Absalón Absalón, William Faulkner

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14. Uno que le haya complicado la vida hace años y hoy admira (modificado, reto 30 libros)


1. En la comuna siete de Barrancabermeja se han suicidado medio centenar de personas en cinco años y en una encrucijada de calles y carreras (cr 62-63, cll 39-40). Las explicaciones míticas de la gente ante hechos traumáticos inexplicables son fascinantes. Como en tiempos de la bonanza petrolera justo en esa zona se fundaron los prostíbulos de sexo barato y mortal, hoy la gente achaca a la energía desatada por aquella huella de sordidez a las condiciones espirituales necesarias para comprender que haya incluso peregrinos que acudan a la zona solo para suicidarse en sus patios.
Algunos olvidaron pronto que en los años de la violencia guerrillera y paramilitar (ensañada en las comunas de Barrancabermeja con cientos de muertes a granel y las masacres emblemáticas del año 98 y 99), y los asentamientos de desplazados del otro lado del río Magdalena, y la cantidad de familias desposeídas y destechadas, sin acceso a ningún bienestar ni posibilidades de subsanar sus condiciones económicas, educativas y espirituales. Tal vez ello explique mejor la moda de los suicidios que la hipótesis del castigo sodomita y el determinismo moral.

2. En Chía me contaron hace poco la historia de una casa de incestos. A mediados de los años noventas salían niñas de 12 a 14 años embarazadas por sus propios familiares. Los investigadores del Bienestar Familiar cruzaron los datos al notar las recurrencias, y descubrieron que gran parte de los embarazos tenían origen en la misma familia y en una misma casa: una casa quinta en la que convivían tres generaciones de tres familias. Los ancestros que embarazaban a sus hijas y nietas habían pertenecido a la servidumbre de un alemán, propietario de la quinta, que confinaba a sus empleadas y solía vivir en promiscuidad abierta con ellas y embarazar a su propia parentela. El alemán fue requerido por justicia internacional, capturado y extraditado a comienzos de los años ochentas, y los sirvientes se apropiaron de la casa. Las niñas embarazadas que llegaban al hospital con complicaciones y eran reportadas por abuso al Bienestar Familiar, eran nietas de estos empleados que habían vivido en un régimen de aberración normalizada.
Y ese en esta parte de la historieta cuando aparece la explicación sobrenatural de nuevo, mítica, que necesita la sociedad para explicar aquello que aún no comprende porque le avergüenza demasiado. El alemán, me explicaron, fue un nazi refugiado en Colombia y jamás reportado por el gobierno.
He tratado de verificar el dato, encontrar un cabo para desmadejar la historia, encontrar un índice, buscar en los estudios de nazis capturados en Latinoamérica y en el monográfico de Silvia Galvis y Donadío sobre nazis en el país, pero en ningún lado encontré información sobre uno que viviera en Chía. Es posible que el personaje haya sido un alemán (en catastro debe figurar el nombre de los propietarios de la quinta), uno de esos comerciantes que fueron encarcelados en el año 42 en un campo de Zipaquirá, acusados de ser simpatizantes nazis por el solo hecho de ser alemanes (hay novela sobre ese pasaje histórico documentado: Los informantes de Juan Gabriel Vásquez). Me pregunto, ¿en qué momento se convirtió en nazi? ¿Por qué tiene que ser nazi el que originó los incestos y no, por poner algo, boyacense? Ahí acaso esté la madeja de lo que le interesa a la literatura: lo que le es importante está oculto debajo del mito.

3. ¿Te has sentido viejo después de leer un libro? Un libro de los buenos, quiero decir. Un gran libro. Un libro verdaderamente extraordinario con el que tienes la impresión de estar frente a frente con el origen de la creación y ver los hilos invisibles que mueven la vida. Un libro como Absalón Absalón, de Faulkner. ¿Lo has sentido? Esa sensación de no ser el mismo. Esa impresión nostálgica de que ya no lo volverás a leer. ¿Volverás a leerlo?

Había intentado leerlo dos veces para abandonado a la mitad. Esta vez volví a tener la confusión de las primeras 100 páginas, salpicadas de elipsis. Pero luego el libro se fue aclarando. La estructura, quiero decir: un capítulo para plantear el fondo de la historia de la familia Sutpen, formada por Elena, la madre; Ernesto, el hijo; Judith, la hija; Rosa, la tía-cuñada; Tomás, el padre, pionero y negrero y estanciero de una gran plantación del sur de Estados Unidos en los previos a la Guerra de Secesión. Un monólogo de Rosa Coldfield solo interrumpido por los diálogos que sostiene con su interlocutor, Quentin, quien ha venido desde Harvard para entender la historia de un par de estudiantes que fueron juntos a la guerra y de los que conserva sus cartas y documentos en la Universidad. Un capítulo para sugerir una relación incestuosa entre los hermanos Judith y Enrique Sutpen. Un capítulo para mostrar el carácter de hierro de Tomás Sutpen y su pasado de negrero y bandido en que labró la leyenda oscura del Ciento de Sutpen, al traer legiones de negros del otro extremo del río Mississippi para levantar su emporio. Un capítulo para narrar la muerte del pretendiente de Judith, Carlos Bond, asesinado en el Ciento de Sutpen, la hacienda, por su amigo Enrique (que resultará ser su hermano y cuñado). Un capítulo para narrar la relación de Tomás con su mujer Elena y con todas las mujeres de las que abusó en busca de la estirpe pura: su cuñada Rosa, su esclava Cliptemnestra; y narrado desde el monólogo  extraordinario de Rosa. Un capítulo digresivo para contar las andanzas de Tomás Sutpen (técnica: un diálogo que contiene otro diálogo: un diálogo evocador entre Quentin y Shreve que conversan en Harvard sobre los datos que recopiló el primero en un viaje a su tierra y en el que aparecerá el propio Tomás Sutpen sosteniendo un diálogo confesional con el abuelo de Quentin, narrador futuro. En ese diálogo anterior citado, Tomás Sutpen narrará su origen vil y todo lo que hizo para enaltecerse y purificar su nombre: los viajes que hizo en su juventud por las Indias Occidentales (el caribe), su estadía en Haití mientras trabajaba para un hacendado francés dueño de un ingenio azucarero en el que los negros se alzarán contra el patrón, el posterior matrimonio con la hija de ese patrón francés (a la que supone española legítima y purificadora de su sangre ordinaria en sangre noble solo para descubrir, con su primogénito, que la hija de su patrón era hija de una madre negra esclava). El repudio de la mujer y del primogénito (quien será el bastardo Carlos Bond), y la escapada al sur de Estados Unidos, en Jefferson, Mississippi, condado de Yoknaphataupa, a intentar recomenzar de nuevo, de la nada, y recuperar su nombre y crear una leyenda en una tierra baldía. Un capítulo para contar el encuentro entre Enrique y Carlos, hermanos, en Harvard, y el compromiso acordado entre ambos para que Carlos despose a Judith, la hermana de Enrique, su propia hermana. Un capítulo para revelar el incesto premeditado como un acuerdo entre tres hermanos, lo que remitirá al pasaje bíblico de Absalón (Samuel 2, La Biblia). Un capítulo para narrar la maquinación deliberada de Carlos con el fin de chantajear a Tomás Sutpen por bigamia y hacerse con el Ciento. (Absalón Absalón así, repetido, es la confirmación de un doble incesto. Como proclamar: incesto incesto). Un capítulo para narrar la intromisión de la Guerra de Secesión y el decorado dramático que posterga las tragedias de los individuos y las disuelve en el hecho histórico, y la vida de la guerra narrada en dos escenas periféricas un combate entre dos hermanos, y la tutela de un padre convertido en coronel de un ejército confederado del Sur. Un capítulo para narrar el asesinato del hermano Carlos Bond al finalizar la guerra, a manos de su propio hermano, Enrique Sutpen, debido a la revelación de las intenciones ocultas de Carlos y la confesión que le hiciera de chantaje a Tomás, padre, pero motivada en el gesto insolente de hijo bastardo que pretendió arrebatar a su hermano el mayorazgo. Un capítulo para narrar el pacto de silencio de la estirpe con el fin de esconder al muerto y la vergüenza, y la revelación de todas las claves del secreto cuando Quentin Compson acuda a la mansión y encuentre a las mujeres de la historia que le contó su abuelo enajenadas y cautivas que cuidan del fratricida y del incestuoso y precipite así el incendio en la mansión en que van a perecer los protagonistas, salvo el hijo idiota y secreto que tuvo Tomas Sutpen en el vientre de su propia hija bastarda y negra, llamada Clitemnestra. Un capítulo final para narrar la muerte de narrador, Quentin, en voz de su interlocutor Shreve.

La técnica de elipsis (omisiones que dilatan la historia y crean tensión y abren preguntas), las digresiones, los saltos de diálogos a monólogos, la síntesis históricas (como aquella magnífica descripción de la declaración de la Guerra de Secesión en tres líneas, las retrospectivas, los diálogos que citan otros diálogos, las citas textuales de recuerdos dichos  por otros y retomados por los narradores múltiples, el tono bíblico y esos paréntesis abiertos y desbordados que parecen no cerrarse nunca… ¿no es esa la prueba de una obra maestra? ¿Por qué sentirse más viejo al leer algo como esto? ¿Viejo o abrumado? ¿Obligado a elegir con lupa cada libro que irás a leer en adelante hasta que te mueras? ¿Por qué se te hace imposible no volcar los ojos con sospecha sobre tu propia familia? ¿Son los buenos escritores aquellos capaces de ver entre los intersticios de las genealogías, las conexiones, los secretos heredados?
No sé si los buenos, pero los grandes escritores son los que despejan el mito para entender la vida.

Absalón Absalón, William Faulkner, Planeta

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