Jose manuel freidel, asesinado

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Jose Manuel Freidel, dramaturgo, medellín
Centro de Medellín. Un día antes. Entramos a tomar café en una lonchería junto el edificio Coltejer. En la pared, un mosaico de miniaturas y símbolos que hacen la decoración del lugar: el sagrado corazón, el escudo de un equipo de fútbol, miniaturas de balcones e iglesias en barro y una foto ampliada del metro con el rótulo: “orgullo paisa”.
De todos los símbolos que atosigan la pared, llama la atención un cartelito que pretende perfilar la estampa moral del “paisa” en pocas pinceladas:
“¿Quién es un paisa?”
Sigue el esbozo:


Malicioso y hábil al hablar de negocios, fuerte en la derrota, bravo en la injusticia y noble en la victoria. Le gustan los fríjoles y el chicharrón y es más hincha de El Nacional que un hijueputa.
Cambiando “frijoles” y “chicharrón” por “arroz con huevo” y “plátano frito”, y al “Nacional” por “Independiente Medellín”, tal definición es casi la misma que hace un lugarteniente de Pablo Escobar al describirlo en su libro de memorias: un paisa perfecto.
Me ahorro la cita.


El cartelito está rodeado por los siguientes íconos: un carriel, un machete, unos dados, un saco de café, dos chistes de corte sexista y un poncho blanco de hilo con rayas al centro. Aun me pregunto si en todo lo que atosiga esa pared no estará escondido el verdadero rasgo distintivo de la idiosincrasia regional: caseríos de arrieros de mulas que un día quedaron cesantes con la apertura de los ferrocarriles, pueblitos paisas, nacidos en las encrucijadas de caminos que subían del último puerto navegable del Magdalena, trepaban la cordillera, bajaban al valle del río Cauca y alcanzaban la fundación de Cali. Pueblos que se configuraron en estaciones de media jornada, y ciudades que nacieron sobre posadas de jornada entera, con lecho, juego de dados, cama y prostíbulo. El más famoso: Pereira.



Moravia. Alrededores de la Universidad de Antioquia. En los años ochenta eran dos barrios llamados Fidel Castro y Camilo Torres. Un basurero. Cinco mil personas convivían con la cadaverina y los incendios por gas metano y los enjambres de gallinazos. La disidencia de una guerrilla, Corriente de Renovación Socialista (CRS), un grupo especializado en secuestros y bandidaje, operaba y agitaba el barrio. Treinta mil personas viven hoy sobre el basurero rellenado. Ya no es basurero. Pero cualquiera que visite la estación de Bello y observe los sustratos bajo el asfalto, desde la otra orilla del río Medellín, por la confortable ventanilla del metro, descubrirá a las bolsas de basura en descomposición perene que soportan sobre su omoplato la actual, pujante, ciudad de Medellín. Ya no se llama Fidel ni Camilo porque la CRS se reinsertó en el gobierno de Virgilio Barco y la transición de milicias guerrilleras a paramilitares en dos décadas obligó a mudar el nombre por uno foráneo, remoto, que no evocara nada: Moravia. Pero evoca. ¿La reivindicación de la libertad eslava? Moravia. Como la ciudad donde nació Hrabal. Como el viejo y beligerante país que se repartieron todos los reinos.
¿Qué enigma de arqueólogos, sicólogos, sociólogos, violentólogos se esconde en las historias de los más ancianos de este barrio, bajo el asfalto que habla de un tiempo donde la gente comía de bolsas de basura y cuyos indicios pueden advertirse en una película rara de Colombia “Balada del mar no visto”?



¿Qué se esconde en el mausoleo de la familia de sicarios Muñoz Mosquera, en el cementerio de San Pedro, construido para la aristocracia paisa, enchapado en mármol, con un billete de cien dólares en su interior y un dispositivo descompuesto que alguna vez se usó para encender el equipo de sonido que tocaría a perpetuidad las canciones preferidas de los Mosquera sacrificados en la guerra que se libró a nombre del cartel? A pocos metros está el fundador de la empresa Coltejer, uno de cuyos hijos fue secuestrado alguna vez por alias La Kika (condenado a cuatro cadenas perpetuas en Estados Unidos), y a diez pasos está el mausoleo del fundador del periódico El Espectador, volado a mediados de los ochenta por una bomba de Pablo Escobar.



Jose manuel freidel asesinado
Avenida La Playa, entre carreras 42-43. Bar Catrú. Fiel al precepto del viejo nuevo-periodismo (que hasta el día más estúpido se convierte en célebre bajo la condición de que al día siguiente estemos muertos) vengo a tomar una cerveza en el sitio donde bebió su última cerveza el dramaturgo José Manuel Freidel, antes de que lo matara un desconocido en 1990. El bar está cerrado a las cuatro de la tarde y un indigente duerme junto a la cortina metálica. Es para noctámbulos. Freidel era noctámbulo. Sus obras de teatro las protagonizan noctámbulos, seres de la noche, travestis que huyen de la “limpieza social”. La Medellín del teatro de Freidel se corresponde con aquella que alude los ensayos de María Victoria Uribe: “en 1990 el 17% de los jóvenes que tenían entre 12 y 19 años, es decir, unos 64.000, ni estudiaba, ni trabajaba, ni buscaba empleo. Medellín presentaba el índice de escolaridad más bajo. El nivel de escolaridad era del 100% para el estrato alto-alto, del 88% para el alto-medio, del 53% para el bajo-medio y del 38.3 % para el bajo-bajo. En los exámenes de estado se encontró que Medellín estaba por debajo de la mayoría de las capitales de departamento. La baja escolaridad y el desempleo propiciaron que gran cantidad de jóvenes permanecieran sin oficio y sin estudio, dispuestos a salirle al paso a cualquier oportunidad de ganarse unos pesos. El sector más golpeado por la violencia fueron los jóvenes”.
En Informe por la vida (Medellín 1993) leo que cuarenta mil fueron asesinados en diez años. Entre 1990-1991 la guerra se ensañó especialmente contra jóvenes que pertenecían a grupos culturales, teatreros y líderes sociales. Cuerpos civiles de seguridad (el F2, el DAS, la Sijin, la Dijin, el Únase, el Bloque de búsqueda) fueron acusados de dichos crímenes. Algunos altos oficiales, ante micrófonos, como un coronel de apellido Bahamón, declararon: “la retaliación por la muerte de policías fueron las matanzas colectivas”. Otros suboficiales, lejos de micrófonos, justificaron las muertes: “es que a través de los líderes y de los teatreros se adoctrinaba, se organizaba y se coordinaban las oficinas de sicarios y las milicias urbanas”. En diciembre del 1991 tres teatreros fueron asesinados en el barrio El Progreso. Nadie se atribuyó su muerte.
El 28 de septiembre de 1990 José Manuel Freidel salió de Catrú, compró cigarrillos en la avenida La Playa, cambió un cheque para el cambio de la taquilla del teatro, subió a un carro con un desconocido y su cadáver fue hallado en la carrera 36 con calle 50, con un tiro de pistola. Nadie se atribuyó el crimen.
¿Qué se esconde en la muerte de Freidel?
¿Delincuencia común, delincuencia de Estado?



¿Barbarie legal, barbarie ilegal?



Calle Girardot. A dos cuadras del Catrú. Esquina de la antigua Asociación de Maestros de Antioquia. Aquí los paramilitares mataron al doctor Héctor Abad, padre del novelista plañidero del mismo nombre (Abad Faciolince), cuya biografía empecé a leer dos noches antes, comenzando por el penúltimo capítulo después de preguntarle al anfitrión que en cuál era que lo mataban, convencido de que un libro confesional, escrito para sanear el dolor, no podía ser bueno, y no iba a interesarme (porque yo no tuve padre); pero después de leer el penúltimo, quise leer el antepenúltimo, y luego el tras antepenúltimo, y luego lo engullí prácticamente todo, de atrás hacia delante, de uno en uno, en reversa, hasta comprobar la altura humanista del padre y el derecho legítimo del hijo a escribir su testimonio, hasta comprobar que mi desprecio era simple envidia de no haber tenido un padre que me escribiera una carta para exonerarme de ser alguien, hasta ver la prosa lineal en que está escrito, y concluir que era simplemente un buen libro, pero no un gran libro, ni el más grande libro de la década, como lo ensalzaron los suplementos.
A cien pasos de donde mataron al padre está la librería del hijo. El retablo no ostenta la acotación de todos los anticuarios “segundazos”, sino un lema que inspira confianza: “Libros leídos”.
Se llama Palinuro. El enigma está en el nombre: Palinuro se llamaba el cadáver insepulto que dejaron embotado los que navegaban con Eneas. Para apaciguar el espíritu de Palinuro, Eneas, a la vuelta del infierno, lanzará arena, fundará tumba y llamará al sitio “Palinuro”, para reparar la memoria del cadáver insepulto en los hombres venideros.
¿Qué lleva a un escritor a fundar una librería en el mismo sitio en que mataron a su padre?
¿La soberbia, la melancolía, la culpa, la curación por la memoria, la sepultura sin sosiego?
Ay días, chiqui- Monólogo escrito y dirigido por J.M.F- Portal Equiroscopico
(Continúa)

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