Los diarios de Emilio Renzi (VI)

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Los libros de señoras que premian como libro del año los libreros de Madrid tienen una explicación: satisfacer la demanda. No de la avidez de escritura hecha por autoras. La pregunta puede ser comercial: ¿Son las mujeres las que compran más libros que los hombres? (Hipótesis). La insistencia en premiar libros de oficios domésticos y divorcios y memorias familiares tal vez encubra una lógica económica, no una necesidad sociológica. Lo que no es raro es la cadena de publicidad seudocrítica que logra poner enseguida el libro en las portadas de los demás diarios (una vez ha figurado en Cultura del diario El País). Lo cual posiciona el libro en las cifras de ventas de decembrinas, etc. Una cadena. Comercial. ¿Por qué? Estamos en un mundo viral. Donde los mensajes y contenidos que llegan a internet buscan circular de forma masiva. Pligia llamó a eso Lógica del contagio en 1974. “Los medios se copian unos a otros, si uno aparece en algún lado, los demás, que solo ven lo que se ve, piden textos o hacen notas. Esta lógica puede hacer famoso a un escritor que no escribe”. Piglia descubrió esa lógica mientras estaba a cargo de Los Libros y le pidieron datos para una revista de libros de Galeano (Eduardo) y aceptó pocos días después una entrevista en El Cronista Comercial y publicó un ensayo sobre Cortázar en La Opinión. Acaso se refería a eso, a la fama de Cortázar, representante del boom, movimiento por el que no tenía mayor interés: era un juego comercial de ecos. La lógica consistía en una jerarquía de la multiplicación de las noticias. Grandes medios que concentran atención con audiencias cautivas, difunden un mensaje. Medios de menos circulación la reproducen para cubrirse con parte de la seriedad del gran medio y estar en sintonía, a la vanguardia, a la moda. Y así va multiplicándose la misma información de manera sintetizada mientras viaja de las metrópolis a las lejanas provincias. Provincia significa eso: ser vencido. La lógica (el virus) no solo se mantiene, sino que encontró su caldo de cultivo en internet donde las redes sociales contagian entusiasmos sin leer, sin verificar, solo con revotes infinitos de la misma información. Todos somos multiplicadores involuntarios y pocas veces nos preguntamos: ¿qué es lo que estoy ayudando a viralizar y a quién le sirve? Piglia agrega: Los periodistas solo leen periódicos y toman todo lo que leen como real. Habría que agregar: solo nos informamos con redes sociales y ahora Facebook pondrá un botón de denuncia para identificar noticias falsas.

El 20 de diciembre de 1968 se encuentra con Manuel Puig. Parecía tener Piglia un radar para captar lo argentino. Pero Puig parecía tener el radar incorporado: "ve 'lo argentino' en el cine de Isabel Sarli y Armando Bo. Encuentra ahí lo que él mismo busca: pasión y política social, todo llevado al límite y al exceso. También ve 'lo nacional' en Silvina Bullrich y en el radioteatro, más clramente en los escritores de izquierda, que deliberadamente tratan de reflejar la realidad". Ese mismo mes se encuentra con Borges. Decía Piglia de viva voz que lo había visto tres veces. En una para invitarlo a una conferencia. En otra para editar un texto, y al final le dijo que tenía un final mal resuelto a lo que Borges respondió: usted también escribe cuentos. Y en esta donde tienen que revisar la edicion de unos cuentos de Conrad y un compañero de Piglia intenta hacerlo hablar de Perón. Borges dice que el país necesita un educado dictador suizo y pasa a hablar de Stevenson.Luego empiezan a trabajar en la selección de los cuentos de Conrad y entonces ocurre la visión del mecanismo: "El duelo es el primero y entonces pude ver casi al desnudo el mecanismo de construcción de la ficción borgeana. Primero me habló del cuento de Conrad, su lectura acentuó la simetría entre la guerra privada de los duelistas y las guerras napoleónicas que los acompañaban. A la vez insistió en la diferencia entre los duelistas, no son semjantes sino distintos, dijo. Uno no quiere batirse y el otro lo obliga. Inmediatamente el tema 'duelos' comienza a organizarse como una sucesión ininterrumpida o una cadena sin fin. Los cuenta como si fueran suyos y construye una serie enlazada por la unidad temática [casos: Saint Beuve, Julio Cesar, Dr. Johnson, Conrad vs Shaw, un jardinero conocido por una trabajdora de la Biblioteca Nacional, el domador de leones de un circo local]." Borges es eso: una serie.

Voy a Pereira. Conversación con José Hoyos. Conclusiones generales: en Colombia no hay críticos literarios sino correctores de pruebas. El destino de los poetas es el mismo, pero la vida es singularmente desdichada. Un argumento es la sombra de una novela, como el dolor es la sombra de una enfermedad (Musil). La guerra mundial fue entre pares, entre hermanos por la supremacía del poder. La guerra de Colombia fue entre un amo y un esclavo, donde el esclavo siempre pierde y no tiene salida. En la librería Roma vi tres textos interesantes de brujería: curanderos en filipinas, Santería en Cuba por Lidia Cabrera y una Historia de las piedras y sus poderes de Ruiz de Alarcón. Necesito amigos con los que pueda compartir el silencio. Como Joyce y Beckett que podían caminar por horas juntos sin hablarse. Hoyos, al haberle advertido que publicaría un cuento en El Malpensante, buscó en internet y encontró una reseña. No advirtió que era una reseña y la leyó como cuento. Estaba estupefacto con Sarinagara de Forets, creyendo que asistía al nacimiento de un tipo de narrativa distinta a todo lo demás, algo como Herbert Quain donde el autor inventa a otro autor y a sus precursores como ficción. Yo le dije que también él me engañó, porque su entrevista a X504 es un fake. Dice que no: él puede entrevistar también libros. Me contó del método de sismógrafo que usó Cortázar, un mapa, para calcular los puntos donde el relato sobre un boxeador necesitaba subir intensidad con palabras exclamativas y verbos. Ingeniería literaria. Me recomendó el perfil de Juan José Millás a Pepe Mujica. Millás llega a Uruguay con el fin de hacer un perfil biográfico. Le confiesa a Mujica que no sabe cómo se hace y Mujica le dice cómo lo haría si fuera él: lo acompañaría unos días, observaría sus actividades, lo escucharía para saber cómo es y luego sacaría sus propias conclusiones. Es lo que hace. Hoyos quiere fugarse. De la provincia, de una ciudad asfixiante, de lo que ha sido la vida en los últimos 13 años. Dice que en el pasado aceptó trabajos que no le gustaban por el placer de la renuncia. El momento del placer de expresar las razones de su libertad: decir a sus jefes que son ex jefes y ver la reacción en sus caras. Les dice que deja el trabajo para irse a casa a tomar un café y para estar leyendo entre las cobijas, y goza con la cara de fastidio y de molestia. Eso me revela que Jose Hoyos es el personaje principal de sus cuentos. También a mi me incomodaban las miradas de la gente que era testigo de mi escritura. Dice que lo perturba el ruido y debe ir todos los días a escribir en la biblioteca porque allá las mesas son enormes. Le digo que se puede fabricar una mesa y le cuento cómo me hice una yo cuando no tenía. Su caso me hace recordar el tiempo en que la biblioteca era mi mejor pretexto para no estar en una casa consumiendo el mismo aire viciado de ropa sucia con una compañera de alcoba. Recuerdo, con su historia, lo que podría haber sido mi propia historia de haber seguido en multiplicando esa pesadilla de no tener refugio. Le cuento del tiempo en que usaba las noches para poder escribir en el silencio de la ancha avenida El Dorado sin carros.  Recuerda el tiempo en que escribía frente a un guadual. El viento en las hojas lo inspiraba. Dice que no va a buscarse más pretextos para escribir, como si encontrara en ese momento la fuerza que le falta en casa para escribir sus obras. Le digo, en el bar donde estamos bebiendo una cerveza, que me voy. Que quiero empezar el día temprano en Armenia. Pero en mis adentros esa catarsis necesaria de los escritores decepcionados del sistema consumió toda mi fuerza vital. De regreso a casa estuve leyendo brujería. Pensé en las fugas de los escritores. Pensé en Miller de Primavera Negra y Capricornio. Pensé en las veces que yo he buscado fugarme. ¿De qué me fugaba? He ahí la clave. Pensé en dos argumentos de cuento: una escritora frustrada que consigue un trabajo donde debe relacionarse con escritores profesionales a los que menosprecia porque su manuscrito rechazado, por la misma editorial donde trabaja es mucho mejor que o que debe corregir. Y la otra: un hombre capta el nombre de usuario de Facebook de una mujer en un bus. Y luego la contacta. Lo que sigue.


En septiembre de 1975 Piglia se encuentra con el editor Di Paola en el bar Ramos. Lo escucha hablar sobre amistades caducas, sobre su padre desmemoriado convertido en un zombi por la ciudad, de sus peleas conyugales. Entonces refiere una entrevista con Borges donde le enseñó un falso prólogo hecho por Borges al libro de poemas de un escritor colombiano. Di Paola le leyó el prólogo a Borges ciego, pero en nigún momento Borges refutó su autoría. El autor de ese falso prólogo era Harold Alvarado Tenorio, aunque el nombre no consta en el dairio. Lo que sí consta fue la reacción de Borges: "Borges no dijo nunca que ese texto no fuera suyo. Sencillamente, mientras Dipi se lo leía, fue interrumpiéndolo con acotaciones de este estilo: Esta frase podría decirse mejor de esta manera, ¿no? O: ¿no le parece que hubiera sido más correcto de este modo? De hecho, al final de la entrevista Borges había producido un texto propio: su tema, el elogio de un libro de poemas que él jamás había leído".


Me envían tres preguntas para un cuestionario colectivo:
¿Cómo leen los escritores?
He leído de muchas maneras, según la época. Al comienzo de manera errática mezclaba temas, categorías, autores, obligado por los libros que tenía a mano, o por los libros que me prestaban mis amigos. Esto era en un pueblo donde no había librerías. Después cambié a leer en bibliotecas, la Central de la Universidad Nacional y otra más tranquila en el edificio de Posgrados, la Luis Angel Arango en el centro de Bogotá, libros que no eran míos, que tenía que marcar para no olvidar algunas cosas y entonces copiaba pasajes. Los etiquetaba por temas y número de página en cuadernos. Luego, cuando necesitaba saber qué dijo Miller en Big Sur sobre Budismo, solo abría el cuaderno y buscaba Miller, Big sur, Budismo. Más tarde empecé a tener libros propios y a subrayarlos de forma desesperada como si todo se me estuviera olvidando y tuviera que dejar marcas en los libros. Luego vinieron libros electrónicos y me descubrí haciendo capturas de pantalla en mi tableta. Ahora hago todo eso mezclado. Pero ya no logro establecer la misma concentración de cuando no escribía novelas. Empiezo a leer una novela y enseguida me fijo en cómo está hecha, cómo se usa el tiempo, cómo se usa el habla, cómo presenta los personajes, cómo hace descripciones el narrador, dónde está el narrador, qué sabe de la historia que está contando y qué deja saber al lector, y así caigo en la manía de imaginar dónde se equivoca su autor al narrar. Leo como corrigiendo. Como si toda la literatura me pareciera un borrador. Es una manía. Entonces abandono los libros que no pasan la prueba de mi fiera interna, inseparable del lector y del escritor y cambio de libro. No recuerdo cómo empezó esa decadencia de lector. Para tratar de conjurarlo uso la regla de tres de Juan Forn: leo ensayo, novela y poesía de forma alterna, para no caer en la manía de escribir siempre con una sola fórmula.

El Jueves 23 de septiembre de 1971 se encuentra Piglia con Haroldo Conti. Conti ganaría en esos años el premio Casa de las Américas, sería reconocido fuera de Argentina, editado en España por Seix Barral, pero un día  la "situación social", "el proceso", lo encontró en su domicilio escribiendo a su máquina, lo raptó a la media noche y lo desapareció de la vida. Conti aprovecha esa vez para contarle el plan de una novela a su colega. Piglia observa las influencias del boom en los autores a la sombra con la descripción de esa conversación: "Haroldo tiene una gran sensibilidad para contar historias de perdedores, gente común que resiste y tiene siempre una ilusión que la sostiene, pero ahora temo que le haya agregado el lirismo demagógico del realismo mágico, la retórica de García Márquez de poner situaciones poéticas como salida manipulada de una nueva realidad en el mundo del campesino".

Relee los cuadernos viejos. Recuerda una charla con Piñera en La Habana. Le pregunta por qué lo marginaron de todo, las publicaciones, el trabajo, la vida social. "Porque soy invertido" responde Piñera.

Un día decide leer toda la obra de Doris Lessing.

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