La locura, Leopoldo María Panero et al

14:28

[9. Un don que hay que merecer]



La locura de hoy puede ser el cliché de mañana. Algunas hipótesis sobre la locura (Sicopatología de la vida cotidiana, de Freud, el segundo volumen de Historia de la locura de Foucault) coinciden en que el concepto de locura es una construcción social sobre la alteridad (la designación del otro) que ha mudado de piel con las épocas y las condenas sociales. El loco es el que está al margen. El loco es el proscrito. El que trasgrede las normas, de la moral, de la ética, de la ley. Para Freud, si una minoría de la población comparte un desequilibrio mental, es a eso a lo que se llamará locura. Si la comparten millones de personas se le llamará religión, cultura, democracia, seguridad nacional, moda; sin embargo, la locura empieza por actos discretos que están disueltos en la vida cotidiana de cada quien. Para el caso de la locura en el arte (la locura literaria, quijotesca, que Cortázar purificó diciendo que era un don que había que merecer) el concepto debe ser examinado en un mínimo de características que permitan dilucidar qué puede ser considerado locura o creación y si es posible localizar una obra que sea producto de la locura, o una locura que de pie a la creación o si se rechazan. El artista como loco es uno de los mitos que siguen vigentes.

Para tratar de aproximarse a definir nuevamente qué es la locura es preferible examinar algo más atractivo para la gente: su contrario oponible; el pensamiento supremo de la creatividad al que se le admite todo y al que tantos aspiran: el genio. Locura y genio son los dos crestas de la imaginación. Una es elevada y otra se ha atrofiado. Salvador Dalí era un tipo al que se le permitía cualquier extravagancia, cualquier exabrupto, cualquier condena, porque difundió la leyenda de ser genial a la par que pintaba cuadros únicos que demostraban su particular forma de creación. Hay gente incapaz de ver relojes blandos en los huevos fritos. Dalí logró verlos, a partir de una observación paranoica de lo cotidiano. [Ver El mito trágico de El ángelus de Millet / Dalí, Antonio Dolano, pg 23, relojes blandos y desintegración de la materia]. Él acuñó esa frase de leyenda, entre media docena de sofismas que hizo célebres al soltarlos y repetirlos en entrevistas para medios de alta audiencia como bombas: “La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco”. Quería decir que el genio es alguien para quien la imaginación no tiene límites.

En el concepto de locura que se maneja en occidente desde hace dos siglos (la nomencatura clínica que distinge las fronteras y los grados de desequilibrio y agresión), hay varios artistas que han sido designados como paradigmas de la locura creadora y encerrados en sanatorios: Artaud, Camille Claudel, Raúl Gomez Jattin, Virginia Woolf, Leopoldo María Panero. Del caso de Artaud como del de Van Gogh, ambos tenidos hoy como esquizoides, es fácil tener noticias y perspectivas: están sus cartas, sus diarios, sus obras, sus autorretaros, su leyenda. El caso de Camille Claudel, amante del escultor Rodin, hermana del dramaturgo Paul Claudel es menos conocido pero hay biografía (Anne Delbee) y película [ella pasó la mitad de su vida encerrada en un manicomio diagnosticada con neurastenia y proscrita por orden de su familia avergonzada]. Virginia Woolf resuelve su suerte arrojándose a las aguas del río Ouse en el pico de su lucha contra la maniacodepresión, que en las categorías del presente es conocida como síndrome de asistencia bipolar. Gómez Jattin, uno de los grandes poetas colombianos, y Leopoldo María Panero en España, presentan ambos un cuadro de analogías sorprendentes en esa categoría que puede llamarse locura poética. Ambos padecieron cuadros clínicos que los convirtieron en clientes de sanatorios (alucinaciones visuales y auditivas, esquizofrenia), ambos tienen una elevada estima de la figura del padre, pero un problema casi edipiano con la figura materna, ambos fueron grandes poetas, ambos han escrito después de atravesar profundas crisis. En el caso de Jattin, el desarrollo de su obra en volumen, calidad y precisión disminuye en la medida que se incrementan las crisis y los internamientos. En el caso de Panero hay una descomposición lingüística y métrica entre sus poemas de los años 70s y 80s a los del decenio que van del 90 al 2000. ¿La descomposición de la capacidad de creación puede indicar que la locura poética va en detrimento de la capacidad creativa? No me interesa qué la causa, ni cómo se combate, sino de qué forma hay que asumir el papel de la locura dentro de la imaginación creadora.

En principio, ni el genio ni la locura es la obra de arte. Quiero decir que si alguien tiene un talento innato para el arte, una forma particular de percibir y ver el mundo, ese talento que te dibuja genial o desquiciado a los ojos de otro, eso no te obliga a tener que hacer algo artístico con dicho don. El talento artístico se cultiva. Para el caso de la literatura, Ranciere precisó que la literatura no es la capacidad de escribir bien sino la obra que fue posible. Por eso alguien con aptitudes geniales puede no escribir una obra de genio, o puede haber alguien genial en el sentido artístico realizando una labor opuesta al arte, como la albañilería, como la docencia, como la maternidad (casi siempre un talento que consideramos desperdiciado). Flaubert hoy es un genio tras convertirse en un orfebre de las palabras que se dedicó a pulir oración por oración en una novela que es considerada obra maestra (Madame Bovary), pero que le costó un esfuerzo de años porque se sabía no genial. Alcanzar la genialidad por la dedicación también es posible. Si en segundo lugar aceptamos que el arte, cualquier arte, proviene de una forma de distorsión de la realidad, entonces hay que aceptar que esa distorsión es una manera de entendimiento que puede ser confundido con un desequilibrio; es decir que la imaginación y la locura tienen un sustrato común, pero un resultado que las distancia.

Todo parte entonces de la imaginación exacerbada. Para que la imaginación derive en arte no se debe poner límites ni grillos ni coto a esas formas de percepción y de expresión que tantos pueden catalogar como locura. ¿Qué pasa si se le pone un cercado? Que podemos enviar al artista al manicomio y no a la obra. La locura creativa es una locura positiva. Digo positiva, por reacción a ese tipo de locura negativa, castradora (la que te lleva al encierro, a la expulsión, al castigo, a la medicación, la locura clínica, a la agresión, a la autosupresión). Me gusta la mirada de Freud sobre la locura en la vida cotidiana, porque solía rastrearla en las actividades más convencionales que soportan la existencia, no solo en las estereotipadas. Las señales de nuestros olvidos, de nuestros miedos, de nuestros lapsus, de nuestras acciones involuntarias señalan un grado de perturbación atado a la actividad que desarrollamos en la vida, a nuestros fracasos, a nuestros patrones de distinción. Una patología puede acabar en alienación irremediable: la enajenación en el sentido filosófico del término, la pérdida de la voluntad del ser por un trabajo, por una labor monótona de explotación, por una obligación, por un designio, por la fuerza de la producción, por las normas sociales, por los detentadores de las reglas del poder conduce a la locura. En ese sentido, Bukowski, con más clarividencia que Freud, advierte en uno de sus poemas acertados que la locura empieza por actos sencillos como atarse los zapatos,  perder las llaves, hacer fila, pagar un recibo o ser perseguido por un casero para que le paguemos el arriendo. Dudo que leyera a Freud.

Quisiera solo aventurar una diferencia entre el poeta (artista) y el loco. ¿Cómo hacerlo sin fatigar? Comparando algunos rasgos distintivos comunes entre ambas partes: la imaginación, la observación, la obsesión. Lo haré con proposiciones, sin tesis, sin ejemplos. El artista es visionario, pero el loco también. El artista es el que se aparta de una forma convencional de interpretar el mundo, pero el loco también. El artista es el que está obsesionado con sus invenciones, pero el loco también. ¿Entonces en dónde situar la diferencia entre imaginación y locura? ¿En términos fácticos? El artista es aquel que hace obras derivadas de esas percepciones que no controla a través de un lenguaje particular. El loco no. El loco es el que vive dentro de su imaginación y no puede convertirla en obra. Por la realización empieza la separación. De manera que el  loco es aquel que no controla su imaginación, sus pensamientos ni su voluntad. Cuando el loco suplanta al artista, el arte cesa.

Esto, por supuesto, es hipotético, relativo. ¿Qué hacemos, por mencionar un caso, con Leopoldo María Panero que está en ambos términos de la ecuación (del lado del poeta, del lado del loco) que tiene una obra excepcional hecha, y paradójicamente realizada en medio de la locura? No sabemos su método de creación. No sabemos el grado real de su desequilibrio. No sabemos cómo ha logrado escribir sus poemas en los manicomios. Lleva décadas viendo a sus asesinos imaginarios rodar por las calles, acechar tras las puertas y ventanas, transmutados en la cara de los enfermeros que le inyectan estricnina, y al mismo tiempo convirtiendo sus alucinaciones, su experiencia vital, sus observaciones, sus emociones, sus lecturas, en poesía. No cree en la inspiración, sino en el trabajo constante y en la lectura del acervo (prefacio a El último hombre). Tal vez nunca podamos entender qué ocurría en su mente, cuánto de fingido que se vuelve irrenunciable y luego natural había en su actitud ante el mundo, pero leemos los poemas en que es mujer, en que es un héroe, en que es demonio, en que es Villón, en que es necrófilo, en que es su madre o en que su madre es un pez y entonces es posible (hipótesis) que la locura poética consista en ser muchos reunidos en uno. Él se cree la reencarnación de Baudelaire. (Y tal vez lo sea).

El noi del sucre

Tengo un idiota dentro de mí, que llora,
que llora y que no sabe, y mira
sólo la luz, la luz que no sabe.
Tengo al niño, al niño bobo, como parado
en Dios, en un dios que no sabe
sino amar y llorar, llorar por las noches
por los niños, por los niños de falo
dulce, y suave de tocar, como la noche.
Tengo a un idiota de pie sobre una plaza
mirando y dejándose mirar, dejándose
violar por el alud de las miradas de otros, y
llorando, llorando frágilmente por la luz.
Tengo a un niño solo entre muchos, as
a beaten dog beneath the hail, bajo la lluvia, bajo
el terror de la lluvia que llora, y llora,
hoy por todos, mientras
el sol se oculta para dejar matar, y viene
a la noche de todos el niño asesino
a llorar de no se sabe por qué, de no saber hacerlo
de no saber sino tan sólo ahora
por qué y cómo matar, bajo la lluvia entera,
con el rostro perdido y el cabello demente
hambrientos, llenos de sed, de ganas
de aire, de soplar globos como antes era, fue
la vida un día antes
de que allí en la alcoba de
los padres perdiéramos la luz.

Panero. "Last night together" 1980

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