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jueves 26 de enero de 2012

No importa, Agota Kristof


Murió el año pasado, en un accidente de carretera. Su familia no difundió el suceso. En español apenas lo registraron dos periódicos. En italiano y francés hubo obituarios escuetos, cápsulas de prensa, que no ofrecían mayor información. Un grupo de teatro que había llevado Klaus y Lucas, su trilogía, a las tablas, lamentó públicamente el deceso. Me enteré de la muerte de Agota Kristof por una reseña que leí en El lamento de Portnoy. Al día siguiente fui a la biblioteca y tomé en préstamo el último libro que me faltaba por leer de sus cuatro obras. Eso fue lo mejor que pude hacer para despedirla: leerla.
No importa, se llama el libro. Son cuentos. Unos arcanos. Otros elípticos, siempre leves y afilados. ¿Qué le vamos a hacer? Hay escritores que tienen el don de hacer largas obras e inmensidades de cosas pequeñas, y otros, como Agota Kristof (Schwob, Rulfo, Chejov) que pueden hacer obras mínimas que contengan todo el dolor humano. Hay bocetos de este libro que reelaboró en su biografía, La analfabeta, y en el último volumen de la trilogía. Pero es difícil precisar si el libro es anterior, o posterior a la trilogía. En todos ellos subyace un único rasgo: son parábolas que esconden el drama interno o lo exponen tan directamente que conducen al absurdo que irremediablemente conlleva toda rutina: un hombre ha esperado toda su vida la carta del padre que lo abandonó y que le explicará las causas de su abandono. El personaje reflexiona sobre los padres que abandonan: no necesitamos grandes shows para decirle a un hijo que lo desamparamos; la explicación puede ser una elipsis, o un pequeño sumario. Ejemplifica:

“Cuando tu madre me dijo que te llevaba dentro, me fui en un barco, viví en los puertos y bares, era infeliz porque pensaba que tenía una mujer y un hijo en alguna parte, pero no podía estar con ustedes porque ganaba muy poco dinero y me lo gastaba en beber para ahogar el dolor que llevaba dentro al pensar en vosotros. Ahora estoy debilitado por el alcohol y nadie quiere contratarme en los barcos.” 

Cosas así, directas, triviales; una explicación basta, una que serviría para confirmar o dispersar las conjeturas solemnes que hicimos por años, y que al menos nos ayudará a no convertir el odio en cáncer ni en cárcel ni en alcohol, pero que no nos hará perdonar, porque los hijos nunca perdonan. Una carta que nunca llega. Sólo que este día, el personaje por fin, la ha recibido entre las facturas de pago.
En La invitación un marido cariñoso llega de la oficina inflado de cerveza y buen humor y propone a su dama prepararle la cena de cumpleaños. El ama de casa preferiría un restaurante. Él insiste, y promete cocinar un plato exquisito. Llega el día de la fiesta. Ella se arregla. Los amigos están por llegar. Él pide ayuda de su dama a último minuto: que desuele las papas, dice, mientras va por el vino. Regresa pronto con el vino y ahora pide ayuda con la salsa, con el adobo, con la mesa. Al final la agasajada vestida de gala termina por preparar su propio festejo y atender los invitados, y ya en la madruga, cuando los borrachos duermen, empezará a limpiar el desorden que le dejó su último cumpleaños.
Hay un cuento (El Campo) que expresa la asfixia de la urbe que vendrá: un hombre se queja del ruido que llega a su apartamento ubicado en el centro de la ciudad (carros, polvo, smog canceroso). Decide comprar una granja en las afueras donde haya paz, aire puro y el ruido sea una vibración en la distancia. Lo hace, pero después de comprar el remanso empezarán a construir frente a su isla una portentosa avenida de cuatro carriles, y junto a su casa levantarán fabricas con altas torres de humo, y el hombre empezará a fantasear con la vieja vida del centro que alguna vez fue mejor, y querrá volver, pero el centro, para entonces, habrá sido despejado de ruido, de carros, de humo, y habrá sido acaparado por los que pueden pagar por un mundo con aire y sin ruido. Es la ciudad: no hay escapatoria.
El cuento más sorprendente que he leído en los últimos años es un simple diálogo entre una pareja que se encuentra en la última estación del tranvía. Trascribo el diálogo y me ahorro la descripción (dos desconocidos que hablan cuando ya nadie los ve):

“-¿Cuáles son las novedades? ¿Cómo están los niños?
-Se lo agradezco. Por ahora sólo dos están enfermos. Los mayores van a las tiendas para calentarse. ¿Y en su casa?
-Nada en especial. Nuestro perro se ha vuelto limpio. Hemos comprado muebles a crédito. De vez en cuando nieva.” 

Nada más. “Su casa”. “Nosotros”. “Ustedes”. “Novedades”. “Los niños”. El distancia entre clases sociales, el secreto de los hombres honorables, de las amantes resignadas a ver al padre de sus hijos en la estación de nadie.
Y destaco el siguiente boceto (Dónde estás Matías): un diálogo interno que el personaje elabora consigo mismo, transpuesto luego al juego de identidades del segundo volumen de El gran cuaderno:

“Más tarde Sandor dijo:
-Yo también tenía un hijo.
-¿Murió?
-No, creció.
-Claro –dijo Matías- tiene que recorrer la vida.
-¿La vida? ¿Por qué? Yo la he recorrido y no he encontrado nada.
-Es que no hay nada que encontrar- contestó Matías-, nada. 

Agota Kristof
Agota Kristof, una manufacturera húngara en una fábrica de relojes suizos que tuvo que abandonar a sus hijos y a su patria y cambiar de lengua para tener una vida. Recogió y pulió sus destrozos y escribió con ellos una trilogía de novelas implacables, sin queja, que son la historia de su infancia y de una guerra y del abandono, y cuya eficacia narrativa y la contundencia del argumento han borrado cualquier posibilidad de olvido entre quienes tuvimos la suerte de leerla. Veintiséis piezas maestras, que nos llevan al borde de una verdad humana, temible, intempestiva, como una aguja escondida en la sopa de un niño.

No importa, Agota Kristof, Ediciones El Aleph, 104 pg.

viernes 20 de enero de 2012

Manual del perfecto terrorista


“Manual de terrorismo para principiantes que indica las condiciones de tiempo y dinero que se precisan, los estudios que hay que seguir, los exámenes que se han de salvar, las aptitudes y facultades necesarias para conseguirlo, el modo de establecerse y las probabilidades de perfeccionamiento y éxito en la profesión; iluminado con tablas e ilustraciones, y rematado por ejemplos e interludios divertidos, destinados a distraer el espíritu durante el estudio.” 

Ruptura del arquetipo: si el terrorista se transforma en un aprendiz sodomizado, y el objetivo del atentado en una palmera venerada al interior de un monasterio, ya no hay sedición, sino seducción. Así se revierte el título y el sumario. No encuentro terrorismo sino seudoterrorismo en este libro de Mathías Enard escrito en clave de tratado moral y alegoría. Como las cartas de Catulo a Lesbia, o como las que dirigiera Séneca a Lucilio o a su madre antes del suicidio. Sin embargo, todo el discurso sedicioso pierde el sentido lato y empieza a manifestarse en sentido figurado.

¿Qué puede producir un efecto trágico que no sea lo intolerable? Trágico es el terrorismo, el parricidio, el crimen, la ambición, el egoísmo, el dolor que desperdigamos en la busca de nuestra ambición: la crueldad, la suma de defectos y afrentas que cometemos para surgir mi entras hundimos a los demás para promovernos. Asistir a esa tragedia, cualquier tragedia (verla en cine, en teatro, representarla en novelas) es asistir al espectáculo de lo intolerable, al arca demencial del homo erectus. ¿Qué nos atrae de la tragedia? Un reflejo de nosotros mismos. Queremos descubrir en los motivos del otro nuestros propios móviles; queremos saber lo que la tragedia esconde. La representación de lo intolerable proyecta nuestra capacidad de hacer sufrir a otro. Tal vez lo único que pueda producir un efecto dramático sin ser un antivalor es la ética y la moral elevadas a tortura, llevadas a la imposición extrema (la madre de Canetti que le decía “el idiota que he parido” aunque había parido a un genio), proverbios aplicados como “la letra con sangre entra”, o la ley del talión, o el repertorio de leyes morales de Jehová, el diosito cruel del antiguo testamento, o la sobreprotección de un padre que impondrá sobre su prole la vocación equivocada. Una ética férrea desencadena la tragedia al degradar al más débil, al sometido, y provoca así la inversión del valor, lo invierte de positivo a negativo y detona la puesta en abismo. Así nacen los mártires, los autos de fe, los suicidios, los parricidios, la adicción, la simple locura, la sicosis, la ideología. Los móviles morales convertidos en detonadores de la tragedia, porque a nombre del bien y la verdad absoluta para alcanzar fines elevados, nos coaccionan y nos reprimen; nos degradan. Si los fines altruistas responden a medios criminales, son criminales y no altruistas. A veces arruinamos la vida del ser amado creyendo que le hacíamos un favor.

Esta novela puede despertar lecturas transversales sorprendentes en quien invierta las dos horas que tarda una lectura desatenta. Un amigo que acaba de tomarlo de mi mesa y leerlo de un tirón (y decepcionarse porque al parecer buscaba un instructivo para fabricar bombas caseras y halló un manual de seducción homosexual) lo cruzó en clave de discurso neoliberal: provenía, advirtió, de teorías de aplastamiento de minorías esbozadas por Zizek (que sólo los antropólogos sabrán quién es) y en Lacan (viejas costumbres que no ha superado aun la Universidad Nacional de Colombia). Me sorprendió sobre todo que encontrara simetría en un método de manual para la penetración cultural norteamericana en Vietnam cuando los invasores hacían brigadas civiles y vacunaban a los niños como emblema de guerra limpia (luego los niños eran bombardeados con Napalm, o los Vietnamitas tomaban la ciudad y cortaban el brazo de los niños que habían sido vacunados por el enemigo). ¿En qué clave podría leer este manual un verdadero alevín de terrorista?

Los nombres de los acápites tienen un atractivo poder de evocación:

Saber fascinar a las masas 
Tener una causa que defender 
Tener un lado místico 
Ser un poco artista 
Respetar el testículo 
Saber convencer 
Saber escoger el objetivo 
Jugar a Comando 
Ser un pelín zoofílico 
Saber sacrificarse por la causa 
Ser un cocinero selecto 
Tener un mensaje para la humanidad

Las epístolas morales se hacían para edificar un espíritu en formación. En este libro el maestro de terrorismo, en una imprecisa isla del caribe, le indica al alumno paso a paso los lineamientos para ascender en la protesta radical y en la tragedia de los grandes fines. El objetivo, el fin último del comando: destruir la palmera venerada por los monjes del edificio vecino. Otro tratado moral del que proviene acaso sea El Príncipe, de Maquiavelo (que al tomarse en sentido literal resultará en una política tenebrosa, y que tal vez se escribió con fina ironía y señalaba positivamente los rasgos de un gobierno despiadado. Pero el libro significa lo opuesto a lo despiadado: gobernar bajo esas advertencias “maquiavélicas” es el camino perfecto para hacerse un monstruo político. De modo que el término Maquiavélico sigue mal empleado porque se ha confundido al narrador con el autor y el significado real como el literal.) Tomar el título de esta novela literalmente, como tomar el libro de Maquiavelo literalmente, es una equivocación garrafal para el comprador con intereses sediciosos, o para el político con grandes ambiciones. El arquetipo interno y el morbo del lector se quebrarán cuando el maestro de terrorismo tome posesión del cuerpo del alumno en una transacción de poder consentido que es simple hegemonía ejercida sobre un inferior intelectual. El terrorismo, finalmente es visto como lavado de cerebro, como supremacía, o como sodomización y reducción del ego (según Freud esa es la pulsión anal por antonomasia: el deseo de posesión).

Lo que me parece exagerado, pese a los bellos dibujos y los sugestivos títulos internos, es que el sensei-narrador de esta novela use demasiadas páginas para sodomizar con razones morales al alevin de terrorista. José Juan Tablada usó menos palabras para decirle a una mujer que quería hacer con ella el cunnilingus. Sólo por eso la poesía sigue siendo más moral que la prosa, y más irónica.

Manual del perfecto terrorista, Mathias Enard, ilustrado por Pierre Marques, La otra orilla

jueves 19 de enero de 2012

sábado 14 de enero de 2012

No nacimos pa semilla, Alonso Salazar

28. Uno que lo haya asustado  (reto 30 libros)

Comunas, Medellín, Jesus Abad Colorado

¿Qué es el miedo? Una anticipación de la tragedia. Pero ¿qué es fisiológicamente el miedo? Una sensación ambivalente de calor-frío. Un erizarse los poros como piel de gallina hervida. Una oleada que sube desde el píloro, arrasa el cuello y acaba en una dispersión eléctrica en las hebras de la cabeza (lo que llaman “piel arrozuda”, “erizarse” o “piel de gallina”). Hay miedo en la sensación de ser observado, por un asesino, o por un auditorio, o perseguido, o al perder el control y ser sometido por una fuerza superior. Hay miedo en las exhibiciones impúdicas y cohibidas del yo (estrados, plazas, salones de clases; el simple hecho de hablar en público). Hay miedo en lo desconocido. A veces el miedo se confunde con el vértigo, porque el miedo es vértigo también en parte; o con el asco, porque el asco es otra conjetura, una anticipación. Miedo es compasión y empatía y pesadilla, un situarse ante el peligro inminente, como cuando presenciamos una acrobacia de funámbulo circense y nos sudan las manos, o cuando observamos un video que enseña la carnicería vomitiva que es una cirugía estética y nos pasa frío en el estómago, o cuando vemos a un mendigo purulento en la calle que defeca por un tubo mientras permanece en pie con la mano extendida mientras te pide una limosna. Entonces el cuerpo segrega dopaminas, para preparar el cuerpo para una tragedia similar (lo que provoca el frío y el erizo y la náusea, y significa que el cuerpo está preparándose para la sorpresa, para la inevitabilidad, para el golpe, para la compasión). Hay gente que se lanza de un puente atada con un caucho para provocarse los síntomas del miedo y sentir la descarga de dopaminas. El cine de horror ha homogenizado los pasos para provocar el erizo al dosificar la tensión, subjetivizar los planos, someter a lo imprevisto al espectador y armonizar el asecho del asesino con música de suspenso, la presencia del fantasma con imágenes temibles y etéreas que se yuxtaponen, y el desangre con miles d el litros de kétchup. Sólo que sus técnicas se han sobreexplotado que desde hace años el terror se ha pasado directamente del lado del asco, o de la sicosis paranoica.

Trato de pensar en lo que siento cuando tengo miedo. Y no puedo recordar si una sensación así (sudoración, descontrol motriz, hiperactividad, reducción de inhalaciones, alerta máxima) puede habérmela provocado un libro. Hugo Hiriart, el dramaturgo y extraordinario ensayista mexicano, confiesa, ante una crisis personal de pánico, que el miedo para él es la inminencia de acceder al sufrimiento, y que sólo se conjura entregándose a la fuerza superior; avanzando hacia lo desconocido. Javier Marías, en Todas las almas, dice que los horrores que provoca la obra de Machen nacen de una bisociación de ideas: se vive en el miedo al asociar dos ideas de forma que muestren su horror. Supongo que Marías quiere decir que el miedo es un hallazgo: conjeturar lo extraordinario, descubrirnos víctimas, o identificarnos con una víctima (de un carnicero, de Lucifer, de la mano bajo la cama, de ser descubiertos). Trato de recordar qué libro me ha provocado miedo. Creo que solo estamos preparados para sentir miedo con la edad, y mientras más nos alejamos de la infancia, mientras más encontramos explicaciones para todo, mientras más literales y menos metafóricos nos volvemos, perdemos la capacidad de sugestión. Cuando era niño leí un libro donde el protagonista, el cazador de serpientes de la jungla negra, se enfrentaba a una secta de estranguladores ocultos en un babiano sagrado en la India. Ese libro de Salgari me hacía sudar las manos, encender la luz, levantarme en la noche para seguir leyendo con una linterna y estar atento a los susurros que venían de la calle y del techo. Volvió a ocurrirme a los trece, cuando leí Pedro Páramo. Y volví a sentir algo parecido a los quince, cuando leí No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar. Pero es de otro tipo el miedo que provocó en mí un libro como No nacimos pa semilla. El miedo de estar en un mundo donde cohabitan asesinos naturalizados, profesionalizados en acribillar gente por un puñado de dólares, o por una nevera o por un lote con el fin altruista de construirle una casa a la mamá.

No nacimos pa semilla es la historia de los sicarios de Medellín, la crónica de un puñado de vidas en una barriada donde no hay destino. Y no hay destino, porque no hay mañana. La historia de Ramoncito que era la esperanza de tener un niño alejado del crimen, la esperanza de que haya un ser humano, un miembro de la nueva generación que no se envilezca en la atrocidad, y que se desvanece cuando llega su turno. En No nacimos pa semilla comprobamos que no se es asesino por una situación congénita. La exclusión, la agresión cotidiana, la pobreza siguen siendo el caldo de cultivo de la violencia. No eliges el cómo, ni el dónde, ni el cuándo nacer. El miedo que provocan esos relatos no nace de lo sobrenatural, sino de la empatía y de la realidad. Nos asomamos aquí por un instante a la crueldad total contra toda forma de vida (inicia la serie con un rito satánico y el sacrificio de un gato). El miedo a tener una vida como la de Ramoncito. El miedo de encontrarse a Ramoncito en una calle. El miedo de ser tú mismo un Ramoncito y estar a un paso de convertirte también en un matón.

El miedo es no poder explicar lo que está pasando.

No nacimos pa semilla, Alonso Salazar, Cinep

domingo 8 de enero de 2012

2012, Ezine, Bellow, Ipad, Iching, Carta, Un sueño


Bellow. La entrevista a Saul Bellow por Gordon Lloyd Harper (The Paris Review, 1965) esboza tres aspectos que siguen vigentes hoy: ¿cuánto intelectualismo hay que imponer sobre una novela de ideas? ¿Cuál es el umbral de diferencia entre rebeldía y conservadurismo –en las posturas críticas y públicas del escritor-? Y estas oposiciones inquietantes: ¿realismo o racionalismo, optimismo o pesimismo?
Para Bellow la pesada afición al "marco teórico" que empezaron a profesar los escritores formados en la universidad después de la segunda guerra de Estados Unidos arroja como resultado exégesis gratuitas que nada aportan a la compresión y apreciación de un libro: “cree en la obra, no en el artista” (paráfrasis de Lawrence). Un personaje pensará de acuerdo a su universo y no debe ser convertido en tribuna para disparar tesis que esconden las ideas del autor. No hay “pensamientos elevados” por contraste con “pensamientos deliberados” en los temas de un escritor. La vida, cualquier anécdota, aporta y contiene y puede ser explotada a profundidad por un artista que busca respuestas de la existencia y no en los aparatos filosóficos y abstractos (Herzog, protagonista de la novela de mismo nombre, rechaza las ideas, se distancia de la praxis teórica al estilo Sartre y Camus, y simplemente medita sobre la vida de los profesores, de los estudiantes, de los judíos emigrantes, de los ciudadanos comunes). La disyuntiva para clasificar a los artistas en dos extremos (crítica radical y conservadurismo) es anestesiante. Un escritor no debe dejarse encasillar, precisamente porque la perspectiva del mundo y la vida cambian según la edad que tengamos. De ahí que ser completamente realista, impermeable a la ironía, o al delirio como a la fantasía, o ser completamente racional, al escribir, es un anquilosamiento de la literatura. El pesimismo puede ser tan vacío como el optimismo también (con lo que estoy de acuerdo, ver la obra de Fernando Vallejo). Los escritores apocalípticos, los que ha creído estar en el punto axial del desastre humano (Mann, Lawrence) han hecho de la explotación del pesimismo un falso no-mas-allá (como si fueran los últimos que escribirían sobre el fin porque el fin estaba cerca). Siempre habrá algo trivial o desconocido que devuelva el valor y el sentido de la vida a la existencia. Para Bellow el arte debe ser precisamente eso: “fijar la atención en medio de la distracción”. En síntesis, pasar fijándose. Bellow no se dejaba embaucar por otras dicotomías: pertenecer a una u otra corrientes literarias, enfrentar novelas de tesis frente a novelas de pensamiento espontáneo y tibio, le parece (parecía) una estrechez, cuando no una idiotez, simples modas impuestas por ideologías dominantes. Proponía entonces tomar la vía media entre el radicalismo y el conservadurismo, entre el pesimismo y el optimismo. La rebeldía era una forma del esnobismo: un culto a la personalidad en el mejor de los casos, pretexto para la bohemia, en el peor.
Suena bien, y sin embargo: ¿cuál es la verdadera contracorriente? La estética. Lo que queda en manos del escritor: ser revolucionario en la forma, en el lenguaje y en el pensamiento…

Sueño. Sebald había muerto y sus buitres acababan de publicar otro libro póstumo. Trataba sobre su último viaje (un diario a bordo de un barco que surcaba el Océano Índico). El libro venía en gran formato, como el Atlas Maior, pero con tapas amarillas y posters con fotos tomadas por el propio Sebald a bordo del barco: vida cotidiana de la tripulación, banquetes, estibadores, perspectivas del mar. Úrsula y yo aparecíamos en una de esas fotos. De repente ya no leía el libro sino me introducía en el momento de la fotografía. Era en el comedor del barco. Úrsula, sentada junto a Sebald, brindaba con él. Yo trataba de fotografiar la reunión, pero faltaba la luz y todos los intentos las fotos salían borrosas, distorsionadas. De repente volvía estar fuera del libro. Pasaba la página y veía una reflexión de Sebald sobre el 11 de septiembre y la caída de las torres. Había una fotografía del impacto en la segunda torre en el momento en que el edificio se pulveriza. No puedo recordar las palabras de Sebald.

Carta. Apreciado editor, comparto con usted el escepticismo ante los que predican el fin de las librerías ante el arrollador desembarco tecnolátrico. Pero apenas estamos ante una transformación de la forma de acceso al conocimiento y es difuso el fin de los libros a no ser que perdamos la capacidad de leer o la facultad de concentración necesaria para hacerlo. Yo mismo compré este fin de año media tonelada de libros entre los que destacan Canetti, Pitol y Fast, y recibí un Ipad de parte del niño Dios. Ahora empiezo a transferirle algunos libros en pdf que mi hermana tenía en un cd con otros 500 títulos y en los próximos meses probaré a leer en pantalla cuentos, ensayos breves, reportajes. En mi perspectiva actual, el Ipad y otros dispositivos se llevan bien con la soledad del transporte público. Solo lamento su talante etéreo que borra la compañía física del libro impreso. Sucede que tengo una biblioteca de referencia en la que me siento acompañado. Necesito tener a vista y a mano los libros que estimo como una forma de la compañía. Estoy en desacuerdo solo en su sugerencia de que las librerías, para subsistir, deberán plantearse actividades paralelas (lecturas, festivales, cafés) para permanecer y atraer lectores compradores. Algo así como que para ser librería hay que convertir el sitio en lo que no es: un sustituto del auditorio, un sucedáneo de las aulas, una empresa de publicidad. La experiencia de hallar un librero formado y un catálogo excepcional en la razón más grata para volver a cualquier librería. Y eso último: un librero formado (una mente prodigiosa, conexiones, réplicas, un toque de mala leche, un librero conocedor de editoriales y escuelas literarias, tan anacrónico como actualizado) es difícil de conseguir, entre otras cosas porque los dueños de librería no están interesados en tener sabios sino dependientes guardapolvo. Hace años intenté tener un empleo en una librería del norte de la ciudad y me excluyeron por el aspecto y porque aun no me había graduado de la universidad: querían tener un profesional para pagarle un sueldo de esclavo, y creían que uno debía agradecerles la oportunidad de codearse con la élite de la cultura que frecuentaba su local. Lo que no creo es que se sea librero de formación para decidirse a la promoción de novedades y de carreras literarias. Atraer con señuelos (charlas, festivales, firmas) y conseguir compradores de libros por esa vía puede ser una alternativa para las revistas empeñadas en la formación de públicos más que para librerías que no necesita público sino cautivar lectores por la selección de libros que se oferta. Aun para el caso de la revista en que usted escribe dudo que la estrategia periférica se haya visto representada en un aumento de suscripciones con cada festival. En una librería, la selección de títulos y la sapiencia del librero vale por lo demás y es el mejor ansuelo para volver. En todo caso, la mayoría de autores a los que valdría la pena encontrar en un recital ya se murieron. ¿Hay en Bogotá una librería a la que entraría Balzac o Joyce? ¿Cuál? ¿A razón de qué? Las conferencias, suvenires y dispositivos relacionados con la promoción del libro, de tomarse el camino que usted sugiere, suplantarán a los libros mismos. El espacio mínimo para tener un auditorio al interior de una librería en una ciudad con el metro cuadrado comercial más caro del país excede cualquier presupuesto para un librero no capitalista. Las librerías de gran superficie son las únicas que pueden darse ese lujo, tener actividad cultural alternativa, pero aun así son inmensidades ingratas donde te sientes pobre porque no tienes cómo pagar un libro de primera generación al que el editor le gana el 800%. El único negocio que no se quiebra con un grado tan alto de plusvalía es la cocaína. De seguir el camino que usted propone como alternativa para las librerías la caricatura de Daniel Clowes en The New Yorker el pasado diciembre se hará realidad: librerías que no venden libros. ¿No cree que en las plataformas mediáticas donde se predica la muerte del libro análogo abundan más pantallas que anaqueles? Aplaudo que haya vuelto a escribir en blog sin que le paguen, por puro gusto. Dicen que los blogs están amenazados de muerte por lo mismo que están amenazados los libros. Seguiré visitando su sitio hasta que se aburra o yo me aburra.

2012. Llegamos al 2012 sin rinoceronte bicorneo. En 2011 pasaron cosas tremendistas como la muerte de Gaddaffi y la de Osama y la de Cano y la quema del Casino Royale en Monterrey y cosas vergonzosas como la extinción del rinoceronte bicornio de África Occidental (Dicenos bicorneis longipes). Esta última es, según la fe que profeso, un ensayo general del fin del mundo. Hay mil formas de extinguirse pero solo una de permanecer. ¿Para qué criatura será 2012 el fin del mundo?

Ipad. Digamos que un Niño Dios alto, delgado, eléctrico (y con chivera caprina) me trajo un Ipad de navidad. Trataré de exponer ahora mis primeras impresiones y de describirlo para una hipotética enciclopedia extraterrestre. Lo primero será definir y clasificar y sustantivizar. El Ipad es una especie de computador de bolsillo que ha reducido sus funciones a una pantalla táctil. Un poco más grande que cualquier bolsillo (10 cm) y que cualquier computador pero lo suficientemente pequeño y liviano (250 grs) como para llevarlo con comodidad en un bolso de mano o en morral. Tiene funciones de cámara fotográfica, de video, de agenda, de brújula, de libro digital. La pantalla de cristal es táctil y reacciona a los impulsos eléctricos de los dedos humanos y responde análogamente a los movimientos: si apeñuscas las yemas significa cerrar, y si las abres significa que quieres ampliar la imagen o aproximarte al detalle. Si arrastras los dedos, determinado programa hace que tu trazo quede dibujado. En general tu movimiento indica que quieres mover la imagen o el texto que ves, si los deslizas a la derecha o izquierda mostrará secuencias en esa dirección. Su lateralidad es adaptable a la ubicación de la cara, si te inclinas la imagen se inclina para que conserves la lateralidad. Conectado a internet le permite tener un número elevado de funciones: enviar e-mail, comprar, ver páginas, usar de teleconferencia, organizar textos para semejar el formato análogo del libro. Es esa función la que más he empleado: leer libros. La capacidad de archivo se cuenta en 16 gb. Aproximadamente 1000.000 de textos de 500 paginas pueden ser almacenados en una memoria virtual con esa capacidad de almacenamiento. Si tenemos en cuenta que el volumen de libros que tuvo la biblioteca de Sarajevo, la de Alejandría, La de Kabul y la Luis Ángel Arango, debemos aceptar que un Ipad tiene alguna simetría con una biblioteca ambulante. Aunque no lo es: está sujeta a percances irremediable: su daño, su obsolescencia, su intangibilidad, su incompatibilidad con la brevedad de la vida y la proliferación de la tecnología. Hay que advertir que si quieres tener un millón de libros en tu Ipad vas a tener que pagar el derecho de almacenarlos (por ahora).

El primer libro que intenté leer en su pantalla fue El libro del desasosiego, de Pessoa. Se trata de un libro misceláneo que oscila entre la memoria, el ensayo y la divagación filosófica. Cada capítulo tiene entre 2 y 4 páginas, y la lectura es compatible con la interrupción: se puede abandonar y retomar en cualquier momento al no ser una novela de acumulación. Llegué a la página 20 y salté a otro volumen: Inframundo, de Javier Moreno, que es el primer libro (de cuentos) que he leído completo en Ipad.

¿Es posible que la novela, reina invencible de la literatura por su permeabilidad temática sea incompatible con la ruptura de secuencias de concentración que provoca internet y los dispositivos asociados a los sistemas informáticos? La novela lo ha admitido todo; ha sido porosa y abierta a los demás géneros: absorbió géneros medianamente respetables: el ensayo, la poesía, el cuento. Y sin embargo para ser novela necesita un hilo conductor, un proceso acumulativo de sus partes y de la información dosificada en cada una para provocar en la mente del lector la unión en un todo. ¿Es posible que un lector de libros electrónicos no se acomode a esta condición? De ser así ¿a qué se debe? ¿A la sobreoferta de contenidos, o a la incapacidad de acumular secuencias? Al verlo sin energía, relegado a un rincón, después de diez horas de lectura, parece inservible. Activo, parece un trasunto de las tablillas del grabado, de la pizarra y del papiro: una superficie para guardar y transmitir el pensamiento. Los rollos de papiro tenían el problema del palimpsesto: para poder introducir nuevo saber había antes que borrar lo ya escrito. En el Ipad todas las obras que se te ocurran pueden ser archivadas sin necesidad de ser borradas. El Ipad, al parecer también sirve para que se escriba con un lápiz electrónico.

Trato de averiguar con los expertos si hay alguna aplicación (programa) que reconozca mi letra de puño y luego la mecanografíe, con lo que me ahorraría el trabajo dispendioso de escribir a mano en cuadernos y transcribir luego a moldes de letra. Si puedo escribir con una pluma electrónica sobre una pantalla electrónica y puedo conseguir un borrador en limpio, eso significaría que no voy a tener que copiar cuadernos ni libretas para escribir estos dietarios, y simplificaría así el trabajo. ¿Lo hay? Claro. Varios, pero hay que pagar. Pagar por la pantalla, pagar por el lápiz, pagar por el derecho a tener el programa. Pagos mínimos multiplicados por todos los usuarios que se convierten en ganancias exponenciales para apple. Hay también un asistente que reconoce la voz y la transcribe. Borges ciego que se hacía visitar por amanuenses ocasionales para dictar sus obras tal vez se habría maravillado al saber de una extensión tal de pensamiento y de las secretarias (creía que las herramientas eran extensiones del cuerpo) capaz de oír sus poemas y plasmarlos en una hoja impalpable.
Borges: “De todas las extensiones del cuerpo el libro es acaso la más sorprendente, porque es una extensión de la memoria”. En la primera conferencia, El libro, en Harvard.

En un zoológico de Estados Unidos los orangutanes se divierten con el Ipad, dicen en la televisión: la cámara muestra sus brazos robustos y peludos que salen por los barrotes y deslizan los dedos sobre la superficie iridiscente que cambia de colores, formas, o traza líneas de dibujo. En Babelia, primer número de 2012, un artículo sobre los Zoo humanos de comienzos de siglo pasado: antropólogos que se hacían fotografiar en medio de negros somalíes vestidos con taparrabo y armados de lanza. La propaganda asociada a la tecnología de última generación tiene 2 correlatos: 1. La sociedad se divide entre quienes usan la tecnología y los pre-mediáticos. Propaganda colonialista que convierte el uso y la posesión de la tecnología en una distinción de clase. 2. La tecnología es un supletorio de la felicidad y la eficacia: te distrae y te ahorra tiempo al reunir las funciones de otros medios: el teléfono, la cámara, el cuaderno, el lápiz, el almacenamiento de la información.

Es fin de año y voy con los míos. Un nuevo miembro está por llegar y otro está por irse. Es una navidad con pena y alegría. La embarazada aun no quiere hacerse a la idea: mejor no ilusionarse para no defraudarse. Tiene 35. Ha esperado años para quedar en cinta y no lo consigue. Ahora la prueba es positiva, pero teme que sea ectópico o que pueda perderlo por cualquier descuido. Tal vez sea su última oportunidad. ¿Qué será nacer en 2012, en un mundo de profecías mayas, en un mundo que se parece cada vez más a Odisea en el espacio de Kubrick? Enseño el Ipad a la nona de 92 años con apoplejía. Lo tienta con su dedo tembloroso y el tablero se ilumina. Hace un gemido (no salen palabras) pero es una exclamación de sorpresa. La hija (75 años) pregunta qué es eso. La enfermera responde por mí: “La tecnología que vino después de los computadores”. Replica instantánea: "Yo que no conocí ni siquiera los computadores…"

Ahora organizo una biblioteca virtual en la herramienta Ibook. Permite organizar y leer textos en pdf o en mobi y otros formatos de encriptación. Mi hermana conservaba en su computador 500 libros en pdf y alguna vez se lo reproché, pero ahora le echo mano para mi servicio. Decido solo tomar unos cuantos y organizar en géneros breves: ensayo, cuento y revistas. Descargo números atrasados de Hermano Cerdo y Orsai. Los textos de la primera generación de Hermano Cerdo eran pdf a dos columnas. La segunda frase creó monográficas en epub, que se ven mejor, se adaptan a los tamaños y área de la pantalla y no se requiere esforzar la vista ni los dedos. Los archivos de texto convertidos a pdf tienen problemas de visualización por su rigidez. Hay que aproximar constantemente párrafo por párrafo y la lectura se retrasa. Calibre, un programa que permite convertir archivos de texto a formato epub, mobi, e-book y los principales formatos de dispositivos puede ser la opción para adaptar textos personales al Ipad. Después de dos días de traslado de textos vía e-mail tengo una biblioteca ambulante de 50 títulos. Entre los autores que me parecieron más adaptables para distancias cortas está (quién lo creyera) Borges, Mamet, Pessoa, Thompson, Capote, Walsh, Wittgenstein, Abbott, Freud, Aristóteles, Chesterton. ¿Y los otros 450 títulos de que puedo disponer? Me llevaría 4 o 5 días su traslado y clasificación y eso aburre. Aun así no pasaría de leer más que algunas páginas. Mi disciplina me obliga a leer 200 páginas diarias (lo que cada vez es menos posible). En una semana disciplinada arroja alrededor de 5 libros. Si multiplico la proporción aritmética de mi hábito lector por una vida longeva de 60 años leyendo a este ritmo no lograré leer más de 15.000 volúmenes en mi vida. Así que voy a tener que seleccionar con pinzas esa biblioteca.

Ezine. El internet había que tomarlo por asalto. Su potencial para la edición y difusión de textos es enorme. La transformación a que sometió los medios tradicionales, imprevisible. Cine, literatura, pensamiento, prensa, concentrados en un solo mecanismo, con lectores que disponen el lugar y la hora de acceso. En Colombia, las revistas culturales, los periódicos y los canales siguen al servicio de clanes cerrados y exclusivos monopolios de intelectuales y nepotistas. Desde allí se pontifica lo que debe leerse, lo que debe pensarse, lo que debe elegirse y lo que es el arte. No sospechaban que en los últimos cuatro años, mientras la lectura se desplomaba 30%, la lectura en internet se duplicaría. ¿Qué camino debíamos tomar los que venimos de penumbra editorial? ¿Esperar en la hilera a que un editor neoliberal diera visto bueno a un texto antihegemónico? Crear su antítesis. Un portal antihegemónico. Un fanzine web para el que hemos descartado mil nombres que ya fueron pensados antes. El manifiesto podría empezar más o menos así: “Rechazamos participar en una gleba organizada por los poderes mediáticos al servicio del capital. Avalamos el ejercicio del pensamiento disidente, las voces nuevas del arte, el periodismo centrífugo. Es este un lugar de encuentro y una trinchera digital y un laboratorio experimental de edición, de cocina y de video. Tenemos edades pre-mediáticas y formación humanística. Convocamos espíritus críticos, insolentes y disidentes para llevar a cabo una misión: comentar el estado y descomposición del mundo. Nos interesa la crónica, la literatura con preocupaciones formales, la poesía, el cine, las píldoras de pensamiento, el ensayo anticanónico. Las redes, los dispositivos, los servicios gratuitos. La cocina. La ficción. La tragedia colombiana, mexicana, latinoamericana. El exilio. Una revista ecléctica en internet. ¿Para qué? Para disentir. Hoy que no nos quedan ideologías y que las formas de resistencia contra todos los intentos de aplastamiento  y exclusión y encasillamiento se han implementado sin resulta, nos queda internet para intentarlo de nuevo. Ya estaremos informando. 

IChing. 16. Yü. El entusiasmo.

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