Moreno Durán va a la taberna

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Colombia es un país muy estúpido aun para entender la obra de RH Moreno Durán. Pero él lo logró, a su manera, con mohines y chistes ácidos y disciplina, hacerse un peso pesado de la literatura nacional:

"La gota era una especie de superávit de la salud: sufría porque el ácido úrico, fruto de mi exuberancia vital, se acumulaba y cristalizaba en las articulaciones de mis extremidades inferiores al no poder ser eliminado con mayor rapidez por los medios normales. Sufría porque las ostras y las lonjas de venado o lomos de jabalí a los que era tan afecto, así como los litros de vino tinto que consumía, no solo enriquecían ilícitamente mi organismo, sino que, para seguir con el símil económico, al no poder darles un destino cierto a los réditos acumulados me pasaban una terrible factura de inconsolables sufrimientos. Pero privaba el orgullo, la vanidad de saberme dueño de una fisiología privilegiada, de formar parte de la aristocracia del placer así tuviera que pagar mi hedonismo con dolor."
Era vanidoso, odioso, sarcástico. ¿Las razones? Había leído tanto... Y sus libros aun aguarda a un público que está por nacer, o que vive en el extranjero. Con muy contadas salvedades, en Colombia pocos supieron reconocer la importancia de este escritor. Fue gordo. Gordísimo. En su momento de máxima producción literaria llegó a pesar más de los cien kilos. Cien kilos que se acumulaban en el abdomen mientras la mente condesaba todo lo leído en buena literatura.
Rafael Humberto, se llamaba. Pero firmaba R-H. Tal vez más gordo que genio. Tal vez más intelectual que novelista. Tal vez se bebió mucho más vino del que alardeaba. Y leyó más de lo que comentaba. ¿O no es la angustia de producción angustia de morir? Al final de su vida, a medida que se sucedían las quimioterapias, se fue agudizando su criterio de escritor y producía a raudales, al mismo tiempo que se fue iba adelgazando el abdomen (hasta pasar la línea deshauciada de los sesenta kilos). Finalmente, la piel tomó un tinte verdolaga que daba mal augurio.
Se iba a morir, de cáncer.
Él no quería.
Nadie se quiere morir cuando tiene una obra a la mitad.
Él quería ser optimista:

"El momento de aparición de la enfermedad coincidió con la publicación de mi libro Mujeres de Babel y con diferencia de una semana aparecerán dos libros más que, junto con la reedición de otro, completan mi agenda editorial este año. Los inéditos pueden esperar por lo menos un par de años más y esta es una de las razones por las cuales la tranquilidad se ha convertido en mi divisa."

Pero el cáncer no sabe esperar.
Acerca del matrimonio fatal entre literatura y enfermedad, R. H. Moreno Durán dijo que no se extrañaba de que grandes escritores hayan sido médicos. La enfermedad era una atalaya perfecta para atisbar las desgracias.
Rememoraba a Benn, a Rabelais, para ejemplificar.
Lo mismo hubiera podido decir: Chéjov, Torga, Hemingway.
Pero aclaraba: La generalidad de todos es ser enfermos.
Literalmente, le dijo a Juan Gabriel Vásquez en una de sus últimas entrevistas:
"No hay nada más enfermo que un escritor".
Y tenía razón.
¿Han notado esa tendencia muy latinoamericana a morirse de cáncer?
Storni, Cortázar, Quiroga, Neruda, Mistral, Ribeyro, Bolaño, Donoso, Espinosa, García Márquez, Durán...
A estupendas obras de exilio, estupendo sarcoma, o leucemia, o cirrosis.
(Menos mal que yo soy un escritor africano)
La enfermedad de Moreno Durán empezó temprano y terminó temprano, a los 59 años. Pero mi opinión es que antes de morir, R-H le había ganado a la enfermedad. Cuando uno se ha pasado la mitad de la vida tratando de entender cómo funciona una obra maestra (y la otra mitad tratándo de hacerla), y lo logra, ya ganó.
¿Qué ganó? Pues un cáncer en plena gloria.
¿Qué querían?, ¿que por estar todo un día con las corvas al aire ojeando y hojarasqueando libros y sorbiendo copas de oporto les dieran el premio Nobel?
Escribir una obra maestra es más importante que morirse o ser premiado.
Y Moreno Durán la dejó.
Femina Suite.
Pero no vinimos a hablar de Fémina Suite.
Vinimos a divagar sobre Obesidad, Genialidad y crítica literaria.

Taberna in fábula

Su mejor libro de crítica.
Y eso que R-H quiso conectar su obra crítica de cuatro volúmenes con la esperanza de que Alfaguara se diera cuenta del rigor y se decidiera al fin a publicarla en un sólo, monumental libro, bajo el título: La experiencia leída.
No lo logró.
Yo tengo dos de aquellos libros publicados por separado en las temibles tapas azules de la Editorial Ariel, la mejor de las peores editoriales de crítica latinoamericana. Ariel ha publicado a Hernándo Téllez, Humberto Eco, Robert Graves y Noam Chomsky. Pero a todos los encuadernan en esa asqueorsa tapa azul que espanta moscas...
Nueve ensayos.
Todos sobre literatura alemana y sobre el primer cuarto de siglo (el XX) en Weimar, turingia, la ciudad alemana nombrada capital en honor al Káiser perdedor de guerras. La ciudad de Goethe. La meca de Nietszche y de Kafka. El centro cultural de la Alemania prebélica luego elevada a centro cultural para matar judíos: En sus alrededores Hitler levantó el campo de concentración de Buchenwald, ¿recuerdan?
La ubicación "liminar", o el prólogo (retóricas que capitalizó R-H en su contra: llamar "liminar" al prólogo, "Femina Suite" a tres novelas donde se ríe del matriarcado que gobernará a Colombia; llamar "Taberna in fabula" a la taberna como fábula, cosas que la erudición no calcula que le resultarán costosas en publicidad) es una invocación de Fausto.El título del libro es una alusión directa a la taberna de Auerbach donde Goethe oyó por primera vez la historia de Fausto, la taberna donde Mefistófeles lleva a Fausto para enseñarle la asquerosidad de mundo del que no se quiere ir. R-H dice entonces que la taberna es como el escenario del universo. Que va a reflexionar sobre la taberna recurrente en las nueve novelas que siguen y de las que hará una exégesis. Pero no son tabernas propiamente las que aparecen en estos libros. R-H equipara al mismo nivel simbólico el hotel y el manicomio, el burdel y la prisión, el salón culterano y el barco a la deriva, el puteadero y la biblioteca. Espacios que son como tabernas. Su propósito es hablar de las tabernas como quien consulta una enciclopedia, de un hotel como quien consulta una enciclopedia, del manicomio, del burdel, porque todos son enciclopedias. Las novelas que elige son un deleite para el germanista aficionado:
Doblin, Canneti, Brecht, Roth (Josep), Mann (Heinrich), Broch, Jahnn, Benn y Musil. Y las novelas: Hotel Savoy y Marcha de Radesky (Roth), El hombre sin atributos (Musil), Auto de fe (Canneti), El angel azul (Heinrich Mann), El barco de madera (Henry Jahnn), Berlín Alexanderplatz (Doblin), Los sonámbulos (trilogía de Herman Broch). Quien no conozca ninguno de las mencionados, que vaya a la biblioteca más cercana y las robe. De otra manera correrá el riesgo, cuando termine de leer los nueve ensayos de R-H de creer que toda la literatura alemana es la invención de un colombiano.
Y no estaría mal pensar eso, porque los libros le pertenecen menos a quien los escribe que a quien los lee.
Con esos ensayos de R-H queda demuestra que la literatura alemana del primer cuarto de siglo se escribió en una taberna.
Aun más: que la segunda guerra mundial se engendró en una taberna.
La Alemania de Weimar, El huevo de la serpiente de Bergman, El Doctor Caligari de Wiene, la literatura expresionista, el dadá, la prohibición de pintar, la prohibición de pensar, la quema de libros... todo todo se originó en una taberna, y por eso coincidieron los artistas en una misma intuición: que se avecinaba la tormenta de mierda. O la chupamelculo, como decía mi abuelo. El holocausto, pues, el holocausto.
La gran paradoja de este libro es señalar que al mismo tiempo que se gestaba una guerra, de otro lado se engendraba una de las más fecundas literaturas y vanguardias del arte de todos los tiempos.
Y como toda fábula debe tener moraleja, aquí está la que me deja a mí: para que el arte viva debe morir un tercio de la humanidad.
Una hermosa metáfora como la de Lampedusa: "algo debe cambiar para que todo siga igual".
Con la disección de estos libros, y la conexión que establece con otros mil autores transversales y maravillosos (Krauss, Tucholsky, Tralke, Lichtemberg, Robert Walser, Adorno, Benjamin), Moreno Durán no sólo ha hecho un mapa de la literatura alemana, sino una versión de la historia y del momento en que alemania hizo su aporte mayor a la literatura universal: La segunda guerra.
Con Taberna in fábula R.H. Moreno Durán se convirtió en el gran ensayista (y tal vez gran lector) que le faltaba al yermo intelectual de Colombia.
Pero pocos lo saben.
Los críticos son como la muerte, dicen que dijo Onneti: tardan, pero llegan.
Pero éste se fue temprano.
Se nos murió
el Rafael...

Cómo es morir con cáncer, por RH Moreno Durán
Entrevista de Juan Gabriel Vazquez a Moreno Durán

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