Me acuerdo de Joe Brainard
Joe Brainard nació en Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos. Era pintor y murió de SIDA en 1990. Sabemos más. Mucho más: Que era homosexual. Que se enamoró de Frank O´hara y de un millar de maricones más. Que vendió su sangre para poder comer cuando era pintor en New York. Que por muchos años nadie le compró un cuadro. Que de niño se comía los mocos. Que frecuentaba los bares gay y caminaba pegado a las paredes para que nadie le cogiera el culo. Que su amor platónico era Marlon Brando.
Lo sabemos por sus confesiones publicadas en 1970, que empiezan todas con la fórmula mágica: I remember (Me acuerdo). Las escribió a fines de 1969, y al hacerlo consiguió una geografía mental que resulta hoy por hoy la más honesta de las autobiografías (que conozco).
Brainard recordaba lo que recordaba todo el mundo, pero tal vez su condición de artista plástico y de homosexual declarado haya transformado el enfoque que podía darles a esos recuerdos sueltos. La fórmula de su memoria tiene un brillo tan especial porque encuentra armonía entre el recuerdo y la expresión. Porque su recuerdo y la evocación han concordado en una fórmula original, musical, cadente. Lo que resulta tras la lectura de este libro es una impresión de honda complicidad con el memorioso. El autor nos convierte en su confidente, en su sicoanalista, en su mejor amigo; no solo por utilizar esa fórmula sencilla que todos hemos usado cuando bebemos cerveza o café o fumamos marihuana con amigos a los que hace rato no visitamos: Me acuerdo, sino por contarnos lo que la moral a largo plazo insiste en negarle al pensamiento: la honestidad. Brainard ha hecho que el tamaño de sus recuerdos concuerde con el tamaño de sus palabras, pero a costa y pugna de obligarse a recordar sin mejorar el pasado. Brainard ha hecho literatura con lo que a otros avergüenza. Poesía, por su nivel de honestidad:
"Me acuerdo de haber intentado chupármela una vez, pero no llegó a funcionar.
Me acuerdo de un hombre gordo que vendía seguros. Un caluroso día de verano fuimos a visitarle y llevaba puestos unos pantalones cortos y cuando se sentó se le salió un huevo. Me acuerdo de que era igual de difícil mirarlo que no mirarlo.
Me acuerdo de reflexionar sobre si se debe o no se debe matar una mosca.
Me acuerdo de que cuando vivía en Boston me leí todas las novelas de Dostoievski una detrás de otra.
Me acuerdo de haber pensado en arrancar la página 48 de todos los libros que leyese en la biblioteca pública de Boston, pero perdí pronto el interés.
Me acuerdo de un chico con el que hice el amor una vez y de que cuando terminamos me preguntó si yo creía en Dios.
Me acuerdo de cuando creía que nada que fuese viejo podía tener valor.
Me acuerdo de un niño muy pobre que tenía que ponerse las blusas de su hermana para ir al colegio.
Me acuerdo de los lecheros. De los carteros. De las toallas para invitados. De los felpudos de “Bienvenidos”. Y de las señoras de Avon.
Me acuerdo de la silla detrás de la que solía pegar mocos.
Me acuerdo de que mi padre se rascaba las pelotas un montón.
Me acuerdo de lo chica que se te queda la polla cuando te quitas un bañador mojado.
Me acuerdo de evitar mirar a los lisiados.
Me acuerdo de lo excitante que es ver fugazmente un cuerpo desnudo en una ventana, aunque en realidad no hayas visto nada.
Me acuerdo de reordenar las cajas de caramelos para que no pareciese que faltaban tantos.”
En principio, parece fácil: Poner en cadena los repentes que sufrimos a diario mientras vamos en un bus, o transitamos por una calle, en ese instante en que nos viene una imagen, un recorte, un escena vivida, un rostro de mujer o de hombre que vimos al pasar hace muchos años por el mismo sitio. Ese instante, seleccionado a su antojo por la memoria, ha de sobrevivir y fijarse en un codicilio de nuestra mente bajo gruesas capas del olvido para luego ser detonado por un hallazgo, por un olor, por una sinestesia. Entonces tomamos una libreta, ponemos el leit motiv: Me acuerdo, y automáticamente ya no seremos los mismos. Facil, sí. Parece. Pero la vida es más dura. Y la memoria caprichosa: selecciona lo que quiere, sin ningún patrón y luego nos devuelve nuestra propia vida mejorada en el recuerdo. ¿Lo hace para protegernos? No. Lo hace porque la vida es ficción, porque no hay ninguna diferencia entre soñar o recordar.
(Si desea saber de qué vienen los últimos 4 post, de click en más información:)
- enero 09, 2010
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