Borges, de Bioy Casares (I)

12:30


La noche del 18 de junio de 1953, cenaron en casa de Bioy los escritores Rodolfo Wilckok, Manuel Peyru, Borges y “dos maricas cubanos”: Rodríguez Feo y Virgilio Piñera (de la revista Ciclón). Dice Bioy que esa noche Borges vistió el traje de celebridad y monopolizó la palabra para hablar de su labor como profesor universitario. Borges instigó a Bioy Casares para que subiera al estrado a dictar conferencias. Pero Bioy respondió que prefería el bajo perfil y la conversación privada, ya que no era vanidoso, y que el solo hecho de imaginarse la ansiedad de los días previos a la conferencia, lo disuadía de dictarlas. Borges entonces aclara que una conferencia es distinta a una conversación, porque en una conferencia los asistentes son dóciles: “están resignados a que vos seas el que habla”. Esa noche se burlarán de escritores a quienes consideran ignorantes por desconocer las normas de la citación y por difundir sus entusiasmos como adolescentes. Piñera sostendrá la superioridad de Lovecraft ante Bradbury y emparentará al primero con Poe. Borges esperará a que se vayan los cubanos para comentar en privado a Bioy que Lovecraft a su juicio está por debajo de los otros dos, contrario a lo que observa Piñera. Al final de esa noche, figura el comentario que me interesa, sobre la perduración de las obras: “el Poe de esta época, o el Dostoievski de esta época no son escritores que imitan o se parecen a Poe y a Dostoievski. Tendrán que ser escritores originales y extraordinarios, no facsímiles de nadie.”

Me parece curiosa esa noche y ese comentario final luego de la cena con los cubanos y los asiduos locales, porque ahí están dibujados varios aspectos de las posturas que harán célebre a Borges: el poder hipnotizador del estrado y el micrófono, la mala leche que destila para sus contemporáneos, la creación de una doble figura, una doméstica y otra pública adiestrada para la exhibición, la tendencia a desacreditar y minimizar los entusiasmos ajenos para imponer los propios, y la necesidad de individualizar la obra personal de todo el conjunto de obras ajenas. Borges parece saber que el lugar más peligroso es el estrado, porque arriba te puede ocurrir lo que le ocurrió a Galán Sarmiento, o lo que le ocurrió a Violeta Parra, o al traductor de sordos en el entierro de Mandela, o lo que le ocurrió a miss panamá al hablar de Confucio, o lo que le ocurrió a Vicente Fox cuando le otorgó el Nobel a Jorge Luis Borges y al "colombiano" Vargas Llosa. En los años 50, Borges descubre, sin embargo, que los estrados se pueden convertir en el lugar más protegido también, si hablas sobre temas que los demás ignoran. Para sus asistentes a las Siete Noches, Borges tejió una sutil red de anécdotas y chistes y citas que nutrían sus conferencias. Son temas exclusivos, porque se nutrían de una tradición literaria y filosófica específica, o de una experiencia humana individual: la inglesa, la oriental, un género, una paradoja, la ceguera.

No es el estilo de Borges, sino el lugar desde el cual lo dice, el enfoque, lo que va a causar polémica en sus posturas públicas. Y es la polémica lo que más hace perdurar en la memoria ajena (de ahí que todos reproduzcan sus frases lapidarias: "El fútbol es universal, porque la estupidez es universal", "Nada como la muerte para mejorar a la gente"), tal como observó de forma acertada Hugo Hiriart en el estudio de Borges El arte de perdudar. En esa noche en casa de Bioy con los "dos maricones" hay un síntesis de esos aspectos: las formas que adoptaba Borges al atacar a otros con falsas atribuciones, o al señalar omisiones flagrantes, o su manera de trivializar los temas literarios ajenos para destacar los propios y que será recurrente a lo largo de todo el diario de Bioy. De modo que uno puede empezar a humanizar a Borges por sus preferencias, por sus gustos, por sus manías, por sus obsesiones, por sus desánimos, en este diario, y tratar de aproximarse por la observación externa, la de Bioy, a un hombre cuya leyenda pública parece ajena a su humanidad.

¿Qué hace original a una obra? A casi treinta años de la muerte de Borges, en un mundo atestado de epígonos, parece que la originalidad es aquello que suscita el anhelo de imitación. Por eso Poe le parecía superior a Lovecraft y a Bradbury. Lo paradójico, es que el estilo de Borges se nutre de la tradición literaria en que se formó como lector (la literatura inglesa, Chesterton, Wilde, Shaw, la catacresis teológica y matemática, Leibniz, las tesis del tiempo, Heráclito, Nietzsche, los delirios teológicos, Dante, Sweedenborg, las paradojas lógicas, Zenón de Elea), de manera que el propio Borges estaba situado en la mímesis, en la tradicción; no en la representación auténtica, no en la originalidad.

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