Primero estaba el mar, Tomás Gonzáles

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24. Uno que no le prestaría a nadie (reto 30 libros)

Primero estaba el mar, Tomás Gonzáles

Un escritor que me había sido indiferente (había comprado en saldos su novela Para antes del olvido y la conservaba sin leer) hasta el año 2006 es Tomás Gonzáles. Sucedió que para la feria del libro de Bogotá de ese año lo reeditaron y en una de esas declaraciones estremecedoras que hacen los prójimos del mismo sello editorial para promocionar a sus iguales lo presentaron al país con este rótulo despreciable: "El secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Si esto es así, pensé, como pensó todo el auditorio que estaba allí, yo debo leerlo. Y lo leí, en esos días. Y, si bien no era el secreto mejor guardado, sí era el olvido más infame por parte de las editoriales el que su novela Primero estaba el mar no hubiese sido reeditada en dos décadas.

El argumento va de tragedia: una pareja de burgueses parte a las playas lodosas del Golfo de Morrosquillo para marginarse de los hombres y blindar un amor a prueba de materialismo. Sin embargo, la transformación moral que opera en ambos (ella es una mujer castradora; él se convierte en un potentado que trata de domar la naturaleza) y el encuentro conflictivo de los colonos con los baquianos va descomponiendo la relación hasta convertir el paraíso en una de las versiones más estremecedoras de las guerras conyugales. Está narrada en tercera persona y pretérito. Capítulos sintéticos en los que la sorpresa es ver cómo el mismo decorado y paisaje se van descomponiendo, a la par de los personajes que, impávidos, se hunden en el légamo, en la decadencia que se va instalando y borrando el horizonte del paraíso con que soñaban, permutándolo por un infierno doméstico tropical. Hay guerra en algún sitio. Hay campesinos que alimentan una envidia soterrada y magnifican el poder capitalista del colono convirtiéndolo en un enemigo de clase. Uno de los clímax de la novela ocurre cuando, en un acto de soberbia y mezquindad, la dama privatiza una porción de la playa para que nadie ose posarse en ella, y firma, con ello, una declaración de desprecio ante los pobladores que aceptarán este desafío: colonos versus raizales. Otro clímax se precipitará cuando la suerte del protagonista hace contratar a su servicio a aquel que será su asesino. Hay un capítulo que se distancia del estilo general, porque es la transcripción de una conversación en la que el tema es la personalidad del protagonista y su proceso de debacle: la voz de un hermano. La primera vez que lo leí, tuve la impresión de que ese capítulo era discordante del estilo general, el lunar negro que empañaba el tono de una novela de ritmo impecable (porque la tercera persona en rigor se interrumpe y esto distancia al narrador, supuse). Hoy lo he releído y me parece un procedimiento acertado, ya que al insertar un perspectiva desde el yo  precisamente logra revelar al narrador oculto, un cronista que no interviene, pero dosifica, que ha ido reconstruyento los fragmentos y urdiendo los testimonios de todos los que conocieron a la pareja. Nunca podremos saber lo que piensa el héroe (que en este caso es estrictamente trágico: el conflicto es externo, el mundo se opone a su deseo, y el héroe se encamina a su propio fin) de su propia historia.

El libro que a nadie presto pero a todos recomiendo para que sepan lo que puede hacer la literatura con lo que otro haría una comedia romántica, se llama Primero estaba el mar. Y no lo presto, porque es una edición príncipe firmada por su autor. Hace un par de años, cuando me enteré que Tomás Gonzáles vivía en la misma ciudad en que vivo, andaba obsesionado con encontrármelo en la calle, o en el supermercado. Ya era un mito su encierro y desprecio por el espectáculo literario (no figurar en los medios es una forma de suicidarse) y por el claustro voluntario en esa finca de retiro donde vivía entre las gallinas y los perros, igual que sus personajes. Mi dama encontró el libro en un saldo por un precio ridículo y lo conservamos desde entonces como un tesoro. Al fin, una tarde, durante el solsticio, el día más largo del año, vimos en un café al aire libre a un señor de barba hirsuta y gafas de John Lennon y botas de caucho que se parecía más a un obrero que a un escritor, pero que era el mismo Tomás Gonzáles de una foto de periódico, aunque encanecido. “Mierda, Tomás Gonzáles”, susurré, y luego aferré el brazo de mi dama que preguntaba ¿dónde? Con disimulo indiqué las mesas del café al aire libre y ella movió la cabeza con la confirmación: “Es él.” Acordamos que ella lo seguiría a donde se moviera mientras yo iba por el libro a casa. Asentí y dimos un merodeo para cerciorarnos desde otro ángulo. Ella se quedó a vigilarlo. Yo fui a casa y regresé minutos después con el ejemplar. Tomás Gonzáles seguía en el café al aire libre. Entonces ella tomó aire, aferró el libro y fue a la mesa y tuvo el valor de preguntarle si él era el escritor, a lo que contestó con una sonrisa vaga y algo de perplejidad detrás de los aros. Debió pensar: “Si me reconocen en este pueblo de gente inculta, debe ser que ahora sí soy famoso”. Al ver el libro en primera edición de Papeles del Goce Pagano, preguntó que dónde lo había conseguido. Ella dijo vagamente que por ahí. Gonzáles firmó el libro definiéndolo como una tragedia en el mar paisa. Y ya no lo vimos más. Hace poco, en una entrevista, dijo que había cambiado de ciudad para encontrarse con el budismo zen. Sin embargo, creo que fuimos nosotros quienes rompimos su paz. En un poema llamado Contemplación de la amargura en Chía, dejó constancia de sus ambiciones superadas:
“La fama que ya no logré, ya no la quiero.” 
Ahora la tiene. Muchos lo citan y recomiendan y lo persiguen. ¿Qué hará con ella?

Primero estaba el mar, Tomás Gonzáles, Cuadernos del Goce, 127 pg.
Nota: hoy edita Alfaguara.

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