Con Chatwin, Susannah Clapp

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Relatividad del tiempo sicológico: a los 30 años uno puede preguntar: ¿a qué hora llegué yo aquí? Pero mientras vivías, los días eran largos y tediosos. Como esas infancias estériles y contemplativas en las que no sabemos qué hacer con nuestros cuerpos. Como esas adolescencias perturbadas en las que todo es una completa aburrición que sólo acabará con la muerte (una muerte a la que no nos atrevemos a abrazar del todo). Sostiene Susannah Clapp que Bruce Chatwin se hizo escritor a los 30 años y que todo lo que vivió antes, lo hizo para estar listo. A los 20 se anotó en Sotheby’s, una agencia de antigüedades, y allí escaló como marchante de arte, especialista en impresionismo del siglo XIX y en objetos primitivos. Chatwin a los 21 años podía localizar una falsificación de Matisse a diez centímetros de sus ojos azules. Podía elevar a la categoría de arte una ponchera que usaban los pescadores hindúes para ofrecer subiendas recién sacadas del río. Como marchante, descubrió que el valor de un objeto está determinado por la historia que esconde. Se refinó, al punto de sostener que su peor pesadilla era pasar la noche en un cuarto lleno de Rubens. Con pinceladas tan discretas como contundentes, empieza a dibujar Susannah Clapp el perfil de Bruce Chatwin. Al comienzo, una juventud repartida entre la arqueología y el mercado del arte, luego un trasiego constante a los lugares más equidistantes del globo en busca de pedazos de piel, de gemas, de retales, y finalmente un fresco mesurado de su convalecencia, enfermo de sida. En cada capítulo analiza uno a uno de los cinco libros que dejó Chatwin. Clapp fue la delegada por la editorial de Jonathan Cape para editar el manuscrito de En la Patagonia. Sin ningún pudor confiesa cómo fue descartando los aspectos más biográficos que el escritor quiso incluir en el libro por la sencilla razón de que entonces a nadie le interesaba quién era Chatwin. En el manuscrito original estaba concentradas numerosas escenas infantiles biográficas que harían de contrapunto a los personajes que iría a encontrar en la Patagonia de adulto, siguiendo las huellas de un mamut cuaternario visto en la infancia. Estaba fascinado con el poder de evocación del primer volumen de En busca del tiempo perdido, inclusive pensó poner un epígrafe de Proust, pero ella logró convencerle de que era pretencioso, de que definiera la esencia del libro, que era un libro de retratos humanos. En jornadas de lectura en voz alta Clapp fue sugiriendo a Chatwin que ordenara su desorden. Chatwin ya empezaba a reconocer sus recursos, separó retratos, escenas, documentos, ensayos y los armonizó llenándolos de aire, creando los circunloquios y absteniéndose de juzgar lo que veía, en un estilo que después fundaría escuela. Los datos biográficos son escasos: un matrimonio, variadas anécdotas sobre buen gusto, exquisitez, refinamiento, preciosismo y manías; gustos, aficiones, homosexualidad y sida. El libro es más bibliográfico que biográfico: de la misma forma que narra el proceso de edición de En la Patagonia, aborda luego la historia bibliográfica de Utz (donde Chatwin potencia todo su saber de coleccionista), Colina negra (donde Clapp sugiere una velada fijación por el ocultismo y por la sexualidad incestuosa entre mellizos, y documenta esta fijación compartida por otros escritores en la historia de la literatura), El virrey de Ouidah y la frustrada vocación de biógrafo que sostenía la idea generadora pero que al no concretarse condujo a su novela, y acaba con las teorías chatwinianas sobre el nomadismo en Los trazos de la canción, un texto para sostener la teoría de que el nomadismo amplía el pensamiento, porque el viaje es una forma de pensar, porque quien no viaja sedentariza no sólo su cuerpo sino su cerebro. El último capítulo está dedicado a recobrar la convalecencia de Chatwin y su proceso de descomposición, su deseo de concretar mil proyectos que la enfermedad postergaba, su resignación, su desprendimiento de objetos que había acaudalado. El patetismo de dos escenas íntimas, en las que Chatwin aparece minado por la enfermedad (un calzoncillo que cae, un llanto ante la fotografía extraviada) se catalizan con otras escenas de plena vitalidad (Chatwin y Salman Rudshie en Australia, Chatwin y la exquisitez gastronómica) y con pasajes reflexivos sobre la enfermedad en los que advierte que Chatwin fue el primer enfermo ilustre que pidió públicamente una distinción entre sida y VIH para sobrellevar el mal como una enfermedad crónica y no mortal. Es una biografía sencilla, especular, sin intromisiones del biógrafo como si la dama estuviese viendo a su amigo a través de un espejo contra la luz. La biografía de un hombre que no se aburría, porque miraba el detalle que nadie más miraba, porque sabía exactamente el origen de sus gustos y sus desafectos, porque antes de que llegara el tedio, partiría a un nuevo rumbo. Tal vez por eso se buscó una muerte temprana, a los 48: para no aburrirse.

De los textos inéditos recobrados para el libro:
“Viajar no sólo amplía la mente. Crea la mente. Nuestras primeras exploraciones son materia prima de nuestra inteligencia… Los niños necesitan caminos para explorar, para orientarse en la tierra en la que viven, como un navegante se orienta por las señalizaciones conocidas. Si hurgamos en los recuerdos de infancia, recordamos primero los senderos, luego las cosas y la gente: senderos por el jardín, el camino a la escuela, el camino alrededor de la casa, las huellas a través de helechos o las hierbas altas. Seguir el sendero de los animales era el primero y el más importante elemento en la educación del hombre primitivo”

Título: Con Chatwin / Retrato de un escritor
Autor: Susannah Clapp
Muchnik Editores
Tradución: Nora Muchnik
Año: 1997
Páginas: 291

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