Prólogos con un prólogo de prólogos, Borges

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8. Uno para leer por fragmentos (reto 30 libros)


En el capítulo III de Pequeña historia de Inglaterra Chesterton acusa a los eruditos de descuidar la periferia: “los eruditos presumen, pero no lo explican, que un gobernador romano o un jefe galés pudo aparecer a la incierta luz del crepúsculo, bajo los rasgos del tremendo y romano Arturo”. Si los eruditos dicen que "los eruditos" son los otros, ¿entonces quién coño son los eruditos? Es más fácil ser erudito que sabio. Para ser erudito basta con una memoria despierta y método de clasificación y disciplina lectora. ¿Qué se necesita para ser sabio? Una interconexión entre todo el saber adquirido y una yuxtaposición de ideas sabidas que lleve a una idea novedosa. Borges, que admiraba a Chesterton, era un sabio. Tenía del erudito una obsesión por los libros ajenos y la paráfrasis sobre las ideas y los argumentos (que según sus cuentos no le pertenecen a nadie), cuya variación amplía los horizontes de la literatura. Borges admiraba en público los cuentos de Chesterton. Hizo un prólogo al Padre Brown, a quien consideraba uno de los personajes inmortales de la literatura. Pero tal vez la admiración de Borges hacia Chesterton estaba más dirigida a la acrobacia de los ensayos. En uno, Chesterton se ufana de ver toda la injusticia social en el pelo sucio de una niña. En otro, ve la historia de Inglaterra en las escamas de una piña. Descubrí a Chesterton por Borges, y a Maeterlinck, y a Macedonio Fernández.
El libro que recomiendo para leer por fragmentos, mientras se viaja, o se va de vacaciones, o se espera la extracción de una muela cordal, es el volumen 4 de Obras Completas, de Borges, no de Chesterton, editado por Emecé. Se consigue en toda América Latina. Inclusive en saldos, a bajo precio. Contiene las reseñas y biografías paralelas al estilo Schwob que escribió Borges en una revista para amas de casa, El hogar, cinco conferencias dictadas en un coliseo argentino (Sobre el cuento policial, El libro, Swedenborg, El tiempo, La inmortalidad) y los cien prólogos que dedicó a la colección Biblioteca Personal cuando tenía ochenta años. Es un libro para descubrir libros, un catálogo de lecturas escoliadas con ironías y agudezas. En algunos hace justicia literaria (“Nabocov declaró que no había encontrado una sola página de Dostoiewski digna de ser incluida [en su antología]. Esto quiere decir que Dostoiewsky no debe ser juzgado por cada página, sino por la suma de páginas que componen el libro”). En otras inserta etimologías apócrifas (“Kierdkeegard, cuyo profético apellido vale por cementerio”). En otras esgrime las mismas armas que ensaya en El arte de injuriar: exageraciones burlescas (“Melville tenía, como Colerigde, el hábito de la desesperación”), falsas caridades (“La obra –poética y prosaica- de Kipling es infinitamente más compleja que las tesis que ilustra”) de donde se infiere que importa más la complejidad de la ejecución que la trivialidad de los temas; concesiones traicioneras ( “[Croce] Para eludir una total desesperación resolvió pensar en el universo: procedimiento general de los desdichados y a veces bálsamo”), paciente desdén (“[Graves] niega a Virgilio, a Siwirburne, a Kipling, a Eliot y, lo cual es menos misterioso, a Ezra Pound”). Tiene, además, teoremas enigmáticos (“Hay estilos que no permiten a su autor hablar en voz baja”). Tiene notables selecciones de adjetivo (decir “evangelistas” donde otros dicen “epígonos”, decir de Hamlet que “frecuentó la duda y la angustia, voz de origen latino a la que dotó de un nuevo escalofrío”), florece en paráfrasis letales (dice que dijo Groussac que “ser famoso en Suramérica no es dejar de ser un desconocido”). Contiene advertencias metafísicas (“las obras maestras requieren cierta inocencia por parte del autor”), y etimologías olvidadas (“La Biblia, cuyo nombre griego es plural, significa los libros”). Hay síntesis semánticas (“La palabra Apócrifos ahora vale por falsificado; su primer sentido era oculto”). Hay ataques frontales a las clasificaciones arbitrarias (“Virginia Woolf ha sido considerada ´primer novelista de Inglaterra´. La jerarquía exacta no importa, ya que la literatura no es un certamen”). También podemos inferir sus afiliaciones discretas y sus devociones fanáticas (“Los largos siglos de literatura nos ofrecen autores harto más complejos e imaginativos que Wilde; ninguno más encantador”). Hay confesiones íntimas que se convierten en afirmaciones categóricas y que evidencian al hombre detrás de la obra que interpreta (“las ficciones de Welles fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos”).
Algunos escritores se conocen mejor por sus rechazos que por sus adherencias. En este compendio se guardan las adherencias de Borges, afloran sus censuras morales; y su falsa modestia desvela en el fondo los postulados estéticos que elaboró en la obra de ficción. Hay reseñas que son dobles o triples recomendaciones encubiertas, y todas escritas con un entusiasmo sobrio, como esos fantásticos papás de Francia que conminaban a las hijas para ir la universidad donde serían desfloradas. Todas abren lecturas múltiples y transversales. Hay recomendaciones de prudencia y graves hallazgos, como aquella de que la poesía es una operación intelectual, no un don de la musa; o aquel donde supone que hay cosas que no se deben decir para no desalentar a la gente, o que la práctica de la actuación trae alegrías pero sobretodo fecundas desdichas.
Cuatro libros por el precio de uno. Cómprenlo, o róbenselo, si pueden.

Borges, obras completas, Vol 4, Emecé

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