El duro invierno de los escritores capricornio

12:10


Los capricornio son gente rara, con debilidad por el ocultismo. Pueden vivir entre putas y asesinos, y aun así ser guías espirituales. Si son mujeres, además, tienen la suficiencia para reinar en un mundo de locos: son reinas déspotas que manipulan con maestría ciertas filigranas del sentimiento. A las que conozco (mi madre et al) no les ha ido bien en el amor, ¿pero a quien le va bien en un mundo donde todas las peleas conyugales se reducen al “tú no tienes, tú no eres”? La desmesura por el ocultismo y por el sexo tal vez haya forjado el chivo que los representa. El signo capricornio está simbolizado por un machocabrío, estampa que el cristianismo relaciona con Lucifer, pero que obedece a leyendas paganas de origen griego sobre ese dios mitológico de cachos y patas unguladas, jefe de los faunos, que andaba siempre con el miembro enhiesto persiguiendo a las ninfas por el bosque para violarlas. Cuenta Virgilio que el árbol del mirto era sagrado para los griegos porque una mañana la diosa Afrodita que se bañaba desnuda en el río de Pafos atisbó el dios Pan y al ver su enorme miembro hinchado dio un grito y huyó hacia las ramas de un mirto nevado de flores que la favoreció de fornicada segura, por lo que la diosa en agradecimiento lo santificó (al árbol). Del grito de la diosa, y de la emoción que embargaba a las antiguas ninfas al ver el miembro del insaciable Pan cuando las correteaba, viene la palabra “pánico”.
Henry Miller es el machocabrío por excelencia y el capricornio por antonomasia: todas sus novelas parecen escritas por un fauno sediento de sexo en un lupanar. Sin embargo, iluminan.
Es cierto que Miller leído antes de los 20 obnubila, y después de los 20 hastía. Y hastía precisamente por lo mismo que obnubiló. A mí me impresionó en el tiempo en que aun me dejaba impresionar con sus Trópicos, porque en las portadas usualmente venían mujeres sin ropa y antes de acabar la primera página terminaba siempre masturbándome. Pero me hastió poco después porque, corroída por la repetición, la excitación se convierte en náusea. La mayoría de argumentos de Miller tienen la misma oscilación: sexo, piojos; sexo, hambre; sexo, sueños; sexo, ira; sexo, juventud; sexo, vejez. Hay dos libros de Henry Miller, sin embargo, que nada tienen que ver con sexo: El coloso de Marusi, (libro de viajes por Grecia) y Big sur, o las naranjas de Hironymus Bosch.
Este último quizá sea la iluminación del capricornio.

El duro invierno de los escritores capricornios

Cuenta Miller que cuando vivía en Big Sur (playa perdida en un lugar de California) tuvo la desgracia de invitar a su humilde covacha a un sujeto espléndido con el que compartía el signo. Su apellido: Moricand. Era acaso el ocultista (pintor y escritor) francés más enigmático y admirable que haya existido en siglo pasado. Experto en proyectar el cielo y otros asuntos astrológicos, habría de convertirse en el maestro de ceremonias de la pandilla surrealista encabezada por Bretón, admirado por otro grande del siglo, Blaise Cendrars, y protegido por los buenos oficios de Anaïs Nïn (de hecho, fue la Nïn quien se lo presentó a Miller cuando vivía en Francia, y la culpable del lastre por venir). Moricand solía asistir a los cafés más refinados de París y descrestar la mesa mediante un truco infalible: el análisis zodiacal. Durante una hora podía oír las conversaciones, los chismes, los gestos de la mesa en que departía, ensimismado en una esquina, y luego se mostraba capaz de profetizar el signo zodiacal de todos los presentes, además de predecir el día y hora del nacimiento, las características esenciales de su personalidad, lo que les gustaba o no les gustaba, las enfermedades que habían sufrido y las que probablemente sufrirían, las manchas que tenían en la piel y que se correspondían con las estrellas siderales, los tropiezos del destino y hasta la circunstancia feliz o aciaga en que morirían. El poder de aproximarse a la vida secreta y al pensamiento oculto de la gente le agenció a Moricand una vida subvencionada por el dinero de los más fanáticos seguidores. Sin embargo, con la declaración de guerra de Francia a Alemania Nazi se estableció una cuadratura fatal en la carta de Moricand y todo se tornó negro para su suerte. Se exilió en suiza y vivió casi en la mendicidad, sin amigos. Es entonces cuando empieza a cartear a Miller y termina lisonjeándolo tanto que Miller lo invita a vivir en su casa de Big Sur, retiro donde vivía a los cincuenta años con Nancy, su nueva esposa de 22 años, y con tres niños. Moricand le envía una carta diciéndole a Miller que desdichada sería su vida si no contara con amigos como él, que le fascina la idea de irse una temporada a Estados Unidos, pero que desgraciadamente no cuenta con un peso para cancelar su habitación en el Hotel Modial, aceptar la invitación y pagarse el pasaje de ida. Un Henry Miller pobre, que lleva 200 páginas inventariando la precariedad económica en que alcanzó la cincuentena, saca de la bolsa mágica invisible que tienen todos los capricornios y le envía a otro capricornio en bancarrota el dinero suficiente para pagarle la cuenta del hotel y para que se pague el pasaje a América. Una vez llegado Moricand a California se desgrana en elogios, lo llama santo, salvación, mi bien (benefactor), y a Nancy le parece que no es tan mala idea después de todo y que el ilustre invitado tiene lindas manos de músico.


Lucifer se sienta a la mesa

La desgracia empieza al día siguiente, en la afeitada. Moricand, en un parecido aterrador con Bartleby (que pide trabajo en una oficina, se queda a dormir en ella, luego compra un cepillo de dientes y una toalla y no vuelve a salir y se negará a abandonar la oficina de por vida), se convierte en un huésped extorsivo y no se irá hasta que no haya desplumado completamente a Miller. Cuando se quiere afeitar, pregunta a Miller si tiene talco. Miller le ofrece del suyo, pero Moricand pregunta si tiene talco marca Yardley, mon vieux, espero que no crea que soy exigente. Mala señal. En adelante nada le servirá al genio astrológico, ni el papel de estraza que hacen en Estados Unidos (“un país como éste que no tiene papel de esquela”) ni los almuerzos sin sopa (“esa costumbre americana”), ni el tabaco. (“¿no me puede conseguir algunos gauloises bleues?”). Y Miller no puede entenderlo:
“Para ser franco también para mí era enmerdant el maldito asunto. ¿Qué podía escribir él que exigiese el empleo de un papel que tuviera exactamente ese tamaño? Le había conseguido talco Yardley, sus gauloises bleues, su agua de colonia, su piedra pómez en polvo y ligeramente perfumada (como dentífrico), y ahora me importunaba con el papel. Si yo me hubiese llamado Moricand, me dije, me habría matado hace mucho tiempo.”
En realidad, poco a poco Miller empieza a comprender por qué Anais Nin los presentó y desapareció de la escena. Para ella fue como quitarse una sanguijuela de encima: lo había protegido por admiración, pero Moricand se había convertido en el perfecto parásito. Poco a poco Miller recuerda los años en París, la pobreza extrema de Moricand, su quejadera constante, sus peticiones desconsideradas y excesivas, su mendicidad eterna, su negativa a mover un dedo para subsistir sólo porque debía cumplir puntualmente el programa que le deparaban los astros. En la pared del cuchitril donde vivía en París, Moricand había hecho un mapa de su carta astral. Todos los días hacía un cálculo, cruzaba una línea, definía una directriz que le ayudaría a pasar el día. En el fondo, Moricand odiaba trabajar. Era escritor, pero no escribía. Era pintor, pero no pintaba. Prefería vivir de sus mecenas. Era más fácil y descansado no oponerse al destino. Cuando los encontraba, a los benefactores, no descansaba hasta dejarlos limpios. Conocía la debilidad de la gente por conocerse a sí misma y conocer el futuro. Hombres como Moricand le sobran a la historia: Rasputín, Mesmer, Nostradamus, Jesucristo, todos tenían un saber oculto que solía manifestarse tanto en curaciones como profecías; este poder de conocer al otro y programar su vida, crea un vínculo servil difícil de romper. Toneladas de chamanes, curas chapuceros, exorcistas, pastores, falsos mesías sobran en la literatura, pero Moricand es único. Y es único porque con Moricand Miller logra el retrato moral y físico más espléndido de su obra. Los tres meses que dura la convivencia en Big Sur se van dilatando hasta parecer siglos. Moricand es una rémora infatigable. Come y muerde la mano que le da de comer. Manipula, exige, reprocha. No creo que haya un personaje más despreciable y atractivo que Moricand de los 400 personajes que componen la obra de Miller. La única escena de sexo de este libro es la más brillante y atroz que haya escrito jamás ese machocabrío que logró escenas de sexo bastante sucias. En una comida, como todas las noches de Big Sur, toman vino (esa despreciable agua fermentada que hacen en Estados Unidos) y Moricand cuenta sus aventuras a la pareja y a los niños. Esta vez mira a la hijita de Miller, abre su corazón y les cuenta una historia de su intimidad. Dice que en Passage Jouffroy en Paris pasaban cosas muy raras. Un día vio a una madre con su niña. La niña tenía un extraño aspecto de nínfula. La madre, de hambre. Moricand pasea la mirada por el rostro de la madre, y en un acuerdo telepático se define la situación: Moricand las perseguirá por los grandes bulevares hasta verlas ingresar a un hotel. Miller acota que conocía ese hotel porque allí leyó Viaje al fin de la noche (yo también lo recordaría). Moricand entra. En la recepción la mujer se registra. Con el rabillo del ojo Moricand atisba el número de la habitación donde se hospedarán madre y niña, y mientras se alejan de la recepción Moricand pide una habitación para él. Luego no va a su piso sino que sube directamente al piso de la madre y allí está, la mujer sin la niña, frente a una puerta cerrada. La llave pende de la cerradura. Miller comienza a entender el tipo de trato telepático acordado entre la madre y Moricand en el bulevard. La mujer le dice que adentro está la niña, pero que por favor no haga tanto ruido. Moricand entra. Sigue Miller:
“Al llegar aquí hizo una pausa en su narración. Los ojos le bailaban claramente. Yo sabía que él esperaba que le preguntara: “¿Y luego qué?”. Me esforcé para no revelar mis verdaderos sentimientos. Las palabras que él esperaba se atascaron en mi garganta. En lo único que podía pensar era en la niña sentada al borde de la cama, medio desnuda probablemente y mordisqueando un trozo de pastel.
-Reste-lá, p´tite, je revients toute de suite- le había dicho probablemente la mujer mientras cerraba la puerta.
Por fin, tras lo que apreció una eternidad, me oí preguntándole:
-Eh, bien, ¿luego qué?
-¿Luego qué? –exclamó él, con los ojos iluminados por un gozo vampírico -. Je lái eue!
Al oír estas palabras se me pusieron los pelos de punta. Ya no era Moricand quien tenía delante, sino Satanás en persona.”


Las naranjas de Hieronymus Bosch


Todo el desfile hasta el hotel, el lenguaje de las miradas entre la niña y Moricand, entre la madre y Moricand, entre la madre y la niña y Moricand, la proxemia de la persecución, las preguntas que se hace Miller mientras Moricand avanza tras la madre que prostituirá a su hija, tienen una fuerza expresiva que sólo se alcanza en la edad provecta. El libro es excepcional. Miller está ahora a comienzo de su vejez. Quiere paz, retiro, espíritu. Ha probado el hastío en el paraíso del sexo. Tiene ahora hijos y debe jugar a ser un buen padre. Empieza esta memoria hablando de su retiro en Big Sur, lugar sacrosanto de los pioneros de Hippismo adonde se iban a vivir los artistas y expósitos de la sociedad americana incapaces de llegar a ser miembros útiles del capitalismo salvaje. Miller dedica un capítulo a contar la aventura de recibir el correo, que llegaba una vez por semana a aquellas cumbres, o la travesía de tres kilómetros para ir a botar la basura. Dedica otro capítulo a registrar el germen que corroía su matrimonio con aquella jovencita y los problemas esenciales de la vida cotidiana y la tarea del amor genuino. Otro, al fracaso del cuidado de sus hijos. Muchas páginas a la reflexión sobre el proceso de escritura de la crucifixión rosada (Plexus-Sexus-Nexus), a sus años en Francia, a los libros que amó, a la guerra que odió, a los secretos de su arte literario, a la soledad, a la Madre Naturaleza, al espíritu superior que atraviesa la humanidad. El final, sin embargo, está dedicado a Moricand, la astrología y el destino de los hombres.
El Miller de Big Sur no es el fauno de patas unguladas que inevitablemente asociamos a Sade, sino el maestro cercano a Thoreau. El capricornio ha visto el infierno y ha vuelto para contarlo:
“Las naranjas del milenario de Bosch, como dije antes, exhalan esta realidad como soñada que nos elude constantemente y que es la esencia misma de la vida, son mucho más deliciosas, mucho más eficaces que las naranjas corrientes que consumimos diariamente en la ingenua creencia de que están cargadas con vitaminas, de efectos maravillosos. Las naranjas milenarias que creó Bosch restauran el alma: el ambiente en que las creó es el eterno en que el espíritu se hace real.”
Otro Miller.

(Leer citas en Màs informaciòn:)




Citas:
Para terminar me gustaría citar las palabras de otro Henry Miller, seguramente más conocido en estas partes que las vuestras. Me refiero a Henry Miller, el barón del ganado, hombre que en un tiempo poseía tanta tierra que uno podía salir de la frontera de México y llegar hasta Canadá sin salirse de sus posesiones. De todos modos, he aquí lo que dijo en una ocasión: “si un hombre es tan infortunado que mendiga alimento, dáselo y conquista su agradecimiento. No le hagas trabajar por ello y te acarrees su odio”
“¿Tienen ustedes, mis queridos jóvenes entusiastas, una idea de lo que significa eso de “los frutos del trabajo de uno”? ¿Han oído alguna vez del fruto amargo? ¿Saben ustedes que al reconocimiento o al triunfo, si quieren llamarlo así, acompañan todos los males de la creación? ¿Se dan cuenta de que, si realizan su propósito, no se les permitirá que cosechen de nuevo la recompensa?”
“Los artistas no progresan en colonias, como las hormigas. Lo que necesita un artista capullo es el privilegio de luchar con sus problemas en la soledad… y de cuando en cuando un trozo de carne roja”
“¿Quiénes imprimirán esos libros, quiénes los publicarán y difundirán? ¡Nadie! Tendrá que hacerlo usted mismo, amigo mío. O tendrá que imitar a Homero y recorrer las carreteras y los caminos desviados con un bastón blanco y cantando su poema mientras camina. Quizá tenga que pagar a la gente para que le escuche, pero tampoco esa es una hazaña insuperable. Lleve consigo un poco de té y tendrá pronto un auditorio.”
“Cuando usted conoce las condiciones en que ha venido al mundo, condiciones que aclara la astrología, no elige lo inelegible. (Moricand)
-Las vidas de los grandes hombres parecerían decirnos lo contrario. (Miller)
-Parecerían. Pero si uno examina sus horóscopos le impresiona el hecho de que difícilmente hubieran podido elegir de otro modo a como eligieron. Lo que uno elige o quiere está siempre de acuerdo con el carácter de uno. Frente a l mismo dilema un Napoleón actuará de una manera y un San Pablo de otra. (Moricand)”
“El escritor que desea comunicarse con sus semejantes y establecer así una comunión con ellos, sólo tiene que expresarse con sinceridad y rectitud. No tiene que pensar en normas literarias –él las establecerá con su obra-, no tiene que pensar en tendencias, modas, mercados ni ideas aceptables o inaceptables; lo único que tiene que hacer es entregarse, desnudo y vulnerable. Todo lo que lo liga y lo coarta, para emplear el lenguaje de la negación, lo siente con igual desesperación y perplejidad su lector, aunque puede no ser artista. El mundo ejerce la misma presión sobre todos.”

Hay un tipo de persona que, después de descubrir lo que considera un paraíso, procede a hallar defectos en él. con el tiempo el paraíso de ese hombre se convierte en algo peor que el infierno del que había escapado.

¿Què puede decirle uno a un hombre que insiste en fabricarse su propia prisiòn?
Otro Miller.

You Might Also Like

2 Deja un comentario

Maneki-Neco

Maneki-Neco

RADIO

FANS