Un ensayo en Revista Hermano Cerdo
domingo 19 de febrero de 2012
viernes 10 de febrero de 2012
Ensayos, Michel de Montaigne
“Lo que yo escribo es puramente un ensayo de mis facultades naturales, y en manera alguna de las que con estudio se adquieren; y quien encontrare en mi ignorancia, no hará descubrimiento mayor, pues ni yo mismo respondo de mis aserciones ni estoy tampoco satisfecho de mis discursos][ contiénese en estos ensayos mis fantasías]"
Ensayos Escogidos, Michel de Montaigne (traducción de Costantino Román y Salamero, selección y prólogo de Felipe Restrepo David)
Editorial Universidad de Antioquia
viernes 3 de febrero de 2012
Carlos Fuentes & Belisario Betancur: Los tiempos de la actualidad
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| Toma y retoma del Palacio de justicia, Colombia 1985 |
Adicional al hecho lamentable de que lo presentó un impresentable: Belisario Betancur Cuartas, Presidente de la fundación Santillana, ex presidente de Colombia y Premio (compartido) Holocausto Palacio de Justicia 1985; Carlos Fuentes leyó un discurso político de filósofo reformista que sabe que habla para que oigan su prédica las clases dominantes y no un auditorio que bien o mal, o con jadeos, ha podido llegar a las últimas páginas de sus novelas.
(Felicitaciones para ellos; yo no he podido.)
Asistí como aquel que es avisado de que en el Centro Comercial Hacienda Santabárbara exhiben a un ornitorrinco: alguien atraído por el morbo de lo exótico. Esta semana acudí a una conferencia dictada por una especie en vías de extinción: un escritor del boom. La conferencia, titulada con un nombre acaso tautológico: los tiempos de la actualidad, que es como decir la actualidad contemporánea, que es como si la actualidad no incluyera el deíctico (aquí-ahora). Sólo unos cuantos aspectos de este discurso parecido a una posesión presidencial comentaré. Dijo Fuentes; literal: “no es el tiempo de la venganza; es el tiempo de restablecer el respeto mutuo”, “la realidad tecnológica decidirá la agenda de nuestro tiempo”, "sólo nos sirve una cultura con un sello nuestro: iberoamericano, latino, indio, negro", "¡Basta de injusticias, de decisiones antidemocráticas en nombre de la estabilidad! ¡Basta de decirnos: 'desarrollo económico hoy, democracia mañana y justicia... vamos a ver si pasado mañana!'] [la agenda de América Latina es otra: es desarrollo con democracia; es desarrollo con justicia, ahora". "El crimen y la miseria se combaten con más educación, más comunicación, más empleo, mejor información y mejor distribución en el ingreso" “La ciencia y la tecnología deben ayudar al ciudadano a reconocer identidades”.
Pero no se puede pedir respeto donde no hay justicia. No se puede enarbolar la indignación contra Ordaz por los muertos antiguos de Tlatelolco y venir a exhibirse años después con un mandatario que asumió la responsabilidad de la retoma del Palacio de Justicia de Colombia diciendo que había tenido las riendas de la operación para esconder si fue pusilánime (o que los militares no sólo lo manipularon, sino que usaron una fuerza desproporcionada y torturaron durante semanas o meses y luego asesinaron y desaparecieron a sus cautivos). No se puede decir que la democracia es el ideal de sociedad cuando no hay soberanía ni representación real. No se puede hablar de desarrollo con los raseros de desarrollo del Banco Mundial. No se puede decir que se combata el crimen con educación cuando para tu amigo presidente actual de Colombia prima la guerra y la educación tiene partidas inferiores a las partidas para defensa. Dijo otras cosas, controvertibles: hay que crear una legislación internacional para regular al mundo. Una sociedad sin gobierno es anárquica; un gobierno sin sociedad, tiranía. Y más frases trilladas, estadísticas viejas y vacías (el 20% de la población con el 80% de los recursos, los 4.000.000.000 de euros que consumen los europeos en helados en un año, la primavera árabe, “revoluciones de oriente”, convocadas por Facebook y Twitter), todo salpimentado con preguntas sueltas, sin respuesta, y afirmaciones ambivalentes para quedar bien tanto con los plutócratas que asistían en primera fila, como con el vulgo (lo mirábamos desde el gallinero sin creer lo que oíamos: “el premio más grande es ser presentado por usted, presidente Betancur”).
Inició con un resumen paradigmático: los ejes de transformación social mexicana (la muerte de Madero y el estallido de la revolución, la pastoral educativa emprendida por Vasconcelos que educó al México rural e indio, profundo), pero luego fue desplegando incursiones en temas internacionales de lo que él considera actualidad (informática, indignación global). Para Fuentes, Google, Twitter y Facebook integran el poder emancipador de la educación y la protesta social a través de la informática. Sólo olvidó que las mismas promotoras de la libertad de expresión son empresas norteamericanas de servicios informáticos colectivos clasificadas dentro del género, Redes Sociales, reguladas por leyes unilaterales, policivas, de Estados Unidos, y a la vez el elemento disgregante de cualquier intento de educación (además del experimento mercadotécnico del capitalismo virtual donde todo se compra con un dinero inexistente). [link]
El cierre del portal Megaupload, luego de que el FBI hiciera una redada internacional siguiendo el ultimátum de las grandes compañías del copyright (en perjuicio de 40 millones de usuarios de todo el mundo que perdieron sus datos) da la medida de la hegemonía policial y el control de la censura ejercidos por una sola potencia que desprecia y extorsiona al mundo. Los bloqueos masivos a las redes sociales por parte de la junta milita Egipcia y Libia son otra muestra del control sobre internet. El bloqueo chino a Google, negando el acceso al motor a la mitad de los internautas del mundo (que están en Asia, y son alrededor de mil millones), la prueba de que el gran capital instaurado en las potencias económicas ya advirtió el potencial de internet y puede someter a los usuarios a abusos y conducir sus consumos, rastrearlos, coaccionarlos y supeditarlos a sus intereses. De modo que internet no es la base de la democracia ni de la libertad de expresión, si tomamos el ejemplo de un par de ingleses que querían vacacionar en Estados Unidos y coordinaron el viaje en términos de “Vamos a arrasar con Estados Unidos” para, al llegar al aeropuerto, ser apresados por los cuerpos de seguridad norteamericanos que rastrearon sus mensajes privados como sospechosos. De modo que el alcance y potencial de las redes sociales al servicio de la democracia es dudoso. Fuentes también confunde el exceso de información y la libertad de acceso a ella, con educación y libertad democrática. El potencial de internet como herramienta de educación no está en el exceso de información y la libertad de acceso. El conocimiento es una construcción. La bibliografía más erudita es una construcción del erudito. Saber informarse no significa tener acceso a todas las fuentes de información, sino cuestionarlas y ponderarlas, verificar de dónde proceden y qué sesgo traen, la relevancia que tienen, qué dicen y cuál es su contrafaz. La duda cartesiana. Para la mayoría es evidente que internet ha masificado el uso de las redes y ha concentrado la información que llegaba antes a la gente por canales disgregados. Aun así, si sólo sabes encender un pc y chatear por Facebook y telegrafiar frases sin predicado en 170 caracteres y leer el mismo periódico (del mismo monopolio empresarial) por ahora gratuito; lejos estarás de que internet influya en tu educación y te oriente; más bien te distorsiona. El argumento del que se aferran todos los defensores de redes sociales son las revoluciones árabes convocadas por internet. Son falsas, porque no son revoluciones reales, ni trajeron transformaciones sociales: sólo cambios en el control político, pero hoy las juntas militares que derrocaron tiranías se niegan a delegar el poder y hacer elecciones ciudadanas, y mientras tanto los pueblos desvertebrados, polarizados, usan como pretexto el fútbol para masacrarse en los estadios. En un segundo plano, tal vez, esas convocatorias hechas a través de internet (controladas desde empresas sitas en EU) llevan a preguntar: ¿una revolución de indignados gestada desde Twitter y Facebook, pero instaurada en el seno de Estados Unidos no serán acaso rastreadas y neutralizadas y las redes bloqueadas de inmediato por los cuerpos de seguridad para evitar cualquier coordinación entre las partes?).
Fuentes ha propuesto, en términos ambiguos, mientras se ufanaba de su amistad con el mandatario y ex mandatarios de Colombia (y México), una legislación internacional para regular el uso y el abuso y la censura, y la justicia y la repartición de la riqueza. Suena bien, políticamente correcto, pero las legislaciones internacionales (al menos las que promueve su amigo Juan Manuel Santos) siempre serán monopolizadas y representadas por las potencias de turno y sus sirvientes, al acomodo del gran capital. Si el único interés de las potencias es regular las medidas policivas, bancarias y fiscales (y el alcance trasnacional de las mismas) para proteger los derechos de las grandes bancas y empresas y de sus inversores, los países menos influyentes, los que no tenemos ciencia, ni tecnología y sí un aparato represor y una educación precaria para la mayoría (y excelsa para unos cuantos) sólo seguiremos produciendo menestrales, manufactureros, gente desinformada, incapaz de ejercer la soberanía por ningún medio, adictos a las redes sociales.
La democracia es el más grande embeleco de los demagogos. No se puede gobernar países de 40´ 100´ 1000´ millones enarbolando la bandera de la igualdad. No se puede decir: “la agenda de América Latina es otra: es desarrollo con democracia; es desarrollo con justicia, ahora”, en un mundo donde el desarrollo es entendido como extracción, como libre mercado, como un acuario lleno de tiburones y sardinas heridas. La democracia de los siete mil millones de habitantes sólo se gobierna con ejércitos, represión y bombas atómicas. ¿De cuál democracia habla Fuentes? Toda democracia es chapucera, cuando son las empresas y el gran capital los que tienen a los gobiernos a su servicio y a los pueblos de contribuyentes. Fácil es dar la estadística de helados que consumen los europeos en un año. Nos suena escandaloso, nos sueña a lujo innecesario, nos suena a colonialismo, pensamos que con ese dinero podría aliviarse de veras el hambre de África. Pero no es el dinero lo que quita el hambre. El dinero no se puede comer. Si esperamos que el dinero nos soluciones la pobreza, tendremos que esperar a que los artífices del dinero, los creadores del falso valor del dinero, de los embargos impagables, de las deudas internas que crecen y crecen, dejen de comer helados para enviarnos arroz en paracaídas. A nadie le importa el cuerno de África, porque allá no hay riqueza extractiva, pero sí les importa el África fértil. El mismo México que recibe miles de millones para alimentar una guerra entre narcotraficantes, tiene a indios y campesinos muriendo de hambre y de sed: los dos extremos coexisten en el mismo espacio: Slim, los narcos, los campesinos, los indios. La legislación internacional no se hace para repartir riquezas y justicia y beneficios, sino para asegurar el monopolio de los mismos y amortiguar y asegurar el quiebre de las economías hegemónicas con la caída en cadena de las economías y democracias más frágiles. No podemos esperar a que una legislación internacional regule nuestros aprendizajes, nuestra riqueza, nuestra vida, el internet. No, si sólo quieren nuestro petróleo, nuestra agua, nuestros diamantes, nuestra pesca, nuestros campos para cultivos transgénicos y nuestra atención pasiva.
AL RESPECTO:
[Fin de la hambruna en Somalia]
[Sequía en México]
[Se firmó TLC de Colombia con la Unión Europea]
[Lucha de países ricos por controlar las tierras fértiles del mundo]
[Colombia ultima detalles para implementar TLC con EE.UU]
¿Por qué no habla de soberanía? ¿Por qué no una legislación nacional que nos proteja de los abusos de las leyes hegemónicas, económicas, informáticas que quieren implantar los dueños del mundo? ¿Por qué no concentrarnos en crear nuestra ciencia y una tecnología y un desarrollo amable con nuestro entorno; una ciencia y cultura que le sirva y aluda y solucione los lastres sociales del país en que nacimos? Hoy somos los grandes consumidores de redes sociales, pero no se nos permite tener ciencia. La tecnología es importada. Las tierras más fértiles del país están siendo compradas por las potencias, precisamente al acatar leyes internacionales. Los mejores estudiantes son cerebros fugados, seducidos por laboratorios que les ofrecen todo el instrumental, pero les hacen firmar una cesión de patente a la empresa que los contrata (con lo que aseguran que cada invento se quedará en manos del jefe y en tierra extranjera). ¿Quién defenderá nuestra libertad ciudadana si nos regimos por leyes internacionales hechas desde Estados Unidos al acomodo de las trasnacionales? Si tenemos la necesidad de ser educados para usar el potencial de internet, deberíamos tener una formación integral en todas las áreas y nuestra propia legislación informática interna. Si nuestra economía es frágil, si el mundo está en crisis entre muchas razones por un desarrollo insensato, no podemos medir el desarrollo con los estándares que imponga el Banco Mundial. No podemos pensar que internet sea una alternativa de educación, si los presupuestos de educación son ridículos en comparación a los presupuestos disponibles para la guerra.
Fuentes ha querido quedar bien con todo el mundo, pero mezcla aspectos irreconciliables: no se puede quedar bien con los indignados, con los desempleados, con las minorías étnicas, si a la vez se quiere quedar bien con los banqueros, con las transnacionales mediáticas, con los presidentes que firman tratados de libre comercio, o con los ex presidentes que usaron toda la represión militar para defender “la democracia” de opereta; no se puede quedar bien con los ricos y con los pobres al menos en este, nuestro paupérrimo país, que es la virreina de los más desiguales del mundo, donde la ley se desacata, donde a los criminales que cometieron genocidios se les extradita para que sean juzgados por narcotráfico; no se puede hablar de educación a la vez que se promociona las redes de embeleco y estupidización y mercadeo como Facebook (que utiliza el poder estadístico de las bases de datos de sus usuarios para valorarse en la bolsa). Su crítica contra las hegemonías y dictaduras y el crimen se derrumba de endeble cuando dice que su mayor premio es ser presentado en sociedad por un presidente que avaló un holocausto (sus subalternos torturaron y desaparecieron a prisioneros y civiles), no se puede decir eso sin que se desmorone el discurso cuando hace presentaciones con presidentes que firman tratados de libre comercio (a sabiendas del desastre que un tratado similar provocó en su país), cuando habla de alimentarnos espiritualmente con una cultura de "nuestro sello" y sugiere desayunar con cultura de élite que desconoce todas las miserias humanas (“desayunar con Santiago Gamboa y Juan Gabriel Vásquez, almorzar con Fernando Botero, pasar la tarde pegados al Facebook y oír a los Gigantes del Vallenato”, "impedir que los niños laven retretes"). Si le hacemos caso, seríamos alimentados en una cultura indigesta solo para después vomitar en el retrete (que ya no lavarán los niños pobres, sino las mamás de los niños pobres, otra ideología de la dominación, porque alguien tiene que hacer el trabajo sucio o entonces debemos acabar con la moda del retrete y volver a la letrina). Fuentes dice: no nos dejemos manipular por la cultura hegemónica, pero consumamos cultura hegemónica.
Fuentes: toda una fuente de ambigüedad.
(Alguien, a mi lado, lo dijo mejor, ayer, en el Gimnasio Moderno: de aburrimiento).
Aquí el audio de la conferencia, con parte de la introducción de Belisario Betancur, para que hagan sus propias reflexiones:
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martes 31 de enero de 2012
Primero estaba el mar, Tomás Gonzáles
24. Uno que no le prestaría a nadie (reto 30 libros)
Un escritor que me había sido indiferente (había comprado en saldos su novela Para antes del olvido y la conservaba sin leer) hasta el año 2006 es Tomás Gonzáles. Sucedió que para la feria del libro de Bogotá de ese año lo reeditaron y en una de esas declaraciones estremecedoras que hacen los prójimos del mismo sello editorial para promocionar a sus iguales lo presentaron al país con este rótulo despreciable: "El secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Si esto es así, pensé, como pensó todo el auditorio que estaba allí, yo debo leerlo. Y lo leí, en esos días. Y, si bien no era el secreto mejor guardado, sí era el olvido más infame por parte de las editoriales el que su novela Primero estaba el mar no hubiese sido reeditada en dos décadas.
El argumento va de tragedia: una pareja de burgueses parte a las playas lodosas del Golfo de Morrosquillo para marginarse de los hombres y blindar un amor a prueba de materialismo. Sin embargo, la transformación moral que opera en ambos (ella es una mujer castradora; él se convierte en un potentado que trata de domar la naturaleza) y el encuentro conflictivo de los colonos con los baquianos va descomponiendo la relación hasta convertir el paraíso en una de las versiones más estremecedoras de las guerras conyugales. Está narrada en tercera persona y pretérito. Capítulos sintéticos en los que la sorpresa es ver cómo el mismo decorado y paisaje se van descomponiendo, a la par de los personajes que, impávidos, se hunden en el légamo, en la decadencia que se va instalando y borrando el horizonte del paraíso con que soñaban, permutándolo por un infierno doméstico tropical. Hay guerra en algún sitio. Hay campesinos que alimentan una envidia soterrada y magnifican el poder capitalista del colono convirtiéndolo en un enemigo de clase. Uno de los clímax de la novela ocurre cuando, en un acto de soberbia y mezquindad, la dama privatiza una porción de la playa para que nadie ose posarse en ella, y firma, con ello, una declaración de desprecio ante los pobladores que aceptarán este desafío: colonos versus raizales. Otro clímax se precipitará cuando la suerte del protagonista hace contratar a su servicio a aquel que será su asesino. Hay un capítulo que se distancia del estilo general, porque es la transcripción de una conversación en la que el tema es la personalidad del protagonista y su proceso de debacle: la voz de un hermano. La primera vez que lo leí, tuve la impresión de que ese capítulo era discordante del estilo general, el lunar negro que empañaba el tono de una novela de ritmo impecable (porque la tercera persona en rigor se interrumpe y esto distancia al narrador, supuse). Hoy lo he releído y me parece un procedimiento acertado, ya que al insertar un perspectiva desde el yo precisamente logra revelar al narrador oculto, un cronista que no interviene, pero dosifica, que ha ido reconstruyento los fragmentos y urdiendo los testimonios de todos los que conocieron a la pareja. Nunca podremos saber lo que piensa el héroe (que en este caso es estrictamente trágico: el conflicto es externo, el mundo se opone a su deseo, y el héroe se encamina a su propio fin) de su propia historia.
El libro que a nadie presto pero a todos recomiendo para que sepan lo que puede hacer la literatura con lo que otro haría una comedia romántica, se llama Primero estaba el mar. Y no lo presto, porque es una edición príncipe firmada por su autor. Hace un par de años, cuando me enteré que Tomás Gonzáles vivía en la misma ciudad en que vivo, andaba obsesionado con encontrármelo en la calle, o en el supermercado. Ya era un mito su encierro y desprecio por el espectáculo literario (no figurar en los medios es una forma de suicidarse) y por el claustro voluntario en esa finca de retiro donde vivía entre las gallinas y los perros, igual que sus personajes. Mi dama encontró el libro en un saldo por un precio ridículo y lo conservamos desde entonces como un tesoro. Al fin, una tarde, durante el solsticio, el día más largo del año, vimos en un café al aire libre a un señor de barba hirsuta y gafas de John Lennon y botas de caucho que se parecía más a un obrero que a un escritor, pero que era el mismo Tomás Gonzáles de una foto de periódico, aunque encanecido. “Mierda, Tomás Gonzáles”, susurré, y luego aferré el brazo de mi dama que preguntaba ¿dónde? Con disimulo indiqué las mesas del café al aire libre y ella movió la cabeza con la confirmación: “Es él.” Acordamos que ella lo seguiría a donde se moviera mientras yo iba por el libro a casa. Asentí y dimos un merodeo para cerciorarnos desde otro ángulo. Ella se quedó a vigilarlo. Yo fui a casa y regresé minutos después con el ejemplar. Tomás Gonzáles seguía en el café al aire libre. Entonces ella tomó aire, aferró el libro y fue a la mesa y tuvo el valor de preguntarle si él era el escritor, a lo que contestó con una sonrisa vaga y algo de perplejidad detrás de los aros. Debió pensar: “Si me reconocen en este pueblo de gente inculta, debe ser que ahora sí soy famoso”. Al ver el libro en primera edición de Papeles del Goce Pagano, preguntó que dónde lo había conseguido. Ella dijo vagamente que por ahí. Gonzáles firmó el libro definiéndolo como una tragedia en el mar paisa. Y ya no lo vimos más. Hace poco, en una entrevista, dijo que había cambiado de ciudad para encontrarse con el budismo zen. Sin embargo, creo que fuimos nosotros quienes rompimos su paz. En un poema llamado Contemplación de la amargura en Chía, dejó constancia de sus ambiciones superadas:
“La fama que ya no logré, ya no la quiero.”
Ahora la tiene. Muchos lo citan y recomiendan y lo persiguen. ¿Qué hará con ella?
Primero estaba el mar, Tomás Gonzáles, Cuadernos del Goce, 127 pg.
Nota: hoy edita Alfaguara.
jueves 26 de enero de 2012
No importa, Agota Kristof
Murió el año pasado, en un accidente de carretera. Su familia no difundió el suceso. En español apenas lo registraron dos periódicos. En italiano y francés hubo obituarios escuetos, cápsulas de prensa, que no ofrecían mayor información. Un grupo de teatro que había llevado Klaus y Lucas, su trilogía, a las tablas, lamentó públicamente el deceso. Me enteré de la muerte de Agota Kristof por una reseña que leí en El lamento de Portnoy. Al día siguiente fui a la biblioteca y tomé en préstamo el último libro que me faltaba por leer de sus cuatro obras. Eso fue lo mejor que pude hacer para despedirla: leerla.
No importa, se llama el libro. Son cuentos. Unos arcanos. Otros elípticos, siempre leves y afilados. ¿Qué le vamos a hacer? Hay escritores que tienen el don de hacer largas obras e inmensidades de cosas pequeñas, y otros, como Agota Kristof (Schwob, Rulfo, Chejov) que pueden hacer obras mínimas que contengan todo el dolor humano. Hay bocetos de este libro que reelaboró en su biografía, La analfabeta, y en el último volumen de la trilogía. Pero es difícil precisar si el libro es anterior, o posterior a la trilogía. En todos ellos subyace un único rasgo: son parábolas que esconden el drama interno o lo exponen tan directamente que conducen al absurdo que irremediablemente conlleva toda rutina: un hombre ha esperado toda su vida la carta del padre que lo abandonó y que le explicará las causas de su abandono. El personaje reflexiona sobre los padres que abandonan: no necesitamos grandes shows para decirle a un hijo que lo desamparamos; la explicación puede ser una elipsis, o un pequeño sumario. Ejemplifica:
“Cuando tu madre me dijo que te llevaba dentro, me fui en un barco, viví en los puertos y bares, era infeliz porque pensaba que tenía una mujer y un hijo en alguna parte, pero no podía estar con ustedes porque ganaba muy poco dinero y me lo gastaba en beber para ahogar el dolor que llevaba dentro al pensar en vosotros. Ahora estoy debilitado por el alcohol y nadie quiere contratarme en los barcos.”
Cosas así, directas, triviales; una explicación basta, una que serviría para confirmar o dispersar las conjeturas solemnes que hicimos por años, y que al menos nos ayudará a no convertir el odio en cáncer ni en cárcel ni en alcohol, pero que no nos hará perdonar, porque los hijos nunca perdonan. Una carta que nunca llega. Sólo que este día, el personaje por fin, la ha recibido entre las facturas de pago.
En La invitación un marido cariñoso llega de la oficina inflado de cerveza y buen humor y propone a su dama prepararle la cena de cumpleaños. El ama de casa preferiría un restaurante. Él insiste, y promete cocinar un plato exquisito. Llega el día de la fiesta. Ella se arregla. Los amigos están por llegar. Él pide ayuda de su dama a último minuto: que desuele las papas, dice, mientras va por el vino. Regresa pronto con el vino y ahora pide ayuda con la salsa, con el adobo, con la mesa. Al final la agasajada vestida de gala termina por preparar su propio festejo y atender los invitados, y ya en la madruga, cuando los borrachos duermen, empezará a limpiar el desorden que le dejó su último cumpleaños.
Hay un cuento (El Campo) que expresa la asfixia de la urbe que vendrá: un hombre se queja del ruido que llega a su apartamento ubicado en el centro de la ciudad (carros, polvo, smog canceroso). Decide comprar una granja en las afueras donde haya paz, aire puro y el ruido sea una vibración en la distancia. Lo hace, pero después de comprar el remanso empezarán a construir frente a su isla una portentosa avenida de cuatro carriles, y junto a su casa levantarán fabricas con altas torres de humo, y el hombre empezará a fantasear con la vieja vida del centro que alguna vez fue mejor, y querrá volver, pero el centro, para entonces, habrá sido despejado de ruido, de carros, de humo, y habrá sido acaparado por los que pueden pagar por un mundo con aire y sin ruido. Es la ciudad: no hay escapatoria.
El cuento más sorprendente que he leído en los últimos años es un simple diálogo entre una pareja que se encuentra en la última estación del tranvía. Trascribo el diálogo y me ahorro la descripción (dos desconocidos que hablan cuando ya nadie los ve):
“-¿Cuáles son las novedades? ¿Cómo están los niños?
-Se lo agradezco. Por ahora sólo dos están enfermos. Los mayores van a las tiendas para calentarse. ¿Y en su casa?
-Nada en especial. Nuestro perro se ha vuelto limpio. Hemos comprado muebles a crédito. De vez en cuando nieva.”
Nada más. “Su casa”. “Nosotros”. “Ustedes”. “Novedades”. “Los niños”. La distancia entre clases sociales, el secreto de los hombres honorables, de las amantes resignadas a ver al padre de sus hijos en la estación de nadie.
Y destaco el siguiente boceto (Dónde estás Matías): un diálogo interno que el personaje elabora consigo mismo, transpuesto luego al juego de identidades del segundo volumen de El gran cuaderno:
“Más tarde Sandor dijo:
-Yo también tenía un hijo.
-¿Murió?
-No, creció.
-Claro –dijo Matías- tiene que recorrer la vida.
-¿La vida? ¿Por qué? Yo la he recorrido y no he encontrado nada.
-Es que no hay nada que encontrar- contestó Matías-, nada.
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| Agota Kristof |
No importa, Agota Kristof, Ediciones El Aleph, 104 pg.
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