La resurrección del Hermafrodita Dormido

13:26


“¿Por qué afirmo que vivo a la enemiga? Porque he luchado contra todo lo existente. No puedo tener amigos, si no cuando mueran los colombianos de hoy y desaparezcan los intereses actuales ( ) y así como me odio a mí mismo, odio a la Colombia actual”. El que esto escribía, se llamaba Fernando Gonzáles. Y está en un libro suyo llamado “El Remordimiento”. Lo he transcrito de mis citas al vuelo en papeles que guardo de los libros que leo, pero encuentro que es en el libro de Los viajes o de las presencias donde Gonzáles explica muchas de sus frases arcanas para aquellos que aun se nieguen a comprender la primera de esta nota: “¡Qué bueno publicar un librito duro, límpido, vívido! ( ) Un librito que fuera como para después que pase el jaleo, para los que vendrán; que no se venda hoy; que no sea de ayer ni de hoy, sino de un lejano mañana, y que lo encuentren de pronto los semejantes al ser oculto que lo escribió, y vayan a buscarlo y a buscar su tumba, y no hallen nada, porque está “allá”, más lejos de donde habitó antes de nacer en Envigado… De 160 a 200 páginas, en octavo, forma francesa de bolsillo, de pasta roja oscura, que si lo abren los de hoy, crean que se les olvidó leer, que eso no dice nada.”
El teatro Matacandelas de Medellín acaba de resucitar a nuestro querido y olvidado Fernando Gonzáles en una obra subtitulada Velada-Metafísica y que acabo de ver en el Gimnasio Moderno de Bogotá durante el Festival Iberoamericano de Fanny, o de Bogotá, o como se llame. La obra empieza con una declaración de amores, donde dos actores se ponen bajo un chorro de luz halógena nada teatral y aclaran que el Teatro Matacandelas tenía una deuda con Fernando Gonzáles, y que llegó la hora de pagarla. A continuación empieza la escena (esa sí teatral) y entonces asistimos no sólo a la resurrección del maestro de Otraparte, encarnado por un actor con el físico idéntico al de Gonzáles, si no también a la resurrección de las partes más luminosas de su obra, a los heterónimos encarnados bajo los cuales se ocultaba Fernando Gonzáles; a su vida; a sus viajes y a su odio visceral contra los mitos fundacionales de la idiosincrasia religiosa y nacional de Colombia.
Sobra decir que esta es una invitación a ver la obra de Matacandelas (cuando la expongan de cartelera en cualquier teatro). Sobra decir que es el pretexto para escribir la nota literaria del blog para esta semana, porque me declaro culpable de haber leído a Gonzáles y de haberle creído y de haberle seguido la péndola en medio de una vida anémica que cada vez se acerca más a la completa desesperación y al fracaso humano. Cuando leí su novela “Viaje a pie”, estaba a punto de cometer una de mis peores desventuras: ser estudiante universitario. De modo que me di a leer un par de obras más, para llegar acorazado al terreno seguro de los comicios profesionales, y así fue como conocí el ensayo que intituló Los Negroides, y donde expone el ya clásico Complejo del Hijodeputa, con que define al colombiano raso de cualquier bando: Somos hijos de la violación, y sentimos vergüenza, y por eso queremos ser europeos más que colombianos. El complejo del Hijodeputa consiste en avergonzarse de lo propio, de su propia madre.
¿Qué me importan la moral y la ley, a mí, el predicador de la personalidad, de la auto-expresión, a mí, que amo a Jesús y al diablo, a Bolívar y a Gómez?... No amo sino a los honrados con su propia alma. No escribo para los suramericanos que tienen un metro que les impusieron los frailes españoles; no escribo para los bogotanos (y bogotanos son en Quito, Lima, Santiago y Buenos Aires), que nada han parido, que rezan como en Europa, legislan como en Europa y que orinan como en Europa.
Luego leí la contra-biografía que tituló Santander ad honorem de uno de los próceres más cobardes y viles que haya consagrado la historia infame de la república de Colombia.
Como Santander es un falso héroe nacional, el propósito de este libro es destaparlo. Colombia, guiada por él y sus hijos, que hoy nos gobiernan, va por torcido y oscuro camino que conduce a la enajenación de almas y tierra, cielo, mar y subsuelo. Un instinto poderoso, atracción por la verdad, nos guía en esta obra. Ella sería antipatriótica si realmente el Mayor Santander fuera representativo de los nueve millones de colombianos que poblamos este territorio. Pero no lo es, y una voz nos ordena destaparlo, para que la juventud le evite.
Luego el primer volumen de la biografía inconclusa de Simón Bolívar, “Mi Simón Bolívar”. Sus libros esenciales “El remordimiento”, “El libro de los viajes o de las presencias” y “El hermafrodita desnudo” los vine a conocer después. La mayoría puede encontrarse en librerías de viejo, en tenderetes callejeros, a tres o cinco mil pesos, editorial Bedout. El teatro Matacandelas le ha destinado una escena completa a estas ediciones que pagaba Gonzáles de su propio bolsillo para que aún así se las censuraran. “No estaba entre los que publicaban, sino en un vientre virgen aun”, dice Gonzáles en El remordimiento. Y era cierto. Su literatura, su pensamiento, es un vientre virgen aun, inexplorado, dispuesto a ser fornicado por miríadas de lectores en forma nueva y consecuente. Al escoger la obra de Fernando Gonzáles, el teatro Matacandelas vuelve a sorprender con una devoción literaria. Ya lo había hecho con Pessoa, al teatralizar lo inteatralizable Oh, marineirho. Y con Andrés Caicedo, al teatralizar hasta su obra narrativa. Fernando Gonzáles acaso les representó una dificultad de cercanía y distanciamiento al mismo tiempo. Cercanía, porque Fernando Gonzáles es ante todo, dialecto. Filosofía en paisa. Y distancia, porque revivir la figura esquiva de Fernando Gonzáles, sacarlo de su museo de Otraparte para que subiera a un escenario a narrar su vida, a exponer las líneas generales de su pensamiento y a conversar con Lucas de Ochoa, el mismo heterónimo de Fernando Gonzáles Ochoa que inventó en un café mientras fumaba Pielroja, y con sus amigos Alberto Aguirre y el nadaísta Gonzalo Arango, y luego transportar al espectador a la Francia donde Gonzáles fue cónsul de la Colombine, ya es mucho pedir para una Velada-Metafísica. La obra del teatro Matacandelas no es sólo buena, sino excelente. La obra de Fernando Gonzáles no es sólo brillante, sino necesaria.Para aquellos que no lo hayan leído, aquí está una carta que le escribió a su editor en Francia:

Querido Alfonso:
Ayer recibí la copia extracto del libro “Mademoiselle Toní”, desde páginas 35 a 53 inclusive, y fue como si me hubieran dado garrotazo en el cerebro. Inmediatamente sentí congestión y profunda tristeza. Te puse telegrama en que impruebo el trabajo. Dormí mal, pasé con toda la energía vital herida y esta mañana resolví entrar en polémica contigo, pues veo que esto será disgusto para ti también y que es absolutamente imposible que Toní “vea la luz pública”. (Pongo esta frase, para indicar cómo escribe la gente “bien educada”, es decir, que para todo tiene una frase hecha, pudorosa; para todo tiene un reflejo).
No se publicará el libro, pero vas a ver cómo tengo razón. Si la Toní, si la vida no es propia para Colombia, si no tiene la belleza legal colombiana, ¡mejor! Si yo escribiera libros aprobados aquí, no valdría nada, sería un Laureano Gómez. Vamos por partes.
Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. Es como si hubieras cogido un árbol y arrancándoles las flores, para adornar una sala, ¡porque las señoras y los señores no pueden ver las raíces y las ramas! Eso se llama enjolivement; es el arte preciosista, cosa triste, muerta y que repugna al gran estilo; eso no se puede hacer con Goethe ni conmigo. ¿Es posible coger un niño sano, vital, y quitarle las nalgas, el vientre, los pies, los órganos genitales, y decir que los ojos, sólo los ojos, son presentables, son bellos? Para quien ame lo bonito, sí. Pero tal no es la belleza de la vida, animal profundo, devenir de un pasado remoto y oscuro hacia remoto y oscuro mañana, animal que se nutre de todos los instintos, de todos los jugos. El arte proviene de embriaguez causada por los instintos vitales en su cúspide. El verdadero arte huele a semilla, a semen, a humus. Es ceiba retorcida que extiende sus raíces a los ríos, pantanos y descomposiciones. La bonitura es arreglo, es artificio, es planta sin raíces y mútila.
Vamos a las supresiones: ¿Crees tú que la escena de la olida de los calzoncitos de Toní es inmoral? ¿Es mala? Entonces eres moralista, has perdido la inocencia vital. ¿No gozabas tú oliendo la ropa de nuestro padre? ¿No me deleito yo con el olor de las cabezas de mis hijos? Mientras más se intensifica el sentimiento amoroso, más los huelo deleitadamente. Oler es el primer acto del amor. Huele la vaca a su mamón. Todos los animales, hasta nosotros, dizque privilegiados, olemos para amar, olemos para excitar la energía. Tal escena, que tiene raíces en la vida, es bellísima, casi la esencia del libro; sin ella, no tienen sentido las conclusiones. Tal era mi tentación, que olía sus ropitas; tal era el guiño tentador que me hacía la vida, que yo me medía sobre su cama, a solas, para ver cómo quedaba uno allí. Y todo eso lo suprimiste, para que pudieran leerlo las palúdicas, santas de palo.
¿Cómo te atreviste a poner “calzones” de Toní, en vez de “calzoncitos”? La muchacha tiene “calzoncitos”, o sea, pequeños, limpios, y Pacho-loco, el mendigo que acaba de entrar a casa, tiene “calzones”.
Pusiste “prendas de su feminidad íntima”, en lugar de “ropitas de Toní”. “Prendas” es como dicen los Padres Ochoa y Mejía, curas de Envigado, en el púlpito, o sea, pornografía, hipocresía, vergüenza, pecado. “Ropitas” fue lo que yo vi y olí en la cómoda de la muchacha, o sea, unas camisitas y calzoncitos de seda, requetedoblados con el arte que tienen en Francia. Si yo le hubiera ofrecido a la Virgen “los calzones de Toní”, ésta sería la hora en que estuviera avergonzado... “Calzones” y “prendas” tiene Fernanda Ramírez.
“Oye risas, y no lo recupera hasta que haya entrado por la angosta y sospechosa escalera...”. No; así queda hipócrita; se presta para las suposiciones de estudiantes jesuíticos. Es: “...hasta que haya entrado por la angosta y oscura escalera, a faire l’amour, de dos hasta cincuenta francos...”. El gran arte es la inocencia perfecta, la reconciliación con la vida, eso que la gente enjolivée apellida perversidad.
“Camisas vaporosas” o “túnicas vaporosas”, en lugar de “túnicas que llegan hasta las barrigas”, es de Pacho Pérez, prototipo del enjolivé.
Todo lo que quitaste, todo lo que cambiaste en estas páginas, era la columna vertebral de la potranca. Atentaste contra la vida, suprimiste la lógica que preside al devenir. Hiciste verdadera pornografía. Pornografía es tenerle miedo a la vida, a la verdad de la vida, tener los instintos vitales encapuchados en la oscuridad de la vergüenza.
El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas.
La Estética es efecto de culminación vital. Lo bello es vitalidad. Se trata de fenómenos semejantes en todo a la fecundidad fisiológica. La misma energía preside al aparecer de organismos y de obras de arte. Si en una madre hay carencia de poder organizador, si la fuerza vital no consigue hacerle derechas las piernas al niño, di: feo. Si el niño sale con ojos bonitos, si la madre pare únicamente unos ojos, di: monstruosidad. Pero si pare un muchacho con nalgas, con ano, con todo y todo consonante, di que hay belleza, o sea, poder vital.
Tal la enormidad de Miguelángel: era como la vida, era creador de organismos aun más poderosos que los de la vida actual: hombres y mujeres más fuertes, más plenos que los de ahora, más capaces.
Por eso, la historia del padre Izu es esencial en mi libro. Mi polémica con ese jesuita es la misma que tengo contigo. A él le preguntaba: “¿Por qué va a ser malo oler la ropita de Toní?”. Y tú suprimiste tal escena y dejaste las conclusiones, donde dice: “¿Por qué hay cosas buenas y cosas malas?”. Tal como lo dejaste, pueden preguntar: ¿Quién es éste tan sermonero, tan filósofo en el vacío? ¿Quién, éste tan carajo?
Y suprimiste las escenas con Jorge, los celos porque Jorge pudiera mirar a la Toní. Suprimiste la escena en el café “La Cigarra”. Suprimiste las frases en francés, cuando yo viví esa vida en francés y el amor de Toní me sabe a francés. De sesenta páginas a dos espacios dejaste ¡¡¡veinte!!! Eso lo podrán hacer los futuros hombres púdicos con el título de “Fernando González para niños y señoritas bien educadas”. Pero yo, el solitario que renunció a honores fáciles, que vive en pobreza, para no verse obligado a juntarse con López, Laureanos y Olayas, yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo.
Tú capaste a la novilla. Así como los jesuitas a la “Historia Natural” en que nos enseñaban a ser perversos: ¡le recortaban las páginas en que se describían los órganos genitales!
Tú dices que mi libro, tal como me nació, es pornográfico e ilegible, y yo te contesto que pornográfica es toda esta Suramérica hija de clérigos, hombres tapados por la vergüenza a la vida. Por eso, nuestra raza es estéril, avergonzada: raza de hombres que hacen las cosas y se esconden, avergonzados de estar vivos. Miguelángel y yo sentimos todos los instintos agrandados y no hacemos nada perverso; creamos seres con pechos, pene, ano, piernas, brazos, pies y manos, tronco y cabeza. Yo no le hice mal a Toní, no la dejé abandonada, desempeñando el oficio de ramera. El instinto aristocrático me impidió causarle miseria. ¡Y yo soy el perverso, yo soy el pornográfico! Cualquier colombiano la habría arrojado a la calle de la Pouterie, les habría contado a los compañeros, para que fueran a acabar la obra de manchar, de envejecer, de prostituir; sí, les habría contado, pero en voz baja, en voz parecida a “prenda de vestir”... Y yo cuento todo lo que sucedió, las tentaciones que tuve, mis impulsos e inhibiciones. ¡Yo dizque soy el pornográfico! El otro, el virtuoso, aquél que contaría la indignación con que arrojó a Toní de su hogar, cuando ella le escribió y puso en la bata de baño un papelito con estas palabras: Je vous ame.
Y resulta, en definitiva, que yo quiero tener la inocencia y santidad de los grandes falos que ponían en los aleros de las casas de Pompeya; quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como estos suramericanos hijos del pecado y de la miseria.
Así, pues, la Toní quedará en manuscritos, para mí. No quiero darla a este pueblo de hipócritas.
Y la vida misma me justifica: allá están Toní y Teanós; ambas me quieren aún y, cuando cometan bajezas, se acordarán del “monsieur Fernandó”, con nostalgia.
Para los colombianos, yo soy pornográfico. Pueblo mísero, envilecido por centurias de dominio español, convento de clérigos vestidos hasta las orejas, pueblo cuya capital es Bogotá, ciudad habitada por hombres que piensan, escriben y viven para “cubrirse”, porque son pecados andantes. Miguelángel, Goethe, el Libertador y yo no nos tapamos.
¡Deja virgen a Toní! Que no se publique. Aquí serían capaces de ir a buscarla a “rue d’Arenc” para hacerle mal y para venir a decir en las iglesias: “¡Qué mala esa muchacha! Acúsome Padre de que me dejé inducir al mal por una muchacha de Marsella...”.
Todo es esencial en mi libro. Si suprimiste, renuncio a la publicación.
Te abraza,
Fernando


Fuente y Fotografías:
El remordimiento. Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, cuarta edición, noviembre de 1994, p.p. 1 - 102. Número total de páginas: 208.
© 2002 - 2008 Corporación Fernando González - Otraparte

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