Presagios: Edipo rey y sistemas de anunciación (I)

14:04


Al abrir una ventana de internet apareció esa propaganda emergente con un oráculo atroz: “adivina la fecha de tu muerte, escoge una carta”.
¿De qué sirve conocer la fecha de tu muerte? ¿Eso te hará vivir con mayor intensidad los últimos días?
No pongo en duda, por ahora, que funcione. Pero lo temible no es que funcione, sino que condicione el final (y la forma de conducir nuestra vida). Los supersticiosos somos fácilmente sugestionables. Gente hay que piensa tanto en una cifra de la lotería vista al paso en la placa de un carro que esta cifra tiene la delicadeza de salir premiada.

Para la muestra, dos casos, de gente cercana: mi amiga pitonisa tiene un hijo de 11 años que cumplió años el 11 del mes 11 del año 2011. Propuso en familia no dejar pasar de largo la fecha y comprar la lotería de cuatro cifras en 0411. Pasaron todo el día consultándolo y a todos se hizo tan evidente que la lotería solo podía caer en ese número que al final nadie se acordó de comprarla, y el número, para confirmar la anunciación y concretar el regalo, cayó 0411.
Otro: la abuela de Úrsula Stäel pronosticó su propia muerte, casi como si hubiera resuelto morirse; para dejar todo en regla repartió las herencias, se acostó en la cama y falleció a los pocos días como había difundido.

Prefigurar tu propia muerte o que te la pronostiquen es un asombro de la realidad. No creo que haya un escritor que se resista a escribir sobre esto. El arte también puede servir como anunciación. En la antigua Roma se usaba La Eneida de Virgilio como oráculo. Abriendo sus páginas al azar se podía leer en lo que el poeta decía una respuesta a una pregunta formulada. Era la época en que el poeta tenía el prestigio del vate y el guía espiritual de la sociedad. A este oráculo adivinatorio se le llamaba Sortes Virgiliae. Hay otra obsesión de vaticinios en arte y es la de registrar los destinos de los personajes como una trama dentro de la trama, como una mise in abime.
Borges resumió algunas de estas recurrencias con sus relaciones acrobáticas a los pies de página de un ensayo de 1930 titulado Flaubert y su destino ejemplar:

"Sigamos las variaciones de un rasgo Homérico, a lo largo del tiempo. Helena de Troya, en la Ilíada, teje un tapiz, y lo que teje son batallas y desventuras de la guerra de Troya. En la Eneida, el héroe, prófugo de la guerra de Troya, arriba a Cartago y ve figuradas en un templo escenas de esa guerray, entre tantas imágenes de guerreros también la suya. En la segunda Jerusalen [Tasso], Godofredo recibe a los embajadores egipcios en un pabellón historiado cuyas pinturas representan sus propias guerras. De las tres versiones, la última es la más feliz"

Para anticipar la muerte, o el número de la lotería, o lo que te acaecerá en un viaje igula sirve cualquier sistema discreto, tarot, I ching, naipes; o cualquier pretexto: oír tu nombre pronunciado tres veces: Sócrates soñó antes de recibir la condena a muerte que Alcíbiades lo llamaba tres veces seguidas; convocarla o presentirla a través de un chiste de humor negro también llamado por Freud humor de horca y definido como aquel que se hace con lo que causa dolor y al que son proclives los sentenciados: según cuenta el informe de la comisión de Memoria Histórica (Colombia, caso La Rochela), la jueza Mariela Morales, antes de partir a la investigación en que sería asesinada junto a otros 11 colegas, indicó a su marido lo que debía hacer con sus hijos de ocurrirle algo, hizo además un mercado con la prédica “para que les dure” y fue a una boutique de San Gil a comprar ropa junto a una amiga a la que dijo: “para que me maten voy a estrenar”. Otro juez, que moriría en la misma matanza (La Rochela 1989) le dijo a un segundo que caería a su lado: “!Oiga, lleve costal para que traiga la cabeza!”.
¿Mensajes anticipatorios? ¿Contemplaciones del futuro?
Para los investigadores del caso La Rochela, que hallaron anécdotas parecidas en los allegados de todos los jueces asesinados, esos chistes negros no se entienden como premoniciones, sino como “formas jocosas de expresar el miedo que sentimos cuando nos preparamos para enfrentar una situación peligrosa”.
Pero, ¿qué tienen todos en común? Gente que es afectada por eventos del futuro que no han ocurrido, pero que por un motivo han de cumplirse.

Tratemos de imaginar los factores y las condiciones necesarias para que una frase o un hecho cotidiano (como la irrupción de una chapola negra a revolotear alrededor de la bombilla) sea tomada como anunciación. ¿Conoces, tú, lector, algún caso parecido de gente que haya anticipado de alguna forma, por anuncio propio o ajeno o de un oráculo, que moriría, y cuyo poder admonitorio haya tenido efecto positivo, es decir que se cumplió?

Conozco un par de ejemplos. Si lo permites, lector, en dos párrafos procederé a resumirlos: A una abuela, que acaba de morir, le fue suministrada leche materna, en la agonía. No es que haya sido de clarividentes pronosticar que iba a morir una mujer de 92 años con un tumor canceroso, y trombosis, y que estaba postrada en una cama en la extrema ancianidad. Sin embargo, el asombro de la realidad ocurre al morir luego de suministrarle leche materna. Fue un consejo entre vecinas: “denle leche materna; eso no la va a aliviar, pero si está desnutrida y no come, necesita fuerzas para irse”. Sorprendente que se necesiten fuerzas inclusive para morir. Continuó la vecina: “la leche materna le ayuda a morir, tal vez no ha sido capaz”. Otra vecina, lactacente, le regaló tres onzas de leche de su pecho henchido. Su cuidandera se las suministró con una jeringa y la abuelita murió al día siguiente, en su cama.
Ahora otro: un piloto salva a un avión de estrellarse viajando como pasajero al reconocer la ruta por las que suele viajar de rutina. Antes de pasar un cerro muy famoso advierte en su asiento que el piloto no ha hecho una elevación del avión y ya se aproxima peligrosamente al cerro. Corre a la cabina y avisa el dato al piloto de turno. El piloto atiende el llamado, eleva el avión y salvan el paso. Nuestro protagonista, sin embargo, cuenta a todos sus familiares la anécdota. Lo que sorprenderá a los testigos es que haya salvado de estrellarse a un avión tan solo para morir, 2 meses después, en el mismo cerro, en un avión ahora sí tripulado por él.

Tratemos de imaginar las partes de la anunciación, los actores y la forma como se concreta el presagio. Al parecer, se requiere, en primera instancia, de una frase o un hecho anunciatorio y de un testigo de la frase o acto que luego se convertirá en hecho numinoso. Alguien hace un anuncio. Otro lo oye, o lo presencia. El primero muere. El segundo concluye que fue una premonición de la muerte. Eso es todo: será la persona interpuesta quien dictaminará si fue anticipatorio o no, al menos en las suertes fatídicas en que muera el testigo principal. No hay que olvidar que hasta el día más tonto se convierte en célebre a condición de que en la noche estemos muertos. En síntesis: se necesita un oráculo (o premonición), un testigo y resultado. El hecho fortuito adquiere visos de anunciación sólo cuando se concreta. De lo contrario se desvaloriza y pierde en las mil anécdotas cotidianas en que están inmersas nuestras vidas. Hay otra forma de que la anunciación tenga validez, aunque no se cumpla. Se requerirá entonces de que sea contrarrestada. Para eso nos ingeniamos, los supersticiosos, esos ritos conocidos como agüeros.

Pero volvamos a las anunciaciones que no se pueden evitar: usualmente magnificamos y llenamos de sentido las últimas veces que vimos a alguien con vida: “me dio", “me dijo”, “me pareció que estaba demacrado”, son frases usuales para iniciar la evocación de ese momento. Encuentros, imágenes y palabras que cargamos de sentido, por ser las últimas. Una conversación banal, un encuentro cotidiano, una carta, difícilmente, sobrevivirían en la memoria de los que recordamos si el otro siguiera vivo. Valen porque fueron las últimas conversaciones, los últimos encuentros o las palabras postreras. ¿Qué cosas podemos recordar de una conversación cotidiana con alguien a quien seguimos viendo todos los días en los últimos meses o años? Muy pocas. Las más felices o las más dolorosas. La frecuencia de contacto borra la fijación en un hogar, en un salón de clase, o en un trabajo.
Para no salirnos del cauce, vamos a ver en detalle el hecho que se vuelve determinante para la anunciación. Usualmente es una frase a modo de confidencia. El presagio ocurre como una bisociación, como metáfora: son dos imágenes que se conectan. Las dos están distribuidas en un tiempo lineal donde el antecedente se vuelve consecuente. En esa relación, una de las partes es predecesora y otra posterior, confirmatoria. Los llamaremos factores, como en una operación aritmética. ¿Cuál es la relación entre un salvamento y un accidente de avión que se posterga, entre un vaso de leche materna y una abuela que se muere, o bien entre un comentario tremendo y un asesinato atroz, o entre una fecha de cumpleaños y un número de la lotería, o entre un litro de aceite que se derrama fuera de la cocina y el incendio de una casa? Hacemos del antecedente un indicio, en el sentido de símbolo saussureano: algo que indica algo para alguien en algún lugar. La definición obliga a la triada: el emisor, el índice y el testigo del índice. En palabras técnicas: El signo, el significado, el significante. Un árbol que se cae en un bosque, sin que nadie lo vea, no es un índice, porque se requiere el testigo. Es decir que el presagio es una explicación para el testigo de ese hecho anticipatorio, y así se concreta.

Oigamos a Borges, en Arte narrativo y magia, libro Discusión. Dice:

“para el supersticioso, hay una necesaria conexión no sólo entre un balazo y un muerto, sino entre un muerto y una maltratada efigie de cera o la rotura profética de un espejo o la sal que se vuelca o 13 comensales terribles”.

Borges había notado que uno de los factores de los presagios era susceptible de ser reemplazado, permutado por otro: el antecedente. Lo que puede significar que la esencia del presagio, el hecho anunciatorio, es un paradigma y que para su función sirve cualquier pretexto, cualquier escena, cualquier palabra, a condición de que sea lo suficientemente simbólico como para que signifique, para alguien, un indicio de la tragedia: carteras puestas en el piso, gallos que cantan a deshoras, sales que se riegan de un salero, escobas que barren pies y cualquier otra imagen poética. Un presagio es una metáfora, plena de significados, usualmente nefastos. El conjuro para frenar las corroboraciones de presagios fatídicos son los agüeros: imágenes y ritos que los supersticiosos implementamos para conjurar los efectos del primer factor, el premonitorio: tocar madera, usar talismanes, bañarse en ruda, quemar sahumerio. No tenerlo o no saber reaccionar a tiempo ante un presagio fatídico es entregarse indefenso a él.

La única forma de ver los síntomas, la crisis y el desenlace de la anunciación, es asistiendo a un presagio y verlo en acción: ver la línea y los factores, apreciar cómo se cumple el destino; convertirse en uno de los factores, el significante.
En una palabra, atestiguarlo.
Como no es posible que todos tengamos una anécdota de presagio corroborado, propongo ver su metamorfosis en Edipo Rey, la tragedia con que triunfó Sófocles (que moriría poco después de triunfar en el concurso anual de teatro en de Atenas por el golpe recibido en la cabeza de una tortuga que llovió del cielo tan repentina y contundente y avasallante como una idea, o como un presagio).

Continúa

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