandato divino: exterminar a los judíos para limpiar a Europa y devolverlos al seno de Dios. La conclusión, polémica, porque borra todas las implicaciones y las segmentaciones de la responsabilidad compartida. Para Trumbo, el holocausto se corresponde con su definición literal: un rito religioso de expurgación. Y ocurre como resultado de una prueba religiosa para reivindicar la omnipresencia de Dios. Cuando Grieben, de visita en Auschwitz se arrodilla y clama a Israel por haber ejecutado una devolución de las almas de los sacrificados al seno de Dios, no está santificando a Dios, a quien niega, sino que sube al cielo y echa a Dios sobre la tierra: lo pone a su mismo nivel. Es un deicida, que se ha erigido Dios, es decir: autoridad máxima. No el escepticismo, sino la aspiración del poder absoluto, es el principio del deicidio. Dios, en el holocausto, era humano.
GAZA 2014
Nota: La paradoja es que hoy, los descendientes de quienes sobrevivieron al horror nazi, machaquen la franja de Gaza con misiles, aviones y tanques en su guerra religiosa y expansionista disfrazada de guerra preventiva. Lo que ameritaría una nueva avalancha de tesis sobre los poderes emergentes que se erigen sobre una catástrofe anterior, o parodiando a Benjamin La historia como bucle infinito, o La revancha de la historia. ¿Quién se mide?

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