Presagios: Edipo rey y sistemas de anunciación II

6:07


Edipo Rey Sofocles
Fotos: Diane Arbus

La acción se inicia cuando el pueblo pide a su rey hacer algo para desterrar la peste. Edipo promete averiguar la causa de ese castigo de los dioses. Es entonces cuando se entera que la causa es la impunidad de un crimen: el rey anterior, Layo, fue asesinado y su asesino sigue impune. Adelanta entonces una investigación para dar con ese asesino y cesar con la peste. Tras la investigación, Edipo descubre que él mismo es el asesino. Que Layo era su padre y que ha desposado y ha engendrado hijos en su madre, tal como lo vaticinaron en su juventud otros oraculos.
En la primera secuencia el pueblo congregado en el ágora clama a Edipo que piense y busque solución a la peste. Edipo anuncia que ha enviado al oráculo de Apolo a su cuñado Creonte con el fin de que las pitonisas le informen lo que debe hacer para enfrentar la peste. En el momento que acaba de jurar a su pueblo hacer algo (salvar a la ciudad como hizo antes, al liberarla de la temible esfinge a la que venció revelando el acertijo) llega Creonte con la respuesta del oráculo:

CREONTE:
Voy, pues, a repetir lo que oí de boca del dios. El rey Apolo nos
ordena expresamente lavar una mancha que ha sufrido este país
y no dejarla crecer hasta que no tenga remedio.
EDIPO:
¿Por medio de qué purificaciones? ¿Cómo nos libraremos de
esta calamidad?
CREONTE:
Desterrando a un culpable, o expiando un homicidio con otro
homicidio, pues una sangre derramada es la causa de las
desventuras de Tebas.
EDIPO:
Pero ¿a qué hombre se refiere ese homicidio?
CREONTE:
Príncipe, antes que vinieras a gobernar esta ciudad, teníamos
un rey, jefe de esta tierra, que se llamaba Layo.
EDIPO:
Así me lo han dicho, aunque yo no lo vi nunca.
CREONTE:
Pues habiendo sido asesinado ese rey, el dios nos ordena castigar
a sus matadores, sean quienes fueren.
EDIPO:
Pero ¿dónde están? Dónde podemos encontrar la pista tan difícil
de un crimen tan antiguo?
CREONTE:
El dios asegura que los matadores están en el país. Lo que se
busca, se encuentra; lo que se descuida, se pierde.
EDIPO (Reflexionando un instante.):
¿Fue en su palacio, en nuestros campos o en tierra extranjera
donde tuvo efecto el crimen que costó la vida a Layo?
CREONTE:
Salió del país, según se dijo, para ir a consultar al oráculo y no
volvió al seno de su hogar desde que de él partió.
EDIPO:
¿Y no envió ningún mensajero ni ningún compañero de viaje,
nada que nos pudiera ser útil para nuestra información?
CREONTE:
Todos murieron, excepto uno solo, a quien el miedo hizo huir,
que de todo lo que vio pudo decir más que una sola cosa segura.

El pueblo, el sacerdote y el mensajero serán entonces los testigos que necesita la profecía para ser promesa. El primer factor: un augurio y un testigo. Estos oidores de la promesa harán que las palabras del oráculo tomen luego todo su sentido trágico. Con este hallazgo acaba la primera secuencia. Ahora vendrán seis secuencias más hasta que veamos consumarse el oráculo.

La siguiente secuencia se enfoca en la pesquisa de Edipo para averiguar, por versión del único testigo, quién mató a Layo. Edipo dice necesitar un indicio para reconstruir la verdad. Después de exigir a toda la ciudad que no haya encubrimiento alguno y que quien sepa algo está obligado a declarar, pasa a sellar el pacto con su destino.
Edipo, como saben hasta los que no han leído la tragedia, después de descubrir que fue él quien mató a Layo, descubrirá algo peor: que Layo es su verdadero padre y que al desposar a la esposa de Layo desposó y engendró hijos en su madre. Yocasta, se llama la dama y se suicidará al saberlo. Edipo, se arrancará los ojos con los botones de la túnica de su esposa y parte al destierro con su hija Antígona que le sirve de lazarilla.
Los siguientes son los términos con que Edipo rey anuncia castigar a quien sea cómplice o culpable del crimen de Layo y que tendrá que usar al final contra su propia humanidad:

EDIPO
«Prohibo a todos los habitantes de esta tierra sobre la que se
extienden mi poder y mi trono, que reciba a ese hombre, sea
quien fuere; que le dirija la palabra, que le admita en las plegarias
comunes y en los sacrificios, y que comparta con él el agua
lustral. Que, por el contrario, le, ahuyente de su casa como a un
ser impuro, causante de la peste, según acaba de revelármelo el
oráculo pítico. De este modo, creo poder ser auxiliar de la
divinidad y vengador del rey que ya no existe; y así, que el
criminal desconocido, bien que haya obrado solo, bien que haya
tenido cómplices, se vea condenado a arrastrar una vida
desgraciada de maldición y de miseria. Y deseo que esta
maldición que acabo de lanzar contra los criminales, caiga sobre
mi casa si en ella yo, de buena fe y sin saberlo, lo hubiera
introducido en mi hogar. Os ordeno, por tanto, que ejecutéis
todas mis órdenes por respeto hacia mí, por reverencia al dios
y también por miramiento a esta tierra condenada a perecer
ante nuestros ojos, agotada por la esterilidad y arruinada por el
abandono de los dioses. Y aun cuando esta purificación no se
os hubiera exigido por numen celeste, no podríais seguir
permitiendo que este país continuase manchado por la muerte
de un hombre que era una persona eminentemente honrada y
vuestro rey; por eso era preciso haber buscado a los culpables.”

Otra característica del numen y los oráculos y de las profecías son el desparpajo con que se dicen las palabras que después se volverán en contra. Notemos que su imprecación es implacable e incluye desprevenidamente a su propia casta (si alguno está manchado con la sangre de Layo, lo cual duda). La magnitud de la condena, que si fuera otra la ocasión podría ser tomada como la imprecación natural contra un criminal cualquiera, concentrará la tensión y magnificará el peso de su significado al final, cuando Edipo asuma que será castigado de la forma que selló con sus propias palabras, antes de saber cómo se resolvería aquel caso. Es así que se magnifican y se fijan en la memoria de los testigos las últimas palabras dichas antes de que la profecía se vuelva en contra. Otro buen truco literario de dosificación (Sófocles fue quien contestó que un argumento era un hilo al que se le hace un nudo para luego desatarlo) que la literatura sabría explotar en los siglos venideros: Me negarás tres veces, anuncia Jesús a Simón Pedro, y tú me traicionarás, Judas ¿yo? Qué va…

Ahora aparece Tiresias, el ciego que vivió media vida como mujer y otra media como adivino. Es convocado a interpretar el oráculo. En su intervención, el adivino se lamenta así:

TIRESIAS:
¡Ay! ¡Ay! ¡Cuán atroz es saber, cuando no trae provecho ni
siquiera al que sabe! Convencido estaba de ello, pero lo había
olvidado: no debería haber venido.

Luego se limitará a confirmar el oráculo a través de lo que ve en su ceguera. Pero ahora le advierte al Edipo que es mejor no indagar en lo que nos hará daño. Edipo se opone a su partida y conmina al ciego a decir lo que sabe. Después de un intercambio airado con el adivino, en que éste sugiere las tensiones de poder entre castas tebanas, Tiresisas se retira con una nueva forma de acentuar el augurio:“El día de hoy te hará nacer y perecer”

La obra contiene presagios múltiples, testigos múltiples y desenlaces significativos, múltiples. Tiene todos los factores (antecedente, consecuente, testigo), y todos los presagios se cumplen. Es un encuentro de fatalidades: el rey insistirá en su investigación hasta desentrañar todas las claves que lo llevarán a su perdición. El dramaturgo dosifica información y aclarará un indicio por cada escena, pero sólo hasta la última Edipo no entenderá ni atará los cabos. Al comienzo porfía y promete pena ejemplar para quien haya cometido el crimen, sin saber aun que tendrá que cumplir esa promesa contra sí mismo, porque él mismo es el asesino. Después, la confirmación anticipada de Tiresias y su puesta en duda por parte de Edipo enquista y compromete a Edipo con el destino. Héroe trágico, Edipo tendrá que reconocer, al final, la razón del adivino.
A la partida de Tiresias, Edipo ingresa en el palacio y empieza la tercera secuencia.

Ahora habla con su cuñado Creonte y lo acusa de pretender usurpar el trono de Tebas. Creonte se defiende. Llega Yocasta, la esposa, que antes de cesar el sol se convertirá en madre de su esposo. Pregunta a qué se debe tal discusión. Los contendores eluden el tema, y Edipo pasa a confesar a su mujer que el adivino Tiresias le vaticinó un mal presagio, lo cual le preocupa. Ella se apresura a desmentir a los adivinos. En su juventud a ella misma le vaticinaron un final temible que se conjuró: a su ex marido, el rey Layo, el oráculo predicó que lo mataría su propio hijo; pero la verdad (para ella) es que Layo murió en el extranjero por mano de bandidos y a su primogénito lo lanzó a un agujero tres días después de nacido para conjurar ese destino.
Edipo se inquieta al saber que Layo murió en un cruce de caminos. Pregunta en detalle cómo fue el hecho. Yocasta lo narra, tal como lo contó el único sobreviviente del episodio. Edipo empieza a temer que el oráculo no esté tan errado. Ella lo nota meditabundo. Él refiere a Yocasta la causa de su aflicción, narrando cómo tal vez él mismo pueda ser la causa de la peste de Tebas, porque acaso pueda haber matado al rey Layo. Aclara a su esposa que después de huir de Corinto, su patria, para averiguar en el oráculo de Delfos si era o no hijo adoptivo (duda que sembró en él un extranjero), el oráculo en Delfos no le esclareció nada y solo dejó en el aire un vaticinio feroz: mataría a su padre y se casaría con su madre. Aterrado, Edipo tomo un camino que lo llevara lo más lejos que pudiera de Corinto y fue en un cruce de camino cuando la caravana del rey Layo se le atravesó y lo arroyó. Furioso, Edipo se trenzó en una pelea con los escuderos, matándolos y matando al rey de paso.
Con base en el juramento proferido ante el pueblo de desterrar a quien haya asesinado al rey Layo, Edipo teme ahora que otro oráculo, aun más antiguo, empiece a cumplirse.

Hay que destacar que nosotros conocemos de antemano el conflicto central de la tragedia de Edipo antes de leer la obra. Pero Edipo no conoce su propia tragedia. De modo que aun suponga que es el asesino del antiguo rey de Tebas, pero crea aun que es hijo del rey de Corinto. Otra falsa conjetura que aprovecha el dramaturgo. Edipo sabe que tal vez se cumplido un oráculo reciente, pero ignora que el oráculo real, el primero, que motivó su huida de Corinto, se ha concretado hace muchos años. Aun cree que la profecía está en el futuro. Es una característica de las premoniciones postergadas: sólo existirán hasta que las veamos; es decir, hasta que los antecedentes cobren sentido para nosotros. La vida, los actos de una vida, solo se pueden ver cuando la vida cesa, es decir cuando asistimos a los estragos y las consecuencias de lo que hicimos. Edipo aun no ata cabos. Sigue creyendo que su padre es otro. Yocasta, escéptica, víctima de un oráculo que no se cumplió, tranquiliza a su esposo con estas razones:

YOCASTA:
No te atormentes por lo que me estás diciendo. Escúchame y
te convencerás de que no hay ningún mortal que entienda una
palabra de profecías. En pocas palabras te daré una prueba de
ello. Hace tiempo, un oráculo, transmitido no diré que por el
mismo Apolo,   sino  a   través   de   uno  de   sus   servidores,
pronosticaba a Layo que su destino era morir a manos de un
hijo suyo que le nacería de mí. Pues a pesar de eso, a Layo le
mataron hace tiempo, por lo menos eso dice la opinión general,
unos bandidos extranjeros, en el cruce de tres caminos. Y
respecto de su hijo, cuando sólo hacía tres días que éste había
nacido, Layo lo entregó, con los pies bien atados por los tobillos,
a manos mercenarias, para que lo arrojasen al fondo de una
sima impenetrable de una montaña.  Ahí tienes cómo ni Apolo
ha cumplido sus oráculos ni el hijo de Layo mató a su padre. Y
Layo no murió como él con tanto horror temía, a manos de su
Hijo”

Empieza entonces la cuarta secuencia: Yocasta enfrentará los vaticinios con un agüero: flores blancas ofrendadas a los dioses.
Aquí una breve digresión sólo para acotar que los misterios, las ofrendas y bailes, referían a ritos paganos de la antigüedad en que a los dioses de cada faceta de la vida eran ofrendados para recibir su condescendencia, amparo o beneficio. A la diosa Ceres los campesinos solían bailar en la era para que fecundara las cosechas. A Baco se le hacía una fiesta de trasvestidos, las bacanales, en que todos se emborrachaban a imagen y semejanza del dios. Para Apolo, dios de la poesía y la música, no había nada mejor que los juegos olímpicos (que incluían maratones de teatro y arpa y oratoria). Los agüeros (misterios) de hoy, surgen como un rezago de las ofrendas paganas, como metonimia. Es una forma de la magia simpática en la que se celebra un rito usando la parte por el todo para satisfacer al inconsciente. En la tierra de agüeros de la que vengo, si una mujer quiere quedar embarazada y no ha podido, buscará a un bebé de brazos y lo acostará en su propia cama. Es un mensaje al inconsciente. Si una soltera recalcitrante quiere conseguir novio, atará una efigie de San Antonio a la pata de la cama y le arrebatará al niño de brazos (que usualmente se representa en su iconografía). Si alguien quiere conseguir dinero para comprar una casa llevará una casa en miniatura y la pondrá en el altar de una iglesia. Si anhelamos una vejez protegida daremos caridad los días lunes a los viejos menesterosos. Metonimia es la parte por el todo.
Mientras Yocasta conjura los presagios con flores blancas, llegará a Tebas un mensajero desde Corinto para anunciar que esa ciudad reclama a Edipo como nuevo rey, ya que su padre, Pólibo, acaba de morir, de viejo.
Si esto es así, razona Yocasta, entonces los oráculos han vuelto a fallar, porque Edipo no pudo matar a su padre a tal distancia.
Ella tampoco sospecha aun que Edipo no sea otra cosa que un extranjero.
Entra Edipo y se tranquiliza por ver que una parte del oráculo se derrumba: él no tiene nada qué ver con la muerte del padre, a menos que Pólibo haya muerto de pena moral por su ausencia, lo que ennoblecería la muerte, pero lo excluiría de la culpa. Sin embargo, no es completa su tranquilidad, porque aun hay otra parte de ese oráculo antiguo que sigue en pie: ¿se casará con su madre?

EDIPO
“Pero, y lo del lecho de mi madre, ¿cómo dejar de temerlo?”

El mensajero pregunta si se debe a este temor infundado su ausencia de Corinto. Edipo asiente. El mensajero entonces le cuenta que no debe temer nada porque algo puede aseverar eso es que Edipo no era el hijo del rey Pólibo, puesto que el mismo mensajero fue quien obsequió al rey un niño hallado en los montes de Citerón cuando era pastor a su servicio. Resulta que Pólibo no había podido engendrar hijos, de modo que lo recibió a su cuidado. Edipo se inquieta y pregunta más al respecto. Ese hallazgo en verdad lo libera completamente de un temor infundado: matar a su padre Pólibo y desposar a su madre corinta, pero ahora infunde una nueva intriga en su lugar: ¿quién es su verdadero padre?
El pastor asegura que lo encontró de niño en manos de un pastor que lo torturaba atándole los tobillos con grilletes (de ahí viene su nombre, Oudipos, el de los pies hinchados) y que ese torturador pertenecía a los servidores del rey Layo. El mensajero confiesa esto con aparente alegría, para tranquilizar al rey de sus malos presagios. Sin embargo, lo que consigue es hacer que otras conjeturas despierten el terror de los antiguos oráculos.
Yocasta interviene vagamente, ahora con un cambio súbito de talante, sólo para advertir a Edipo que debe cesar de inmediato esa investigación. Sale.
Edipo supone que ella se avergüenza del origen pedestre de su marido (ahora revelado) y que por eso se marcha. No sabe aun que para ella el oráculo y su vida acaba de cobrar sentido por las palabras del mensajero.

Con la partida de Yocasta viene la quinta secuencia. Edipo luce entusiasmado ahora por descubrir su origen. Parece haber olvidado el presagio temible, al descartar que Pólibo sea su padre. Es una nueva postergación del hallazgo. A su presencia comparece el viejo pastor del rey Layo. Edipo lo interroga. Le exige confesar quién era y de dónde sacó al niño que ataba con grillos en un monte de Citerón. El viejo responde que se lo dio una mujer a quien el oráculo le había vaticinado algo atroz: el niño crecería y mataría a sus padres. La orden recibida de parte de la madre fue matarlo, pero no lo hizo, pensando que la enorme distancia conjuraría toda probabilidad de cumplimiento del oráculo.
Aquí el espectador o lector de la obra, testigo del cumplimiento ineludible de cada uno de los oráculos, ya ha atado todos los indicios, a la par que Edipo y que Yocasta. Somos nosotros, los espectadores, los testigos de tantos oráculos que se cumplen. Todo ha sido revelado.
Sólo resta saber ahora lo que provocó el oráculo al cumplirse.

Los griegos tenían la sapiencia de hacer que las muertes y los asesinatos ocurrieran por fuera de la escena teatral, porque una muerte actuada es inverosímil al ser representada con actores de hueso y carne. El testigo, un paje, le narra al coro lo acaecido dentro del palacio: Yocasta, consternada con el cumplimiento del oráculo tan temido, se ahorcó en su cuarto marital. Edipo corrió a buscarla después de tener su propia revelación, pero al encontrarla ahorcada se sacó los ojos con los broches del vestido de su esposa-madre.

Para la secuencia final aparece Edipo ciego. Es un Edipo que se lamenta, que ordena y condiciona su vida para afrontar el destino que le tocó en suerte: pide a Creonte el destierro, ordena a sus hijas el resguardo (porque ningún hombre querrá desposar a las hijas de un incesto y a la estirpe de un parricida).
Es una escena que me hace imaginar otros asuntos periféricos: ¿cómo sería el rostro de Yocasta? Si era la madre de Edipo, debía ser notablemente mayor que su segundo esposo que a la vez era  su hijo. ¿Cómo sería Edipo? Yocasta dice en un diálogo que entre su difunto esposo y su segundo marido había un parecido notable. ¿Cómo sería el rostro de las dos hijas de un incesto? ¿Lo imaginas tú, lector? Hoy los genetistas advierten que la endogamia arroja manifestaciones físicas que se expresan como fenotipo. A veces deformaciones y desordenes sanguíneos, a partir de informaciones genéticas que se comprueban por adn, pero que sólo podemos notar en el fenotipo, en las facciones. Los hijos del incesto, en primer grado de consanguinidad, pueden nacer o bien con sangre azul o con cabezas deformes, o con cuerpos despigmentados. ¿Imaginas un retrato de familia con esas caras? No sé tú, lector, pero yo los imagino como un juego de espejos, como una foto de Diana Arbus que fotografiaba lo anormal con naturalidad.

En Edipo rey de Sófocles asistimos así un oráculo fatal que se cumple sin remedio. Un oráculo que contiene a otros: Layo quiso saber el futuro prominente de su primogénito y descubrió que su hijo lo mataría. Yocasta trató de sobreponerse a un oráculo adverso y deshacerse del hijo que la desposaría y descreyó hasta el último día de las profecías y los adivinos, pero ellos acertaron. Edipo huyó del brazo de su protector por un oráculo fatídico que le pronosticaba parricidio e incesto. Es el deseo de saber el final lo que los mueve, y luego lo que les espanta.

La ventana pop up de internet relampagueaba ante mis ojos con ese señuelo: descubre el día de tu muerte, da click aquí.
Pensé en Edipo rey. Pensé Layo. Pensé en Yocasta. Recapitulé la obra: el motivo por el que se desencadena la tragedia del rey de Tebas es la consulta de un oráculo (para averiguar el origen de una peste que asuela la ciudad). El oráculo profetiza que, mientras no se cure el origen del mal (el castigo de un hombre por el asesinato del rey anterior) no cesará la peste contra Tebas. Enseguida vemos cómo Edipo se empecinará en descubrir quién es el culpable del mal: haber asesinado a Layo, sólo para descubrir que es él mismo quien ha sido el culpable del crimen, y además que con ese acto ha desencadenado el cumplimiento de un oráculo anterior que le pronosticaba, a Edipo, un futuro atroz en que se acostaría con su madre y asesinaría a su padre, y del cual ha huido toda su vida... Esa era la tragedia de Edipo rey: la tragedia anunciada de un hombre que todos consideraban feliz. El coro advierte antes del final que ni al más afortunado de los hombres se le puede considerar feliz hasta que no concluya su vida.
Hay otras obras donde podemos ver paso a paso cómo se concreta el oráculo. En Cien años de soledad el destino de la familia Buendía es cifrado a través de un manuscrito de gitanos que adivinamos como el mismo libro que estamos leyendo y cuyo desenlace sólo se podrá ver cuando sea descifrado por el último miembro de la estirpe Buendía. En el inicio del Mahabarata la mujer más hermosa del mundo advierte al rey que nunca le estará permitido preguntar por sus hijos, ni tratar de establecer la verdad de por qué los aborta. El rey acepta la promesa, pero en el futuro exigirá saber qué pasa con sus hijos sólo para descubrir que la humanidad tiene origen en el vientre de una reina-dios, pero en el momento de enterarse la pierde para siempre para que se cumpla la promesa contraria. Sin embargo, Edipo rey es la única obra donde podemos apreciar paso a paso y seguir cada eslabón que confirma la cadena de múltiples oráculos.
Todos tenemos destino, pero sólo lo veremos al final del camino.
¿Para qué querrías saber la fecha de tu muerte?
¿Saberlo te haría vivir con más intensidad?

Edipo rey, Sófocles

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