Los diarios de Emilio Renzi (VII)

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Arlt y Borges son la literatura argentina de entonces: dos polos opuestos. El que logre interiorizarlos será el escritor que quede, dice Piglia en los años sesentas. Es una hipótesis temprana. Borges es la erudición, el juego retórico, el purismo. Arlt es lo popular, el registro de la vida cotidiana, la época. Aún no era posible ver la corriente que impondría la realidad: la literatura sobre la dictadura de finales del siglo y comienzos de milenio. Piglia encuentra la forma y estilo para sintetizar y conciliar las dos tendencias: el relato policiaco. Respiración artificial junta las dos tendencias y añade la propia: la autobiografía intelectual. No le interesa la corriente general de la literatura hispanoamericana de la época. El boom es un fenómeno comercial de formas caducas. Ve el realismo mágico como un camino cerrado. Faulkner es el dios de las alturas del boom, pero un dios de formas creadas, no de formas nuevas. Piglia se interesa más en las exploraciones técnicas de Puig. La incorporación de grabaciones magnéticas al flujo del relato, el montaje cinematográfico, la actualización del habla. Es su modelo del escritor que quisiera ser, el autor que asume las transformaciones técnicas e impone los hallazgos a los registros y niveles del relato. Pero Puig es subestimado (terceriado) por los propagandistas del boom. Ensalzan a escritores menores, Echenique. Endiosan a Cortázar, comprometido con la revolución cubana pero agotado en las formas. Se distancia de las responsabilidades políticas. El caso Padilla, punto de declive del boom, le hace distanciarse aún más del eje editorial marcado por La Habana y Barcelona. El epicentro de la literatura para él está en Buenos Aires, en lo que se pone a la mano en sus posibilidades. Sarmiento y Saer son otros modelos. Los examina. Estudia las formas. Su visión crítica es el reconocimiento de una tradición. El escritor en que se ha convertido al final de la veintena ya no puede leer de forma objetiva. Puig lo expresa mejor: leer corrigiendo lo que se lee. El escritor, el crítico y el editor es inextricable: se va convirtiendo en la misma persona. Piglia se va convirtiendo en Renzi. El diario puede leerse también como un libro de iniciación. A los 30 impartía conferencias sobre Borges, escribía ensayos sobre Arlt, sobre Brecht para venderlos a las revistas (Eco, de Colombia, reprodujo la de Brecht). Si no fuera por la cantidad de entradas en que deja claro que se está acostando con cuatro mujeres al mismo tiempo, su vida no tendría otra actividad distinta a escribir y reflexionar con ayuda de anfetaminas, tabaco y café. Esa es la esencia de los años felices: entre la inseguridad material, la sexualidad sin compromiso y la pasión creativa. La literatura lo apasiona, pero no le da seguridad alguna. La seguridad material de esos oficios solo le permite hacer cálculos para llegar a pagar el alquiler durante seis meses. Sus novelas son proyectos, aunque a final de 1974 dice tener listo el manuscrito de Respiración Artificial con cuatro finales. A comienzo de 1974 viaja a Pekín vía París. En china visita a Kuo Mo-Jo, un escritor octogenario caído en desgracia por la Revolución Cultural. El chino se asombra de que el argentino esté en la treintena. Le dice que aún puede hacer cosas maravillosas con su vida como aprender Chino, por ejemplo. Piglia le obsequia al chino un ejemplar de Les Temps Modernes de 1952 donde figura una nota sobre Borges. El Chino habla francés. Le cuenta a Piglia que el yo está prohibido en su país, salvo cuando un enemigo está encarnado en ese yo: para convertirlo en blanco de las saetas maoístas. Cayó en desgracia por acusaciones de “desviación ideológica” producto de los comentarios de otro escritor receloso. Prefirió hacerse a un lado y cambiar de escritor a calígrafo fue la estrategia. El autor que encuentra Piglia es un destacado calígrafo encargado de volver los poemas de Mao pancartas por toda la ciudad. El octogenario le regala a Piglia la palabra Wen en chino, caligrafiada. “El carácter chino wen significa a la vez los rasgos, las vetas –de la piedra, de la madera-, las huellas de las patas de las aves, los tatuajes, el dibujo en los caparazones de las tortugas, pero también la literatura, dice como si despertara”. Le había traducido unos poemas en Buenos Aires. Al regresar, escribe la crónica, la piensa como un libro de viajes con las notas del diario (que no figuran en esta selección de editorial Anagrama) y deja constancia de su estado: “me divierto pensando en cierto “destino” modificado por mí sin causas aparentes, o más bien sostenido por viajas fantasías nacidas ¿dónde? Vivir de la literatura, tener todas las cartas de mi lado, y sin embargo una oscura certidumbre que me ha llevado a lo que soy ahora. A medida que el futuro se disuelve, la sensación de certidumbre de agudiza. No es casual que me refugie en la nostalgia, en cada cruce de caminos elegir sin pensar, seguro de lograr lo que buscaba. En estos tiempos las decisiones parecen venir de afuera. Por ejemplo, haberme dedicado a la historia, entrar en la carrera universitaria, ir por ese lado. Ahora parece que todo se juega a una carta. Puedo pensar mi vida de aquí a seis meses, lo que viene después ni yo puedo preverlo.” Las posibilidades se habían simplificado a una sola voluntad: la escritura. Hacer que la vida girara alrededor de la escritura. Elegir escribir es descartar otras elecciones. Pero el caso de Roa Bastos no le parece alentador: ha escrito una obra maestra pero está anciano, sin plata, sin trabajo, arrinconado por la vida. En 1975 se entera de la convocatoria a un concurso de cuento policial con doble estímulo: entre el jurado estará Borges y el premio es un viaje a París. No tiene cuento, pero al comentarlo con otros colegas, recibe el ánimo suficiente para sentarse a escribirlo y participar. Durante días el cuento no avanza. Pero ya Piglia cifra todas sus esperanzas en eso. El concurso no sale de su radar, por el deseo de ir a Francia, quizá.  Fija la estructura, el argumento (parece que era su modo de trabajar siempre: escribir los nexos internos de los relatos en sus diarios y luego ejecutar las formas en jornadas de anfetas). Mientras tanto, estalla la crisis política, hay un paro general de trabajadores, la triple A hace atentados y amenaza a los miembros del colectivo Los Libros en el cual es editor. Por diferencias ideológicas con los colegas, decide renunciar a la revista. No lo hace de inmediato, pero la decisión está tomada. Perón muere. La sucesora, Isabel, es acosada por la junta militar y obligada a dar un paso al costado. De modo que la junta militar tomará el poder y Piglia ganará el concurso. Saer le enviará una carta diciéndole que el cuento es el mejor de todos. En la ceremonia de entrega Borges hace un comentario político: “Exiliarse no tiene sentido porque cuando uno vuelve siempre se encuentra otro gobierno peor”. Piglia se irá el 5 de enero de 1976 a Francia con los gastos pagos por el premio de cuento policial. Deja constancia en el fin de ese cuaderno. Es también el fin de los años felices, donde pudo probarse que podía vivir de la literatura, al menos como lector, pero no como escritor. “Vuelvo al Departamento de Policía a renovar el pasaporte. Igual que en el 67 y en el 72, siempre en diciembre. Me siento a esperar en un bar en la esquina y leo el capítulo de Quentin Compson en la novela de Faulkner”. Quentin es el aprendiz de escritor, el que se va  la universidad, el que escarba en los secretos culpables de su familia,  el que se suicida arrojándose a un río. Está en Absalom Absalom, y en el Sonido y la furia donde podemos leer sus divagaciones sobre dos formas del tiempo. Renzi es a Compson, lo que Faulkner a Piglia. Los personajes actúan lo que el escritor vive.  “Cada vez más interesado en el proyecto de escribir, a partir del diario, una novela de educación (sentimental). “Sin darme cuenta” voy a aparecer en los cuadernos del narrador que siempre he buscado: furioso, irónico, desesperado, elíptico. Viene de ahí el tono de un protagonista que no soy yo. No hay como la autobiografía para confirmar que quien escribe no es quien es. (Pero ¿quién es?, pregunta idiota.) Pienso a ese otro en la línea de los escritores imaginarios a los que conozco bien: Stephen dedalus, Quentin Compson, Nick Adams, Jorge Malabia, Silvio Astier. La vida del héroe antes de ser derrotado” (7 de octubre de 1974).

A campo abierto los cultivos de caña y los viñedos. Más allá, una pequeña serranía. El pálido reflejo del color verde me pegaba en la piel. Siempre había querido ir a ese pueblo, desde que Germán me contó cómo era su tierra de clorofila cuando nos conocimos en Bogotá. Hoy, cuando no había expectativas de salir a ningún lado, resolvimos casi al mediodía irnos al Valle. El interés primordial era ver el museo Rayo en Roldanillo. Me simpatizó Rayo desde la expo de intaglio que hubo el año pasado en Armenia. Leí en varias tardes la biografía de Rayo mientras la esperaba salir del trabajo. El intento por desfragmentar el espectro de la luz y los juegos ópticos que engañan al ojo también se me hicieron comprensibles. Rayo decía que de niño, orinando el jardín de su abuela, vio que la salpicadura de orina hacía aparecer un arcoíris de colores en los rayos del sol. Fue el misterio de la luz que lo llevó a pintar de esa forma, con desafíos, prismas y juegos ópticos. Ya en el museo, la sorpresa fue encontrar en una de las seis salas una expo de litografías de Kokoschka que datan del 1921 la más antigua. Una serie de grabados titulada Cantatas de Bach donde se muestran animales quiméricos y una serie de personajes solitarios rodeados de desesperación. Inquietantes las formas arquitectónicas del museo y la biblioteca elevada de Águeda, la viuda de Rayo (andaba por allí llenando un crucigrama). El edificio tiene forma de colmena y la distribución de esos edificios octogonales de color amarillo parece habitada por abejas reina. Por la amplitud del espacio y las distintas zonas, los auditorios, cubiertos y al aire, la sala de lectura y taller y jardines con esculturas es el escenario ideal para cualquier evento cultural. Quería subirme al escenario y actuar como el Longe Moco, pero me lo impidió la quietud del sitio y el mutismo general. Rayo legó un modelo de epicentro cultural que provocará quizá una tradición artística en la provincia. La entrada al pueblo desde la autopista tiene vallas de anuncio con imágenes de pintores, de modo que el referente que rodea la población es el Museo Rayo. En la taquilla una ediciones embajale (cartoneras) con un ejemplar de filosofía pánico de Jodorowski. La tumba del pintor en un jardí y su epitafio son singulares: "Aquí cayó un rayo". A lo lejos sobresalía una antena con pararayos. Paradoja. C. se preguntaba si la viuda del pintor vivía en el museo. Fue una observación que da pie a imaginar un argumento dramático: la imagen de una viuda que vive en el museo de su marido y todos los días se enfrenta a las pantallas donde contesta eternamente la misma entrevista, a los títulos de los cuadros en clave, a los recuerdos de las tardes de modelaje. Un relato así sería una suerte de sublimación pos mortem del amor. Uno de los cuadros geométricos llevaba curvas en lugar de líneas lo que le daba una cierta voluptuosidad al abstracto. El cuadro llevaba el nombre de la esposa envuelto en el nombre de un dinosaurio: aguedáptilo. Curiosos ver souvenires con la firma de la hija. Unas especies de flores del mal en tres dimensiones manchadas con rojo que imita sangre. Es la casa de un amor eternizado, pienso. Más tarde, caminando por el pueblo hacia una pequeña serranía donde destaca el cerro de tres cruces, pasaron volando cuatro bandas de chulos que viajaban de oriente a occidente. Tal vez la razón de esa migración sea la crecida del río Cauca ante el fenómeno del niño que tiene inundado Perú y la cuenca del pacífico. Cadaverina en las orillas como resultado de todos estos días pasados por agua. Resultaba extraña la peregrinación de carroñeros. La gente se detenía para verlos pasar como si fueran aviones de guerra. Una mujer gorda vestida de flores que buscaba fresco junto a uno de esos árboles con forma de paraguas para dar sombra comentó sobre las bandadas  de chulos y los llamó “samuros”. Salimos ya atardeciendo de ese pueblo sin edificios, con tejados de barro, con la barriga de un cielo rosa sostenido por samanes, rodeado de uvas y con ventorrillos callejeros donde se puede encontrar el único panzeroti frito del mundo. Las montañas junto al valle parecían misteriosas pirámides. La carretera era lenta por el paso de camiones rumbo al puerto de Buenaventura. Recuerdo a C. soñando un carro para hacer más viajes por la provincia. En el bus hablamos de: herencias familiares. Yo le hablé de mi ruptura de esa herencia. Cada vez más lejos de todo. De mi familia en Santander. De México cuyo viaje he aplazado en dos ocasiones. De Bogotá. De amigos. De relaciones sociales. Y sobretodo: cada vez más lejos del punto de partida. El cine es más lento que la vida y la literatura más lenta que la vida, anotó Renzi. ¿A dónde ir?

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