Pelando la cebolla, Günter Grass

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Pelando la cebolla, Gunter Grass

Nacido en una ciudad menor de Polonia, Danzig, que sería la primera en ser reducida a escombros por el Reich y anexionada bajo el nombre de Gdansk, fue llamado a filas para el cuerpo de aviación (luftwaffe) en la que se mantuvo como ayudante de una batería antiaérea (que nunca llegó a disparar), luego sería trasladado como “donación Goering”, a las SS, para conformar, en el minuto postrero de la guerra, una división de refuerzo y detener el avance ruso; fue entrenado como ayudante de tanque en una flotilla panzer pero no llegó a entrar en combate porque su cuerpo de ejército fue neutralizado y se disgregó por el norte de Alemania. En la desbandada, Grass huyó con un cabo. Fueron heridos ambos (el cabo de gravedad, Grass de levedad) por las esquirlas de una granada, y así fue a dar a una ciudad-hospital, cerca al atlántico del norte, hasta que pasó a un campo de concentración de prisioneros de guerra al mando del general Patton, de Estados Unidos. Durante meses conoció el hambre de los barrancones y desconoció la suerte de su familia. Al ser dejado en libertad, se dirigió al occidente. Trabajó como ayudante de mineros en un socavón de hierro, y como contrabandista de trofeos de guerra (insignias, alfileres, gallardetes nazis que los americanos compraban con barras de pan y centímetros de mermelada). Encontró a su familia (padre, madre y hermana) vivos todos, violadas ellas, y fue a visitarlos, por 15 días. Allí decidió su suerte como artista, y ante la negativa familiar y la duda (por no ser bachiller) decidió emprender el camino a pie hacia una escuela de tallado. La escuela no le exigió bachillerato, pero tampoco lo admitió, puesto que habían cerrado ese invierno a falta de carbón para calentarse. Por recomendación del maestro escultor fue a buscar trabajo con los picapedreros que labraban piedras y losas para lápidas y fachadas de edificios en reconstrucción. Luego conseguiría ser admitido con un maestro en la Escuela de Artes donde habría de hallar su lugar como aprendiz de artista. La ruptura con la academia vino al atreverse a desafiar a su maestro en el tallado de un desnudo obsceno: una mujer con los muslos y la vagina ligeramente generosos, pero demasiado abiertos. El maestro se negó a aceptar la pieza. Entonces renunció a la escuela y empezó un largo peregrinaje por Alemania, Italia y Francia en busca de los epicentros del arte renacentista y romano. Cada uno de estos viajes es narrado en el libro de memorias por incidentes y personajes hallados y recobrados. Cada episodio reconstruye los momentos, objetos, personas, decisiones y lugares de que está compuesto El tambor de hojalata, La ratesa, El rodaballo, Diario de un caracol, Mi siglo, Malos presagios, Años de perro; los poemas y pinturas y esculturas que conforman la summa creativa de Günter Grass.

Pelando la cebolla es un intento de recordación para “tener la última palabra”, se excusa Grass.
¿En qué tenerla? ¿En la experiencia de soldado nazi adscrito al cuerpo que provocó el holocausto? ¿En los orígenes de EL tambor de hojalata, tan perseguido y debatido por los exégetas? ¿En su propia vida privada expuesta ahora públicamente? El ejercicio de recordación de Grass pretende tener simetría con las capas de piel que se superponen en las cebollas, y que se respaldan y cubren unas con otras. Como todas las memorias el autor introduce una excusa para justificar el ejercicio egotista de recordación pública: elige la tercera persona del singular como primer párrafo y así resuelve los tránsitos que hará a lo largo de la memoria a la primera persona (en el presente), diferenciando los dos planos en el que el verdadero protagonista es el Günter Grass del pasado; así se distancia y pondera la vida que tuvo, amparándose en la técnica novelística, convirtiéndose a sí mismo en personaje, sojuzgando sus acciones como si fueran actuaciones de otro, adelantando experiencias que nutrieron su obra y las fechas que lo decidieron todo. El escenario y las fechas abarcan de los 12 a los 33 años, cuando aún es aprendiz de todo; Grass, de nuevo, elige la guerra. La guerra que es la mejor novelista, porque afecta a todos por igual y hace tambalear los valores más absolutos de las sociedades y pone a todos a vivir al extremo con una sola prédica: subsistir. Salvarse. Sin embargo, la guerra es un pretexto para el decorado de la vida, para revelar su trasfondo. Günter Grass, un soldado peripatético que habla con todos y nunca mata, un excéntrico artillero que se convertirá en un hambriento aprendiz de cocinero cuando acabe en la barraca como prisionero de guerra, un autodidacta que aspirará a hacerse aprendiz de escultor, un artista de la escultura gobernado por la lujuria adolescente, un viajero extraviado por un continente aporreado por la guerra. No es simplemente la guerra: es la forma de sobrevivir y de reconstruir una vida después de haber asistido, o cohonestado, la tragedia, lo que importa. A nosotros, los que no vimos ni sobrevivimos a ninguna guerra mundial, y sólo la tenemos como escenario en películas y en un puñado de grandes libros, lo que nos interesa es descubrir de dónde, de qué experiencias vitales, de qué descontentos, de qué derrotas, se valió el autor para nutrir una obra absoluta llamada El tambor de hojalata. Eso.

Ahora, por fin, podemos seguir su proceso de creación casi capítulo por capítulo, personaje tras personaje: recuerdos dobles que se enlazan, recuerdos simples a los que se van superponiendo metáforas, personas una vez conocidas (a veces por única vez) pero que tuvieron un gesto amable o displicente con el autor: Klee, el trompetista que cocinaba espaguetis viscosos: unión de un amigo jazzista y de un maestro pintor; las faldas de la abuela y el campo de patatas cachubo donde inicia el libro: mezcla de las faldas de la tía y un ballet compuesto para la esposa y el campo de patatas de la abuela cachuba donde está hoy situado el aeropuerto de Gdansk; el álbum de estampillas: un verdadero álbum de estampillas con ilustraciones del arte que coleccionaba la madre del escritor en su infancia; Jan Bronski: el primo de la madre, que fue el único miembro familiar que se opuso a la invasión nazi y quien luchó en El correo Polaco de Danzig -lo que le costaría ser borrado como un mal secreto de la memoria familiar-; el circo del liliputiense Bebra: una contemplación fugaz del circo del ejército nazi, contemplado por única vez entre dos estaciones de tren camino al Atlántico del Norte; las modelos, Ulla, la Madona Superestar: las damas que hacían de modelos y que aparecieron en la sala de desnudo de la escuela de Bellas Artes de Dusseldorf -primero como amores fugaces y luego como prueba y dualismo de artista que se debatía siempre entre el amor solemne y la vocación-; la estera de coco que hacía parte del ajuar de la novia, en el primer contubernio con una mujer, y que pasaría al libro como escenario con el mismo uso que se le dio en la vida sexual; el pipí de cerámica del niño Dios, destrozado en la iglesia de Danzig, se convertirá para la literatura en un gesto de rebelión del artista y el humano contra un Dios lujurioso que se impone abstracto; la contemplación de las ruinas de las ciudades nazis, de los vestigios contemplados al paso del soldado que huye, de las mujeres violadas, que se trasladarán a la tercera parte de la novela tal como fueron vistas; el recuerdo de un padre amilanado que se trasladará a la novela como el prototipo del padre pusilánime; la fijación por la madre que devino de haber tenido una madre complaciente; el sanatorio donde el protagonista del libro, Oskar Matzerat, tamborilero, escultor, empieza a escribir su propia historia, es el trasunto de un monasterio Franciscano donde al autor, tamborilero, escultor, se le dio alojamiento en el momento en que estaba completamente desamparado; y, finalmente, el encuentro fugaz, en una ciudad Suiza, durante una cena, de un niño que irrumpe en un comedor donde se habla y debate de arte, llevando un tambor de hojalata y dos baquetas en mano, desenvuelto y baladronero, seguro de sí mismo, imagen que se unirá como piel de cebolla, como metáfora, al concepto de un niño deforme que se niega a crecer.

En Pelando la cebolla están las claves para aproximarse al corazón de El tambor de hojalata, uno de los libros por los que el siglo XX se salva de ser visto como sofisticación de la barbarie. Pero, ¿a quién le importa desentrañar esas claves? A un puñado de fanáticos lectores.

No nos engañemos: los libros incluyen sus propias claves. En estas memorias tal vez sean las preguntas reveladas, sobre la vida y el oficio de artista, más importantes que las claves para entender la literatura: ¿Cómo una vida y la culpa de los errores y actos del pasado se convierten en arte? ¿Cómo el arte es superior a la vida misma porque la transforma y la salvaguarda y la llena de sentido? ¿Cómo se fija en la memoria un recuerdo trivial o inesperado que, con los años, se presentará cargado de significados? ¿Cómo el hambre de hacer arte es tan aprehensiva como la necesidad de saciar el cuerpo? ¿Cómo se direccionan las decisiones de una vida cuando el arte se ha convertido en una pasión irrefrenable?

“En cualquier caso, la tertulia familiar en torno a la mesa de café estaba aún plenamente dedicada a la conversación, en parte en alto alemán y en parte en suizo-alemán, cuando un chico de unos tres años, hijo de la hermana de mi clarividente amiga del cine, con un tambor de niño colgado, entró en el cuarto de estar lleno de humo, golpeando con palillos de madera la redonda hojalata. Dio dos golpes a la derecha, uno a la izquierda. Al hacerlo, no hizo caso de los adultos reunidos, atravesó el cuarto y dio varias veces la vuelta a los contertulios, sin dejar de tamborilear constantemente. No se le pudo distraer ofreciéndole chocolate ni con ridículas voces, parecía calar a todos y cada uno, y de pronto se dio la vuelta y salió del cuarto por donde había venido. Una entrada con resonancias, una imagen que quedó. No obstante, pasaría mucho tiempo hasta que el cerrojo se abriera y se liberara la corriente de imágenes con lo que flotaba en ella, dejando salir palabras que, desde mi infancia, llenaban el calcetín donde guardaba mis ahorros.”
Pg 358-359 

Pelando la cebolla, Günter Grass, Alfaguara

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