Formas y geometría de rango superior

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Max Ernst-victor tapia
18 de abril. Llueve. El pueblo donde vivo, anegado. A dos calles de la casa encuentro el agua. La memoria del agua, dice mi dama. Y tiene razón, el pueblo lleva el nombre de la diosa que inundó el mundo para joderle la vida a los humanos. ¿A quién se le ocurre construir sobre la ribera de un río? Pregunta un transeúnte, ataviado con botas de caucho y bermuda color zanahoria. Otro le contesta que a los alcaldes.  Más allá reparten arena en vehículos con el logo de la alcaldía. Un escuadrón de soldados ayuda a dispensarla. ¿Arena para qué? Para que la gente se arme barricadas en el frente de sus casas. Las arman, con costales de fibra sintética y se sientan a esperar que los alcance la memoria del agua. Porque no hay nada qué hacer ante una inundación, sino contemplarla.
Parece que los niños lo saben mejor.
Hasta los perros mojados lo saben mejor.
Una lancha que alguien guardó por precaución hasta que finalmente llega el gran día, surca la calle, como una góndola. En esta Venecia no solicitada.
Puro ambiente caribeño, en el páramo.
La crítica más cínica que le hace la naturaleza a la ciudad es inundarla.

19 de abril. Formas y geometría de rango superior. Víctor Tapia. Universidad Nacional de Colombia. Lo intentaré (leer) porque me inquieta la historia de la contemplación y del espacio. Abro el libro de geometría y trato de entender históricamente (no conceptualmente) las posturas teóricas desde Euclides, Pitágoras, Descartes, Fermat, Saccheri, Riennman, Gauss, Lobachevski, Bolyai, Weil y así hasta las postrimerías del siglo XX en que la geometría se convertirá en rama de la física cuando el observador modifique lo observado. Al parecer, los antiguos veían el mundo como un cuadro cubista: cuadrados, cubos, triángulos, rectas. Trataban de atrapar su realidad en términos espaciales. La geometría griega consistía en buscar la idealización de las relaciones entre puntos, barras rígidas y superficies planas contempladas en el mundo real (montañas, llanuras, casas). Euclides recogió los postulados en su obra Los elementos y los convirtió en fórmulas hipotéticas, teoremas. Luego fue Pitágoras (los pitagóricos) quien diseminó esta visión por el mundo. Hasta el Renacimiento se mantuvo esa visión plana de la geometría (euclidiana), pero Descartes empieza a buscar las propiedades de las curvas en sus diagramas y así se habla ya de geometría diferencial. Hay un estudioso, Saccheri (1773) que revisita a Euclides para vindicar sus postulados. Es curioso el método que utiliza Saccheri para demostrar que Euclides sigue vigente en su época, porque los teoremas se comportan en el mundo de leyes newtonianas con exactitud:
“La característica distintiva de los escritos geométricos de Saccheri se encuentra en su método de demostración lógica, el cual es simplemente un método particular de razonamiento, ya usado por Euclides, el cual consiste en superponer como hipótesis que la proposición que se va a demostrar es falsa, llegar a una contradicción, y de esa manera llegar a que la proposición debe ser verdadera. Adoptando esta idea, Saccheri supone que el postulado de las paralelas (de Euclides) es falso y busca algún resultado que le permita afirmar la verdad del postulado”.
Me detengo.
El libro se llena de fórmulas y exige fundamentos ante los cuales rindo mis armas.
Pero me quedo pensando en el método de Saccheri.
¿Y si fuese posible usar esa defensa (la falsa refutación) en literatura?
Partir, por ejemplo, de que X libro es una puta mierda por la forma en que está hecho, para demostrar a continuación que es genial, redondo, sin defecto, porque hasta sus defectos son significativos…
¿Pero cuál libro y refutando qué categorías?

20 de abril. Dentista a las 12:00 m. Había una mancha de sangre en el reflector. El sonido de la fresa hidráulica en tu propio diente es lo más cercano que has estado de una tortura. ¿Cómo has podido entonces describir una tortura sin conocerla? Paradoxa. Pero es la regla suprema: hay que sobrevivir para contarlo. Walsh no sobrevivió. Fucik, Lévy y Kertész contaron con suerte.

Noche. Vemos American Psyco. Me gusta el enrarecimiento final: no hay cadáveres, no hay pruebas, lo cual reviste la atrocidad de un delirio onírico. Lo que no entiendo es el rito de las tarjetas con la imagen corporativa. Mi dama lo aclara con esta analogía: Es una forma de imponer el prestigio, de alardear; es como decirle a un amigo: ven, te enseño mi blog… mira, tiene un contador de visitas, letra serifada, nube de etiquetas…
¿Inseminación del prestigio? Un prestigio imbécil, por lo demás, de fraternidad universitaria (amparado en la competencia, no en la eficacia; en el éxito profesional, no en el conocimiento real).

21 de abril. Posmodernismo vs realismo. Hoy, discusión al interior del Consejo Editorial. Han propuesto un texto que plantea el desaparición del realismo frente a la experimentación posmoderna. A partir de citas amparadas en teóricos y novelistas norteamericanos (todo el ensayo es un collage de citas escoliadas) se supone el abandono del realismo para dar paso a la experimentación de la “posmodernidad” en materia literaria y de ahí a la consolidación de los subgéneros (Novela Negra, Comic, Hipertexto) a tendencias generalizadas de creación literaria que aún están por bautizar. El autor sostiene que en ese tránsito la realidad se desvirtuó, que la sociedad mediática, modelo USA, ha corroído el concepto del realismo como se le llegó a entender alguna vez (reflejo del momento histórico) y que la vanguardia posmoderna ha pasado al museo, por lo tanto hay que reinventárselo todo de nuevo. La discusión es vieja, y no nació en Estados Unidos. Se dio en Francia entre los románticos y los naturalistas, y luego en el surrealismo vs existencialismo y luego en el nouveau roman y los actuales. Ahora vuelve el fantasma con nuevo disfraz.
Con respecto al realismo en Estados Unidos, era Susan Sontag (Contra la interpretación) en 1962 quien advertía que el estilo relativizaba toda idea de realismo, porque el estilo, la armonía entre lo narrado y la forma implementada para narrarlo, es algo en el mundo, no sobre el mundo. La obra es un universo individual, y así debía ser asumida. Con respecto a la posmo, el mismo ensayo la pone en tela de juicio, porque al parecer ahora se da una nueva vuelta de tuerca: entre la obra y la realidad fragmentaria en que surge sólo cabe el análisis de medios de masas (la tesis central de este ensayo literario toma como punto de declive de la posmodernidad en el estreno de una película protagonizada por Arnold Schwarzenegger).
Por lo que noto, ya pasó el tiempo del marxismo y el sicoanálisis como herramientas críticas de la cultura:  analizar las relaciones de una obra literaria con la sociedad en la cual surge era la técnica de análisis del marxismo, adoptada, entre otros, por Sartre y por Lukács. De otro lado, las relaciones con el mundo onírico, la neurosis y la biografía del autor, era la técnica del sicoanálisis. Entre las dos, sicoanálisis y marxismo, se repartieron las corrientes críticas del siglo XX, y eso a nadie parece interesarle, precisamente hoy cuando hemos tomado como modelo de sociedad a la más neurótica y más capitalista de todas; la cultura norteamericana. La argumentación de ese ensayo me parece por tanto manoseada y oportunista: la misma que se implementa hoy cuando se necesita cualquier excusa para lisonjear a la red global y la sociedad mediatizada por el internet. El internet que transforma todos los sistemas de comunicaciones y todas las relaciones sociales entre humanos con el aporte de nuevos sistemas todavía sub-aprovechados y subvalorados, pero no subestimados. Me pregunto si el autor se ha preguntado por un instante si la mentalidad norteamericana coincide con la nuestra. ¿Habrá que negar que coincide en muchas cosas? ¿No te sentías apenas ayer como el personaje de American Psyco? Coincide. Sin embargo, creo que el autor utiliza demasiados argumentos apoyados en citas, y pocos en hallazgos personales. Supongo que para saber qué ha pasado con el realismo en la literatura actual, o para ver como se abandona la llamada posmodernidad literaria y se adopta un nuevo ropaje habría que analizar no sólo toda una cultura, sino toda la literatura que se ha producido en ella (la cultura y literatura norteamericana, en este caso). 
En mi modesta opinión, la norteamericana es hoy, en esencia, una sociedad superflua, de consumo. De ahí que su literatura de género, haya sido elevada a categoría de arte, siendo lo que es, artesanía, producción en masa, con huella de fábrica, con facultades de escritura creativa, con esquemas hechos a molde. No sé si eso merezca un nombre, o si a eso nos llevó la posmodernidad. La transición de un Estados Unidos ruralista (una sociedad pacata que ya ridiculizaba en los años 50s del siglo pasado Edward Dahlberg) a la sociedad de consumo ultramediática (plus-ultra-pornoderna, cuyo realismo pop y fragmentación ya empezaba a cuestionar Susan Sontag en los años 60s) es tal vez, sumándole algo adicional que no logro definir (¿estudios culturales, crítica de medios masivos?) la que abriría puertas a una nueva comprensión de las corrientes actuales (posmodernismo, hiperrealismo). Pero para ello habría que ver cómo se ha transformado la moral, la educación, el estilo de vida, la ciencia, los sentimientos, el individualismo, la libertad, el concepto de democracia, la opinión pública, la burbuja mediática, la especulación estadística (que mide y conduce los consumos) la monarquía del dólar, las redes sociales, la sexualidad y el fantasma del terrorismo en un mundo que tomó a la sociedad y la cultura norteamericana como el modelo de desarrollo, de sociedad y de literatura.
Tal y como está planteado, realismo vs posmodernidad, creo que es un ensayo insuficiente. Absurdo para América Latina, porque no se fundamenta en una comprensión de las tendencias literarias de esta parte del mundo, sino que toma la literatura norteamericana más actual como un espejo en el cual nos miramos todos. Si tuviera que ser crítico diría que es una hermenéutica imperialista sin mayor relevancia, porque no concuerda con todas las narrativas. No aborda las corrientes más visibles, ni la tradición -que suma, que siempre debe sumar- ni los conflictos culturales de nuestro presente inmediato -que impactan, querámoslo o no, toda escritura-. Lo que percibo es que seguimos adoptando la escuela teórica norteamericana que insiste en calificar y clasificar la literatura del mundo con sus propias corrientes. La historia literaria norteamericana tiene 200 años. Arrojó cuatro clásicos -Faulkner, Hemingway, Melville; ponga aquí uno a su gusto-. Y el logro literario que están a punto de endilgarse es que serán los responsables de la desaparición del libro (al menos como lo conocíamos). Medir la dosis de realismo literario con el rasero que se usa para medir el realismo en cine y en televisión, en comic o en internet, es una ingenuidad: la literatura ha de imponerse por los recursos que le pertenecen sólo a ella, o desaparecerá (no la literatura; los escritores como los conocíamos, quiero decir). Si es por preguntarse a dónde ha mudado el realismo, ni siquiera la autobiografía, que el autor ha puesto como el último reducto de la exploración literaria, quedará a salvo: la sociedad norteamericana trivializó o destruyó el concepto de individuo con inventos estúpidos como las redes sociales, y entre ellos el más platónico de todos: Facebook.)

22 de abril. Viernes de crucifixión. Ensalada. Tortilla de papas. Picnik en el salto del Tequendama (desaguadero de las cloacas de Bogotá). Lo que más une a la gente son los almuerzos. La electrificadora ha abierto las compuertas para drenar la ciudad inundada. Y eso hay que verlo. El mito dice que Bochica, un chaman solitario fue convocado para usar su sapiencia contra la inundación. Meditó durante varios días y luego señaló con su bastón hacia el sur de la ciudad. Los indios fueron al lugar. Bochica golpeó con su bastón unas rocas (¿es de esperar que los indígenas usaran sus propias manos para hacer la boca del dique?) y el agua se precipitó hacia la caída. La plataforma de observación es la terraza del antiguo Hotel de los suicidas, un palacio en abandono construido por el arquitecto republicano Pablo de la cruz, que dejó de ser escenario de películas, libros y telenovelas y ahora luce corroído por la humedad y habitado por las algas y musgos que alfombraron su techo. Seguir el curso de una onda desde que se precipita hasta que se destroza en el fondo y se pulveriza en niebla es hechizante. ¿Es eso lo que veían los suicidas antes de arrojarse? Belleza extraña, la contemplación de una fuerza superior. Lo que sobrecoge, sin embargo, es el castillo solitario instalado al borde del precipicio. Sus paredes rajadas. Sus ventanas rotas. Una mesa en el interior donde come un guardián etéreo. Sobrecoge, porque fue hecho para contemplar la catarata, pero la catarata también fue abandonada, emporcada, podrida, como el edificio. Ambos, el castillo y la catarata son dos animales solitarios que se miran, damnificados de la metrópoli, dos manifestaciones de la soledad. Morir aquí no era atroz; era una ofrenda ritual. Los muiscas ofrendaban a los Mopxas, en sacrifico, los defenestraban. Hace menos de un siglo los desesperados con clase venían a hospedarse y se arrojaban de las terrazas. Hoy van a la orilla del acantilado seco y saltan sobre la placa que reza: Tus problemas tienen solución, Jesucristo te ama. Pero ahora sólo se suicidan los que tiene mal gusto, aquellos que se dieron cuenta que nada tiene solución, que Jesucristo no los ha amado: los que no saben que es indigno matarse en una cloaca. Ni siquiera la hediondez (a la que acabamos por acostumbrarnos) opaca el esplendor de la catarata. Una cortina de niebla cubre el salto poco después de haberlo fotografiado.
Es celoso, dice un bombero, humanizándolo, masculinizándolo: no le gusta que lo miren.
Y no lo vimos más.

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