Los años felices de Emilio Renzi

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Los años de formación son iguales para todos los escritores. Pero los años felices lo son a su manera para cada uno. Voy a Libélula de Armenia pensando en Piglia y encuentro el libro en la vitrina de recienvenidos. Leo la presentación del primer volumen, subtitulado Los años de formación, y luego me salto al segundo volumen, Los años felices. Entonces parodio la frase que abre estas notas. Porque solo me interesa la vida de Piglia o de cualquier escritor más o menos en la treintena, que es la edad en la que ando yo. La treintena es una buena época porque ajusta el ego a sus justos límites. El cuerpo empieza a cambiar, las ideas empiezan a ser propias y si llegaste vivo aún eligiendo un camino azaroso como convertirse en escritor, ya tendrás una voluntad inamovible, inmune al hecho tangencial de ser o no publicado.
Leo las primeras cincuenta páginas. Empiezo a notar los patrones, los grandes temas a los que siempre vuelve, las vicisitudes económicas de los malos trabajos, las lecturas, la gente que conoce y el desarrollo de su obra. Observo entonces algunas categorías en sus entradas: Serie E, donde junta reflexiones sobre el acto de llevar un diario personal. La ciudad de Buenos Aires y el clima de una época. Las rutinas cotidianas. Las personas conocidas. La escritura como único destino. Busco un índice onomástico, pero no lo tiene. Un diario de este tamaño (serán casi mil páginas divididas en 3 tomos) donde hay personajes como Manuel Puig, Pavese, Tolstoi, Walsh, Virgilio Piñera, que reaparecen y que se junta con proyectos literarios como los ensayos y las reflexiones del propio autor, debería tener una forma fácil de navegación para ir a la página directamente en que se menciona. En un sentido editorial, la falta de este índice es una falla. Sigo leyendo hasta tropezarme con una idea familiar. La oí de viva voz de Piglia en una entrevista en Cartagena. El encuentro de la misma idea de forma casi literal me lleva a pensar en el uso del diario como base conceptual. En esa entrevista de Cartagena sobre la novela policíaca, utiliza las mismas palabras para describir las dificultades de una corriente (novela negra) que observa en los años sesentas cuando es editor de la colección Serie Negra. En una conferencia de Monterrey y en una dada en la Plata (2010) dice que los cambios de tecnología son cambios también de textualidad y usa los mismos ejemplos que están en su diario: Tolstoi y Burroughs frente a la máquina de escribir, Puig frente al grabador de voz y literatura no textual. Mi sospecha es que el diario es fijo, pero la memoria es maleable. Si recuerda en 2010 exactamente, con las misma palabras quiero decir, lo que escribió en 1968 en un pasaje de sus 327 cuadernos es porque piensa lo mismo que entonces. Como son 45 años de distancia y de lecturas y de vivencias, me inclino a pensar que es más bien lo que sabía en 2010 lo ha trasformado de lo dicho en 1968 y acaso habrá pulido con la experiencia acumulada el proceso de edición del diario. Imagino que el escritor acaba de releerse y entonces tenía a la mano las observaciones puestas en 1968, o que usaba esos cuadernos para trabajar en sus conferencias. ¿Pero dónde estaban los cuadernos en 2010? Es curioso que Piglia siempre releyó sus diarios con intención de seleccionar fragmentos para editarlos, pero solo empezó a editar sus diarios en serio con ayuda, tras el regreso a Buenos Aires de Stanford donde se jubiló en 2010, y que en Buenos Aires (2011) es donde estaban los cuadernos y no con él en Estados Unidos (si creemos al Piglia que habla en el documental "327 cuadernos"). Me parece curioso que una idea dure tanto sin ser modificada, ideas que ha trasladado del diario viejo a conferencias recientes. Da la impresión de que en el proceso de selección del diario Piglia extrajo la vida privada del diario original y no se incluyó en esta selección de la editorial Anagrama. Si escribes cada día solo un párrafo inteligente, lo más inteligente que se te ha ocurrido en el día y juntas a lo largo de 50 años solo esas ideas inteligentes en un solo libro, tendrás al final un libro que dará la impresión a quien lo lea de que no hubo en tu vida espacio para la estupidez, ni para el aburrimiento, ni para la vida cotidiana. ¿Y qué pasó en las horas donde no se te ocurría nada inteligente, donde tenías que limpiar el espacio donde vivías, comer, amar a alguien? El diario de Renzi es un diario intelectual, no un diario privado. Para captar las horas durante las que Piglia no fue intelectual, hay que cazarlo como un animal escurridizo. (Es lo que intentaré en estas notas: quién era Piglia, quién  Renzi).
Compro el segundo volumen en Libélula. Al llegar a casa noto con cierta decepción que tiene una cortada de bisturí en la tapa. Pienso que me vendieron un libro defectuoso. Me molesta esa idea de comprar un libro costoso impreso en el papel mezquino que usa Anagrama para sus ediciones en Latinoamérica y además cortado por accidente en la librería. Entonces recuerdo la hipálage de Borges que más le gustaba citar a Piglia: Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa. Cortado será más mi libro.

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