Vida y muerte de Boris Vian a Golpes de trompeta

8:52


Los personajes de Boris Vian son como su cara: normalmente anormales. Cosa que llamó la atención de Alfred Jarry y de Raymond Rousell, y de todos los lectores normalmente anormales, moralmente sospechosos y humanamente escindidos del reality. Los personajes de Vian son excepcionales. Tienen profesiones normales, pero hacen en ellas cosas que parecen no serlo: los ingenieros construyen ferrocarriles empezando por poner los durmientes, pasando a instalar los rieles y finalmente sembrar la grava. Cosas así, al revés. Además tienen nombre de perro: Didiche, Petijean, el profesor Mascamangas, Atanágoras. Hay uno que se llama Ana. Pero no es una mujer. Y viene el desconcierto: ¿cómo puede un protipo de macho delta llamarse Ana? Es como llamar a un niño Alicia durante diez años y no causarle un complejo de identidad. Es como llamar a un tipo Magdalena durante 300 páginas y no empezar a generar un enrarecimiento del arquetipo. A Vian no le importa. Sus personajes son hombres y mujeres de todos los sexos. También hay ratones, que hablan y aparecen y saltan de una novela a otra como si su autor sólo se hubiera propuesto una larga novela de trama insólita y separada simplemente por fechas y por varios títulos. Los revólveres que usan los policías de Vian se llaman igualizadores, y sirven para ilustrar una bella y temible idea de Orwell en aquello de que todos somos iguales pero algunos somos más iguales que otros. Mundos raros, con gente rara. La gente, esa entidad amorfa, es de admirar en los libros de Vian: toman el transporte para movilizarse trescientos metros, pero como les parece demasiado corto el trayecto, entonces se devuelven tres estaciones evivalalibertá. Juegos de arquetipo, novelas con tramas insólitas, países con leyes que atentan contra las leyes, contra las leyes de la física, de la mecánica, de la razón y de los hombres. Boris Vian fundó un país llamado Exopotamia, por negación de su contrario, Mesopotamia (entre ríos), donde está la cuna de la civilización. Exopotamia es el fin de la civilización, las antípodas, un desierto que tal vez no tiene final, atravesado por un ferrocarril. Allí las mujeres trabajan semidesnudas, en oficios de hombres, con faldas muy cortas y tetas al aire. Tiene nombres de elementos químicos: Cobre, por ejemplo. O de astillero: Rochelle. Son tontas. Porque Vian era partidario de Baudelaire: “amar a una mujer inteligente es placer de pederastas”. No las insulta, claro, porque en la lengua que se inventó Vian para escribir sus libros no se malgasta en epítetos para pordebajear mujeres. “¿A qué insultarlas?”, preguntan sus personajes: “al fin y al cabo no son más que un agujero rodeado por pelos.” Para sostener las pocas ideas que sostienen los argumentos insólitos de sus libros, Vian utiliza todo un arsenal de contradicciones, juegos sintácticos y argumentos justos y, desde luego, injustos. Boris Vian sabía muchas cosas inútiles y para sostenerlas usaba conceptos disímiles que lo mismo podía provenir de la ciencia que del sicoanálisis; los epígrafes que utiliza saltan de manuales de mecánica, revistas de señoras, instrucciones de uso y uno que otro poema de Charles Baudelaire. Cosa heterodoxa, pero apenas previsible en un hombre que fundó su primera orquesta a los 10 años, acompañado por sus hermanos, que luego estudió trompeta, que se licenció de ingeniería, que ascendió de desnarizador en primer grado a Sátrapa de turno, por el colegio de patafísica de París, que fue crítico de música, traductor de novelas, cantante, actor de ópera y de cabaret, pintor, director de dos compañías discográficas, inventor de la silla plegable y de la rueda elástica (entre media docena más de objetos inservibles), poeta de rima y metro; novelista de thrillers que escribió una serie por encargo y se casó dos veces; y todo antes de los 40 (puesto que murió en un teatro, la noche que estrenaban la pésima adaptación cinematográfica de su novela Escupiré sobre vuestra tumba, con 39 años).

Boris y Le Mayor

Había nacido en Ville-d´Abray en 1920. En un ardiente julio de 1940, en Capbreton, donde su familia pasaba los veranos, fabricó una fiesta ruidosa y allí conoció a la que no tardaría en ser su primera esposa, Michele Leglise, y a su mejor amigo, Jacques Loustalot, un pequeño genio de 15 años que decía tener 20, que era una contradicción desde la apariencia: bizco pero elegante, excéntrico pero tranquilo, amante de oír y también de bailar el Jazz. Con el paso de los los años, a su esposa la convertiría en un memorable personaje de su novela “La espuma de los días”, y a su amigo lo convertiría en el segundo de abordo de sus novelas satíricas y violentas (Escupiré sobre vuestra tumba, Que se mueran los feos, El otoño en Pekín). Ahora, de 19, con su mejor amigo que aparentaba 20, a quien llamaba Le Mayor (¿el mayor?) y las dos cosas que más quería en el mundo: su mujer y el jazz, se fue a derrumbar a trompetazos los muros de la capital de Francia.
Para empezar, consiguió trabajo como músico y logró que le arrendaran un cuartucho en el segundo piso de Le Moulin Rouge, el famoso cabaret. Poco tiempo después se convertiría en el tipo más ruidoso y simpático del barrio St. –Germaine -des-prés, amigo de Sartre y de Simone, discípulo de Alfred Jarry y admirador de Raymond Rousell, de cuya obra Locus Solus es indudable tributario. Boris Vian era un torrente de vitalidad que no paraba. Junto a Le Mayor, que se convirtió en su sombra, se trazó el proyecto de beber toda la cerveza del mundo y de morir antes de los 40. Lo consiguieron: Boris en un teatro y Le Mayor en una fiesta, después de una espléndida borrachera en la que se despidió de todos y salió a la calle por la ventana. Tenía la costumbre de vivir bajo reglas insólitas, entrar y salir por los altillos, desnudarse para ir a misa o a pasear por los campos elíseos, comer carne de hombre o de mujer que compraba en la morgue, o en la facultad de medicina. Esa vez Le Mayor también quiso salir por la ventana, pero olvidó un solo detalle: la fiesta se desarrollaba en un cuarto piso. ¿O no lo olvidó?
Boris Vian quedó muy triste a la muerte, o el suicidio de su amigo. Entonces decidió convertirlo en el personaje de una novela. La primera de estas novelas que sometía a las más férreas leyes de la intuición, la inexperiencia literaria y el efectismo. Novelas que son como el jazz: “Hay que entrar en trance”, de otro modo no comprenderás que hay poco por entender. La primera la escribió en clave de pastiche, con la retórica del thriller gringo al que se había aficionado. La escribió en dos semanas. La envió luego a Gallimard bajo el seudónimo Vernon Sullivan y enseguida se convirtió en un completo éxito de críticas, pero de pocos lectores. Era la historia de Lee Anderson, de raza negra pero apariencia blanca, gringo, con la verga más morcillona del profundo Sur americano. A este tipo le matan a un hermano y le apalean a otro. Entonces se infiltra entre el mundo racista, seduciendo incautas a golpes de su siembro abultado, para llevar a cabo un estupendo plan de exterminio contra racistas en que viola, patea, mata mujeres y come del muerto con lo que consigue dos cosas: cobrar venganza de su raza por su propia mano y terminar condenado a la horca. En las dos únicas líneas que componen el capítulo final, Vian destila y concentra todo el ritmo vertiginoso de su novela en una sola imagen grotesca y violenta:
“Los del pueblo le colgaron igual, porque era un negro. Su pantalón seguía formando en la entrepierna un bulto irrisorio”.
Fin.

Escupiré sobre vuestra tumba y otros escupitajos

Fue publicada con el nombre Escupiré sobre vuestra tumba, firmada por el supuesto Vernon Sullivan y prologada por su traductor : Boris Vian, quien dice en el prólogo que el libro era impublicable en Estados Unidos por ser el autor un negro, y porque al día siguiente la hubieran prohibido: “Hacia julio de 1946, Jean d´Halluin conoció a Sullivan, en una especie de reunión franco-americana. Dos días más tarde, Sullivan le entregaba su manuscrito)( Sullivan no tenía el menor inconveniente en dejar su manuscrito en Francia, ya que los contactos que había establecido con diversos editores americanos le acababan de demostrar la futilidad de cualquier intento de publicar en su país”.
La crítica de gacetillas francesas mordió el anzuelo. Creyeron que estaban verdaderamente ante la novedosa obra de un outsider, un autor fuera de serie, blanco, pero negro, autor de la novela más violenta que se hubiera publicado hasta entonces en Francia. Enseguida Boris le ofreció al editor de Gallimard escribir un Best-Sellers sangriento y salpicado de sexo cada mes y publicarlo bajo seudónimo o seudónimos, ya respondieran a Vernon Sullivan, Bison Ravi o Hugo Hachebuisson. Gallimard aceptó, y la crítica se enloqueció en adulaciones. Boris Vian recurría siempre a una pareja de amigos o hermanos (¿el dúo Vian- Le Mayor?) que se metían en problemas, que eran perseguidos por un grupo de ninfómanas asesinas (El Arrancacorazones), o que eran contratados para construir el ferrocarril de Exopotamia (El otoño en Pekín). Todo se puede plagiar, parodiar y robar en literatura, salvo el estilo. El estilo de Vian es incomparable, aunque él lo hubiera tomado de los folletines Pulp Fiction gringos y los haya refinado con leyes de la patafísica y les haya impuesto el ritmo azaroso del jazz. Las oposiciones de Vian rayan a veces en el ridículo de las tautologías capciosas que esconden chistes para lectores atentos: pedazos de queso que bullen en el plato malva con agujeros malvas, corazones que se aceleran rebosantes de gozo y se agitan tanto hasta que “su vértice llegó a tocar el decimoctavo par de nervios branquiales”; sus descripciones lacónicas pero cínicas de objetos como las sillas Luis XV cuya apariencia era “fría, inerte y Luis XV”; y sus mudas de tiempo imprecisas pero de una belleza retórica eran imposibles de no dar alertas acerca de la única pluma que se escondía tras de varios seudónimos: “Después de diversos avatares, provocados tanto por la malignidad de los seres humanos o de las cosas como por las inexorables leyes de la probabilidad, se reunió ante la puerta de las salas de junta casi la totalidad de los convocados, que fueron introduciéndose en dicho lugar tras los frotamientos palmarios y las eyaculaciones de saliva aspergeada que son uso de las sociedades civilizadas y que las sociedades militarizadas sustituyen por manos a la sien y taconazos ante el jefe”.
Con el cuarto libro empezó la sospecha de los críticos. ¿Quién era el autor que se regodeaba con tantas escenas brutales y cuyos personajes tenían una cierta tendencia al exhibicionismo, la pederastia, la excentricidad y la delincuencia? ¿Por qué no concedía entrevistas? ¿Por qué siempre los asedios al autor y todos los caminos y todas las preguntas que se enviaban a Gallimard conducían y se remitían al traductor de siempre, Boris Vian?
La farsa se vino abajo.
Y la crítica, que no soporta un espejo donde desnuda se refleje su desnutrición; desengañada, ridiculizada con modelos y procedimientos que quedaban obsoletos y desvalorados, con el escupitajo de Vian no sobre la tumba sino colgándole sobre la cara; herida en lo más sensible de su especialidad, nunca se lo perdonó. Los libros de Vian empezaron a reseñarse menos o a reseñarse mal en la prensa de Francia. La alta sociedad francesa calificó al autor de degenerado, empezó una campaña de desprestigio y Vian tuvo que afrontar juicios públicos por impudicia y obscenidad.
Pese a todo, Boris Vian sabía zafarse. Era el mil oficios. Un actor. Es decir, un payaso que avanzaba señalando su máscara. Sabía que las buenas costumbres y todas las santas ceremonias sociales, son estúpidas y mentirosas. Además, junto a su amigo Le Mayor, había adherido a la escuela de Patafísica, anticiencia creada por Alfred Jarry como refutación de lo que todos llamaban “serio” y cuyo valor más excelso era eso: la provocación. Sus novelas eran sátira, pastiche y provocación: sutiles puñaladas en las fibras sensibles (en los coños sensibles) de las sociedades hipócritas. Cuando Escupiré sobre vuestra tumba empezó a ser adaptada al cine y los productores quisieron cortar los fragmentos más violentos, los pasajes que acusaban la xenofobia gringa mostrando el racismo en su estado puro de violencia y vejación, Boris Vian se negó a hacer una película que se alejara del hondo calado de su novela. El contrato ya estaba firmado y el rodaje continuó. Boris Vian no quiso participar, como protesta, pero la película se estrenó en 1959.
Esa noche, en pleno teatro, a mitad de la premier, Boris Vian sufrió un infarto que se convertiría en su última excentricidad.

Escupiré sobre vuestra tumba, Circulo de lectores, Bogotá 1989
Que se mueran los feos, Tusquets, 2001
La espuma de los días, Bruguera, 1980
El arrancacorazones, Bruguera, 1981
El otoño en Pekín, Editorial Bruguera, 1981
Anita Leroux, Biografía Boris Vian.
El elogio de la berenjena, Abel Gonzáles.

You Might Also Like

1 Deja un comentario

Maneki-Neco

Maneki-Neco

RADIO

FANS