Los diarios de Emilio Renzi (II)

13:20

Melina Balbuena

Tanta lluvia en la ventana me deprime, porque borra el paisaje. Y deprime a la vaca que tengo de vecina que se la pasa en el alero de otra casa intentando protegerse  en vano de estar mojada porque no tiene establo, y deprime al gato que busca mi calor con su ronroneo y ni siquiera se toma el trabajo de asomarse a la ventana para asechar pájaros mojados. Lo mejor es que no hago visita ni me visitan desde que decidí venir a esta tierra desconocida para mí. Volver a una provincia es como volver en el tiempo. Aunque no es ninguna odisea. Se puede estar bien (escribiendo) solo con no tener empleo (ejemplo). Estoy encerrado para obligarme a escribir. Escribo desde hace dos meses una novela que se aleja y me aleja de todo. Y de repente siento un deseo vivo de escribir en el blog sobre el diario de Emilio Renzi (escribir en un blog es una variación de las señales de humo). La vida creativa y la vida real a veces avanzan por distinto camino. La de Renzi es la creativa, el monumento. La de Piglia es la real, la desnudez. Hay una diferencia sutil entre escribir y ganarse la vida. La diferencia es discernible para la persona que desarrolla las dos actividades, aunque aquel que la observa desde lo externo pueda confundirse si está diferenciada con dos nombres. El 27 de agosto de 1971, Piglia se encierra en su casa de Buenos Aires, pero le inventa a los amigos que se va de viaje. Quiere ver qué pasa. Qué pasa en su escritura, queda claro. Se dedica al segundo capítulo de una novela. Pero necesita una coartada para no recibir visitas. Imagina que su padre está enfermo. Es la historia que divulgará para los demás, pero se reserva para sí mismo la verdad: quiere escribir sin ser interrumpido. El sábado 28 describe, como placentera, la paz de estar aislado, porque le da confianza en el futuro, en el futuro de escritor, se entiende también. Parecería sugerir que la obra siempre está en el futuro. El creador no puede ver la obra mientras la inventa. Pero presume que irá bien, si trabaja. Renzi está satisfecho con el producto de la soledad en Piglia: concluye el segundo capítulo y empieza el tercero. Piglia siente angustia: sentir que engorda no estaba en sus cálculos. Sin embargo, se resigna, parece ser el pago fisiológico por el sedentarismo necesario para escribir. El domingo 29 Renzi pone una anotación muy breve en el diario: si Piglia está ocupado en la obra, Renzi se desentiende del diario. Lo que se entiende por obra es la obra literaria de Piglia, la novela. El diario es la obra de Renzi, el registro de una vida intelectual, que se interrumpe cuando escribe ficción. Parece una paradoja: el mismo autor edifica dos obras como si fueran obras de dos sujetos, pero la redacción de una obra interfiere en la otra, la interrumpe. Parece simple: porque es la misma persona dando la espalda al espejo, pero una es pensada por la otra y la otra comenta e instruye y nutre las acciones de la que piensa. El lunes 30 Piglia decide romper la veda y salir a festejar la felicidad de haber estado encerrado escribiendo. Sus ojos se demoran en salir del aislamiento: desconoce la luz de las calles, lo fastidia el ruido. Entra en un restaurante y la presencia de los meseros lo tranquiliza como si solo hubiera necesitado eso: la presencia de alguien más, la certeza de que no se está solo completamente, un polo a tierra. Decido hacerle caso y salir a caminar por la avenida centenario. Subo la pendiente del Centro de convenciones donde una multitud de personas muy elegantes se agolpan entre cámaras fotográficas. Me detengo un instante para saber a qué se debe el festejo y la elegancia de los vestidos: son los grados de la universidad. Imagino por qué se fotografían: para dejar registro del momento y para fijar la felicidad. En internet millones dejan registro de momentos felices como si quisiera ocultarse lo demás y eternizarse la felicidad. Fotografían solo sentimientos, no pensamientos. Ahora están un poco más robustos que en el anterior grado y posan frente a los fotógrafos que han extendido retratos instantáneos en los andenes. Gente lista para enfrentar el mercado laboral. Gente que abandona una vida, la de estudiantes, para empezar otra. Gente que registra el paso del tiempo. Gente con un tránsito entre dos vidas, pero con un solo yo. En un diario íntimo se pueden tener una sola vida, pero muchos sujetos; un solo yo, y varias distancias. Cada entrada es un único momento, cuando se escribe, pero una suma de momentos, si otro lo lee en el futuro. Entro en el cine, para constatar que no está la película de Víctor Gaviria. Voy a comer pizza con C. y una escritora colombiana que estudió en Argentina pero regresó a Colombia y ahora vive un encierro parecido al de todos los que quieren escribir una obra literaria, luchando por un espacio y tiempo para escribir, en el cuarto de servicio de la casa de su padre. Conversamos, conversan ellas, de viajes recientes, de tragedias en el trabajo, de secretos y lastres familiares. Yo no tengo mucho que contar, pero me invento algo, el supuesto libro biográfico que intento (la subjetividad me parece una trampa) y esa conversación escasa, esa invención de que escribo algo distinto a lo que escribo, me permite el pretexto que encontré en Piglia cuando miente a sus amigos sobre la enfermedad del padre que lo ausentó de la vida en sociedad: “La ficción me garantiza la relación amigable con todos después de una semana de soledad”. El 1 y el 2 de septiembre de 1971 los dedica a volver al trabajo. Amigos le traen recursos para seguir viviendo como lector y editor. El viernes 3, la historia general se introduce en el diario: en España, Juan Perón recibe el cuerpo perdido desde hace 13 años de Evita. Lo que le atrae de la historia son dos hechos tangenciales: la reacción de Perón ante el cuerpo incorruptible, aún joven, eterno de su ex mujer embalsamada, y la figura de Cabanillas, el coronel que  tuvo la misión de desaparecer el símbolo del peronismo y esconderlo en Italia. Imagina que ese sería el eje de un libro, pero nunca lo escribirá. El hecho tuvo que ser de un impacto social significativo, porque otros dos de los autores más destacados de Argentina sintieron la necesidad de escribir el mismo libro: Walsh y Tomás Eloy Martínez. El 4 de septiembre, Renzi cuestiona la voluntad de Piglia: “De golpe, sin previo aviso, le vuelve la sensación de estar ausente de la vida, incierto, se mueve como un fantasma. Todo lo que toca se disuelve y se pierde, ya no tiene confianza en lo que escribe, y piensa que sin convicción no tiene sentido hacer literatura”. La naturaleza de esa desconfianza en sí mismo es acaso la consideración de cuál es el tiempo creativo real, pero el traslado a una segunda instancia del sujeto, otro yo, permite cuestionar el distaniamiento. Renzi deja de escribir más de una semana y el viernes 10 vuelve a dar señales dejando constancia del clima de la época de aquellos años felices: el amigo de un profesor de artes le cuenta la experiencia de degradación que padeció estando preso en una de las cárceles de la dictadura. Dice que el rastro se nota solo en el modo de sostener el cigarrillo y en la paranoia de ser perseguido o traicionado por los propios amigos. Ese mismo día continúa sus diálogos con la obra de Brecht. Dice que al fin y al cabo pensar y sentir al mismo tiempo es el rasgo de la cosmovisión artística que busca (al tomar la vida real como elipsis de la vida creativa): “la oposición entre pensar y sentir, o entre inteligencia y corazón, o entre racionalidad y emoción, se abre hacia una tensión muy dinámica entre inconsciente y yo ficticio”. Es decir que la distancia es maleable, que el yo puede tener distanciamientos al escribirse. En los siguientes 15 días Piglia irá de visita relámpago a ver a su familia, con Julia, su compañera, a la estación espacial Balcarce, a cine a ver una adaptación de Las tribulaciones del estudiante Törless de Musil y también acepta el trabajo como coeditor de Los Libros, un suplemento. Declara la diferencia entre su concepto editorial de lo que debe ser un suplemento literario frente a las posturas radicales de lo que debe ser un suplemento en tiempos de dictadura en términos de Walsh, o de Paco Urondo, razones y diferencias por las que renunció a otro suplemento: El Escarabajo de Vanguardia Comunista. Justo en estos días, año 2017, se conmemoran 40 años de la carta de Rodolfo Walsh a la junta militar y su secuestro y asesinato. Del diario de Piglia se puede derivar una perspectiva de tiempo interesante sobre ambos destinos: la postura de Walsh no estaba necesariamente relacionada con una función social de la literatura en términos leninistas. Su literatura se encarga de asuntos sociales con formas literarias modernas, pero la postura de Walsh es con su tiempo, y el resultado de su radicalización tiene explicaciones sociales, no literarias. Si están matando a los que se oponen, a los que escriben (Urondo, Conti, Vicky, y otros treintamil), si no hay posibilidades de informar cuando los límites de la investigación y de la opinión están trazados por el terror, hay que guardarse y seguir escribiendo, hay que usar las palabras para buscar la verdad y hay que tener una pistola en la pretina y disparar a tus captores y vender cara la vida. Piglia decide intervenir en la vida política manteniendo siempre, en el centro, la vida cultural, mientras en Walsh solo podía estar, en el centro, lo inaceptable: la barbarie que aumentaba, y su cuestionamiento. Sigue lloviendo este marzo. Invito a Cristian a almorzar. Quiere ser poeta. Ha conseguido una habitación en un inquilinato donde conviven un soldado, un muchacho que recoge basura de noche, una anciana que es médium, un hombre con el habla atrofiada que intenta hacerse entender todo el tiempo con gestos y abrazos y un casero que se dedica a pintar murales oníricos en su propia casa. Pregunta qué estoy leyendo. Ve el libro de Janet Malcom sobre Plath y la biografía de Lowry en la mesa. Se interesa en ambos libros. Le presto a Cesar Vallejo. Pregunta si estoy aburrido. ¿Por qué? Por la lluvia. Explica que a él la lluvia le ayuda a escribir, porque le impide salir de la casa. En su casa la lluvia golpea con desesperación el techo de zinc sobre las marraneras. Le digo que la diarrea también puede ser un buen pretexto para escribir. Ríe. Dice, como reconociendo un patrón de conducta, que cualquier cosa puede ser entonces un pretexto para escribir. El 16 de septiembre Renzi escribe una entrada extensa sobre el ensayo Qué es arte y una conclusión sobre los diarios de Tolstoi: la hipótesis de que el lenguaje en que se escribe está alejado del otro, el que usamos en la vida, y así mismo la vida personal está alejada de la sociedad corrupta en que se vive. Tolstoi buscaba un lenguaje que fuera espejo del mundo. Para conseguirlo, cambió las condiciones de su vida, cambió el entorno, renunció a su riqueza, pero se murió en el camino al monasterio y no consiguió el ensamble. El viernes 17 aclara Emilio Renzi para qué sirve ese diario a Ricardo Piglia: “Escribo aquí porque estoy desorientado y estas notas son un mapa en que dibujo tratando de seguir la ruta más directa a un sitio desconocido”. Dice que está en la frontera síquica de la sociedad, decidiendo si va a ser editor de una publicación cultural de izquierda en Córdoba y estar metido en la realidad (cultural y social de su época) sin oponerse al desarrollo de una obra creativa. Esa multitud de oficios lo convierte en una multitud de personas reunidas en un solo yo. Trabaja porque tiene que comer y pagar el alquiler, así que corre el riesgo de alienarse. Cita a Marx: “El dinero convierte en destino la vida de los hombres”. Dice que la cita define la esencia de la novela policiaca, pero está decidiendo también la aceptación de sus trabajos. Se encuentra con un Puig obsesionado con sus traducciones en quien ve un modelo de escritor que quisiera ser él. Y el jueves 30 hace un resumen de ese mes que acaba de vivir al que llama Temporada en el infierno: “Mi pesimismo: dudas sobre la novela en la que trabajo desde hace años, me quedo pegado a la situación de encierro de los malandras rodeados por la policía en un departamento del centro de Montevideo. No logro mantener el tono porque esa estructura no da más que para un cuento largo. Tendré que abrir la historia hacia lo que está antes: plan del robo, asalto al camión pagador, fuga violenta, rompen el pacto con la policía y se escapan a Uruguay con toda la plata”. De modo que era eso: Piglia, a los 31 años, trabajaba en la estructura de Plata Quemada. Renzi en encontrar tiempo y orden para que el otro escribiera a sus anchas. Sigue lloviendo afuera y decido que no abandonaré este encierro invernal hasta que haya concluido 1. Un capítulo más de lo que considero ya una nueva novela 2. Las notas sobre el diario de Emilio Renzi 3. Hasta que haga sol. El diario de Renzi es el diario de un autor sobre el escritor como personaje. Renzi es el personaje, el laboratorio y el resultado del experimento de Piglia. El diario me obliga a juntar las distancias del sujeto y a unificar secuencias, creativas, temporales, lineales, para sintetizar categorías de la vida de Piglia: editor de novelas policíacas, ensayista, conferencista, novelista, amigo o contradictor de, la escritura ante la evolución de los medios y las tecnologías, obsesiones. Me obliga a inventar el correlato de su vida en los vacíos de los que deja ver.

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