Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla

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Como todos saben, el mundo se acabó en el año 2020. El mundo como lo conocieron los humanos. Después de la guerra nuclear que arrasó la Amazonía y el Medio Oriente y el setenta por ciento de Norteamérica y la Manchuria, la población humana quedó diezmada a una quinta parte. Sólo sobrevivieron los ricos y los inteligentes. Y murieron los pobres, los tercermundistas y los judíos. El saturnismo producido por el exceso de plomo de los aditivos del último combustible fósil y el cáncer por las bombas que quemaron el pulmón amazónico produjeron caos en las ciudades y provocaron que miríadas de seres humanos envenados por el plomo (que producía crímenes y alto grados de irritabilidad) se lazaran a las calles enloquecidos y se asesinaran con lo primero que tuvieron a mano. Cien años después, los líderes del nuevo mapa continental lograron un acuerdo para esterilizar al ochenta por ciento de las hembras humanas y abrir el programa de fecundación artificial Adam. Mediante este programa, fueron creados los seres humanos del futuro; es decir: nosotros. Seres mejorados genéticamente para no morir de Cáncer ni de SIDA ni de Évola, ni de Amor, ni de ninguna de esas enfermedades que aquejaron a los humanos inferiores. También, durante el test proyectivo, los padres podrían definir si su hijo iba a ser matemático, astrofísico, o ingeniero genético, las profesiones consideradas más importantes y que finalmente transformarían la historia de la ciencia y de la primera edad humana y que sepultarían la teoría einsteniana del universo. Al marcar una cruz en el recuadro del cromosoma UV99 los padres decidían eliminar el amor y todo tipo de sentimiento numinoso o religioso que perturbase la vida del futuro Adamita y la estabilidad del planeta. En consecuencia se produjeron los primeros seres capaces de dar amor pero incapaces de recibirlo. Toda idea de Dios fue desterrada y con ello garantizado el que el desastre de la última guerra de religiones y de ideologías jamás volviera a repetirse. Seres dedicados a la perfección de una especie regulada y a buscar posibilidades de colonización en el espacio para vidas programadas a doscientos años... ¿Sigo?
Es demasiado fácil.
Para hacer literatura al estilo de Michel Houellebecq no se necesita de profundas cavilaciones ni complejas teorías sobre la creación del personaje, ni técnica, ni estructura.
(para leer reseña completa dar clik en màs informaciòn:)



Basta con leer un diccionario de física cuántica para dumies, un manual de eugenesia, un panfleto de odio racial, dos libros de Sade y luego poner un personaje a hablar de lo leído desde un blog perdido en la blogosfera en el año 2000, situar otro que lance atrabilis y diciendo exactamente lo mismo que su antecesor pero en un difuso futuro, el año 4000 pongamos por caso, y otro que folle como Sade y que diga exactamente sus mismos postulados antimorales pero en mayo del sesenta y ocho, siglo XX, en Paris. Basta con hacerlos triunfadores a todos y someterlos a su peor pesadilla: la bonita presentadora de televisión con el rostro quemado, el metrosexual impotente, el payaso que no hace reír. Oposiciones que conduzcan a un dramatismo trivial. Y es que Houellebecq no es el más esforzado de los nihilistas que abundan en Francia. Jode a las buenas costumbres de su sociedad con el mismo costal de afrentas de Céline y de Genet: judíos, islamitas, odio racial, eutanasia, sexo, clonación, Dios… (Bostezos) lo de siempre. Sólo se necesita una sociedad opulenta para desarrollar nihilismo. Los países pobres son los más felices. Se necesita de una sociedad puritana para ser un gran degenerado. Se necesita de una sociedad beata para ser un iconoclasta. Se necesita de una sociedad totalitaria para ser un disidente. Se necesita de una sociedad optimista para ser un pesimista. Se necesita de la comedia de una democracia para ser un contradictor. Se necesita de un estado corrupto para ser un terrorista. Se necesita un caldo de cultivo para que un escandalizador afile su látigo. Houellebecq lo ha logrado. Para comprender la potencia de la ironía o el sarcasmo o el nihilismo en la obra de un gran escandalizador hay que comprender el tipo de sociedad que escandaliza. ¿Qué tipo de sociedad es la que se escandaliza con los libros de Houellebecq? Francia. Donde sus libros venden 350.000 por tiraje. Aquí no. aquí el libro se consigue en los canastos de saldos y nadie los mira. La sociedad francesa, al parecer, se sacude cada vez que Houellebecq habla de sexo, raja de Dios, se burla de los palestinos, menciona las potencialidades del genoma y las bondades de la eugenesia.
En Colombia el tipo sería una suerte de pastor evangélico.

La posibilidad de una isla, la última novela de Houellebecq (hace dos décadas el Enfant Terrible de las letras francesas y ahora el viejito chocho), nos atormenta con otro de sus apocalipsis para recordarnos cómo será el futuro. Según el Houellebecq, en el futuro todos seremos autistas. Nuestros descendientes se llamarán igual que nosotros y como nosotros anhelarán la inmortalidad. Todos serán eolimitas y creerán que la raza humana fue creada in vitro por unos extraterrestres de los cuales Jesús era su enclave en la tierra. A la luz de la promesa de Jesús, aun seguirán esperando el advenimiento. Lo único que le falta al libro, aparte de argumento, como todo lo que se escribe hoy, es belleza.
Pero eso, al parecer, es lo que menos importa en el año 4000.
La literatura habrá terminado entonces. La gente escribirá en súper computadores interconectados su diario de terapia siquiátrica para llevar la cuenta de los últimos 4000 años. La búsqueda de la belleza morirá en el camino, como morirán los últimos humanos que teníamos nombre propio. En el fluctuante derrotero que nos separa de ese apocalíptico año 4000, según el profeta Houellebecq, perderemos el nombre y la capacidad de sentir y las ganas de aparearnos. Nadie se llamará Pedro como hoy, sino Pedro 24, o Pedro 25, o Pedro 29,1 para diferenciarnos de Pedro 29,2 y del 29,7, 9,0… Ay, Houellebecq, cariño: ese futuro tan lejano que te imaginas es demasiado parecido a este presente tan cercano.
Uno necesita de algo más que números seriales en lugar de nombres para hablar de la homogenización de la raza humana. Es cierto que en el camino a la dictadura del capitalismo virtual lo primero que vamos a perder es el nombre de pila y el libre albedrío para reemplazarlo por un avatar con código de barras y consumo virtual. Ya sabemos que lo único que nos diferencia hoy a unos de otros son las huellas digitales. Es cierto que en un mundo que se comunica por facebook no merece otro futuro, pero no tenías que irte hasta el año 4000 a relatarlo. La vida ya está suplantada hace rato para los que vivimos en la blogosfera. Vas muy poco adelantado para esta edad media, en este pedestre siglo XXI que no ha producido en una década ni una obra maestra. Si hubieras nacido hace 200 años hoy hablaríamos de ti y de tu libro como una especie de genio fáustico, tipo Jules Verne enloquecido, o George Wells heroinómano o Sade inventor de pornoficción. Si hubieras nacido en Palestina hace 2000 hoy estarías junta a Juan en la biblia. Pero con chats y con supresiones nominales y capítulos que llevan avatares que hacen las veces de nombres seriales no llegas ni al Faulkner ni a la Woolf, que al parecer te parecen un par de cavernícolas a pesar de que literariamente es más futurista Mientras agonizo y Las olas que la posibilidad de tu pobre isla paupérrima.
No hay giros, ni estilo que caracterice a los personajes en esta novela. Michel Houellebecq los hace hablar a todos igual aunque desde la lingüística en el 4000 teóricamente ya no existirá ni el francés ni el inglés ni el español y los neohumanos sabrán de estas vetustas lenguas muertas tanto como hoy sabemos del sánscrito y del griego jónico y del arameo.
Houellebecq se escuda: “hablamos como ladran los perros”.
Es decir: ¿Qué más da si el lector no va a imaginar ese mundo futuro tan parecido a este presente y por eso se perderá la profundidad oculta bajo este libro de título inofensivo? Que se lo pierda. Que coma mierda. Para que nadie se complique la vida en desentrañar el poder profético de Houellebecq, el escritor ha facilitado las cosas y ha tenido a bien poner arriba del capítulo el nombre serial del personaje que habla:
Marie 23: estoy deprimida, voy a inyectarme.
Daniel 24, 5: La noche que tuve mi primer contacto por chat con Marie 23 tuve un sueño extraño: le metía la verga en la boca.
Daniel 25,08: La increíble distancia que revestían los empeños sexuales en los humanos ha sumido siempre a los comentadores neohumanos en un estupor horrorizado.
Daniel 25,15: Alzamos la vista al cielo y el cielo está vacío, escribe Ferdinand 12 en su comentario. A mí me importa un culo, como a Houellebecq quién habla en esta novela. Leí el libro sin atender las entradas. Incómodo, porque todos los personajes llevaban mi nombre. Lo más infecto que hay en literatura no son las historias de amor tipo Adán y Eva, según creíamos en el año 2010. Lo peor que hay es leer un libro donde todos los personajes se llamen igual que tú.
Si te detienes a pensarlo, hipócrita lector, es monstruoso que todos se llamen igual que tú. Cualquiera que lleve a cabo el experimento egolátrico de buscar su nombre en Google se llevará la decepción de que nuestros padres no fueron tan originales como pensábamos. Habría sido más original habernos llamado Eudocio, Equinoccio, Anantilde, Ananías, Hermelinda, Micaelum, Tránsito, Pastor, Matías, Malaquías, Ezequiel, Eduviges Diada, Abundio o como cualquiera de los personajes de Rulfo. Pero no. Nos llamamos Michael Jackson. Y hay por lo menos otros cien mil hijos de puta llamados con ese mismo nombre y ese mismo apellido en la web. Yo soy el 81 de los del clan de mi nombre. 81 entre futbolistas chilenos, abogados brasileños, violadores asturianos, policías franceses, maricones portugueses y hasta un terrorista africano. Soy el número 81. Por eso las opciones que me diera Gmail al abrir mi correo eran todas denegadas al intentar abrir una cuenta que sólo llevara mi nombre y mi apellido. Era un nombre registrado 81 veces. La alternativa final era añadir a mi nombre el número de mi petición en Google. En consecuencia, quedaría registrado como xxxxxx81. No me agradó. Por eso preferí rebautizarme a mí mismo con el nombre de Nicolaus Stanislaus Böhr, para lo cual tomé el segundo nombre de Thomas Nicolaus Bernhard, el nombre del mecenas de Joyce, su hermano Stanislaus (sin el cual Joyce no hubiera puesto el listón tan alto y la historia de la literatura no sería el desastre que hoy es), y la teoría atómica de danés Böhr; después firmé mi primer contrato sin el primer nombre, eliminé la diéresis del apellido y permuté la h alemana para que dejara de ser sorda y su sonido fuera onomatopéyico de una reacción atómica y no elusivo. Quedé Stanislaus Bhor, lo cual me pesa, nacido en París, cerca de Pontoise y en el fondo de la vulva sabrá mi mujer cuánto mide mi verga. Pero aun así, no soy el único Bhor de este planeta. Ya reconvertido en el único Stanislaus Bhor de este planeta inferior, autor de la pentalogía infame de Colombia, volví a buscarme en Internet, sólo para descubrir que en california, USA, en una familia aristocrática (sólo aristócratas, maricones y judíos guardan celosamente su genealogía) tienen a un tal Brian Stanislaus Bohr entre sus filas. Me puse a averiguar algo de la vida de ese Stanislaus Bhor 2 y descubrí cosas sorprendentes: que era hijo de Henry y Violet Bhor, que a su vez tuvieron dos hijos: uno llamado Benjamin, y Brian Stanislaus, que S. que nació el 21 se septiembre de 1942, que se casó de dieciocho años con Vicki Hagquist y que se divorció cuatro mese después y que tuvo un hijo, Keith Brian Bhor, quien no se reprodujo más: aquí está su árbol, pagina 19, si quieren constatar.
Así que nianasí, como decía mi abuela Lavinia Bhor. Difícil ser original.
El libro de Houellebecq está estructurado sobre monólogos de gente que vive en el año 4000 y otros muchos que se chatean en el siglo XXI, XXV, XXXII. Los personajes son puro Houellebecq: un humorista que se ha gastado en la totalidad de los mercados rentables: racismo, canibalismo, pedofilia, parricidio, tortura y barbarie y ya no encuentra modo de hacer reír a una sociedad sin sentido de la compasión a la que nada escandaliza ni conmueve. Entonces el tipo se pone a follar para inspirarse y de paso conoce a una presentadora de noticias que está envejeciendo. Algo así. Ya se me olvidó. Hace meses que quería hacer la puta reseña, pero no me había pasado nada malo para desquitarme. Hoy se me regó la sal del huevo tibio y leí las predicciones del horóscopo nefasto de los cancerianos saturnistas para el 2010 y supe que más dura será la caída, que estaré ilógico, que debo refugiarme en la digresión para no quedar como un estúpido ante el público docto que leen este blog, y decidí que iba a rajar del primer cabrón que se apareciera en mi biblioteca.
Le tocó a Michel Houellebecq, y eso que lo estimo, de veras.
Según mis viejas notas, la novela pinta hacia la página cien en que hay una pareja perfecta de bufones contemporáneos, absolutamente grotescos, copiados de cualquier farándula que se divorcian y su más grande problema en la vida es quién se queda con el perro. Todo el caos empieza en un Jet set del primer mundo. La relación de amor que se establece entre un cómico que pierde el humor y una periodista de farándula que envejece… Personajes sometidos como títeres de Houellebecq a vivir su peor pesadilla. Luego el libro se pone a saltar de siglo en siglo tras los descendientes del primer Daniel hasta el año 4000. Punto. En ese lapsus asistiremos a los chats completos de Daniel 24, 10. Y de Daniel 25, 9. Y de Daniel 25, 8. Todos son herederos del primer tatarachozno, personajes de un mundo virtual que suplantó la vida por el Facebook. Según esta novela dentro de 4000 años nuestros descendientes tendrán como resultado de nuestros malos hábitos en internet una sociedad tartufa donde el amor no existirá, ni dios, ni la pobreza ni el hambre. En fin, será una sociedad perfecta. Pero la historia matriz, la original, la que empieza con el primer Daniel (el cómico de derechas que hace chistes con el dolor, o con lo que la gente comúnmente denomina tragedia palestina, tragedia colombiana, tragedia del tercer mundo) es la buena. El resto son variaciones de la misma hasta hacerla intolerable. Inmamable. Estúpida. ¿Cómo se puede ser absolutamente ateo y seguir haciendo argumentos bíblicos del antiguo testamento? Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a José… José engendró a… La historia de este cómico y de todos sus clones en secuencia hasta el año 4000 donde una nueva raza, los neohumanos, autistas, que escribirán la historia de su aburrimiento como terapia sicológica para el aburrimiento… Fin. 400 páginas.
Entre los pocos hallazgos significativos encuentro, según mis notas, que en cuatro mil años el mundo sufrirá 3 grandes desecaciones. El año 4000, ese tiempo difuso, estará situado entre la segunda desecación mientras se aguarda la tercera: la que acabará definitivamente con la especie, o con lo que quede de ella.
Contario a lo que podríamos pensar, para llegar a ver ese mundo de neohumanos que imagina Houellebecq ya sin Dios, antes pasaremos por una nueva edad media donde abundarán las religiones y los mercaderes de la fe. Todo empezará por la proliferación de cultos con apariencia de prostíbulos. Una vez superado el placer, habremos que conformarnos con disfrutar del dolor. El sadismo y el masoquismo cobrarán entonces pleno significado. Ningún matrimonio será feliz. Nadie follará en casa. Como terapia, los tríos serán la mejor salida al desamor que pulula. Los intercambios sexuales entre hombres y mujeres de todos los sexos darán a la humanidad la revelación total del misterio de Dios por medio de una nueva religión más poderosa que el judaísmo o el Vaticano: los elolimitas, una secta que agrupará a todos los enfermos sexuales del planeta para que adoren a un falo interestelar creador de la vida y su caricatura. Para escribir esto solo se necesita ser fanático de Futurama. ¿Ganas de joder de Houellebecq? A Michel le parece muy chic adorar al falo y al coño en lugar de a Dios: mírenle en la foto de arriba, posando el nihilista en su tálamo del himeneo.
La primera sequía será de los coños y de los cojones. Luego se secará el cerebro, y por último: del agua dulce…
A mí me late que La posibilidad de una isla no es un libro malo, sino peor. El pero de todos los libros del francés. Houellebecq está jodido porque tener todos los temas es tener ningún tema.
Está jodido o haciendo publicidad futurista prepagada. A mí me late además que sigue enconando odio a su madre Hippie y que este tercer volumen de la biografía críptica que inició con Partículas Elementales, donde dos hermanos, hijos de una hippie sesentera, bifurcan sus caminos, el uno para dedicarse a mejorar la especie y quitarle el lóbulo occipital donde anida el amor en el cerebro y el otro a follar, es el peor de todos, y que Houellebecq está haciendo sicoanálisis con la literatura y eso no está bien, porque la literatura no es un diván. Prefiero el Houellebecq de Ampliación del campo de batalla, cuando el ingeniero de sistemas decía que la escritura no era ningún alivio, sino postergación de la pena.
Hace tres años, cuando visitó Suramérica para promocionar Plataforma, se portó como lo que es ahora que ha dejado de ser el niño terrible de las letras francesas: un viejo que no acepta la calvicie.
Le pregunta Luisa Corradini a Houellebecq, desde Argentina:

-Hablando de religión, en Plataforma usted se burla de la existencia del reino de los cielos.
-¿Y qué otra cosa se puede hacer? ¿Tomárselo en serio?
-Pero, entonces, ¿por qué afirma que una de las personas que más lo irritan es el filósofo ateo Michel Onfray? Finalmente, no hay mucha diferencia entre ustedes dos.
-¡Desde luego que la hay! Onfray no tiene ni una décima parte de mi talento. Es un ignorante verborrágico. Los hombres no esperaron a Onfray para saber que Dios no existe.
-¿Usted cree realmente que la vida es tan terrible?
-Creo que, en la actualidad, los hombres no sirven para nada, excepto para preservar la especie.
Hablando del mundo. En ese libro escribió que "el mundo es de tamaño medio". ¿Qué quiere decir eso?
-No lo sé. Pero es una linda expresión. Creo que nunca hay que perder de vista la dimensión estética de la escritura.
-¿Aunque lo que uno escribe no quiera decir nada?
-Tal vez.
-Usted también suele afirmar que la literatura es el único arte conceptual.
-¿Y usted no lo cree?
-En realidad imagino que debe de haber muchos plásticos o cineastas que no estarán muy de acuerdo.
-Me da igual.
-¿Usted se da cuenta de que esta entrevista ha sido difícil?
-Probablemente.
-Daría la sensación de que hablar con la prensa le provoca una fatiga existencial.
-No solo con la prensa
-¿Con quién más?
-Con todos. Con el tiempo me he transformado en un auténtico misántropo.

¿Lo ven? Senectud a los 50 años.
Sólo le faltó decir: Señorita Luisa, deberías hacer que te follaran un poco más que el mundo se va a acabar.
Creo que a Houellebecq le inquieta demasiado ese futuro que nunca verá.

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Maneki-Neco

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