- junio 30, 2024
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No hay lugar ideal para escribir. Si un lugar propicia la buena escritura es por el grado de aislamiento o porque coincide el estar ahí con la conexión de ideas llegadas a la madurez o al punto axial, frontera para empezar a escribir. Nada que ver con la comodidad. Faulkner (todos los que han leído la entrevista con Vanden Heuvel sabrán) escribió La paga de los soldados mientras trabajaba pintando casas, y escribió Banderas en el polvo (donde se cifra toda su obra) mientras cavaba a brazo partido en una mina de carbón. Nada de comodidad. Grass escribió El tambor de hojalata en un sótano de parís, mientras pescaba tuberculosis, y mientras su esposa Anna (a quien está dedicado el libro) se descoyuntaba bailando ballet para conseguir de comer. García Márquez escribió el Coronel no tiene quién le escriba mientras pasaba miserias estomacales también en París. Bolaño, sus novelas mexicanas en un pueblo de la Costa Brava, alejado del paisaje y entorno que hacen clima a sus personajes. Cendrars sus libros de viajes por el mundo, en una casa tétrica de clima absolutamente Van Gogh, aix en Provence.
En El jardín de al lado, José Donoso narra una crisis creativa que le ocurre a un hipocondriaco escritor que tal vez sea un alter-ego. Donoso era bisexual, hipocondriaco, chileno, vivía en Barcelona y no podía hacer cuajar una novela mínimamente respetable para demostrarle a su agente-editora Carmen Balcells que merecía pelearse la quinta silla del avión donde viajaba la patrulla conocida como boom latinoamericano (Cortázar, Fuentes, Llosa, Márquez). El protagonista de esta novela vive el anquilosamiento de un matrimonio disfuncional en Barcelona, se enamora de un adolescente andrógino que lo robará y explotará como a cualquier viejo libertino, vivirá un cuadro de esterilidad creativa mientras ve al mejor escritor latinoamericano (Marcelo Chiriboga) pasearse con su agente (Núria Monclús) y darse la vida opípara de una vedette. Para conjurar esta esterilidad, un amigo pintor muy solvente le ofrece su casa de Madrid y su nevera y su cava y su biblioteca y su estudio para que pase una temporada en la confortable vivienda de un verdadero triunfador y para que los estambres de su novela atascada se fertilicen con los pistilos de la burguesía holgada. Nuestro escritor chileno acepta, se muda con su esposa y empieza a vivir un proceso de decadencia total en que la creatividad pasa de crisis al yermo absoluto, a causa de esa distorsión según la cual el arte es una mercancía, el escritor un menestral y la fama el listón más alto de la escritura.
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| Jose Donos y Pilar, Google Imagenes |
A continuación, el inventario de nombres extraños que hace el narrador Julio Méndez como ingredientes infaltables de un buen asado. Creo que podría servir de pretexto para reconstruir un convite de expatriados suramericanos. Por algo similar decía el Ché Guevara, en el diario de Bolivia, que la nostalgia empieza por el estómago:
Pg 45: “Dejé mi máquina de escribir en el comedor. Me senté bajo las cuerdas de colgar ropa, en la azotea, sin encender la luz. Desde abajo llegaba hasta nuestro cuarto piso sin ascensor la estridencia de la discoteca de la planta baja, las carcajadas de los que entraban, las groserías de los que salían: jocundos turistas, no trashumantes y desharrapados exiliados políticos latinoamericanos como nosotros, que tan a menudo nos odiábamos pero que no podíamos prescindir de nuestra compañía –asados a la argentina, feijoada, pastel de choclo, empanadas salteñas, anticuchos, los sabores nostálgicos simulados con productos tan distintos a los nuestros-, reunidos otra vez para seguir hurgando en las heridas del rencor… ¿Cómo contar, desde este empobrecido presente, la experiencia de la ya lejana gesta?”
No hay nada que aproxime más a la gente que un asado chileno. Y el exilio.
El jardín de al lado, José Donoso, Seix Barral, 264 pg, 1981.
- diciembre 16, 2011
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23. Uno que le gustaría volver a leer en su vejez (reto 30 libros)
1. A los 17 años escribí mi primera novela: una estructura perfecta, pero llena de aire. Me fumaba un paquete de cigarrillos al día y trepidaba el teclado de una máquina portátil marca Brother. Ya era escritor, pero no lo sabía. Quiero decir que ya había adquirido la disciplina mental de escribir todos los días, algo que parece vano, pero a lo que es difícil de llegar en plena efervescencia hormonal. Por esos días leí (no poseo una memoria prodigiosa, simplemente lo apunto todo en este diario) una carta de Saroyan en que decía que si tenemos que preguntar a otro para saber si somos escritores, es porque todavía no lo somos. Yo todavía no sabía si lo era, así que en parte no lo era. Cuando terminé el primer borrador, dividí en legajos separados todos los capítulos y los esparcí por el piso de mi guarida. Entonces golpearon a la puerta. Era Gina, los labios y el trasero mejor comentados del colegio. Cuando entró y vio el tapiz de legajos me preguntó si aquel día me había tomado las pastillas de la locura. Le dije que no, que ya no las necesitaba, que al fin era escritor porque había sido capaz de crear una puta novela. Estaba hechizado por Rayuela de Cortázar, la que acababa de leer, y cuyo juego de saltos me había causado una ruptura sobre todo lo que había leído antes y, creía, era la literatura. Esa tarde, con ayuda de la intempestiva secretaria desordené sus partes, equilibré las tramas como pude y se la envié a mi mejor amigo, que no tuvo corazón para destrozarla y al día siguiente me invitó a beber y me dijo que podría vivir enclaustrado sin recibir a nadie a condición de que siguiera escribiendo así. Yo esperaba una palabra más: así de mal, o así de bien. Pero no lo dijo. De modo que asumí que lo hacía bien, porque en la literatura y en la vida a todos nos gusta que nos engañen. Me preguntó también si la novela tenía título. Le contesté que no. Entonces dijo: “Bueno, es mejor tener una novela sin título que un título sin una novela.” Tenía, pues, una novela. Pero dicha novela, por supuesto, no soportó la relectura; de modo que a los pocos meses la destrocé, me deshice de ella y volví a empezar. Desde entonces no suelto nada por debajo de los cinco mil metros, y aspiro a que sea tan bueno como Rayuela.
2. Rayuela. En parís, un grupo de artistas expatriados de la asfixia cultural suramericana se reúne en torno al Clan de la serpiente. Fuman hachís, beben vodka del malo, oyen jazz del bueno, de Gillespie, discuten sobre música, sobre pintura, sobre ser snob. Horacio Oliveira, un Argentino, se ha enamorado de Lucía, la uruguaya (creo), aprendiz de cantante que conoció en un café, que recorre París en bicicleta y a quien él y los demás miembros del club llaman La Maga. La Maga tiene un hijo, Rocamadour, al que deja morir de inanición en medio de la bohemia (¿Alguien recuerda la escena de Trainspoting http://www.youtube.com/watch?v=19duCYwafyM? Más o menos así, pero menos directo, y sin crueldad.) Una madre deja de serlo cuando quita aquello que dio, dicen que le dijo Carlos IX cuando lo envenenó su madre Catalina de Médici. La Maga, en su dolor, abandona París, abandona a Oliveira; regresa a Uruguay, desaparece. La siguiente parte (si se lee secuencialmente) narra el retorno de Oliveira a su país y el encuentro con la mujer de su amigo Traveller que se llama Talita, y que se parece a La Maga, y entonces ocurre una escena de espejos y escalofríos mientras Oliveira juega a la cuerda floja sobre un tablón interpuesto entre dos edificios. Esta escena con Oliveira como funámbulo era, según Cortázar, la imagen generadora de la novela, la que debía ir al comienzo. Pero en la edición (cogió el manuscrito y lo lanzó al aire) invirtió el orden de Rayuela separando cada capítulo por legajos permutables, para que se pareciera a ese juego que también llaman los niños de Colombia tángara, o golosa, y para provocar a los lector a leer en saltos, siguiendo una hoja de ruta que incluyó en el inicio. Al argumento lo rodean otras casillas con notas de prensa, con escenas de bar, con visiones y epifanías del París nocturno, diálogos sobre la obra de Klee, de Mondrian, de Miró, con juegos de palabras, con citas de Levy Strauss, de Archim Von Anrim, con crónicas de vagabundeo por el canal de Saint Martín, el acuario, el Louvre, el Pont Neuf, con un dedo toco el borde de tu boca y otras cursilerías similares, con fragmentos de diarios íntimos, recuerdos de amores periféricos, monólogos de La Maga, de Oliveira, Gregorovius y los demás miembros del club ofidio. Algunos la han menospreciado por no ser una novela anclada a la realidad, comprometida. Supuestamente, hay dos periodos bien diferenciados en la obra de Julio Cortázar: antes de la conciencia social, y después de la conciencia de clases. Es decir, uno burgués, con obras ancladas en artepurismo y esteticistas y experimentales (Cronopios, Armas secretas, Cartas a Mamá, Perseguidor) y otro de realismo comprometido (Todos los fuegos el fuego, Libro de Manuel, Autonautas, Fantomas). El mismo Cortázar situó a Rayuela en el punto axial de su vida burguesa, antes de descubrir el compromiso social del escritor con Revolución Cubana. Y sin embargo, al repasar sus páginas para decir algo mínimo sobre Rayuela, encuentro una de las escenas más violentas y realistas de la literatura y que prefigura el segundo periodo de Cortázar y una anticipación de lo que será su obra maestra del socialismo fantástico (Apocalipsis en Solentiname): Oliveira pregunta al chino Wong si de veras prepara un libro sobre torturas y si es verdad que siempre lleva en el bolsillo las fotos de torturas chinas que datan de Pekín en los años 20s. El chino elude parcialmente la pregunta, pero luego alardea y enseña las fotos. La descripción de las torturas es soportable sólo por la descripción curatorial del narrador. Ese distanciamiento es lo que permite leer las cosas más terribles sin agredir al lector. Eso, narrar lo más terrible con una estética que no violenta (que incluso suscita risa), es algo que solo se consigue cuando la obra es arte.
3. Los registros de la creación literaria: lengua (léxico, sintaxis, ortografía), tiempo (postergado, oscilante, circular, detenido, sin tiempo) narrador (edad mental, física, unidad de acción, de dicción), fraseo (armonía, hipotaxis, tropos), formas literarias (poesía, prosa, ensayo, diálogo), dosis de realidad (realismo, historia, pasado, futuro, vida interior, confesional, fantasía, sobrenatural, reportaje novelado), género (fórmulas y recursos ya fundados, materia de trasgresión). Y lo menos importante: el tema. Wilde dejó una advertencia: En el arte todo importa, salvo el tema.
4. Los niveles o registros de una novela sólo pueden apreciarse desde arriba: después de haberla leído por completo y advertir su estructura. Otros niveles se aparecen al releer. La ironía, por ejemplo. Las ideas, por ejemplo. No todos los niveles son importantes ni aparecen en un libro para convertirlo en alta literatura. No todos los niveles se revelan en la primera relectura. A veces un libro necesita años para surtir significados.
5. Antes del formalismo, claro, ningún escritor se preguntaba por los niveles de la literatura.
6. Después de leer Rayuela es imposible no plantearse todos los niveles de la literatura. Cortázar era un escritor, no un formalista.
7. Relee. No nos bañamos dos veces en el mismo libro.
1. A los 17 años escribí mi primera novela: una estructura perfecta, pero llena de aire. Me fumaba un paquete de cigarrillos al día y trepidaba el teclado de una máquina portátil marca Brother. Ya era escritor, pero no lo sabía. Quiero decir que ya había adquirido la disciplina mental de escribir todos los días, algo que parece vano, pero a lo que es difícil de llegar en plena efervescencia hormonal. Por esos días leí (no poseo una memoria prodigiosa, simplemente lo apunto todo en este diario) una carta de Saroyan en que decía que si tenemos que preguntar a otro para saber si somos escritores, es porque todavía no lo somos. Yo todavía no sabía si lo era, así que en parte no lo era. Cuando terminé el primer borrador, dividí en legajos separados todos los capítulos y los esparcí por el piso de mi guarida. Entonces golpearon a la puerta. Era Gina, los labios y el trasero mejor comentados del colegio. Cuando entró y vio el tapiz de legajos me preguntó si aquel día me había tomado las pastillas de la locura. Le dije que no, que ya no las necesitaba, que al fin era escritor porque había sido capaz de crear una puta novela. Estaba hechizado por Rayuela de Cortázar, la que acababa de leer, y cuyo juego de saltos me había causado una ruptura sobre todo lo que había leído antes y, creía, era la literatura. Esa tarde, con ayuda de la intempestiva secretaria desordené sus partes, equilibré las tramas como pude y se la envié a mi mejor amigo, que no tuvo corazón para destrozarla y al día siguiente me invitó a beber y me dijo que podría vivir enclaustrado sin recibir a nadie a condición de que siguiera escribiendo así. Yo esperaba una palabra más: así de mal, o así de bien. Pero no lo dijo. De modo que asumí que lo hacía bien, porque en la literatura y en la vida a todos nos gusta que nos engañen. Me preguntó también si la novela tenía título. Le contesté que no. Entonces dijo: “Bueno, es mejor tener una novela sin título que un título sin una novela.” Tenía, pues, una novela. Pero dicha novela, por supuesto, no soportó la relectura; de modo que a los pocos meses la destrocé, me deshice de ella y volví a empezar. Desde entonces no suelto nada por debajo de los cinco mil metros, y aspiro a que sea tan bueno como Rayuela.
2. Rayuela. En parís, un grupo de artistas expatriados de la asfixia cultural suramericana se reúne en torno al Clan de la serpiente. Fuman hachís, beben vodka del malo, oyen jazz del bueno, de Gillespie, discuten sobre música, sobre pintura, sobre ser snob. Horacio Oliveira, un Argentino, se ha enamorado de Lucía, la uruguaya (creo), aprendiz de cantante que conoció en un café, que recorre París en bicicleta y a quien él y los demás miembros del club llaman La Maga. La Maga tiene un hijo, Rocamadour, al que deja morir de inanición en medio de la bohemia (¿Alguien recuerda la escena de Trainspoting http://www.youtube.com/watch?v=19duCYwafyM? Más o menos así, pero menos directo, y sin crueldad.) Una madre deja de serlo cuando quita aquello que dio, dicen que le dijo Carlos IX cuando lo envenenó su madre Catalina de Médici. La Maga, en su dolor, abandona París, abandona a Oliveira; regresa a Uruguay, desaparece. La siguiente parte (si se lee secuencialmente) narra el retorno de Oliveira a su país y el encuentro con la mujer de su amigo Traveller que se llama Talita, y que se parece a La Maga, y entonces ocurre una escena de espejos y escalofríos mientras Oliveira juega a la cuerda floja sobre un tablón interpuesto entre dos edificios. Esta escena con Oliveira como funámbulo era, según Cortázar, la imagen generadora de la novela, la que debía ir al comienzo. Pero en la edición (cogió el manuscrito y lo lanzó al aire) invirtió el orden de Rayuela separando cada capítulo por legajos permutables, para que se pareciera a ese juego que también llaman los niños de Colombia tángara, o golosa, y para provocar a los lector a leer en saltos, siguiendo una hoja de ruta que incluyó en el inicio. Al argumento lo rodean otras casillas con notas de prensa, con escenas de bar, con visiones y epifanías del París nocturno, diálogos sobre la obra de Klee, de Mondrian, de Miró, con juegos de palabras, con citas de Levy Strauss, de Archim Von Anrim, con crónicas de vagabundeo por el canal de Saint Martín, el acuario, el Louvre, el Pont Neuf, con un dedo toco el borde de tu boca y otras cursilerías similares, con fragmentos de diarios íntimos, recuerdos de amores periféricos, monólogos de La Maga, de Oliveira, Gregorovius y los demás miembros del club ofidio. Algunos la han menospreciado por no ser una novela anclada a la realidad, comprometida. Supuestamente, hay dos periodos bien diferenciados en la obra de Julio Cortázar: antes de la conciencia social, y después de la conciencia de clases. Es decir, uno burgués, con obras ancladas en artepurismo y esteticistas y experimentales (Cronopios, Armas secretas, Cartas a Mamá, Perseguidor) y otro de realismo comprometido (Todos los fuegos el fuego, Libro de Manuel, Autonautas, Fantomas). El mismo Cortázar situó a Rayuela en el punto axial de su vida burguesa, antes de descubrir el compromiso social del escritor con Revolución Cubana. Y sin embargo, al repasar sus páginas para decir algo mínimo sobre Rayuela, encuentro una de las escenas más violentas y realistas de la literatura y que prefigura el segundo periodo de Cortázar y una anticipación de lo que será su obra maestra del socialismo fantástico (Apocalipsis en Solentiname): Oliveira pregunta al chino Wong si de veras prepara un libro sobre torturas y si es verdad que siempre lleva en el bolsillo las fotos de torturas chinas que datan de Pekín en los años 20s. El chino elude parcialmente la pregunta, pero luego alardea y enseña las fotos. La descripción de las torturas es soportable sólo por la descripción curatorial del narrador. Ese distanciamiento es lo que permite leer las cosas más terribles sin agredir al lector. Eso, narrar lo más terrible con una estética que no violenta (que incluso suscita risa), es algo que solo se consigue cuando la obra es arte.
3. Los registros de la creación literaria: lengua (léxico, sintaxis, ortografía), tiempo (postergado, oscilante, circular, detenido, sin tiempo) narrador (edad mental, física, unidad de acción, de dicción), fraseo (armonía, hipotaxis, tropos), formas literarias (poesía, prosa, ensayo, diálogo), dosis de realidad (realismo, historia, pasado, futuro, vida interior, confesional, fantasía, sobrenatural, reportaje novelado), género (fórmulas y recursos ya fundados, materia de trasgresión). Y lo menos importante: el tema. Wilde dejó una advertencia: En el arte todo importa, salvo el tema.
4. Los niveles o registros de una novela sólo pueden apreciarse desde arriba: después de haberla leído por completo y advertir su estructura. Otros niveles se aparecen al releer. La ironía, por ejemplo. Las ideas, por ejemplo. No todos los niveles son importantes ni aparecen en un libro para convertirlo en alta literatura. No todos los niveles se revelan en la primera relectura. A veces un libro necesita años para surtir significados.
5. Antes del formalismo, claro, ningún escritor se preguntaba por los niveles de la literatura.
6. Después de leer Rayuela es imposible no plantearse todos los niveles de la literatura. Cortázar era un escritor, no un formalista.
7. Relee. No nos bañamos dos veces en el mismo libro.
Rayuela, Julio Cortázar, Editorial Sudamericana.
- octubre 11, 2011
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¿Qué hago yo leyéndote a ti, Plinio Apuleyo?
¿Qué hago yo leyendo a un ideólogo de la ultra-derecha?
Pura estrategia Sun Tzu (Arte de la guerra, capítulo 3): conocer al enemigo.
¿Qué hago yo leyendo a un ideólogo de la ultra-derecha?
Pura estrategia Sun Tzu (Arte de la guerra, capítulo 3): conocer al enemigo.
Compré el libro por dos razones sencillas: porque el precio era ínfimo (prueba de que ya nadie te estima), y porque en la tabla de contenido decías incluir una semblanza de Álvaro Cepeda Samudio (lo cual me inquieta, por ser Samudio autor de obligada aparición en este blog, y porque aparte del testimonio que deja GGM en Cien años de soledad y en Vivir para montarla, sólo había leído respecto a Samudio el testimonio de Daniel Samper incluido de prólogo en una Antología publicada en Áncora).
Dices de Cepeda que fue tu amigo, que comparten algo que les hermana: la forma de fracasar. Dices que Samudio se puso al servicio de un poderoso industrial barrranquillero (Mario Santodomingo, el papá de Marito Shopping mall), y la literatura, que es una dama libidinal que no admite extrañas asociaciones ni fastuosos amancebamientos, lo desterró de sus dominios:
Casi lo mismo podríamos nosotros acotar de ti con sólo parafrasear el frangmento de arriba (y con borrar el nombre de Álvaro para poner en su lugar Plinio Apuleyo):
¿No fue eso lo que llevó a venderte una vez más al último presidente de turno, como ideólogo de una novedosa y sutil forma de violencia sádica expresada en este oxímoron: seguridad democrática?
¿Qué buscabas Plinio, con tu lambonería procaz?
¿Gloria fácil? ¿Una embajada? ¿La de Portugal?
¿Y ahora, en la era Santos, tu defendido, qué buscás, la de Francia?
Te jodiste, sapo. Ya no te necesitan como ideólogo para un pueblo donde las mayorías son pobres de derecha.
Sí, ya sé, si te detesto ¿por qué entonces sigo leyendo el libro donde expones tus ideas que empiezan ya a radicalizarse en destellos y fragmentos fatuos?
Porque te quedó muy bien escrito, cabrón.
Fernando Botero
A Fernando Botero, pintor de triglicéridos, francamente lo acabas: lo retratas con una sagacidad sublime, como si cada palabra fuese una pincelada de Caravaggio. Lo dibujas tal y como lo desconocemos, tal y como fue hace añares en su ego libidinal: un Don Juan mutimillonario extraviado en las piernas de las ninfas parisinas. Un fauno de cachos y patas unguladas, pintor de gordas que, sin embargo, sólo come carne magra. Tú y Botero son los protagonistas de este round. Tú y Botero viven en París, años 40, se enamoran de las mismas mujeres, se desbancan, se rifan la carne joven, la asedian, la manosean, la desmembran y luego lanzan los huesos al tacho de desperdicios, y a los perros. El perfil tiene un título estupendo de Caravaggio: El fauno y el otro. El fauno es Botero. El otro eres tú. Una mujer los hermana, una mujer los separa.
García Márquez
Lo pusiste como entrada del menú, para descrestar con tu amistad con los célebres: ciento cincuenta páginas en un libro de 300, ¿no exageraste? Y peor: lo promocionaste como libro de semblanzas, cuando debía ser una biografía, la de GGM y tres estampas.
Se nota que fue publicado a dos años del Premio Nobel cuando todos los editores del mundo se peleaban desde un testimonio de cualquier cocinera a la que el Nobel haya estuprado, hasta un insulso poema del bachiller Gabriel José. Aquí pareces continuar con una vieja artimaña editorial que consiste en vender algo muy viejo y consabido haciéndolo pasar por nuevo. Ya habías publicado Olor de la Guayaba, la entrevista a García Márquez que te hizo famoso, muy a tu pesar. Ya GGM había escrito en una nota de prensa que le disgustaban esas estrategias de mercadeo que ponían su nombre al doble del tamaño de los autores incluidos en la antología, o de los autores reales de las entrevistas. Sin embargo, esta vez, dices de prólogo, no es más de lo mismo. ¿No? Tal vez tengas en parte razón. Ahora decides ofrecerle al mundo tu visión del Nobel desde el punto de vista de un testigo insobornable, crítico: el que vio a un costeño desastrado convertirse en una celebridad, y a un aprendiz de marxista en un socialista incondicional. Al comienzo lo sitúas en un cafetín de Bogotá hacia los años cuarenta. Le pones piel cetrina, bigote lánguido y un saco desguarangado. Dices que le cogió el culo a una mesera. Que la mesera lo despreció, que el futuro Nobel comentó que tal vez tenía la regla. Luego lo pones en Paris, en tiempos de vacas flacas, comiendo espaguetis viscosos y botellas de vino barato. Luego, juntos, siempre juntos, pasarán a Rusia, para ver lo que esconde la ridícula cortina de hierro, y allí se les desvelará el mundo a blanco y negro del comunismo soviético. Te distancias en el acto, no quieres una revolución para obreros tristes. GGM, por el contrario, se afianza. Luego lo invitas a Venezuela a presenciar la caída de un dictador. Luego lo pones al frente de una agencia cubana de prensa. Luego lo instalas en un escritorio de Nueva York con una varilla detrás del escritorio para defenderse de las amenazas de muerte de los exiliados. Luego lo instas a renunciar, y lo mandas por tierra hacia México, donde finalmente le abandonarás convertido en un escritor preparado para la fama (y presto a realizar una hazaña llamada Cien años de soledad y luego repetirla y superarla con otra llamada El otoño del patriarca). El GGM que nos ofreces es el hombre tras la celebridad, una bella demostración de integridad y carácter. Guardadas proporciones, una proyección del escritor que tú mismo soñaste ser, y no se pudo, por mediocre, porque GGM lo arriesgó todo sin recibir a cambio nada, cambió lo seguro por lo inseguro, la tranquilidad por la desesperación, y tú, Plinio, preferiste la comodidad de un escritorio, la lambonería al político de turno.
El gusano
Sin perder el impulso, ahora convertido en todo un anticomunista, harás gala ahora de tu nueva coherencia política. Llamas, entonces al pódium a un disidente cubano: Carlos Franqui. Con esa vida malograda de revolucionario envilecido por la burocracia comunista (y luego arrepentido) pretendes demostrar en el pellejo ajeno el tránsito de un pensamiento revolucionario a la praxis de una burocracia comunista. Horror.
Tan breve como aburrido.
El padre
El último perfil del libro está dedicado a tu padre, Plinio Mendoza Neira. ¿Es el mismo Plinio Mendoza que avanza cogido del brazo del caudillo del pueblo Jorge Eliecer Gaitán el día que lo matan en el centro de Bogotá? Sí, acabo de comprobarlo: está en todas las crónicas. A través de los hechos fundamentales de esa vida entregada al servicio público, construyes una versión sui generis sobre las convulsiones políticas en que se da el Frente Nacional (y que tuvieron en tu viejo un protagonista y testigo de esos hechos). Déjame decirte que el orgullo que sientes de los actos heroicos de tu papá, no me lo parecen tanto. Tu padre era un déspota. Un conspirador. Un atorrante liberal. Y aparte de todo: un padre castrador. Estabas jodido con un tipo así. Debiste matarlo. Lo bueno es que está narrado en segunda persona del singular (igual que este post), y ello le da un tono de intimidad, de cercanía, de sicoanálisis, de autoconfesión.
El pretexto de mostrar tu aparente oposición al padre, lo aprovechas para reflexionar sobre tu propia rebeldía, sobre las elecciones erradas que tomaste en la vida. Es a mi juicio, el mejor perfil de todos los cinco incluidos. Biografía, confesión, memoria familiar, crónica histórica, ensayo político: un relato esquivo, inasible, que desborda la clasificación en géneros. Planteas, al mismo tiempo, otra dimensión semántica de un término muy manoseado en Colombia: La violencia. En mayúscula. La de los años 50s. Dices que el término Violencia es inapropiado, porque el sustantivo solitario supone que fue la consecuencia irracional de un pueblo bárbaro, y no: Colombia es un país de analfabetas (aun tiene 20% de analfabetismo funcional), pero aquella violencia tuvo factores específicos que mediaron en su nivel de atrocidad: una violencia que tuvo culpables, con nombres propios, y son esos culpables quienes deben acompañar el término para que no siga siendo abstracto, para saber quién es quién en la historia de la hijueputez nacional: La Violencia laureanista, ospinista, llerista, rojista, roja, verde, liberal, conservadora, La Violencia de…; no La Violencia a secas. Inquietante postulado.
Guardo mis reservas conforme a tus definiciones políticas. Salpican todo. Lo envilecen todo. Sin embargo, el estilo de tu libro es impecable: el arado natural, continuo, de la prosa, está fracturado, y fragmentos enteros se pueden leer como versos, y podemos detenernos a saborear inclusive sus predicados:
Es una prosa enrarecida, partida arbitrariamente con la ilusión de parecer versos, llena de sinestesias, de hipálages, de horas inhumanas, de miradas huidizas de quienes ha cometido desfalcos, de cafés con sabor a achicoria, de olor a yodo de los hospitales (cuando aún no había ley 100 y los hospitales aun atendían a los enfermos y no los enviaban a morir en la comodidad de sus hogares). También cazaste uno de los símiles más bellos de la literatura colombiana. Página 225, elegía por la muerte de tu padre: “vi cómo descendió la muerte por su cara (pensé en la sombra de una nube corriendo por los campos, cuando el viento la empuja).”
La llama y el hielo, es así un libro de perfiles y vidas que tal vez sea el testimonio de primera mano más parcial y mezquino que se haya escrito sobre las celebridades, los artistas más famosos de Colombia: Botero y GGM.
Por eso mismo, tal vez el más fiel;
el más irreverente,
el que mejor los humaniza.
Una gran muestra de envidia pública.
La llama y el hielo
Plinio Mendoza
Editorial Planeta
1984
Páginas: 300
Dices de Cepeda que fue tu amigo, que comparten algo que les hermana: la forma de fracasar. Dices que Samudio se puso al servicio de un poderoso industrial barrranquillero (Mario Santodomingo, el papá de Marito Shopping mall), y la literatura, que es una dama libidinal que no admite extrañas asociaciones ni fastuosos amancebamientos, lo desterró de sus dominios:
"Razones profundas, inconscientes, le hicieron errar el camino. Buscaba un padre, me dijeron siempre sus amigos. Habiendo perdido el suyo desde niño, Álvaro buscaba un padre, es decir, buscaba quien supliera esa carencia afectiva: la autoridad, el afecto, la sombra reconfortante y segura que conjugara los fantasmas e incertidumbres de si infancia. Todo eso lo encontró en don Mario Santodomingo )(Álvaro tenía, pues, la ilusa impresión de participar en las grandes decisiones del mundo de los negocios y de la política, de influir, de demoler si era necesario, y el cigarro, el inmenso escritorio lleno de papeles y el teléfono repicando a toda hora, sus conversaciones con el gobernador de turno, con el alcalde o con los senadores del departamento y el gesto fácil con que firmaba el vale después de invitar a almorzar a veinte personas, todo aquello se confabulaba para arrebatarle a manotazos un tiempo precioso a lo que ha debido ser su actividad vital, escribir. Estaba alienándose sin saberlo, encandilado por la fuerza que irradiaba el viejo, y también por la personalidad de Julio Mario, su hijo y heredero."
Casi lo mismo podríamos nosotros acotar de ti con sólo parafrasear el frangmento de arriba (y con borrar el nombre de Álvaro para poner en su lugar Plinio Apuleyo):
¿No fue eso lo que llevó a venderte una vez más al último presidente de turno, como ideólogo de una novedosa y sutil forma de violencia sádica expresada en este oxímoron: seguridad democrática?
¿Qué buscabas Plinio, con tu lambonería procaz?
¿Gloria fácil? ¿Una embajada? ¿La de Portugal?
¿Y ahora, en la era Santos, tu defendido, qué buscás, la de Francia?
Te jodiste, sapo. Ya no te necesitan como ideólogo para un pueblo donde las mayorías son pobres de derecha.
Sí, ya sé, si te detesto ¿por qué entonces sigo leyendo el libro donde expones tus ideas que empiezan ya a radicalizarse en destellos y fragmentos fatuos?
Porque te quedó muy bien escrito, cabrón.
Fernando Botero
A Fernando Botero, pintor de triglicéridos, francamente lo acabas: lo retratas con una sagacidad sublime, como si cada palabra fuese una pincelada de Caravaggio. Lo dibujas tal y como lo desconocemos, tal y como fue hace añares en su ego libidinal: un Don Juan mutimillonario extraviado en las piernas de las ninfas parisinas. Un fauno de cachos y patas unguladas, pintor de gordas que, sin embargo, sólo come carne magra. Tú y Botero son los protagonistas de este round. Tú y Botero viven en París, años 40, se enamoran de las mismas mujeres, se desbancan, se rifan la carne joven, la asedian, la manosean, la desmembran y luego lanzan los huesos al tacho de desperdicios, y a los perros. El perfil tiene un título estupendo de Caravaggio: El fauno y el otro. El fauno es Botero. El otro eres tú. Una mujer los hermana, una mujer los separa.
García Márquez
Lo pusiste como entrada del menú, para descrestar con tu amistad con los célebres: ciento cincuenta páginas en un libro de 300, ¿no exageraste? Y peor: lo promocionaste como libro de semblanzas, cuando debía ser una biografía, la de GGM y tres estampas.
Se nota que fue publicado a dos años del Premio Nobel cuando todos los editores del mundo se peleaban desde un testimonio de cualquier cocinera a la que el Nobel haya estuprado, hasta un insulso poema del bachiller Gabriel José. Aquí pareces continuar con una vieja artimaña editorial que consiste en vender algo muy viejo y consabido haciéndolo pasar por nuevo. Ya habías publicado Olor de la Guayaba, la entrevista a García Márquez que te hizo famoso, muy a tu pesar. Ya GGM había escrito en una nota de prensa que le disgustaban esas estrategias de mercadeo que ponían su nombre al doble del tamaño de los autores incluidos en la antología, o de los autores reales de las entrevistas. Sin embargo, esta vez, dices de prólogo, no es más de lo mismo. ¿No? Tal vez tengas en parte razón. Ahora decides ofrecerle al mundo tu visión del Nobel desde el punto de vista de un testigo insobornable, crítico: el que vio a un costeño desastrado convertirse en una celebridad, y a un aprendiz de marxista en un socialista incondicional. Al comienzo lo sitúas en un cafetín de Bogotá hacia los años cuarenta. Le pones piel cetrina, bigote lánguido y un saco desguarangado. Dices que le cogió el culo a una mesera. Que la mesera lo despreció, que el futuro Nobel comentó que tal vez tenía la regla. Luego lo pones en Paris, en tiempos de vacas flacas, comiendo espaguetis viscosos y botellas de vino barato. Luego, juntos, siempre juntos, pasarán a Rusia, para ver lo que esconde la ridícula cortina de hierro, y allí se les desvelará el mundo a blanco y negro del comunismo soviético. Te distancias en el acto, no quieres una revolución para obreros tristes. GGM, por el contrario, se afianza. Luego lo invitas a Venezuela a presenciar la caída de un dictador. Luego lo pones al frente de una agencia cubana de prensa. Luego lo instalas en un escritorio de Nueva York con una varilla detrás del escritorio para defenderse de las amenazas de muerte de los exiliados. Luego lo instas a renunciar, y lo mandas por tierra hacia México, donde finalmente le abandonarás convertido en un escritor preparado para la fama (y presto a realizar una hazaña llamada Cien años de soledad y luego repetirla y superarla con otra llamada El otoño del patriarca). El GGM que nos ofreces es el hombre tras la celebridad, una bella demostración de integridad y carácter. Guardadas proporciones, una proyección del escritor que tú mismo soñaste ser, y no se pudo, por mediocre, porque GGM lo arriesgó todo sin recibir a cambio nada, cambió lo seguro por lo inseguro, la tranquilidad por la desesperación, y tú, Plinio, preferiste la comodidad de un escritorio, la lambonería al político de turno.
El gusano
Sin perder el impulso, ahora convertido en todo un anticomunista, harás gala ahora de tu nueva coherencia política. Llamas, entonces al pódium a un disidente cubano: Carlos Franqui. Con esa vida malograda de revolucionario envilecido por la burocracia comunista (y luego arrepentido) pretendes demostrar en el pellejo ajeno el tránsito de un pensamiento revolucionario a la praxis de una burocracia comunista. Horror.
Tan breve como aburrido.
El padre
El último perfil del libro está dedicado a tu padre, Plinio Mendoza Neira. ¿Es el mismo Plinio Mendoza que avanza cogido del brazo del caudillo del pueblo Jorge Eliecer Gaitán el día que lo matan en el centro de Bogotá? Sí, acabo de comprobarlo: está en todas las crónicas. A través de los hechos fundamentales de esa vida entregada al servicio público, construyes una versión sui generis sobre las convulsiones políticas en que se da el Frente Nacional (y que tuvieron en tu viejo un protagonista y testigo de esos hechos). Déjame decirte que el orgullo que sientes de los actos heroicos de tu papá, no me lo parecen tanto. Tu padre era un déspota. Un conspirador. Un atorrante liberal. Y aparte de todo: un padre castrador. Estabas jodido con un tipo así. Debiste matarlo. Lo bueno es que está narrado en segunda persona del singular (igual que este post), y ello le da un tono de intimidad, de cercanía, de sicoanálisis, de autoconfesión.
El pretexto de mostrar tu aparente oposición al padre, lo aprovechas para reflexionar sobre tu propia rebeldía, sobre las elecciones erradas que tomaste en la vida. Es a mi juicio, el mejor perfil de todos los cinco incluidos. Biografía, confesión, memoria familiar, crónica histórica, ensayo político: un relato esquivo, inasible, que desborda la clasificación en géneros. Planteas, al mismo tiempo, otra dimensión semántica de un término muy manoseado en Colombia: La violencia. En mayúscula. La de los años 50s. Dices que el término Violencia es inapropiado, porque el sustantivo solitario supone que fue la consecuencia irracional de un pueblo bárbaro, y no: Colombia es un país de analfabetas (aun tiene 20% de analfabetismo funcional), pero aquella violencia tuvo factores específicos que mediaron en su nivel de atrocidad: una violencia que tuvo culpables, con nombres propios, y son esos culpables quienes deben acompañar el término para que no siga siendo abstracto, para saber quién es quién en la historia de la hijueputez nacional: La Violencia laureanista, ospinista, llerista, rojista, roja, verde, liberal, conservadora, La Violencia de…; no La Violencia a secas. Inquietante postulado.
Guardo mis reservas conforme a tus definiciones políticas. Salpican todo. Lo envilecen todo. Sin embargo, el estilo de tu libro es impecable: el arado natural, continuo, de la prosa, está fracturado, y fragmentos enteros se pueden leer como versos, y podemos detenernos a saborear inclusive sus predicados:
“Y la luz del amanecer en las ventanas
y candelabros de plata sobre la mesa
y en la mesa, enorme y cubierta por un mantel recién almidonado, un festin digno de la antigua Persia
con todo lo que puede pescarse en el mar y cazarse sonre la tierra y en el agua de las lagunas
(langosta, langostinos, camarones, ostras, seviche, sierra, pargo, róbalo, caracoles y almejas, pero también patos, cerdo, venado, res, conejo y gallina)
y toda suerte de vinos.
Cosas que los bárbaros bebían y devoraban con ferocidad, sudando siempre, ante el constante asombro de la alemana, y del homenajeado que no podía alzar los ojos de su plato sin encontrar miradas de apiadado desprecio:
-¡Disque durmiendo, qué huevos!
Un suspiro de resignación, y luego:
-¡Cachaco tenías que ser!”
Es una prosa enrarecida, partida arbitrariamente con la ilusión de parecer versos, llena de sinestesias, de hipálages, de horas inhumanas, de miradas huidizas de quienes ha cometido desfalcos, de cafés con sabor a achicoria, de olor a yodo de los hospitales (cuando aún no había ley 100 y los hospitales aun atendían a los enfermos y no los enviaban a morir en la comodidad de sus hogares). También cazaste uno de los símiles más bellos de la literatura colombiana. Página 225, elegía por la muerte de tu padre: “vi cómo descendió la muerte por su cara (pensé en la sombra de una nube corriendo por los campos, cuando el viento la empuja).”
La llama y el hielo, es así un libro de perfiles y vidas que tal vez sea el testimonio de primera mano más parcial y mezquino que se haya escrito sobre las celebridades, los artistas más famosos de Colombia: Botero y GGM.
Por eso mismo, tal vez el más fiel;
el más irreverente,
el que mejor los humaniza.
Una gran muestra de envidia pública.
La llama y el hielo
Plinio Mendoza
Editorial Planeta
1984
Páginas: 300
- noviembre 09, 2010
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Sí, ya se.
Esta reseña parece tan vieja como el libro que compete.
Pero no me importa:
Hay un afán estúpido (por vanidoso) entre los que han vivido acontecimientos históricos y es el de manifestar que los vivieron. Ese interés de escritor entre escritores por decir “yo también estuve allí”, lo encuentro en este libro antiguo escrito por José Donoso y llamado Historia personal del boom.
Donoso, el chileno, el que ocupó la quinta banca de una mesa que sólo tuvo cuatro: Cortázar, Fuentes, Márquez y Vargas Llosa.
Ese libro de memorias, por supuesto, hubiera querido escribirlo cualquier otro escritor que haya vivido los sesenta del siglo pasado con más o menos el éxito del que tuvo el propio Donoso a la sombra del boom.
Creo que estuvo bien que lo escribiera. ¿Por qué no? Es lícito ser vanidoso. Y es interesante saber hasta dónde es capaz de pavonearse aquel que sólo degustó un mendrugo de éxito del que sí probaron con creces los Vargas Llosa, los García Márquez, los Cortázar y los Carlos Fuentes.
Las memorias de Vargas Llosa (El pez en la cloaca) no tienen tanto detalle sobre esta época, y lo que hubiera sido de veras interesante saber lo mal logra varguitas intercalando capítulos infames sobre la campaña presidencial que perdió frente a Fujimori.
Las Memorias de García Márquez (Vivir para montarla), después del alzhaimer, quedaron incompletas y nos hemos perdido la oportunidad de saber de los años que comprenden la historia del boom.
¿Qué nos queda entonces?
Revisitar a Donoso.
Por Donoso, el pigmeo de Chile, el que vivió y viajó con gigantes, siempre ocupando la banca auxiliar del avión, por Donoso, digo, el enfermizo, el coleccionista de souvenirs literarios, el novelista magnífico de Dónde van a morir los elefantes y no el otro menos donostio, el hipocondriaco del Obsceno Pájaro, por él, repito, es que sabemos hoy del boom contado desde dentro.
La primera parte de su ensayo está escrita con el furor de una vieja chismosa que asiste al comienzo de los años setenta. Demuestra emoción devota y ciega por las obras maestras recién publicadas, y hace un intento de delimitación posible de verdaderos protagonismos en esa primera plana del boom comercial, para luego determinar la segunda plana, la protohistoria del boom y el tercer reglón de la literatura hispanoamericana conformado por Borges, Rulfo, Sábato, Onetti…
En medio de una época de detracciones y solemnidades, donde cualquiera se pegaba de un moco para alcanzar una brizna de celebridad, sólo las esposas de estos personajes, las que de veras fueron testigos externas, hubieran sido más objetivas que Donoso al querer contarnos la historieta del boom.
¿Será que Donoso también lo intuía?
¿Será que por eso Donoso incluye el apéndice de Pilar Donoso, su esposa, que con magnífico esnobismo y donosura y trivialidad pone a cada escritor en el nivel comercial que le correspondió en la gaveta del mercado editorial de Carmen Balcells y Carlos Barral en la segunda parte de este libro?
Ella dice, con cínica precisión, que Cortázar era “el de los ojos azules”, Vargas Llosa “el del pelo más lacio”, Fuentes “el más galante” y Márquez “el más huraño…” No dice por supuesto que su marido era el del donaire, el de la donosura, el afectado del grupo. Simplemente con su título lo expresa todo: "El boom doméstico", y allí anticipa la evocación meramente anecdótica de la que extraigo estos apartes:
"Después fuimos a la casa de Cortázar a pasar la tarde y allí sucedieron dos cosas importantes se fundó la revista Libre y Mario Vargas Llosa cambió de peinado. Le dije que no había derecho a que él, que tenía el pelo más bonito del boom, no lo luciera. Y luego (Vargas Llosa) volvió a Lima para ser jurado también, esta vez del Concurso de Miss Universo."
¿Quien hubiera podido decirlo con menos ironía que de una esposa de escritor?
Pero hay algo que resulta más elocuente y literario en este apéndice que en las extensiones enumerativas de su marido diciendo cada dos frases "yo estuve, yo lo viví, yo hice, en serio".
De modo que vamos a decirlo de una vez:
lo más interesante del libro de Donoso fue lo que escribió su mujer.
Punto.
Siempre he creído, desde que lo vi en un a entrevista, que Donoso tenía algo de femenino en si, algo de afeminado en la voz y una fectación de vieja chismosa.
Si no me creen, escúchenle un poco.
¿Se dan cuenta cómo dice "horrenda úlcera" y cómo toma el gauloise entre las yemas "como si fuese un mero susurro que arrastra el viento"?
La última parte del libro es otro apéndice con este título: "Diez años después".
Allí se nos muestra, sin embargo, a un Donoso diez años más humano, diez años menos efervescente, diez años menos chismoso, curado por la decepción y por un cáncer diez años más fecundo y que advierte ya las consecuencias meramente comerciales del fenómeno llamado boom, y que nos habla de las deserciones políticas que polarizaron todo y lograron fracturar la moldura inquebrantable del fenómeno.
Si se me permite abrir juicio sobre un libro tan viejo, a mi modo de ver, ese debía ser el verdadero tono del libro (si es que el pigmeo quería arrojar una interpretación más objetiva que baladronera).
Látima que el evanescente Donoso sólo diez años después se diera cuenta y pudiese dimensionar el cariz real del boom en el transcurso del tiempo.
En ese apéndice se nota menguado de entusiasmo, y entonces lo que parecía tan luminoso a comienzo de los años setenta (a comienzo del libro) de repente empieza a deslustrarse por su propio brillo.
Tal vez aquí es donde empieza realmente la delimitación del boom. Tal vez sólo así se puede decir algo que sea honesto en cualquier tema. Con distancia. Con frialdad. En los años ochentas y los que siguieron fue cuando Donoso comprobó con dureza el lugar al que se le relegaba y quizá se dio cuenta que había obras que no lograron sostenerse por mérito propio a través de esos malos años.
El suyo, el Obsceno Pájaro, no voló lejos.
Y todo Fuentes resulta un gran fiasco.
Sólo el tiempo, el bendito, el decantador, tendría la última palabra y demostraría qué obras merecieron un espacio al lado de los grandes del anaquel.
Por suerte, ni los editores del boom, ni los autores exitosos del mismo tendrán competencia en esta selección natural que será inmisericorde en años venideros...
A no ser que la academia sueca nos sorprenda este año con el esperado Nobel a Vargas Llosa y los periodistas culturales reaviven la misma estupida polémica:
¿Cómo se puede escribir después del boom?
Pues escribiendo, cabrones.
La conclusión final de Donoso es que finalmente son las obra maestras las que deben hablar y hacer perdurable al autor, no al revés.
Por eso propone hacer un nuevo apéndice y revisitar el boom a cada diez años de distancia.
Donoso ya murió.
Donoso ya murió.
Hace 39 años se publico su Historia Personal del Boom.
¿Qué hubiera escrito hoy cuando ya nadie lo lee?
¿Así que no te han contado, sicalíptico pájaro?
Te lo voy a decir en palabras del gran Nicanor:
Los cuatro grandes de la literatura chilena son dos:
Roberto
y
Bolaño
- marzo 04, 2009
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