Literatura y ciudad, afanes antolométricos

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Según Gabriel Zaid, ensayista mexicano inventor de la antolometría, una antología debe incluir sólo a los que necesitamos leer; no a los que merecen actos de piedad. Uno puede necesitar leer novelas por infinidad de razones, empezando por la más común: perder el tiempo; y terminando por la más aberrante: la de ganarse la vida. En medio de los dos extremos caben otros intereses: los sicólogos pueden navegar en busca de novelas urbanas para rastrear un mapa del sujeto urbano en Colombia; los sociólogos para confirmar que ahí subyace del animo urbanista que despobló el campo y que convirtió a Bogotá en urbe caótica donde la guerra que se vive en la periferia llega siempre en los ecos de un petardo; los críticos literarios y los reseñistas podrían extraer de estas tres novelas la carroña suficiente para cobrarse dos o tres sueldos de domingo. Cualquier necesidad que conduzca a ellas puede terminar en notables hallazgos. Sin embargo, no está de más decir que los lectores de estos libros al final se hagan preguntas más interesantes que las de los críticos, los sociólogos o los urbanistas. Las mías fueron estas: ¿Qué hubiera escrito Andrés Caicedo si le hubiese tocado conocer de cerca la Cali mafiosa de los Rodríguez Orejuela a la vuelta de diez años? ¿Habría despreciado el realismo expresionista por el realismo crítico burgués y se habría dedicado al relato sicodélico y a trasponer fotográficamente la ciudad a sus cuarenta años como hacen hoy sus emuladores? ¿Habría tomado partido por la denuncia social a los cincuenta? ¿Cuál va a ser la descrestante segunda novela de Antonio Caballero? ¿Será capaz de tirarla a la basura después de amasar y medir sus palabras por más de dos décadas? ¿Por qué calles se trazarán los muros que dividan a nuestras ciudades como lo profetizó Héctor Abad en Angosta? ¿Qué tipo de ciudad les queda a los poetizadores ripios de una urbe en permanente cambio?
A Caicedo le tocó la adolescencia como ojo avizor, y los años setentas en Cali como paisaje urbano, y esa ya era en potencia la Cali de años 80s y 90s descrestados por el auge mafioso. Por suerte también tuvo el cine de Hitchcock y el humor de Jerry Lewis. La prosa siniestra de Lovercraff y el delirio de Edgar Allan Poe. A mí se me ocurre que de todos modos la Bogotá de Caballero no es la misma Bogotá de hoy. O bueno, sí: pero multiplicada por diez. Antonio Caballero insiste en que su Bogotá nunca pasará, Jamá, pero al menos con esto confirma que a los lectores no se les complace ni se les viene con clasecitas de aliento y briznitas de esperanza urbanística. Héctor Abad no profetizó nada, porque su oficio no es el de ser profeta, y porque los muros que nos dividen ya hace mucho tiempo que fueron levantados para tranquilidad de los Dones y lastre de los Tercerones. ¿Qué les queda entonces a los nuevos escritores que pululan y se pudren en esas capitales que sólo son pueblos en busca de una ciudad? Naturalmente, en literatura, todo está por descubrir. Para un hombre que se pudre, veinte años son media vida. Para el genio, veinticinco años son todo. Para la literatura, veinte, cuarenta, sesenta años pueden ser simplemente el tiempo insignificante en que las obras maestras empiezan a madurar.

"¿Por qué sólo la historia de la buena literatura?
El arte malo ¿no puede caracterizar más a una nación?"
Witold Gombrowicz
Diario de 1945
(Ultima de la serie. Para leer comp,eta siga el link serie 2)

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