Literatura e inmundicia

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Vargas Vila, J. M. De Colombia, contemporáneo. Sentimos verdaderamente que sea de esta cristana república este señor, de quienes nos vemos precisados a decir que es un impío furibundo, desbocado blasfemo, desvergonzado calumniador, escritor deshonesto, clerófobo, hipócrita pertinazmente empeñado en que le compren por recto (y le den por el recto), sincero y amante de la verdad; egoísta y con pretensiones de filántropo y, finalmente, pedante, estrafalario hasta la locura, alardeando de políglota con impertinentes citas en lenguas extranjeras; invertor de palabras extrambóticas y, en algunas de sus obras, de una puntuación y ortografía en parte propia de perezosos e ignorantes; aunque, en honor a la verdad, él no la usa porque no sepa bien esa parte de la gramática, sino por hacerse tan singular, pues hay un autor italiano, impiísimo también, y repugnante, con el cual el estilo, lenguaje, impiedad e inmoralidad, coincide no poco el señor Vargas Vila.
El mejor crítico literario de todos los tiempos, el que no se forzó a nada, ni perdió su tiempo en lisonjas y extensos y sesudos ensayos y escribió simplemente lo que su vesícula biliar le dictaba sobre los escritores impíos es este cura jesuíta llamado Pablo Ladrón de Guevara que se dio a la tarea babilónica de reseñar 2045 libros que nunca leyó, simplemente usando los adjetivos: inmundo, impío, herético, abominable, incrédulo, blasfemo, hediondo, inmoral, obsceno, deshonesto, lascivo, lujurioso, indescente, cínico, voluptuoso, sensual, aberrante...
Tenía además una forma muy particular de descabezar novelistas por afinidades y adherencias: amigo de Lamartine, hijo de tan odioso padre (Dumas hijo), tan deshonesto y más que su padre (Dumas nieto), traductor de Comte, partidario de Swedemborg, tuvo conversación con Voltaire, trabajó para Balzac, Sansimoniano (Saint Simón) tradujo a Kant, discípulo de Rosseau, Protegió a Sand, Propagó las ideas del impío Spinoza (Unamuno), espiritista (Swedemborg), deletéreo (Voltaire), voluptuoso, sarcástico, indecente, grosero, asqueroso, extravagante, mal nacido.... y vuelta a empezar.
El libro del cura Pablo Ladrón de Guevara se vendía a 100 pesos en holandesa (papel), en las instalaciones del colegio San Bartolomé y la librería del Mensajero, calle de Florián (actual carrera 8), 246, en la inmunda, friolera y apestosa Bogotá de 1910. Lo único que pretendía el predicador era guíar a la provinciana ciudad por los caminos del bien moral y el temor de Dios. Es un libro arbitrario, que justifica su contradicción con una premisa que dice: "si el novelista tiene talento, tanto peor". El título completo del libro de Guevara es: Novelistas malos y buenos juzgados en orden de naciones, 288 españoles, 97 hispanoamericanos, 24 portugueses, 65 italianos, 1178 franceses, 148 ingleses, 28 alemanes, 65 rusos, belgas, escandinavos.
En la primera página había una acotación: "las novelas juzgadas son sinumero (léase inumerables).Al voltear la página aparecía la siguiente licencia eclesiástica:"Cum opus, cui titulus est Novelistas malos y buenos a Paulo Ladrón de Guevara noestra Societatis sacerdote compositum aliqui ejusdem Societatis revisores, quibus id commissum fuit, recognoverint et in lucem edi posse probaverint, facultatem facimus ut id typis mandetur, si iis ad quos pertinent ita videbitur."
Lo que viene a ser: la obra, cuyo titulo es... fue compuesta por Pablo Ladró de G. de nuestra sociedad sacerdotal de sensores y revisores... bla bla blá (en latin).
Ni se entiende, ni hace falta.
Porque lo esencial de este cura no es lo no es lo que hacía, sino cómo lo hacía; no es lo que reseñaba, sino cómo lo reseñaba; no es lo que criticaba, sino cómo lo vetaba.
Vean lo que hizo con la plana mayor de Francia:

Hugo, Víctor (1802-1885). De Bensazón. Poeta dramático, novelista. Anduvo de muchacho con su padre, general de Napoleón, por España e Italia. En su prosa y versos abundan las blasfemias, las calumnias contra la iglesia, contra el papa, obispos y clero. Con frecuencia habla de modo que parece un loco, o más bien poseído del demonio. Muy inmoral y fatalista.

Gerald de Nerval. Es Gerald Labrunie (1808-1855). De París. De imaginación sombría y exaltada, acabó en loco y se colgó. Bohemio, vivió mal, se hizo nigromántico y dio en extravagancias. Colaboró en Piquillo con A. Dumas, y escribió en periódicos liberales, usando de muchos seudónimos. Novelas. Varias: de mal asunto, entre ellas Aurelia o El sueño de la vida, que es de ilusionismo, magia, ect. El final de ella lo tenía en el bolsillo cuando se lo encontró ahorcado encima de un albañal.

Maupassant, Guy de (1850- 1893) Nació en el Castillo de Mirosemenil y murió en París después de dos años de enfermedad y locura, habiéndose antes dado al espiritismo. Discípulo del tan deshonesto Flaubert, se distingue por una falta completa de sentido moral y por un pesimismo que lleva a la desolación y el desconsuelo del alma. Realista extraordinariamente sensual, licencioso y, con frecuencia, bestial.

Dumas, Alejandro (padre). Mal nacido. De Villers Cotterts (1803-1870). de malas ideas, inmoral y gran falsificador de la historia. Aparece como autor
de dosciento cincuenta y siete volúmenes de novelas y de veinticinco dramas; pero muchos son, ya en parte, ya del todo, de otros autores con los cuales hacía negocio, autorizándolas para la venta con su nombre. De Las dos dianas, por ejemplo, que va con su nombre, vino a confesar que ni siquiera la había leído. Dícese también que sólo con unas cuantas ganaba en limpio, cada año, doscientos mil francos, que no le bastaban para sus excesos.

Dumas, Alejandro (hijo). Mal nacido. De parís (1824-1895). Dramático, novelista. Defensor del divorcio, muy deshonesto. Están en el Índice de libros prohibidos: todas sus novelas amatorias y La cuestión del divorcio. Las que no caen bajo esta condenación, caen bajo la del artículo 4 del mismo índice, porque defien
de tesis contrarias a la doctrinas de la iglesia.

Marat, Juan Pablo (1746-1793) De Braudry. Este es el sanguinario revolucionario, el enemigo implacable de todos los que en algo le aventajaban, el devorado de la envidia, el perseguidor, entre otros, de los sabios, el que pedía cientos de miles de cabezas y el asesinato en masa, abogando al mismo tiempo por la abolición de la pena de muerte, el hombre de las ideas absurdas y gran repetidor de las mismas, el asesinado por Carlota Corday.
Precioso, ¿no les parece?
Lo encontré en una bodega de saldos, por la misma calle en que lo vendían hace cien años.
Si les contara lo que dice de Goethe, de Tolstoi, de Sthendal, se cagarían de risa. Entre más látigo esparce, más ganas dan de leer a los juzgados. Este curita malparido en España pero hacendado en Colombia a comienzos del siglo XX es la prefiguración de la estirpe bloguera: reseñaba lo que no había leído.
Y lo mejor era que lo hacía con brevedad, con acidez, con una ira que hoy sólo produce hilarancia.
¿Qué mejor forma para un ofico ingrato como el de hacer índices?
Seguir los dictados del hígado: dos adjetivos cáusticos y ríase la gente. Así como otros son genios de la demagogia, y otros genios criminales, éste es un genio de la arbitrariedad.
Y obeso como una morsa.

Nietzsche, Federico. Este alemán de la segunda mitad del siglo XIX se las echaba de filósofo, y no faltan quienes por tal le tienen. A nuestro juicio tanto se parece un filósofo como el vinagre al vino. Sus doctrinas son inmorales, impías y blsfemas. Cualquiera podía ver desde el principio la locura de Nietzsche, pero muchos, ni aun después de verle en una casa de locos y morir loco, se acaban de per
suadir de que lo estaba.
-Así hablaba Zarathustra. No es novela pero, como lo que cuenta Zarathustra son cuentos, bien está tal libro en ese lugar. Tanto se empeña en hacerse un Zarathustra, que al fin Nietzsche lo consigue; pero un Zarathustra dos veces loco, que no se entiende a sí mismo, porque es un mundo de contradicciones. Lo claro son las impiedades, blasfemias, inmoralidades. También las hay oscuras. Su lenguaje es muchas veces zafio, grosero y siempre necio. Un capítulo dedica a predicar el suicidio. Tradujo este libro del alemán en 1905 el señor Vilasalba. Más le valiera no saber alemán para emplearlo tan desdichadamente.

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